DOMINGO INFRAOCTAVA DE NAVIDAD
Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción. Y a ti misma una espada te atravesará el alma, a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”. Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones. Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él.
Estamos ante el misterio de la Profecía de Simeón.
Misterio venerable, en el que descubrirnos lo que encierra nuestra religión, no sólo de más sublime y divino, sino de más edificante y tierno: un hombre Dios ofrecido a Dios; el Santo de los santos consagrado al Señor; el sumo Sacerdote de la Nueva Alianza en un estado de víctima; redimido el mismo Redentor del mundo; una Virgen purificada; y una Madre, en fin, inmolando a su Hijo… ¡Qué prodigios en el orden de la gracia!
El misterio de la Profecía de Simeón está estrechamente ligado, en un solo cuerpo de narración, con los de la Presentación de Jesús y la Purificación de María que se conmemoran el día dos de febrero.
En los altísimos designios de la divina providencia la redención humana debía realizarse por la muerte del Redentor en cruz.
Para Dios no hay otro Salvador que Cristo crucificado.
Toda la vida del Redentor ha estado orientada hacia la Cruz.
Por esto, no es de maravillar que la Santa Iglesia, aun en medio de las alegrías de Navidad, abra ante nuestros ojos perspectivas de cruz.
En la meditación del Nacimiento nos hace considerar que el Niño recién nacido está destinado por Dios para morir en cruz.
Justo es, pues, que nosotros consideremos con este mismo espíritu estos primeros anuncios de cruz con que el anciano Simeón traspasa anticipadamente el Corazón de la Madre.
El Evangelio nos narra la escena de la Presentación de Jesús al templo y la profecía de Simeón que anuncia a María la espada de dolor que se clavará en su Corazón maternal.
La escena de la Presentación del Niño Jesús resalta dos oblaciones o sacrificios.
La oblación de la Virgen María fue un sacrificio voluntario, no le obligaba la Ley, era la llena de gracia, la bendita entre todas las mujeres, la más pura de las Vírgenes, la Esposa del Espíritu Santo.
Fue un sacrificio perfecto y costosísimo, pues quiso aparecer, no obstante, como una persona sujeta al pecado, necesitada de purificación, siendo la más santa de las criaturas.
Por el sacrificio de su divino Hijo, sacrificó María Santísima lo que más amaba por la salvación del mundo, lo que era más acepto al Padre Eterno.
La justicia divina pedía un sacrificio de infinito valor, porque los demás sacrificios no podían aplacarle.
El anciano Simeón, inspirado por el Espíritu Santo, anuncia a esa Madre que ese Hijo sería el blanco de contradicción.
Esta contradicción era inevitable. Venía a combatir a Satanás, al mundo, a las pasiones desenfrenadas; Satanás es irreductible, el mundo implacable; las pasiones, la triple concupiscencia: el orgullo, la codicia de riquezas, la sensualidad, la fuerza que rige al mundo.
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Hay en las palabras de Simeón a María Santísima cierta turbación y desorden, reflejo del trastorno de su alma.
Ha cantado el anciano la salud de Dios, que han visto sus ojos, salud preparada a la faz de todos los pueblos, luz para iluminación de los gentiles y gloria de Israel.
Ha bendecido también con efusivos parabienes a María y a José.
Mas, de pronto, se nublan sus ojos y se angustia su corazón. Conoce que aquel Niño, que es la Salud de Dios, va a ser ocasión de ruina para muchos en Israel.
Se verificaba en Simeón lo que más tarde había de decir San Pablo, a vista de la reprobación de los judíos: “Tristeza grande tengo e incesante dolor en mi corazón”.
De ahí la turbación de sus palabras, que conviene señalar, para que no perturbe nuestra interpretación.
Dijo el anciano: He aquí que éste está puesto para caída y para resurgimiento de muchos en Israel, y como una señal a quien se hará contradicción…, para que salgan a luz los pensamientos de muchos corazones.
Habla primero de la caída, y luego del resurgimiento, cuando en los planes de Dios y en la realidad el Niño estaba puesto primero y principalmente para resurgimiento de todo Israel, y sólo por culpa de ellos y contra los deseos de Dios había de ser ocasión, mera ocasión, de ruina para muchos.
Presenta después al Niño como “señal” divina, que era lo que debiera haber dicho en primer lugar; y frente a esta señal no ve si no contradicción, origen de la caída, y nada dice de la dócil aceptación, principio de resurgimiento.
Y termina con lo que es la clave de la contradicción y de la caída de muchos: los diferentes pensamientos de los corazones que convenía saliesen a la luz del día.
Restablezcamos, pues, el orden objetivo y natural de estas declaraciones de Simeón.
