CONSERVANDO LOS RESTOS II
Vigésimoquinta entrega

LA EDAD NUEVA
EL CONCILIO DE FERRARA-FLORENCIA
1. Los bizantinos piden auxilio. Hemos visto cómo el Papa Eugenio IV determinó trasladar el concilio de Basilea a Ferrara, de una ciudad alemana a una ciudad italiana, más accesible a los orientales y al mismo Papa.
La gran tarea que los basileenses habían tomado a pecho era la reforma de la Iglesia y la reducción de los husitas. Eugenio IV, en cambio, deseaba un concilio unionista que acabase con el cisma, allanando las diferencias que mediaban entre griegos y latinos. Las circunstancias eran favorabilísimas, y en alabanza de Eugenio IV hay que decir que supo mejor que nadie comprenderlas y aprovecharlas.
Diversas tentativas de unión en los siglos precedentes no fueron coronadas por el éxito. Las cruzadas, más que ayudar, perjudicaron a la reconciliación de griegos y latinos. El imperio latino de Constantinopla excitó más el rencor que los bizantinos abrigaban contra los occidentales, hasta el punto de despreciarlos como a perros, según escribía el emperador Balduino I a Inocencio III, y no querer decir Misa sus sacerdotes en altar donde hubiese celebrado un latino.
Caído el imperio latino constantinopolitano en 1261, vióse forzado el basileus Miguel VIII Paleólogo a buscar apoyo en Occidente, y se inició la unión de las dos iglesias en el concilio Lugdunense de 1274; pero ni los obispos ni el pueblo, fanatizado por los monjes, quisieron saber nada de ello.
El peligro de sucumbir ante el empuje de los turcos osmanlíes les hace acudir con frecuencia al Papa en demanda de auxilio. Bizancio sola no puede sostenerse. En 1354 saltan los turcos el Bósforo y se apoderan de Gallípoli. Ya el enemigo echó pie en Europa, y empieza la conquista de los Balcanes. Adrianópolis se rinde en 1361. En vano Juan V Paleólogo se dirige a Urbano V y a Gregorio XI, pues los reyes cristianos de Occidente no se dejan conmover. El sultán Bayaceto I derrota el ejército cruzado del rey Segismundo en Nicópolis (1396) y pone asedio a Constantinopla. Afortunadamente tiene que retirarse, porque del centro del Asia se precipitan sobre los otomanos las hordas innumerables del temible mogol Tamerlán (Timur Leng). Este supuesto descendiente de Gengis-Kan, cuyo imperio, centrado en Samarcanda, se extendía desde la India hasta Anatolia, desbarata a los jenízaros de Bayaceto en Angora (1402) y hace prisionero al sultán.
Era el momento en que griegos y latinos, unidos, podrían haber eliminado para siempre la pesadilla turca. Pero no fue así. Los otomanos se rehacen a la muerte de Tamerlán, y vuelve Murad II (Amurates) a asediar a Constantinopla en 1422, y conquista Tesalónica en 1430.
El basileus hizo cuanto pudo por salvar su imperio. Sus embajadores rogaron en 1422 a Martín V convocar un concilio ecuménico en Bizancio, lo que infundió temores al pontífice. En 1430 se llegó a un acuerdo: el concilio donde se tratase de la unión tendría lugar en una ciudad de la costa de Calabria. El Papa Colonna murió sin poder realizar sus ilusiones unionistas. Entre tanto, un concilio de la iglesia latina se iba a reunir en Basilea. Esta ciudad les quedaba a los bizantinos demasiado lejos. Hubo, sin embargo, algunas negociaciones de los griegos con los Padres basileenses.
Mucho mejor que éstos comprendía la situación del basileus el Papa Eugenio IV, que había sido legado pontificio en Constantinopla. En su bula Doctore gentium, del I8 de septiembre de 1437, manifestó su intención de trasladar el concilio basileense a Ferrara, ciudad bien vista de los griegos, en la que el marqués Nicolás ofrecía protección y seguridad; y, finalmente, el 30 de diciembre por la bula Pridem anunciaba que ya muchos bizantinos se hallaban en Venecia y que la apertura del concilio de Ferrara tendría lugar el 8 de enero de 1438.
