HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Vigésimosexta entrega

 

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Desde el levantamiento de Lutero a la paz de Westfalia (1517-1648)
Rebelión protestante y reforma católica 

MIRADA DE CONJUNTO

Este período comienza con el levantamiento de Lutero en Alemania, al que siguen próximamente los de Zwinglio y Calvino en Suiza y el de Enrique VIII en Inglaterra, todo lo cual constituye lo que se ha designado en conjunto como la reforma protestante, pero que con más acierto debe llamarse revolución protestante o pseudorreforma.

Ahora bien, si toda la Edad Nueva se caracteriza por la decadencia del espíritu religioso y del prestigio pontificio y por el desquiciamiento de aquella unidad religiosa que distingue la Edad Media, podríamos decir que el primer período (1305-1517), desde la cautividad de los Papas en Aviñón hasta el levantamiento de Lutero, significa la preparación, y el segundo período (1517-1648), que es el que sigue al levantamiento de los varios focos protestantes, significa la realización de esa decadencia y la destrucción de la unidad religiosa.

Sometidos los Papas de Aviñón a la voluntad y caprichos de los reyes de Francia, va aumentando cada día el descontento y la oposición por parte de otros príncipes y se da pábulo a las teorías conciliares y a otros errores, que van minando cada vez más la autoridad pontificia. Estas corrientes siguen en aumento durante el cisma de Occidente, que es el resultado del cautiverio de Aviñón.

Dividida la cristiandad en dos y aun en tres obediencias, es natural que disminuya extraordinariamente el prestigio de los Papas y lleguen a su apogeo las teorías conciliares, al mismo tiempo que surgen herejías, como las de Wiclyf y Hus, que llegan a negar el primado del Papa. El resultado fue la deplorable decadencia de la autoridad pontificia y la relajación general de costumbres que se advierte al fin del cisma de Occidente, y que, no obstante los nobles esfuerzos de los concilios, de algunos Papas, como Nicolás V y Pío II, y algunos grandes predicadores de penitencia del siglo XV, fue más bien en aumento hasta principios del siglo XVI.

En estas circunstancias tuvieron lugar los levantamientos de Lutero y demás innovadores del siglo XVI, los cuales en su obra demoledora contra la Iglesia católica no hicieron otra cosa que completar o realizar lo que estaba preparado e iniciado en el período anterior.

Es verdad que la Iglesia católica reaccionó poderosamente, y consiguió, por una parte, una verdadera reforma interior, y, por otra, poner un dique al avance de la falsa reforma protestante. Sin embargo, no pudo impedir que la obra de ésta se consolidara, por lo cual termina este período y la Edad Nueva bajo el signo pesimista de la paz de Westfalia de 1648, que significa el rompimiento definitivo de la unidad religiosa de Europa y el reconocimiento oficial de las enormes conquistas realizadas por el protestantismo.

Podríamos decir, para caracterizar en la forma más concreta y objetiva este período, que en él los innovadores, llamados protestantes en conjunto, desencadenan una poderosa revolución contra la Iglesia, que produjo en todas partes efectos desastrosos. Ante estas tristes realidades, la Iglesia, que ya había iniciado anteriormente su reforma interior, reaccionó poderosamente, y por medio del concilio de Trento, de los grandes Papas reformadores y de un conjunto de nuevas fuerzas providenciales, emprendió y realizó una reforma fundamental y al mismo tiempo desarrolló en Europa y en las misiones de Ultramar una actividad fecundísima. Esto le permitió poder mantener con ventaja las luchas que siguieron en la segunda mitad del siglo XVI y principios del XVII, en que llegó a poner coto al avance de los protestantes y aun a hacerles retroceder en diversos territorios.

La guerra de los treinta años (1619-1648) es el mejor exponente de las nuevas fuerzas con que contaba la Iglesia y de la verdadera posición del protestantismo. Por esto el resultado final de la paz de Westfalia, debido en gran parte a la intervención de Francia, no responde a la verdadera situación de las fuerzas católicas y protestantes, pero consagra, en definitiva, una posición desfavorable al catolicismo, mientras, por cuestiones políticas, favorece a los protestantes.