El Niño que viene como Salud de Dios, se presenta a Israel como una señal de Dios.
Ante esta señal reaccionan de muy diferente manera los judíos, conforme a los pensamientos y sentimientos de sus corazones.
Los que en su corazón piensan y sienten rectamente, acogen la señal de Dios; y resurgen, se salvan.
En cambio, los que en su corazón piensan y sienten perversamente, no sólo no admiten la señal, sino que le hacen toda contradicción y guerra; y caen y se pierden irremisiblemente.
La historia confirmó trágicamente esta predicción. Y la misma historia ha ido repitiéndose a través de los siglos, y se repetirá invariablemente hasta el fin de los tiempos.
Todo esto es ahora bastante claro para nosotros; sólo dos puntos reclaman especial reflexión: Cristo señal de Dios, e imposibilidad de permanecer neutrales ante esta señal.
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Cristo es la señal de Dios.
Lo había vaticinado el Profeta Isaías (11, 10): En aquel día el retoño de la raíz de Jesé se alzará como señal a vista de los pueblos; y andarán las gentes en busca de él, y su mansión será gloriosa.
Señal puesta por Dios… Señal de la misericordia de Dios, de la intervención de Dios a favor de su pueblo, de la palabra y revelación definitiva de Dios; señal y prenda de que Dios va por fin a cumplir su promesa; señal y estandarte del reino de Dios, que va a agrupar en torno suyo el pueblo de Dios; señal visible y portentosa, que el mismo anciano Simeón ha visto y reconocido, según que acaba de cantar:
Pues ya vieron mis ojos tu Salud, que preparaste a la faz de todos los pueblos: luz para iluminación de los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel.
Y todo en Jesucristo es señal de Dios; su persona y sus actos; su santidad y su enseñanza; sus profecías y sus milagros.
Y para hacer más visible esta señal, convergen y se concentran en ella todos los rayos de los vaticinios mesiánicos.
Y esta señal subsiste todavía en la Iglesia, que, como declaró el Concilio Vaticano, su Sesión 5ª, c.3: Ella también es una señal levantada a vista de las naciones (Isaías 11, 12).
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Ante esta señal dada por Dios no cabe la indiferencia, la neutralidad o la abstención: hay obligación de reconocerla y acatarla.
El solo hecho de no reconocerla, es ya desecharla y declararse en rebelión contra Dios.
No hay más que dos ciudades: la de la celestial Jerusalén y la de la infernar Babilonia.
No hay sino dos banderas: el estandarte de Cristo Rey, y la enseña de Lucifer.
El no alistarse bajo el emblema de Cristo, sumo capitán y Señor nuestro, es ya alistarse bajo la insignia de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura, como le llama San Ignacio.
Pero desgraciadamente, muchos, atizados por Lucifer, no contentos con la rebelión de brazos caídos, hacen la guerra más furiosa contra la señal divina, blanco de todos sus ataques, signo de contradicción.
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El anciano Simeón ha anunciado a María la futura suerte de su Hijo.
De pronto, interrumpiendo su razonamiento, se dirige a la Madre: Y a ti misma una espada te atravesará el alma.
Procuremos penetrar el profundo sentido de este vaticinio.
Lo soberanamente glorioso para María, es que esta profecía concierne a Ella sola en unión con su Hijo, y la presenta como su copartícipe y coadjutora en ese gran carácter de blanco de la contradicción de los hombres, y de estar puesto para su ruina o resurrección.
La Virgen María está implicada en la profecía, porque está en ella identificada con su Hijo.
En efecto, después de haber dicho: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción, Simeón añade al punto: Y a ti misma una espada te atravesará el alma.
La conjunción y, que une a María con Jesús en esta profecía tiene de tal modo ese valor que tiene por equivalente esta otra: hasta tal punto que…
Es decir, que Jesús debe ser blanco de la contradicción a tal extremo que el alma misma de la Virgen Madre será traspasada con la misma espada que a Él atravesará.
Comienza Simeón enfáticamente: Y a ti misma… Como diciendo: la suerte del Hijo no podrá menos de afectar también a la Madre. Las contradicciones dirigidas contra el Hijo, no podrán menos de repercutir y recaer sobre la Madre.
Por esto, precisamente por esto, una espada te atravesará el alma.
Los dolores de María proceden de su maternidad divina.
María es víctima como Jesús; es víctima con Jesús; es víctima por Jesús.
Los dolores de María proceden también de su maternidad humana espiritual, a causa de nuestras cobardías, de nuestras ofensas, de nuestros crímenes.