2. El Papa y el emperador bizantino en Ferrara. En efecto, el 8 de enero el anciano y benemérito cardenal Nicolás Albergati, en nombre del Romano Pontífice, abría el concilio en la catedral de Ferrara con una procesión, misa solemne y sermón. El 10 de enero de 1438 se tuvo la sesión I, con numerosa asistencia de prelados. El Papa en persona llegó a fines de mes desde Bolonia, dando con su presencia a la asamblea un brillo que faltaba a los rebeldes basileenses. Su primera palabra a los Padres conciliares fue de exhortación a la reforma de la Iglesia, empezando por la reforma de cada uno en particular.
Eugenio IV presidió la sesión II (15 de febrero), en la que fueron excomulgados y privados de sus dignidades los de Basilea. Asistían 72 obispos y numerosos presbíteros y doctores. Pronto veremos descollar en las disputas y comisiones personajes tan ilustres como el cardenal Juliano Cesarini, Ambrosio Traversari, general de los camaldulenses y docto helenista; los teólogos dominicos Andrés de Constantinopla, arzobispo de Rodas; Juan de Montenero, provincial de Lombardía, y Juan de Torquemada, que llegará a ser el mayor teólogo de su siglo.
El basileus Juan VIII Paleólogo (1425-1448) llegó con su hijo el príncipe Demetrio el 4 de marzo, y poco después el patriarca constantinopolitano José II, anciano venerable y muy adicto a Roma, pero que, sin embargo, no quiso rebajarse a besar el pie del Sumo Pontífice, se convino en que le besaría la mejilla, y los demás obispos la mano. No fué éste el único tropiezo en cuestiones de protocolo y de precedencia.
Dos grandes figuras sobresalían entre los griegos: Marcos Eugénicos, metropolitano de Efeso, ardiente controversista antilatino, el mayor enemigo de la unión, y el sapientísimo Bessarión, arzobispo de Nicea, fervoroso unionista, amigo del basileus y discípulo en filosofía platónica de Gemistos Plethon, que también vino a Ferrara y luego a Florencia. Al lado de éstas figuras brilló Isidoro de Kief, metropolitano de Rusia, gran promotor de la unión; Gregorio Mammas, natural de Calabria, que será patriarca de Constantinopla; Doroteo, arzobispo de Mitilene, que nos ha dejado una historia del concilio (reproducida en Mansi); Jorge Scholarios y otros.
Los gastos que hizo Eugenio IV por razón de los bizantinos, que eran cerca de 700, fueron muy grandes, pues a cuenta del Papa corría el sustento y alojamiento de todos, a los cuales también a veces se les distribuía dinero contante. Y todavía se queja Silvestre Siropulo, allí presente, de que tal distribución no se hacía a tiempo.
3. Orden y materia de las discusiones. Desde los primeros días se agitó la cuestión del modo que se había de guardar en las deliberaciones. Finalmente optaron por no dividirse en naciones, como en Constanza, ni en comisiones, como en Basilea, sino más bien dividir todos los miembros del concilio en tres órdenes (status): a) los cardenales, arzobispos y obispos; b) los abades y demás prelados; c) los doctores y otros teólogos. Para que una decisión fuese válida debía contar con dos tercios de los votos de cada sección.
En las sesiones, el Papa ocupaba el trono más alto; en un grado un poco inferior se alzaban otros dos, destinados, el de la derecha, al emperador germánico, ausente, y el de la izquierda, al emperador bizantino; al lado de éste, su hijo Demetrio, y luego, el patriarca José en un trono igual al del Papa; después, los arzobispos, obispos, etc.; en la parte del evangelio, los latinos, y en la de la epístola, los griegos.
Era voluntad del basileus que asistiesen los príncipes cristianos; Eugenio IV los invitó a venir, aunque inútilmente. También deseaba el Paleólogo que, dejando las discusiones dogmáticas para más tarde, se empezase en seguida a tratar de la unión y de la ayuda de los latinos contra los musulmanes. Trabajo costó a Cesarini persuadirle que primero era necesario ponerse de acuerdo en los puntos principales que causaban la disensión. Estos puntos se redujeron a cuatro: la procesión del Espíritu Santo, el pan eucarístico, las penas del Purgatorio y el primado del Pontífice Romano.
Para tratar de estas cuestiones se nombró una comisión de diez miembros, mitad griegos, mitad latinos, en la que sólo cuatro disputaban: Bessarión y Marcos Eugénicos, de una parte, y de la otra, Cesarini y Torquemada; los demás eran simples testigos o a lo más consejeros. Las actas o proceso verbal se redactaba en griego y en latín.