El luteranismo hasta la paz de Augsburgo (1517-1555)

El primer acontecimiento de extraordinaria trascendencia con que nos encontramos al iniciarse este período, es el levantamiento de Lutero en 1517, al que sigue rápidamente la defección de la Iglesia católica de inmensos territorios del centro y norte de Europa.

Ahora bien, ante un hecho tan trascendental para la historia de la Iglesia, lo primero que nos preguntamos es cuál fue el desarrollo interno de la ideología de Lutero y cómo llegó a ese paso decisivo frente a la Iglesia tradicional católica; luego seguiremos los rápidos avances de la nueva ideología hasta llegar a la confesión y, más tarde, a la paz de Augsburgo.

DESARROLLO DE LA IDEOLOGÍA DE LUTERO

Se comprende fácilmente que al estado en que aparece Lutero en noviembre de 1517 al fijar en la puerta de la Iglesia de la Universidad de Wittemberg sus noventa y cinco tesis, tenía que haber precedido una evolución lenta de su espíritu. Veamos, pues, cómo se desarrolló la primera formación de Lutero hasta realizar un paso de tanta trascendencia.

I. Primeros estudios de Lutero. Su VIDA RELIGIOSA. Nacido Lutero en Eisleben en 1483 de un minero, cristiano recto y de severas costumbres, en sus primeros años asistió a las escuelas de Mansfeld, Magdeburgo y Eisenach, y desde 1501 a 1505 hizo los estudios superiores en la Universidad de Erfurt. Ya en estos primeros años de su vida aparece su propensión a las angustias interiores y a cierto espíritu supersticioso, todo ello fomentado por una educación estrecha y rígida.

Muy significativa para el desarrollo de su espíritu y para la dirección que fue tomando ya desde entonces fue su formación filosófica en la Universidad de Erfurt. Predominaba en ella la llamada vía moderna, es decir, el ockamismo, en el que se pondera la fuerza de la voluntad humana y se disminuye el influjo de la gracia.

En 1505 recibió el grado de maestro, cosa que, en vez de alegría, le trajo más bien temor, preocupación y tristeza, como él mismo atestigua.

En estas circunstancias, tal como se deduce de las diversas narraciones que se conservan, aterrorizado en cierta ocasión por un rayo que en medio de un temporal cayó cerca de él y atormentado por el pensamiento del estrecho juicio de Dios y del peligro de salvarse si permanecía en el mundo, hizo voto de entrar en la vida religiosa, y el mismo año 1505, no obstante la oposición persistente de su padre y a pesar de que diversas personas se lo desaconsejaron, entró en Erfurt en el convento de los agustinos eremitas observantes.

No obstante algunas afirmaciones posteriores y teniendo presente más bien otros testimonios del mismo Lutero y de otros contemporáneos, debemos afirmar que en este tiempo y durante los primeros años de su vida religiosa se sintió feliz, si bien consta que, sintiendo, como San Pablo, el aguijón de la carne, no lo abandonaba la angustia ante el pensamiento del juicio de Dios y de la predestinación. Por esto, ya desde el principio se dio a hacer algunas penitencias especiales, si bien tampoco se puede dar fe a su testimonio tardío sobre el gran rigor de estas penitencias. Por otra parte, como tenía el grado de maestro, le fueron muy suavizadas las pruebas del noviciado. En 1506 hizo normalmente la profesión, que él dice realizó «sin vacilación y enteramente contento».

Hecha la profesión, inició en seguida sus estudios de teología, en la cual utilizó particularmente los escritos de Gabriel Biel, el más insigne representante del ockamismo del siglo XV, y en 1507 pudo ser ordenado de sacerdote. Es bien conocida la oposición que aun entonces le hizo su propio padre y la contrariedad que manifestó con este acto de su hijo, llegando a afirmar que hubiera preferido estar lejos y que aquello parecía más bien obra del demonio, pues él, Lutero, no era para el claustro. Los acontecimientos posteriores dieron la razón al padre.

