CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO VII

CONDICIONES DE LA EDUCACIÓN

V.- AMOR Y AUTORIDAD

Para esta obra de la educación, personalísima, de inteligencia, que debe comenzar con la vida de vuestros hijos, debéis poner a contribución todo vuestro amor y toda vuestra autoridad.

¿Será preciso, padres, que os incite a que eduquéis con amor a vuestros hijos? ¿Quién los ama más que vosotros? ¿Quién puede amarlos más que vosotros? ¿Cómo vosotros podríais prescindir de vuestro corazón al educar a vuestros hijos?

Cierto: Dios, con el sentimiento y el hecho de la paternidad, ha llenado de amor vuestro corazón para con vuestros hijos. Les amáis como a vosotros mismos.

Dios ha puesto los fuertes amores donde la naturaleza reclama grandes sacrificios; y la educación es obra larga, de sacrificios que deberéis llevar quizás hasta el heroísmo.

Pero notad un hecho: al relajarse el sentido y la práctica de la abnegación en la grande obra, se ha relajado el amor, haciéndose de recio y severo —aunque dulce y cálido—, blando y pegajoso.

Tal vez podría este principio formularse al revés: El amor descastado, de sensiblería, más de instinto que racional, ha aflojado la vieja disciplina de la educación doméstica. Sea el amor la causa o el efecto de este fenómeno, es él cierto; tan cierto que es uno de los graves males que sufre la familia moderna.

La educación, lo ha dicho un pedagogo, debe ser tierna y severa, no fría y muelle.

Tierna, porque la ternura es lo que más se insinúa en el corazón del niño, y lo que consiente apoderarse de todos sus resortes; porque la ternura, que no es más que el suave calor que irradia el corazón a través de toda la actividad del amante, es el único medio de disimular y atenuar las normas inflexibles de la disciplina.

Severa, porque así lo reclama todo programa de educación verdadera, que debe tener el carácter de un molde, más o menos flexible, pero molde al fin, en el que debe fundirse toda la vida del educando.

Tan malo es para la educación un cerebro frío con una voluntad automática, como un pensamiento sin fijeza, a merced de un corazón derramado.

Sirve lo primero para disciplinar un batallón de reclutas, no una familia.

Lo segundo no sirve sino para hacer de una familia un caos, donde manden los chicos, y sean los padres llevados a remolque de ellos.

De Lacordaire son estas palabras: «El niño mecido entre caricias de las que no se ha hecho digno, crece con el pensamiento de que él siempre es amable, y que haga lo que haga, será siempre amado. Fórmase en su corazón un secreto egoísmo al contacto de un amor que no reconoce regla; ignorando la pena que sigue a la transgresión del deber, viéndose rogado en lugar de ser reprendido, adquiere en el mal una adoración de sí mismo; opone sus omnipotentes caprichos a las súplicas que le depravan, y llega a infligir un castigo de sus propias faltas, con calculadas rabietas, a aquellos que debieran haberle castigado a él».

Así se verifica en la familia, y en lo que toca al amor, el viejo adagio: Corruptio optimi, pessima: «Lo mejor resulta lo peor, cuando se corrompe». El amor, que es el mejor resorte de la educación, produce cuando se desvía dos males gravísimos: la indisciplina de los hijos y la pérdida de la autoridad de los padres.

Esta debe prevalecer siempre, dejando intactos los fueros del amor.

Digamos algo de la autoridad. Y, al hacerlo, hagámonos cargo de dos sistemas opuestos a la autoridad en materia de educación: uno de orden filosófico, y otro de orden práctico.

¡No!, dicen algunos educadores; el niño nace libre; debe respetarse su libertad. La educación es una obra de natural eclosión de las facultades de la vida; tocar los resortes de la humana actividad cuando están aún blandos, es exponerse a destrozarlos. Así hablan algunos teorizantes de la educación.

Y otros, que no son teorizantes, sino que trabajan ya sobre la materia viva del educando, quizás sobre la materia viva de sus propios hijos, dicen: ¡Amor sí!, ¡autoridad, no! Dejemos al niño que crezca, que se manifieste con toda la fuerza de sus inclinaciones; luego vendrá nuestra intervención; centraremos en él lo que no nos plazca; le amoldaremos al ideal.

Padres y madres: no os dejéis seducir jamás ni por la utopía de los primeros, ni por la insensatez de los segundos.

La primera es un error filosófico que jamás debió hallar beligerancia en los sistemas de educación. La segunda revela supina ignorancia de lo que es la vida del hombre.

A los adoradores de la libertad del niño, les diré: El niño es libre en cuanto posee las potencias radicales de la libertad, que son el pensamiento y la voluntad; pero el niño, como el hombre adulto, como el hombre viejo, no es libre si no ha merecido serlo en los rudos combates del bien.