Apenas discutieron más que sobre las penas del Purgatorio, a pesar de que la diferencia de opiniones era leve, ya que los latinos admitían la pena del fuego, mientras que los griegos, no muy coherentes y firmes en su pensar, admitían otras penas, reservando el fuego para el infierno.
El basileus aliviaba su aburrimiento saliendo a cazar codornices y faisanes por los alrededores, no sin queja del marqués de Ferrara, y el cardenal Cesarini trataba de unir los ánimos de griegos y latinos convidándoles a su mesa.
4. El «Filioque», en el símbolo. Tras largos meses de espera, se convino por fin en que la primera sesión solemne se tendría el 8 de octubre de 1438. En ella pronunció Bessarión un magnífico discurso sobre la necesaria unión de las Iglesias. En las sesiones sucesivas se abordó el candente problema de la procesión del Espíritu Santo, problema envenenado por Focio en el siglo IX cuando acusó a los latinos de que, al introducir en el símbolo niceno-constantinopolitano la palabra Filioque, destruían el dogma católico poniendo dos principios en la divinidad.
Hubieran querido ahora los latinos explicar claramente cómo entendían la procesión del Espíritu Santo conforme a la Escritura, a los concilios y a los mismos Padres griegos antiguos; pero Marcos Eugénicos, esquivando el hondo problema teológico, planteó la cuestión en una forma que impresionaba a ciertos bizantinos: ¿Es lícito la inserción de cualquier término nuevo en el símbolo? Los latinos habían interpolado ilegítimamente el símbolo, refiriéndose al Espíritu Santo «qui ex Patre Filioque procedit», haciéndose así causantes y responsables del cisma.
A esta violenta diatriba del día 14 de octubre (sesión III) respondió oportunamente Andrés de Rodas, negando que eso fuese una interpolación ni una ilícita adición. Todo el mes de octubre lo llenaron estos contendientes, a los que se agregaban Cesarini y Bessarión esgrimiendo argumentos y leyendo textos. A la afirmación de Marcos Eugénicos que los antiguos concilios prohíben cualquier aditamento a las fórmulas de fe, respondieron Cesarini y Andrés de Rodas que aquí no se trataba de una adición propiamente dicha, sino de una explicación o declaración, cosa que no prohíben los antiguos sínodos; que, por otra parte, la doctrina del Filioque es conforme a la de los Padres griegos y que ni los mismos bizantinos en un principio habían puesto dificultades cuando ese término se introdujo en Occidente.
Pasó el mes de noviembre y no se veía el fin de la controversia.
De pronto, una epidemia hace aparición en la ciudad, atemorizando a muchos. Además, el Papa se ve en apuros económicos, no pudiendo sostener a tanta gente con los exiguos ingresos que le venían de los Estados pontificios. Los griegos reclamaban la pensión atrasada de cinco meses y algunos pensaban en marcharse. Entonces intervinieron los florentinos, ofreciendo su ciudad al concilio con muchas ventajas. Resistíanse los griegos. Solamente cuando Eugenio IV les aseguró que en Florencia serian mejor pagados y que, votada la unión, les donarla 12.000 escudos de oro, la oposición se desvaneció.
El 10 de enero de 1439 (sesión XVI, última de Ferrara) leyóse el decreto de traslación a Florencia. En Ferrara prácticamente no se había conseguido nada.
5. Disputas teológicas sobre el Espíritu Santo. El 16 de enero salía de Ferrara Eugenio IV y entraba el 24 en la ciudad del Arno. Poco después venían el basileus y el patriarca de Constantinopla. Lo que el basileus deseaba era el apoyo de Occidente a la causa bizantina; estaba hastiado de tantas disputas teológicas y desilusionado de que ningún príncipe viniese a deliberar con él sobre el problema militar y económico. Instó, pues, a los teólogos a que se pusieran pronto de acuerdo para poder realizar la unión. Quizá por esta razón vemos que en Florencia los unionistas prevalecen y comienza a decaer el prestigio del empedernido disputador Marcos Eugénicos, de Efeso.
El 26 de febrero de 1439 se reanudó el concilio (sesión XVII). Pronunció un discurso Cesarini, aludiendo directamente a la unión, y se estableció que las sesiones públicas se tendrían tres días por semana, durando cada una tres horas. Dejando, por orden del emperador, la cuestión de si el Filioque era una inserción legítima o no, se abordó la cuestión dogmática de la procesión del Espíritu Santo. ¿Procede solamente del Padre, como decían los griegos, o del Padre y del Hijo, como afirmaban los latinos?
