MISA DE LA AURORA
En aquel tiempo los pastores decían entre sí: Vayamos hasta Belén y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos; y encontraron a María, y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y, al verlo, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron, y de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.
Después de haber considerado ayer la vida de Jesús en María, consideraremos esta mañana la vida de María unida a Jesús.
Si prestamos atención, veremos que fue una vida interior, toda de amor y de imitación.
La vida de María unida a Jesús fue una vida toda interior: María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón…
La vida interior, encerrada dentro del alma, se ocupa en su santificación, en ejecutar con perfección sus acciones ordinarias, y estima en más un acto de amor a Dios que todos los tesoros de la tierra.
La Santísima Virgen, poseyendo al Verbo Encarnado en su seno, no vaciló… Guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón…
¿Qué le importaba el mundo con sus disipaciones, sus locas alegrías? Llevaba a Dios dentro de sí, y Él era todo para ella; lo demás le era indiferente.
El Evangelio enseña que el corazón del hombre está donde tiene su tesoro; por eso, el Corazón de María no podía estar sino en Jesús, puesto que Jesús es su verdadero tesoro, su riqueza, su goce y su todo.
Su felicidad consistía en pensar en Jesús, en amar a Jesús, en agradar a Jesús y vivir en su querido Hijo, más que en sí misma.
¡Cuán bajo le parecía el mundo, cuán miserable e indigno de ocupar un espíritu inmortal, de dominar a un corazón hecho para lo infinito y al cual nada puede contentar sino el bien infinito!
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La vida de María en Jesús fue una vida de amor.
La vida interior de María abrazaba eminentemente la práctica de todas las virtudes, en el grado más perfecto; no obstante, la caridad era en Ella el sentimiento dominante.
Si nada hay comparable al amor de una madre para con su hijo, ¿quién puede comprender cuál sería el amor maternal de María para con un Hijo tan amable, el más perfecto entre los hijos de los hombres?
Jesús es un hijo en quien se encuentran todas las perfecciones que puede obrar la naturaleza humana; así como todas las perfecciones infinitas de la divinidad, que mantienen en un éxtasis ininterrumpido a los Ángeles del Cielo.
El amor de María, Madre de Dios, es un amor siempre nuevo, producido por la admiración que le inspira el contraste de tanta grandeza que se humilla, de tanta altura que se abate, de tanta inmensidad que se empequeñece.
La caridad de María Virgen y Madre es un amor que recibe su llama en el foco mismo del amor divino, que el Verbo Encarnado ha hecho descender de los esplendores de los santos a su noble alma, y que, por eso, sobrepujaba incomparablemente a todo otro amor, aun al amor de los más puros Serafines y de los más ardientes Querubines.
El amor de María Santísima es práctico, pues entregaba todo su ser y todas sus potencias a la voluntad de su queridísimo Hijo, hasta dejarse dirigir por Él en todos sus actos, palabras, pensamientos y afectos.
Jesús le habla al Corazón, le inspiraba sus designios; y María, atenta a escucharle, no es menos pronta en obedecerle ni menos generosa en el obrar.
¡Vida santa, vida perfecta, vida en que reina enteramente el amor divino!
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La vida de María en Jesús fue una vida de imitación.
Entre las maravillas que María contemplaba en el Verbo Encarnado, estudiaba, sobre todo, las que podía imitar; pues sabía que uno de los principales fines por los cuales bajó el Verbo Divino a la tierra fue el dar a los hombres el modelo de la vida perfecta, y porque nada le agrada más a Jesús que verse revivir en sus escogidos.
Asemejarse a Jesús era toda su ambición; fue el objeto de sus continuas aspiraciones ser humilde como Él, pobre y mortificado como Él, dulce y amante como Él.
Lo consultaba dentro de sí misma y lo interrogaba acerca de lo que diría y pensaría en las diferentes circunstancias en que se encontraba, y el divino Niño le hacía oír la respuesta en el fondo de su Corazón.
La Virgen María trataba de hablar, obrar y pensar como este adorable modelo de los predestinados.
