MISA DEL DÍA
En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba desde el principio en Dios. Por Él fueron hechas todas las cosas, y sin Él nada se hizo de cuanto ha sido hecho. En Él estaba la Vida, y la Vida era la Luz de los hombres; y la Luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. Hubo un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan. Éste vino como testigo a dar testimonio de la Luz, a fin de que por él todos creyesen. No era él la Luz, sino enviado para dar testimonio de la Luz. El Verbo era la Luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por Él, mas el mundo no le conoció. Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron. Pero a cuantos le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios, los cuales no nacen de sangre, ni de concupiscencia de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros; y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Las primeras palabras del Evangelio de San Juan prueban la eternidad del Verbo, cuyo nacimiento temporal conmemoramos hoy.
El Omnipotente, el Eterno, el Verbo de Dios se hizo carne, descendió hasta nosotros, con el fin de elevarnos hasta Él.
El Verbo Eterno se hizo hombre para buscar al hombre extraviado; y este mismo Señor que se hizo hombre por nosotros, siempre ha sido Dios en el seno de su Padre; y lo es todavía, ya que no hay ni pasado ni futuro allí donde no existe la movilidad del tiempo.
Es el gran y divino misterio que acaba de recordarnos la lectura del Evangelio:
En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Estaba al principio junto a Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.
Para penetrar un poco más en lo arcano de este misterio y sacar alguna lección práctica, conviene trasladarnos a una escena evangélica:
Nos refiere San Juan que, al principio de su vida pública atravesando la Samaria, Nuestro divino Salvador llegó a un lugar llamado Sicar, cerca del pozo de Jacob. Entre las circunstancias del hecho minuciosamente narrado por el Evangelista, hay una que nos llega más al corazón, y es que Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo.
¡Emocionante revelación de la realidad de la Humanidad de Jesús! ¡Cansado del camino…!
Admirable es el comentario que hizo San Agustín de este pasaje, con la antítesis de ideas y expresiones que le es peculiar, sobre todo cuando quiere subrayar la unión y el contraste de la divinidad y la humanidad en Jesús:
Se cansa Aquel por el que descansan los cansados, Aquel cuya ausencia nos agobia y cuya presencia nos reconforta.
Por nosotros se cansa Jesús caminando.
Vemos a Jesús fuerte y débil a la vez.
¿Cómo fuerte? Porque al principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.
¿Quieres ver cuán fuerte es el Hijo de Dios? Todas las cosas han sido hechas por Él, y sin Él no ha sido hecho nada. Y sin trabajo fueron hechas todas las cosas. Porque es el Verbo eterno que lo creó todo por su sabiduría y su poder.
¿Quieres conocer débil a Jesús? El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
La fortaleza y el poder de Cristo nos creó, y su flaqueza nos restauró.
La fortaleza de Cristo te hizo, para que lo que no era, fuese.
La debilidad de Cristo te restauró, para que lo que era, no pereciese.
Nos creó con su fortaleza, nos buscó con su debilidad.
Jesús es débil en su Humanidad; pero guardaos mucho de permanecer en vuestra debilidad; antes bien, acercaos a tomar aliento divino de Aquel que, siendo por naturaleza todopoderoso, quiso hacerse débil por vuestro amor.
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El que era Dios se ha hecho hombre, tomando lo que no era, pero sin perder lo que era, y de este modo se hizo hombre.
Tenemos en ese misterio lo que responde a nuestra flaqueza, y hallamos igualmente en él el principio de nuestra perfección.
Que Jesucristo nos eleve por su naturaleza humana; nos guíe por la unión de su humanidad con la divinidad; y nos conduzca hasta la misma divinidad.
En esta Misa del día de Navidad contemplemos, pues, este gran misterio y consideremos a Jesucristo en el Pesebre como a nuestro Salvador; como a nuestro Maestro y como al objeto y tesoro de nuestro amor.
Transportémonos en espíritu a Belén, en compañía de la Santísima Virgen María, que busca un asilo para dar al mundo al Verbo Encarnado y no encuentra sino un desabrigado establo y un modesto pesebre.
Compadezcamos su pena y pidamos perdón por el desprecio que se hace al divino Niño.
Entremos en el establo, caigamos de rodillas y compartamos con María y Jesús aquella santa oración.
¡Oh misterio inefable, en el cual Jesús se muestra nuestro Salvador, nuestro Maestro y el encanto de nuestro corazón!
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Jesús, al nacer, se muestra nuestro Salvador.
Desde hacía cuatro mil años, el mundo esperaba un Salvador; los Patriarcas y los Profetas lo llamaban con sus suspiros y sus lágrimas, porque, si Él no venía, estábamos perdidos.
Al fin, descendió al Pesebre; y allí, su primer cuidado fue salvarnos, satisfaciendo por nuestros pecados.