Dos hábiles gladiadores bajaron a la palestra: Marcos Eugénicos y Juan de Montenero. Este sabio dominico, fuerte en la escocolástica, trató de probar, echando mano de la teología positiva, que el Espíritu Santo procede también del Hijo, trayendo testimonios evidentes de los mismos griegos anteriores a Focio, en particular algunos textos aplastantes de San Basilio y de San Epifanio. El mismo confiesa que le ayudaron en el trabajo de búsqueda Traversa y Cesarini.
No pudiendo Marcos Eugénicos rechazar tan altas autoridades de la Iglesia griega, buscó una escapatoria, diciendo que los textos alegados, en especial el de San Basilio, estaban interpolados y no eran auténticos.
La sesión XX (7 de marzo) fue una lección de crítica textual. Afirmó Juan de Montenero que, si el texto griego por él citado contenía alguna interpolación, eran los griegos los que lo habían interpolado, pues el códice lo había traído de Constantinopla Nicolás de Cusa; pero que tal interpolación no podía darse, porque el códice era anterior a las discusiones sobre el Filioque.
El que estaba corregido e interpolado con señales que delataban la superchería era el códice manejado por Marcos Eugénicos, como lo demostró más tarde Bessarión, el cual asegura que todos los códices antiguos contenían la doctrina de que el Espíritu Santo procede también del Hijo, y solamente algunos más recientes traían el texto en la forma de Marcos Eugénicos.
A la objeción fundamental que los griegos traían contra los latinos, diciendo que éstos ponían en la divinidad dos principios y doble espiración. Juan de Montenero contestó el 17 de marzo (sesión XXIII), explicando claramente cómo la iglesia latina admitía un principio y una espiración, ya que el Padre y el Hijo comunican su ser al Espíritu Santo en lo que les es común, y como el Espíritu Santo es de la substancia del Padre, así lo es de la del Hijo. Si el Espíritu Santo no procediese del Hijo, no podría distinguirse personalmente de Él.
Muchos de los griegos quedaron contentos de tal explicación y se mostraron dispuestos a firmar la unión en seguida. En éste como en los demás problemas se mostró claro que la teología había progresado en Occidente mucho más que en Oriente; disgustaba, sin embargo, profundamente a los griegos el método dialéctico y la mentalidad aristotélica de los teólogos occidentales. A las dos últimas sesiones, del 21 y 24 de marzo, el basileus les prohibió asistir a Marcos Eugénicos y a Antonio, arzobispo de Heraclea, pues quería la pronta conciliación y no las largas discusiones.
6. Hacia la unión de griegos y latinos. Por deseo de los griegos, que no esperaban nada de las disputas, suspendió el Papa las sesiones públicas. Reunió el patriarca constantinopolitano a sus obispos, invitándoles a buscar un modus unionis, porque, si no lo hallaban antes de Pascua —y estaban en día de lunes santo—, tendrían que volverse a Constantinopla fracasados. Al día siguiente, 31 de marzo, fue el basileus en persona a la residencia del patriarca con ánimo de empujar a los prelados hacia la unión, mas los halló a todos muy discordes. Los antiunionistas, capitaneados por Marcos Eugénicos de Efeso y Antonio de Heraclea, motejaban de herejes a los latinos y estaban dispuestos a interrumpir bruscamente el concilio huyendo de Florencia, cosa que hubieran puesto en ejecución, de no haber tomado el basileus medidas para estorbarlo.
Pasó la Pascua y nada se había hecho por componer las diferencias entre ambas iglesias, a pesar de que la mayoría de los griegos, siguiendo a Bessarión, Isidoro de Kief y Doroteo de Mitilene, eran decididamente unionistas.
El 13 y 14 de abril de 1439 pronunció Bessarión de Nicea su famoso y largo discurso, en diez capítulos, demostrando la necesidad de la unión; «El Filioque —dijo— es una adición al símbolo hecha por los latinos sin la aprobación de un concilio, pero responde a la doctrina que enseñaron los Padres griegos, y, por tanto, nosotros, reunidos ahora en concilio universal, podemos aprobarla; si no lo hacemos, impedimos la unión de las iglesias y nos hacemos reos de una gran culpa».
Poco después, el eruditísimo Jorge Scholarios, todavía seglar, perfectísimo conocedor de la teología occidental, y en particular de la tomista, abogó por la unión de Bizancio con los pueblos latinos antes que con los bárbaros de Oriente. En cuanto al Filioque, manifestó que no había dificultad en que los latinos siguiesen recitándolo en el símbolo y que los griegos añadiesen lo que ya implícitamente confesaban. La fórmula de concordia —dijo el 30 de mayo— podría ser ésta: «El Espíritu Santo recibe su ser del Padre y del Hijo (o del Padre por el Hijo) como de un solo principio».