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Volvamos otra vez al Pesebre y postrémonos en espíritu delante del Niño Dios, junto a María y José, y ofrezcámosle, al menos con el deseo, todo el amor, la ternura y abnegación que le ofrecieron estos dos primeros adoradores al Verbo Encarnado.
La devoción de María en esta circunstancia fue una mezcla de alegría, de penas y de santas reflexiones.
Para ella era una alegría inefable el mirar al divino Niño, acariciarlo y decirse: «He aquí a mi Dios, mi Dios con sus tesoros infinitos de santidad y de gracia; mi Dios con sus bellezas inefables, que arrebatan de amor al paraíso; y este Dios es mi hijo, mi hijo amado, únicamente mío. Es el Salvador del mundo, que convertirá a todas las naciones, y todas las naciones le adorarán. Es el rey del paraíso. Es mi tesoro, es mi amor, es la alegría de mi corazón».
En medio de estos goces, era para María una pena indecible el pensar, cuando veía la cabeza de este Niño bendito, que un día había de ser coronada de espinas; mirando su rostro, que sería abofeteado y cubierto de sangre y de inmundas salivas; al besar sus manos benditas, que serían traspasadas por los clavos; al envolverlo en los pañales, que llevaría un día vestidura de ignominia; al acostarlo en la cuna, que la cruz sería su lecho de muerte.
No podía leer en las Santas Escrituras los oráculos de los profetas, la historia del inocente Abel, violentamente muerto, Isaac inmolado, José vendido, David y Jeremías perseguidos, la serpiente de bronce, el cordero pascual, sin ver en todo esto los dolores y la muerte de su Hijo querido.
No obstante, en medio de estas tristes previsiones, que le hacía ciertas el espíritu profético que poseía en un grado perfecto, estaba tranquila y resignada; quería el cumplimiento de la voluntad de Dios y nada más.
¡Modelo admirable de las almas probadas por el dolor!
En medio de estas penas y de estos goces, alimentaba su piedad con las más santas reflexiones; recogía cuidadosamente en su alma todo lo que decían de edificante los Ángeles y los pastores, y todo lo que el Espíritu Santo decía sobre tanta pequeñez en un Dios tan grande, tanta pobreza en un Dios tan rico; sobre el cambio del Cielo por el establo, de las magnificencias de la gloria por los pobres pañales y del trono eterno por el pesebre…
Estas consideraciones derramaban en su alma arrobamientos, dulces transportes y amorosos éxtasis. Tomaba en sus brazos al divino Niño y lo ofrecía al Padre Eterno, diciéndole: ¡Oh Dios, protector nuestro!, bajad vuestras miradas y ved el rostro de vuestro Cristo…
Debemos pedir a María los sentimientos que acabamos de admirar en Ella.
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Jesús es el Salvador, pero por medio de María… ni se recibe sino de María…, ni hay otro camino para llegar a Él sino María…
Nunca se halla a Jesús sin María, como dice San Buenaventura.
Y por tanto, no es posible aislar a Jesús de María…
Hallaremos a Jesús en brazos de María, como los pastores, y al postrarnos como ellos a los pies de Jesús, también nos postraremos, a la vez, a los pies de María…
¡Sí! Jesucristo es el Don de Dios, el Don supremo y, en cierto sentido, el Don único; porque todos los demás dones que brotan de las manos omnipotentes se agrupan en torno de este Don inenarrable.
Pero, si Jesús es el Don de Dios, es también el Don de María; porque, si el Padre Celestial tiene por Hijo a Jesús, Jesús es también hijo de María, Jesús le pertenece.
Y la Virgen Santísima lo da: es el Don de la Virgen María.
Hace veinte siglos la Virgen Santísima hizo por vez primera al mundo el don de Jesús; se podría parodiar la frase de la Escritura así: La Virgen María ha amado de tal manera al mundo, que le ha dado a su Hijo.