Si desde su cuna levanta sus manecitas al cielo, es para aplacar la justicia de su Padre; si derrama lágrimas, es para lavar nuestras manchas y apagar el fuego de la ira celestial; si lanza gemidos, es para atraer sobre nosotros las misericordias divinas.
Su voz es escuchada.
¡Oh espectáculo admirable! Jesús está en el pesebre para pagar por nosotros; y Dios está en Jesús, aceptando estas satisfacciones en pago de nuestras deudas.
Jesús está humillado y pobre en el pesebre; y Dios está en Jesús, aceptando estas humillaciones y esta pobreza para expiar nuestro orgullo y nuestro amor a las riquezas.
Jesús está en el pesebre paciente, dulce y obediente; y Dios está en Jesús, aceptando esos dolores, esa mansedumbre y esa obediencia para expiar nuestros placeres, nuestras impaciencias y nuestras rebeldías.
Así, desde su entrada al mundo, Él, Dios como es, se ha apresurado a sufrir y hacer penitencia en lugar nuestro.
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Jesús, naciendo, se muestra nuestro Maestro.
Los más sabios filósofos de Atenas y Roma no hicieron más que balbucir, ante lo que enseña este divino Niño; aquellas sabias lecciones palidecen en presencia del pesebre. Ahí Jesús predica la sabiduría, no con palabras sino con hechos.
Él, que pudo procurarse todos los goces de la vida, se alimenta con sus lágrimas, descansa en las desnudas pajas, se estremece de frío y entrega su delicado cuerpo a los rigores de la estación, siendo, como era, tan sensible a las impresiones del dolor, sobre todo, con esa edad.
Así es como nos enseña a no halagar nuestros sentidos, a no buscar nuestras comodidades y gustos y a no ser impacientes con lo que nos mortifica.
El dueño del cielo y de la tierra, que pudo nacer en el seno de la opulencia, nace en la más extremada pobreza, entre las angustias de un viaje penoso y en medio de la noche y en un establo abandonado.
Así nos enseña a no ser ávidos de riquezas, a arrancar de nuestro corazón la pasión del dinero, origen de tantas injusticias.
Él, en fin, el Rey de la gloria, se abate al último grado de humillación; parece que siente no encontrar un lugar bastante humilde para hacer su entrada en el mundo; desciende a un establo medio arruinado, que encuentra en su camino, para enseñarnos a no dejarnos engañar por la pasión del honor, de la estimación, del deseo de brillar y hacernos conocer y aceptar las repulsas y los desprecios, cuando se presentaren.
¡Oh Jesús, cuán admirables son vuestras lecciones!
¿Quién podría desear riquezas, placeres y gloria, en presencia de vuestro pesebre?
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Jesús, al nacer, se muestra el objeto y tesoro de nuestro amor, el encanto de nuestro corazón.
Cuando contemplo, decía San Bernardo, al Hijo de Dios en el seno de su Padre, me siento sobrecogido de respeto y tiemblo de admiración ante aquella incomparable majestad; pero, cuando le veo en el pesebre, no puedo temerle, sino amarle.
Le vemos encubrir esa majestad que espanta, velar esa gloria que sobrecoge, bajar de una altura que asombra, para no dejar ver sino el amor que atrae, la bondad que nos seduce.
Es un niño pequeño, recién nacido; ¿quién le temería?
No hay más que acercarse a Él para amarle, llegar a Él para enternecerse.
Las lágrimas de un pequeño niño abandonado, aunque fueran para nosotros las de un extraño, las de un desconocido, nos conmoverían; ¡cuán sensibles no debemos ser ante este Niño Dios!, tierna víctima que padece y llora por nosotros; que tiende amorosamente hacia nosotros sus manos, para pedirnos nuestro corazón y decirnos con su mirada, ya que no con su palabra: «Hijo mío, dame tu corazón».
¿Quién se atreverá, con su cobardía y su tibieza, a entristecer a este divino Niño y hacer brotar de sus ojos nuevas inocentes lágrimas?
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Iremos, sí, al altar a recibirle con gran amor y a estrecharle dentro de nuestro pecho, rogándole que venga a nacer en nosotros, y haga de nuestro corazón un pesebre.
Tanto en el altar como en el establo, se puede decir de Él: En su pequeñez, ¡cuán amable es!
Tomemos la resolución de permanecer en espíritu, durante este santo día, de rodillas delante del Pesebre, entre María Santísima y San José, para rendir nuestros homenajes al Niño Dios recién nacido y consagrarnos a su servicio para siempre.
Honremos sus padecimientos, soportando con alegría cualesquiera dolencias que nos sobrevengan; ensalcemos su desnudez con nuestro amor a la pobreza.