Designóse una comisión de diez latinos y otra de diez griegos que deliberasen en común hasta hallar la fórmula de unión. En dares y tomares se les pasó parte de abril y todo mayo. Por fin, el 4 de junio los griegos convinieron en dar su aprobación a una fórmula, que fue firmada por todos, a excepción de Marcos Eugénicos, el 8 de junio delante del Papa. Se reconocía que el Filioque expresaba la doctrina antigua tradicional, haciendo notar que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio.
Como el tiempo urgía, determinaron examinar inmediatamente los puntos que faltaban. El 9 de junio, tras breve deliberación, los griegos declararon lo siguiente: el pan eucarístico, ora sea fermentado (como entre los griegos), ora sin levadura (como entre los latinos), será válido para la consagración con tal que sea de trigo. El Purgatorio es un lugar de prueba o de penas; si éstas son fuego o tinieblas y torbellinos, no lo discutiremos. El Pontífice Romano debe gozar de todas las prerrogativas que tenía desde el principio, antes del cisma. Es notable que, en punto tan capital como el del primado, apenas hubo discusiones.
Al día siguiente aconteció en Florencia un luctuoso suceso que podía haber perturbado la unión, pero que de hecho contribuyó a acelerarla. El 10 de junio después de comer se retiró el patriarca a su aposento y escribió un buen rato. Al anochecer se sintió mal y poco después expiró. En un papel encontraron su última voluntad, que decía así: «José, por la divina misericordia arzobispo de Constantinopla, nueva Roma, y patriarca ecuménico… Todo lo que confiesa y enseña la Iglesia católica y apostólica de Nuestro Señor Jesucristo, que está en la antigua Roma, yo también lo confieso y lo acepto plenamente. Reconozco también al santísimo Padre de los Padres, pontífice máximo y vicario de Nuestro Señor Jesucristo». Pocos días antes había reconocido la perfecta ortodoxia del Filioque, aunque pensaba que los griegos no debían añadir nada a su símbolo.
7. El decreto de unión. Privados de su patriarca, los griegos no podían continuar por mucho tiempo en Florencia. Por lo cual el Papa se dio prisa a ultimar el acuerdo. Encargó a Juan de Monteneropara el día 16 de junio un discurso sobre el primado y otro a Juan de Torquemada acerca del uso del pan ácimo y redactó una carta con los puntos que debían aceptar los bizantinos. Hubo todavía muchos dimes y diretes entre Eugenio IV y el Paleólogo sobre retoques y correcciones del documento, hasta que por fin el 4 de julio se aprobó en la iglesia de San Francisco el decreto de unión. El domingo 5 de julio fue firmado por los griegos (excepto Marcos Eugénicos y el obispo de Stauropolis), en el palacio Peruzzi, residencia del basileus, y por los latinos, en el convento de Santa María de Vella, donde el Papa habitaba.
Desde aquel momento, el concilio general de la iglesia latina, legítimamente congregado en Ferrara-Florencia, podía decirse concilio ecuménico de las dos iglesias unidas. El 6 de julio de 1439, en la Misa pontifical que Eugenio IV celebró en la catedral de Florencia, se leyó el decreto de unión, compuesto en latín y griego por Ambrosio Traversari, con leves retoques que al texto griego hizo Bessarión. Empezaba así: «Eugenio obispo, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria, con el consentimiento de nuestro querido hijo en Jesucristo Juan Paleólogo, ilustre emperador de los romanos… (Esta mención del basileus fue una exigencia del mismo.) Laetentur caeli et exultet terra!: ¡Alégrense los cielos y salte de júbilo la tierra! Cayó el muro que dividía a la iglesia oriental de la occidental y volvió la paz y la concordia, siendo piedra angular Cristo, que hizo de las dos una por el vínculo fortísimo de la caridad y de la paz… Alégrese la madre Iglesia, que ve a sus hijos, antes disidentes, vueltos ya a la paz y unidad… Congratúlense sus fieles de todo el orbe… ¿Quién podrá dar a Dios omnipotente dignas gracias por tales beneficios?… A ti la alabanza, a ti la gloria, a ti el agradecimiento, ¡oh Cristo!, fuente de misericordia. En nombre, pues, de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, con la aprobación de este sacro concilio universal florentino, definimos…»
Siguen las definiciones de los puntos antes discutidos, y en particular del primado pontificio, que suena así: «Item definimus sanctam apostolicam sedem et romanum pontificem in universum orbem tenere primatum, et ipsum pontificem romanum successorem esse Beati Petri principis apostolorum, et verum Christi vicarium, totiusque Ecclesiae caput, et omnium christianorum patrem ac doctorem existere, et ipsi in Beato Petro pascendi, regendi ac gubernandi universalem Ecclesiam a Domino nostro Iesu Christo plenam potestatem traditam esse, quemadmodum etiam in gestis oecumenicorum conciliorum et in sacris canonibus continetur».