Lo dio en Belén, en la noche inolvidable, cuando la paz de Dios descendió a la tierra; lo dio en Cana, cuando Jesús, por la palabra de María, realizó el primero de sus prodigios; lo dio en el Calvario, cuando heroicamente lo ofreció como precio y rescate del mundo; y lo dio en el Cenáculo, y lo da siempre a todas las almas.
Jesús no llega a las almas, sino por el conducto de María; en donde quiera que estar El, María lo ha dado, es el don de Ella, Mediadora de todas las gracias.
Vino Ella y nos trajo a Jesús…, al Jesús de la paz y al Jesús de la lucha…, al Jesús del dolor y al Jesús de la gloria…, y siempre al Jesús del amor.
Y aun cuando nos dio a Jesús en Belén, nos lo sigue dando sin cesar.
Pero a Jesús nunca se le acaba de dar en la tierra; lo hemos recibido muchas veces, y cuanto más lo recibimos, más lo anhelamos; es un don que, dándose siempre, se puede todavía dar y recibir.
María Santísima, después de habernos dado a Jesús en Belén, lleva siglos de está dándolo…
¡Si pudiéramos seguir la historia oculta, la historia íntima, la historia dulcísima del influjo de la Virgen Santísima sobre nuestra alma!
Con nosotros ha estado, comunicándonos su Don, el Don de Jesús.
A veces ha sido el Jesús del Pesebre…
Muchas veces fue el Jesús del Cenáculo…
Otras veces fue el Jesús de Getsemaní y del Calvario…
Pero siempre es el mismo Jesús, siempre es el mismo Don de Dios y de María.
Si conocieras el don de Dios, dice Nuestra Señora como Nuestro Señor dijo a la samaritana…
Hace siglos que María Santísima nos da a Jesús. Nos lo da en los días espléndidos y en los días tempestuosos; nos lo da en el dolor y en la alegría, en la ignominia y en la gloria…
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Sabemos que la humanidad atraviesa por un período importantísimo de su historia. Y en las crisis profundas e importantísimas, ¡qué fácil es que perdamos nuestros tesoros, qué fácil es que se tuerzan los verdaderos caminos de nuestro corazón!
Pero no temamos…; si vivimos en el regazo de la Virgen María, no podemos temer nunca, no por un jactancioso valor, sino por una dulcísima confianza en la Santísima Virgen… No podemos temer, porque estamos en el dulce regazo de la Madre de Dios.
Tengamos por cierto que Ella nos visita en esta hora trágica de la historia humana… Y en estos momentos solemnes, tengámoslo por cierto, la Virgen Santísima nos hace, de un modo más generoso y espléndido, el Don divino, su propio Don, nos da a Jesús, a Jesús que es paz, alegría y esperanza.
Ayer, hoy y mañana, tenemos una Madre que nos visita, y su visita no se acaba; ayer, hoy y mañana, la Virgen Santísima nos está haciendo constantemente su Don, Jesucristo Señor Nuestro.
¿Qué nos queda sino darle gracias de lo íntimo de nuestro corazón por su Don inenarrable?
¿Qué nos queda, sino decirle que confiarnos en Ella, y que tranquilos estamos en su regazo, porque sabemos que la tenemos por Madre?
Gracias, ¡oh Virgen Santísima!, por tu dulce visita, gracias por tu Don inenarrable.
En estos momentos solemnes y trágicos reiteramos la confianza que en Ti tenemos.
Madre, nos sentimos en tu regazo y sabemos que estás con nosotros, y Tú eres la vida, la dulzura y la esperanza…
Reina y Madre, en tu Corazón está nuestra alma, guárdala siempre, visítala con una visita de amor; derrama sobre ella bendiciones celestiales; dale tu Don, dale a Jesús de una manera nueva, rica, generosa, para que sean más estrechos los vínculos que con ellas te unen, y para que Tú seas siempre nuestra Madre, y nosotros seamos siempre tus hijos, hijos de tu predilección y de tu ternura maternal…
¡Oh clementísima! ¡Oh piadosa! ¡Oh dulce Virgen María!