De hecho, Lutero se entregó de lleno a los trabajos propios de la vida que habla abrazado. Ya el año 1508 fue nombrado profesor de filosofía de la nueva Universidad de Wittemberg, si bien sabemos que se dedicaba con preferencia a la Sagrada Escritura bajo la dirección del agustino Staupitz, quien lo preparaba como sucesor suyo en aquella cátedra. Por esto, en marzo de 1509 le hizo tomar el grado de bachiller en Sagrada Escritura. Poco después fue trasladado a Erfurt al escolasticado de la Orden. Este trabajo de enseñanza y de estudio tuvo una interrupción, de particular importancia en la vida de Lutero. En efecto, en noviembre de 1510 partió para Roma, junto con otro compañero, por asuntos particulares de la Orden, y allí permanecieron hasta fines de enero de 1511.

Son interesantes las impresiones que recibió en la Ciudad Eterna. Entró en ella con la mejor buena fe y visitó devotamente los lugares más venerados. Hiciéronle mala impresión multitud de defectos de la curia romana, que bajo el pontificado de Julio II (1503-1513 ) dejaba mucho que desear, así como también ciertas costumbres del bajo clero y del pueblo; sin embargo, nada de esto disminuyó por entonces su adhesión a la fe católica romana. Ciertas ponderaciones que él mismo hizo en sus Conversaciones de sobremesa son fruto de sus prejuicios posteriores.

Vuelto de Roma, se dirigió a Erfurt; pero ya en el verano de 1511 fue enviado de nuevo a Wittemberg con diversas ocupaciones y con el objeto de prepararse para el doctorado, y, en efecto, la promoción tuvo lugar el 18 de octubre de 1512. Poco después, Staupitz veía realizado su ideal de que Lutero fuera encargado de la cátedra de Sagrada Escritura de la Universidad de Wittemberg.

2. Años decisivos de Lutero: 1513-1517. CAMBIO INTERIOR. En octubre de 1513 inició Lutero sus clases de Sagrada Escritura en la Universidad de Wittemberg, y durante los cuatro años siguientes recorrió los Salmos y las epístolas a los Romanos, a los Gálatas y a los Hebreos. Pasados estos cuatro años, se había efectuado en él la más profunda transformación. Ahora bien, ¿cómo se efectuó este cambio en su ideología? Ya en sus Dictados sobre el Salterio, correspondientes a los primeros años, aparecen las primeras pruebas de la evolución que se iba efectuando en su interior.

Pero donde aparece ésta más claramente es en el comentario sobre la Epístola a los Romanos, que resume sus lecciones de 1515-1516. En estas fechas ya se había realizado el cambio interior de Lutero.

En relación con él debe ponerse lo que él llama el «descubrimiento de la torre». Fue como una luz especial que recibió de Dios, según él, y que le solucionaba todas sus dificultades y angustias. San Pablo (1, 17) habla de la justicia de Dios por la fe. Lutero, pues, creyó ver como con una luz sobrenatural que la justificación de los hombres se verifica por medio de una aplicación e imputación de los méritos de Cristo. Por consiguiente, las obras del hombre no sirven para nada. El hombre tiene una naturaleza corrompida. Sólo la fe o confianza en la aplicación de los méritos de Cristo realizan la justificación.

Esta, pues, consiste en una aplicación extrínseca de aquellos méritos, no en una renovación interior del hombre, el cual queda tan corrompido como antes. Tal fue el descubrimiento fundamental de Lutero, de donde brotaron después todos los demás errores, como la certeza absoluta de la salvación, la negación de la eficacia de los sacramentos, de las indulgencias, de la misa y todo lo demás.

Para comprender de algún modo este «descubrimiento», clave de la ideología de Lutero, conviene representarse la mentalidad y el carácter de Lutero. Dominado por el ansia de conocer con certeza su salvación eterna, al mismo tiempo que se sentía agitado por las pasiones, llegó a la convicción de que no podía alcanzar esta seguridad por medio de las ordinarias mortificaciones o con el exacto cumplimiento de los preceptos de Dios y las prácticas de la vida religiosa. Por el contrario, creyó descubrir esta certeza en la fe viva en la aplicación de los méritos de Cristo, lo cual, según él, constituía la verdadera justificación.