Terminada la Misa, subió el cardenal Cesarini a una tribuna alzada bajo la armoniosa cúpula de Brunelleschi y leyó en voz alta el texto latino del decreto. A continuación subió Bessarión y leyó el texto griego. Los prelados bizantinos, con el basileus a la cabeza, vinieron a arrodillarse ante el Papa, rindiéndole homenaje. Fue aquél un día de triunfo y de satisfacción para Eugenio IV.
Mientras los cismáticos de Basilea con el cardenal Luis d’Alemán (y luego con el antipapa Félix V) proclamaban el conciliarismo y atacaban al Pontífice Romano, Dios concedía a Eugenio IV, después de tantas tribulaciones, un crecimiento de la autoridad pontificia, como en los mejores tiempos de la Iglesia, por la unión de griegos y latinos. El cisma de Oriente había terminado y el de Occidente se extinguía falto de todo apoyo oficial. Esperábase que ahora, juntos todos los cristianos, vencerían al tradicional enemigo de la cristiandad: los turcos. Desgraciadamente no fue así; pero la culpa no estuvo en el Papa.
Proclamado en Florencia el acto de unión, ya no pensaron los griegos sino en partirse cuanto antes. Todos los gastos del viaje hasta Constantinopla corrían a cuenta del Sumo Pontífice, que ya había ordenado a Venecia aprestar las trirremes necesarias. Hubiera deseado Eugenio IV que allí, en Florencia, fuese elegido y consagrado, ante sus ojos, el nuevo patriarca constantinopolitano, que el arzobispo de Efeso, Marcos Eugénicos, fuese castigado por su obstinación y que el divorcio se aboliese absolutamente en la iglesia griega, mas sus esfuerzos resultaron vanos. El 26 de agosto salió el basileus con su séquito para Venecia; otros muchos le habían precedido.
No por eso se dio por clausurado el concilio de Florencia. Quedaban pendientes aún dos negocios de importancia: el cisma de Basilea y la unión con otras iglesias orientales, en lo cual se trabajó dos años y medio.
Después que Juan de Torquemada impugnó en varias sesiones el conciliarismo de los basileenses, Eugenio IV dirigió a las universidades la bula Etsi non dubitemus (20 de abril 1441), defendiendo la primacía del Papa sobre los concilios. Era un rayo de luz que venía a iluminar gloriosamente la autoridad de la tiara pontificia, oscurecida entre las tormentosas discusiones de Constanza y Basilea. En premio a sus labores conciliares y a su celo por la fe romana, el Papa otorgó el capelo cardenalicio a Bessarión, Isidoro de Kief, Juan de Torquemada y a otros catorce.
8. La unión con otras iglesias orientales. Fin del concilio en Roma. Cuatro apocrisarios del patriarca armenio Constantino V que se hallaban en el concilio desde 1438 firmaron un decreto de unión con la iglesia romana el 22 de noviembre de 1439. Admitieron los armenios el símbolo con el aditamento del Filioque, la doctrina de las dos naturalezas, dos voluntades y dos operaciones en Cristo, los siete sacramentos, el concilio de Calcedonia, el símbolo atanasiano y el decreto florentino de unión con los griegos. Desgraciadamente, cuando los delegados de la iglesia armenia volvieron a su tierra, hallaron que el patriarca Constantino había muerto y todo el país gemía bajo la invasión turca, que impedía la unión con Roma.
También los jacobitas de Etiopía y de Egipto (coptos) enviaron sus delegados a Florencia para tratar de la unión. Y de Palestina vino un enviado del abad Nicodemo de Jerusalén, cabeza de todos los jacobitas, que al mismo tiempo traía la representación del rey de Etiopía. Error propio de la secta jacobita era el monofisitismo, al cual renunciaron públicamente el 4 de febrero de 1442, firmando una larga profesión de fe en la que se enumeraban los libros sacros que deben tenerse por inspirados, se determinaba la forma de la consagración eucarística y se aceptaban los decretos de unión con los griegos y con los armenos.