No anuncia el anciano a María Santísima que Ella será directamente blanco de contradicciones o de ataques; ni la historia posterior nos habla de ataques personales y directos de los judíos contra María…
¡Para atacar a la Madre bastará atacar al Hijo!
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Esta primera declaración no agota la significación del misterio: hay que penetrar más en profundidad.
También la Virgen María es señal de Dios. Lo había predicho también el mismo Profeta Isaías (7, 14): Por esto el Señor mismo os dará una señal: He aquí que una Virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.
Comentando estas palabras del Profeta, escribía San Ireneo: Dios, pues, hecho hombre, y Señor Él mismo, nos salvará, dándonos la señal de la Virgen.
La Virgen, por tanto, es también señal de Dios. Pero no lo es por sí misma e independientemente: lo es como Madre, y por ser Madre.
El Mesías es por sí mismo señal de Dios; la Virgen lo es solamente como Madre del Mesías, Madre de Dios.
Más aún, el Mesías y la Virgen no son dos señales; ¡son una sola seña! de Dios, cuya representación se halla primariamente en el Hijo, secundariamente en la Madre.
De ahí la consecuencia. Si el Mesías ha de ser, como señal divina, blanco de la contradicción; del mismo modo la Virgen, como incluida en la señal, entrará igualmente a tomar parte en las contradicciones.
El sólo hecho de ver al Hijo como signo de contradicción será la espada de dolor que traspasará el alma de la Madre.
Pero, como la contradicción hecha a la señal divina culminará en la pasión del Redentor, por esto, proporcionalmente, la espada que traspasará el alma de la Madre será la compasión de la Corredentora.
Así lo exige el misterio de la señal divina, y así lo ha entendido la tradición cristiana y lo ha confirmado la santa Iglesia.
Hacia el Calvario y hacia la Cruz se orientan los vaticinios de Simeón; y en el Calvario, y junto a la Cruz, está reservada a María la espada de dolor que traspasará su alma.
Pero la contradicción humana, lejos de ser un obstáculo a los designios de que el Mesías sea la Salud de Dios; será, por el contrario, el instrumento providencial para la realización de estos designios de misericordia.
Por la Cruz, expresión suprema de la contradicción humana, el Mesías salvará al mundo.
Por las repercusiones de esta contradicción, crucifixión del alma, será la Virgen la cooperadora de la salvación de los hombres.
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La Señal de la Santa Cruz, se ha convertido en la señal de la salud humana; porque en la Cruz están crucificados el Cuerpo del Hijo y el Alma de la Madre.
Si la espada anunciada no es otra cosa que la compasión o comunión de Pasión de la Madre con el Hijo, y si esta compasión es la cooperación materna a la redención obrada por el Hijo, es natural que en el Corazón de la Madre, contemplemos concentrada toda la compasión de María y toda la cooperación de la Corredentora.
La Corredención Mariana no puede hallarse sino en el Corazón de María; del mismo modo, el Corazón de María no puede concebirse sino como el Corazón de la Madre Corredentora.
Con razón escribía San Bernardo: Él pudo morir en su cuerpo; Ella, ¿no había de poder morir con Él en su Corazón? El amor, tal que nadie le tuvo mayor, hizo morir al Hijo en la Cruz; también el amor, cual después de aquél no hubo otro semejante, hizo morir al Corazón de la Madre.
Para apreciar la intensidad de sus dolores habría que medir todo el ardor de su caridad.
Por otra parte, la duración de esos dolores es continua.
Los mártires sufren algunas horas; María toda su vida.
Los mártires sufren tormentos en el cuerpo; María en su Corazón.
Desde el momento en que el anciano Simeón le anuncia que una espada atravesará su alma, sintió que esa espada se había clavado en su Corazón maternal. Y cuando tiene al Hijo en sus brazos, no puede apartar su mente de las escenas de la Pasión; y cuando mira aquellos ojos a cuyas pupilas se asomaba Dios, los ve obscurecidos y moribundos; y cuando contempla esas manos, esos pies, los ve traspasados por el hierro de la ingratitud y llagados por el amor; y cuando siente latir su Corazón, lo ve traspasado por ese mismo hierro que desgarrara su Corazón.
Un dolor tanto más intenso cuanto más continuo.
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Y con esos dolores nos engendra con Jesucristo a la vida de la gracia por el dolor y por el amor.
Ella es Corredentora de la humanidad, la Madre espiritual de los cristianos, el consuelo de los afligidos.
Ella es la Reina de los Mártires, que sube a la montaña misma del sacrificio y ofrece a Jesús como una hostia por los pecados del mundo.
Agradezcamos a Jesús y a María el don que han hecho por medio de su sacrificio, y no permitamos que tanto dolor sea en vano.