Teniendo presente su carácter y la angustiosa preocupación que lo dominaba, se comprende que este «descubrimiento» diera un nuevo sesgo a toda su vida y que la justificación por los méritos de Cristo constituyera en adelante, como él decía, su «evangelio».

3. Cuestión de las indulgencias. Levantamiento de Lutero. Estas ideas las había ido exponiendo, siempre en una forma velada y respetuosa, en las clases, en la predicación, en sus cartas privadas y aun en algunos actos públicos. Más aún: habían encontrado eco en algunas personas significadas, como el profesor de la Universidad Andrés Boden-Stein, llamado Karlstadt por su ciudad de origen, y otros varios; pero, sobre todo, habían comenzado a cundir entre las masas de los estudiantes y del pueblo y aun habían penetrado en algunos de sus hermanos de hábito.

Así, pues, el terreno estaba bien preparado, y la predicación de la indulgencia durante el año 1517 no fue más que la ocasión para que tomara cuerpo y saliera al público la nueva ideología. En efecto, siguiendo una costumbre establecida ya de antiguo entre los pueblos cristianos de Europa, el Papa León X (1513-1521) promulgó en 1515 una Bula con el objeto particular de reunir fondos para la construcción de la basílica de San Pedro de Roma. Ahora bien, desde el punto de vista dogmático, esta práctica no ofrece ninguna dificultad.

Realizada en la forma en que solía realizarse, los fieles entregaban su limosna, con lo cual, previa la confesión y la comunión, ganaban la indulgencia concedida por la Iglesia si estaban en las debidas disposiciones para recibirla. La limosna era la ocasión o la condición para obtener la indulgencia; y, aunque es cierto que hubo algunos abusos, no hay duda que el sistema de indulgencias era generalmente bien recibido por el pueblo cristiano.

Ahora bien, para la publicación de dicha indulgencia y para recoger las limosnas recaudadas con ella en gran parte de Alemania fue designado por la Santa Sede como comisario el arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandemburgo, el cual, entre otros delegados suyos para este efecto, nombró al dominico Juan Tetzel. Entregóse, pues, éste a la predicación de la bula con el entusiasmo propio de los predicadores del tiempo, y justo es declarar que poseía una sólida formación teológica, y, aunque con alguna inexactitud al hablar de las indulgencias aplicables a los difuntos, obró siempre con la mayor corrección.

Llegó, pues, durante el verano de 1516 a las proximidades de Wittemberg y predicó con extraordinario éxito en Júterbog, adonde acudían muchos ciudadanos de Wittemberg, con el consiguiente revuelo en toda la población.

Tal fue la ocasión del levantamiento de Lutero. Como toda aquella predicación y la doctrina de las indulgencias era contraria a su nueva ideología, procuró Lutero, ante todo, contrarrestar su efecto en todas las formas posibles. Mas, como Juan Tetzel continuara atrayendo a las masas durante todo el año 1517, Lutero se decidió finalmente a dar la batalla, y así, en la víspera de Todos los Santos de 1517, siguiendo la costumbre del tiempo, fijó en las puertas de la iglesia de la Universidad de Wittemberg una lista de 95 tesis, en donde, a vueltas de muchos puntos enteramente ortodoxos, incluía una serie de doctrinas contrarias a las que enseñaba la Iglesia católica.

Así, en las tesis 6 y 38 negaba el poder de la Iglesia para perdonar los pecados y en las 8, 10 y 13 negaba el Purgatorio, y, consiguientemente, las indulgencias.

Algunas, en cambio, eran verdaderos latiguillos contra el Papa, como la 86, donde dice: “¿Por qué el papa, más rico que Creso, no edifica San Pedro?”

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)

Vigésimo tercera entrega:  El pontificado romano en lucha con el conciliarismo

Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea

Vigésimo quinta entrega: La edad nueva. El concilio de Ferrara-Florencia