Podía darse por concluido el concilio de Ferrara-Florencia, pero Eugenio IV quiso todavía continuarlo en Roma, adonde lo trasladó en 1443, sin duda con la intención de dar nuevo realce a este concilio llevándolo al centro de la catolicidad y con el propósito de mantenerlo abierto mientras persistiese la amenaza de Basilea.
El 7 de enero de 1443, Eugenio IV salió de Florencia seguido de los Padres conciliares. De la continuación del concilio en Letrán sólo sabemos que se tuvo una sesión en septiembre de 1444 y otra en agosto de 1445, después de lo cual no se descubre el menor rastro.
Consta que en ese tiempo nuevas iglesias orientales se adhirieron a la romana.
El rey Esteban de Bosnia fue legitimado por el Papa después que, en nombre de todo su pueblo, un embajador abjuró los errores maniqueos o paulicianos.
El arzobispo Abdalá de Edesa vino a Roma como legado del patriarca de Siria, Ignacio; abjuró el monofisitismo, el mo-notelismo y el error de los griegos sobre la procesión del Espíritu Santo, con lo que aquellos pueblos de la Mesopotamia entraron en el seno de la iglesia romana.
El metropolitano de los caldeos, Timoteo de Tarso, y Elías, obispo de los maronitas, residían ambos en Chipre, donde se dejaron ganar para la unión. El primero abjuró personalmente en Roma el nestorianismo, y el segundo, por medio de un representante, los errores monotelitas, de lo que el Papa daba gloria a Dios en su bula Benedictus Deus.
9. Unión efímera. Al ver cuán efímera resultó aquella unión de las iglesias, brota espontánea la pregunta: ¿Obraron los bizantinos por motivos sinceramente religiosos? El primer móvil que les impulsó a procurar la unión fue ciertamente político, o sea, la necesidad de auxilio militar y económico para rechazar a la Media Luna, que se cernía amenazante. Pero, aunque predominase el motivo político y humano, podemos creer que el basileus abrazó en Florencia las doctrinas romanas con sinceridad religiosa. Y mucho más seguramente se ha de afirmar esto de otros bizantinos, como Bessarión, Isidoro de Kief, Doroteo de Mitilene, el protosincelo Gregorio, Metrófanes de Cícico, etc.
En Constantinopla existía un partido unionista. Con todo, no cabe duda que el clero bizantino en general estaba poseído de odio y desprecio contra los occidentales. Su ciego fanatismo fomentó en el pueblo la aversión a Roma. Los que volvían de Florencia fueron muy mal recibidos, acusados de traidores, apóstatas, defensores de dogmas extranjeros. Marcos Eugénicos, arzobispo de Efeso, trabajó todo lo posible con sus conversaciones, cartas y escritos por que otros obispos se volviesen atrás. Hubo sacerdotes bizantinos que negaban la absolución a los fieles partidarios de la unión. En vano el basileus elevó a la cátedra patriarcal constantinopolitana a Metrófanes en 1440, pues contra este celoso unionista y contra el mismo Paleólogo se alzaron los patriarcas de Jerusalén, de Antioquia y de Alejandría, separándose de Roma en 1443. Los esfuerzos unionistas de Bessarión resultaron inútiles, y el sabio cardenal de Nicea se vio obligado a vivir en Italia, prestando a la Santa Sede y a la cultura humanística los más altos servicios.
También hubo de retirarse a Roma el cardenal ruteno Isidoro de Kief, quien, encargado de promulgar la unión en Rusia, fue aprisionado en Moscú de orden del gran príncipe Basilio en 1441, mas logró escapar en 1443.
Entre tanto, los turcos avanzaban sobre Europa. En 1441 invaden Hungría, mal defendida por una reina viuda, a cuyo hijo recién nacido disputa el trono el rey de Polonia. En tan apurada situación, Eugenio IV envía a su legado el cardenal Cesarini, quien logra organizar una fuerte expedición, acaudillada por el héroe húngaro Juan Hunnyady (1387-1456), duque o voivoda de Transilvania. Obtienen los cruzados algunos triunfos, pero vuelven los turcos en 1444, y derrotan el 10 de noviembre a los cristianos en la batalla de Warna, donde muere el rey Ladislao III de Polonia, cayendo asesinado en la fuga el cardenal Cesarini.
