CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO VII

CONDICIONES DE LA EDUCACIÓN

VI VIGILANCIA Y EJEMPLO

A los caracteres de la educación que acabo de enumerar, debéis añadir la vigilancia y el propio ejemplo.

Y al llegar a este punto, os he de confesar que me causa espanto la situación de muchos padres con respecto a sus hijos. Se vigila todo en ellos; pero quizás se vigila todo más que la educación.

Vigila la madre la nutrición primera de su hijito; un diente que apunta, unas décimas de calentura, llevan el espanto a su corazón. Se vigila todo lo que puede ser un daño corporal, un peligro de la salud. Están los padres ojo avizor para que vayan sus hijos e hijas al compás de las exigencias de la sociedad.

Pero, dejadme, padres, que os someta a un sencillo interrogatorio:

¿Vigiláis el trato que a vuestros hijitos pueda darse cuando los entregáis a manos mercenarias y que puede engendrar en ellos hábitos pecaminosos que no se desarraigarán en toda su vida?

¿Vigiláis este momento de la vida del hombre en que se insinúan sus pasiones que, como dice Lacordaire, están como chacales a las puertas de la adolescencia para devorarla?

¿Vigiláis que no entre en vuestro hogar una hoja de papel, un libro, que esté al alcance de vuestros hijos y en cuya lectura o visión puedan perder en un momento el candor de su alma?

¿Vigiláis a sus maestros?

¿Vigiláis a sus amigos y camaradas?

Y, si son mayores, y dejadme aquí que os diga que el hijo no es nunca mayor de edad para sus padres, ¿vigiláis sus pasos, su vida de taller o de oficina?

Y sobre todo, padres, ¿os vigiláis a vosotros mismos en la obra de la educación y en vuestras relaciones con vuestros hijos?

¡Oh, momentos sublimes, momentos trascendentales aquellos en que el padre o la madre han conocido alguna grave flaqueza del hijo o de la hija y, con la conciencia del deber, llaman a solas al joven extraviado o culpable! ¿Habéis, en estos casos, conservado todo el valor de vuestras convicciones cristianas, toda la dignidad de vuestra paternidad, toda la fuerza de vuestra autoridad, toda la efusión de vuestro amor? O ¿habéis quizá sentido la cobardía ante el hijo o la hija altaneros, que tal vez no comprendan lo que son para ellos vuestras arrugas y vuestras canas?

Y a pesar de vuestro probable fracaso en estos momentos de verdadera estrategia personal, ¿habéis insistido una, dos, cien veces, si es preciso, en el cumplimiento de vuestro deber y en la amarga protesta contra la conducta desatentada del hijo incorregible?

Cuanto al ejemplo, os digo que él es la principal característica de toda educación eficaz. Es ello tan obvio, que me releva de todo esfuerzo de demostración.

Sólo os diré en este punto la sentencia de los viejos latinos: Quod cantant veteres, tentat resonare juventus. «Los jóvenes tararean las canciones de los viejos».

En este refrán se encierra toda la filosofía de la imitación del hombre por el hombre; y la imitación es la mayor fuerza de educación de que disponemos. Un ejemplo vale más que cien sermones. Un modelo vivo puede más que cien descripciones de un modelo ideal.

Que vuestra vida, padres y madres, sea un canto en que se traduzca toda la fuerza del pensamiento y de la ley cristiana que profesáis. Que vuestros ejemplos sean las más eficaces exhortaciones para vuestros hijos.

Que seáis modelos vivos de quienes copien las virtudes cristianas cuantos viven con vosotros en vuestro hogar.

Comieron los padres agrazones, dijo el profeta, y los hijos sufrieron dentera (Jer., 31, 29). Dejan los pecados de los padres un estigma en las vidas de sus hijos; y el más profundo e imborrable es el que ellos mismos imprimieron con el buril de sus malos ejemplos.

¡Ay de los padres, dice Dupanloup, de quienes pueden decirse las palabras de Tácito: «Ellos son los que algunas veces acostumbran a los hijos, no al honor y a la virtud, sino al deshonor, a la licencia y al vicio»!

Los muertos mandan a los vivos, se ha dicho, por esta misma fuerza de imitación que es una de las manifestaciones del atavismo de civilización y de raza.

Que los vivos, al ser depositarios de los mandatos de los muertos, preparen a los que empiezan a vivir para recibir el legado que recibieron ellos de sus mayores. Así se teje la trama de la historia de los pueblos gloriosos.

Así vosotros, padres, con vuestro ajustado vivir, debéis ser lustre de vuestros hijos y, por ellos, gloria de la sociedad en que vivís; no piedra de escándalo en que tropiece y se arruine el honor y el buen nombre de los vuestros.

Resumimos este capítulo transcribiendo de un autor los siguientes preceptos, que podríamos llamar el decálogo de la educación doméstica de los hijos:

Nunca exigir de los hijos lo que antes no haya practicado el padre con su buen ejemplo, y darlo en todo caso.

Pensar bien lo que se manda, y no mandar ni corregir con arrebatos ni con gritos.

Exigir siempre una obediencia pronta, sin réplica ni contradicciones.

Dar a los hijos verdaderas pruebas de cariño, y exigirles el debido respeto.

Evitar a todo trance cualquier desavenencia entre el padre y la madre delante de los hijos.

Acostumbrar a los hijos, desde pequeños, al trabajo y vigilar mucho los compañeros que tengan.

Encomendar los hijos a Dios todos los días, y hacer que ellos también se encomienden.

No concederles nada de lo que pidan a gritos, con ceño o refunfuñando.

Reprenderlos con dulzura y castigarlos con sangre fría, no en el momento de su ira, sino cuando hayan recobrado la calma.

No enseñarles la ira y la venganza, por ejemplo, contra la piedra en que tropezaron.