Y, ¿cómo conocerá el niño lo que es el bien, si cuando su inteligencia se abre no hay un pensamiento que ilumine su pensamiento? Y, ¿cómo obrará el bien, cómo sostendrá los combates para hacer el bien, si no se le enseña el manejo de los factores de su vida para lograrlo? Y, ¿qué es esto sino un acotamiento necesario de la libertad?

¿Habéis visto, padres, un buen soldado que no se haya ejercitado en el uso de su arma; un sabio que antes no haya sujetado a disciplina dura su pensamiento; un simple artesano que no se haya afanado, día tras día, en el aprendizaje, antes de ser maestro en su oficio?

Es decir: ¿Habéis visto un hombre perfecto, en cualquier ramo de la actividad humana, que no haya sometido a servidumbre su libertad, antes de que la exhiba triunfadora en la sociedad en que vive?

¿Y quisieran estos filósofos que en el juego y régimen de la libertad, la potencia más terrible y más delicada, la fuerza más ignorada y más compleja, la que dispersa o aglutina todas las fuerzas de la vida, fuera el hombre libre desde su infancia?

¿Qué hará de sí mismo el hombre libre, más que un monstruo? ¿Qué será de esta libertad gloriosa, a la que nosotros somos los primeros en cantar, porque esta libertad es la obradora de virtudes y la conquistadora del Cielo, sino una pobre prisionera de todas las fuerzas bajas de la vida, que se desatarán contra ella?

Y desde el punto de mira cristiano, ¿no tenemos nosotros una verdad, una ley, una civilización, una manera de vivir, y, elevándonos más, no tenemos una revelación divina, unos preceptos divinos, un como atavismo divino, todo ello resultancia de siglos y siglos de incesante bregar de las humanas generaciones, botín glorioso de las conquistas del bien, regalo inapreciable del Dios de quien viene todo don óptimo?

Y nosotros, vosotros, padres, ¿no querréis que vuestros hijos participen de estas conquistas del bien, a pretexto de que son hombres libres? Si estos filósofos fuesen padres, ¿aventarían la fortuna que con su esfuerzo lograron, para que sus hijos con libertad la reconquistaran?

El hombre es libre, y lo es desde que entran en juego su pensamiento y su voluntad; pero su libertad, como su pensamiento y su voluntad, debe adiestrarse. Y aquí está la sabiduría del educador: en dejar al educando suficiente libertad para manifestarse, y en quedarse el educador con bastante autoridad para imponerse.

Ambos son seres morales, es decir, ambos libres; ni el hijo debe ser el potro indómito, aunque a él le comparen las Escrituras, a quien se obligue a tascar el bocado y a recibir el aguijón en los ijares; ni el padre es un domador que deba imponerse por el imperio y el látigo.

En la obra delicada de la educación, el amor, el dulce estímulo, la amonestación suave y discreta, el ejemplo, sin disminuir la autoridad del padre y de la madre, le darán flexibilidad y eficacia para amoldarse a las distintas posiciones de la libertad del hijo y atraerla a la senda del bien obrar.

Si ello no bastara, entonces será cuando el hijo deberá sentir el contacto duro con la autoridad paterna, que deberá imponerse con el mandato irrevocable, con el gesto severo, con la voz imperativa, con la sanción justa.

Y a los otros, que no son teorizantes, pero que en la práctica de la educación de los hijos tienen por norma el dejar hacer, dejar pasar, que ya llegará el día de la reflexión y de la corrección, les diré las palabras sentenciosas de Lacordaire: El mal no le cuesta nada al hombre; no tiene más que abandonarse a él… Por el contrario, el bien no sale de nosotros sino por un doloroso alumbramiento… El hombre es nativamente bárbaro; el bien no se desarrolla en él sino por un cultivo profundo, cuyo arte exige una santa ternura junto con la energía indomable… Y si el hombre es nativamente bárbaro, ¿por qué dejar que se desarrolle en la barbarie nativa? ¿Por qué no someterle al yugo desde sus primeros años, como quiere el profeta? Bueno es para el hombre el haber llevado el yugo desde su mocedad.

El mismo profeta, para demostrar la fuerza del mal en nosotros, se vale de una expresión terrible: Me castigaste, le dice a Dios, y me enseñaste como a un indómito novillo.

Del Eclesiástico son estos consejos, que los padres debierais grabar en vuestra memoria:

El caballo no domado, sale intratable; y el hijo abandonado a su voluntad, resulta insolente.

Halaga a tu hijo, y se te impondrá por el miedo; juega con él, y te contristará.

No le dejes dueño de sí en su juventud; y no descuides sus pensamientos. Dóblale la cerviz mientras es joven, y golpéale los costados en su niñez, no sea que se endurezca, y no te crea, y cause dolor a tu alma.

Estos son consejos de Dios, padres y madres; y ante Dios que aconseja, que ha hecho al hombre y la ley porque debe gobernarse, dejémonos de teorías utópicas y de sistemas de educación tardía; porque yo creo que el cómodo: «Lo haremos más tarde», debe siempre traducirse, en materia de educación, en el trágico: «¡Es ya demasiado tarde!»