En Bizancio empeoraba la situación religiosa. Muerto el patriarca Metrófanes en 1443, la sede constantinopolitana permanece vacante hasta que en julio de 1445 es elegido el cretense Gregorio III, que en Florencia se había demostrado devotísimo del romano pontífice; pero de tal modo se pusieron las cosas que el nuevo patriarca, temiendo por su vida, hubo de retirarse en 1450 a Roma, donde murió en olor de santidad en 1459.
Eugenio IV no vio la caída de Constantinopla, porque Dios lo llevó al cielo cinco años antes de la luctuosa catástrofe.
10. La muerte de Eugenio IV. Vimos al Papa en junio de 1434 huyendo disfrazado por el Tíber para escapar a las furias populares. La república romana duró muy poco, porque en octubre Juan Vitelleschi fue enviado por Eugenio IV a domeñar la revolución y aplastar sin misericordia a los rebeldes. Este Vitelleschi, a quien Gregoroius hace mucho honor llamándolo «precursor de César Borja», era un feroz condottiero de tropas mercenarias, cruel y sanguinario, que, recibidas las órdenes sagradas, había sido nombrado obispo de Recanati.
En unión con los Orsini y otros partidarios del Papa, no tardó en reconquistar la ciudad y restaurar el gobierno pontificio. Nombrado luego arzobispo de Florencia, cardenal y patriarca de Alejandría, siguió empuñando las armas, sometió a todos los tiranuelos de la campaña romana, confiscó los cuantiosos bienes de los Colonna hasta arruinar a esta ¡lustre familia y vio con orgullo que los aduladores romanos le levantaban una estatua ecuestre en el Capitolio. Este tirano omnipotente, que hacía sombra al Papa, murió envenenado él 2 de abril de 1440 por orden del cardenal Ludovico Scarampo, otro condottiero de la misma estofa enviado a Roma por Eugenio IV para suceder a Vitelleschi, de quien había sospechas de traición.
Ya en enero de 1436, pacificados los romanos, invitaron al Papa Eugenio a que volviese a la ciudad. Este no lo juzgó oportuno por entonces, y sólo siete años más tarde, cuando ya todos los asuntos eclesiásticos estaban resueltos o a punto de serlo, decidió ir a Roma. Encontró la ciudad en estado de decadencia y abandono, como la había hallado Martin V al volver de Constanza. Los antiguos monumentos y los mejores templos, despojados de sus mármoles, presentaban aspecto ruinoso; por las callejas angostas y sucias balaban ovejas y cabras o mugían las vacas; las casas que rodeaban al Vaticano estaban inhabitables. Con ayuda del cardenal Scarampo, Eugenio IV se dedicó a la restauración de la ciudad en su aspecto material, moral y artístico y a reorganizar la administración. Entre los artistas que tomó a su servicio mostró especial simpatía al más angelical de los pintores, Fr. Angélico de Fiésole, que decoró en el Vaticano la capilla del Santísimo Sacramento.
Como reformador, no pudo realizar una obra general, limitándose a reformar por sí directamente algunos monasterios de Florencia y a favorecer en Italia a los reformadores franciscanos. Dispensó muy particular protección a su amigo Ludovico Barbo, iniciador de la Congregación reformada de Santa Justina.
Expiró piadosamente el 23 de febrero de 1447 y su cuerpo reposa en el claustro de San Salvador in Lauro.
Cuenta Vespasiano de Bisticci que Eugenio IV en el lecho de muerte, suspirando, decía: «¡Oh Gabriel —que tal era su nombre—, cuánto mejor hubiera sido para la salud de tu alma que no hubieses jamás sido Papa ni cardenal, sino que hubieses muerto en tu religión! (¡Desgraciados de nosotros todos! Sólo al fin de la vida nos conocemos».
Recibidos todos los Sacramentos de la Iglesia, entregó su espíritu a su Redentor santísimamente, como habla vivido. Tal fue el fin de tan digno pontífice, luz y ornamento de la Iglesia de Dios.
Silvio Piccolomini escribió de él muy acertadamente, resumiendo su pontificado: «Vix pontificem invenies, sub quo plura et adversa et secunda contigerint».
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses
Decimoséptima entrega: Otros herejes
Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval
Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval
Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo
Vigésimo primera entrega: El movimiento husita
Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)
Vigésimo tercera entrega: El pontificado romano en lucha con el conciliarismo
Vigésimo cuarta entrega: Eugenio IV y el concilio de Basilea
