Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA VIGILIA DE NAVIDAD

Sermones-Ceriani

VIGILIA DE NAVIDAD

Epístola del día:

(Tomada de la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos, I: 1-6): Pablo, siervo de Jesucristo, llamado Apóstol, separado para el Evangelio de Dios, que antes había prometido por sus profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, hecho de la simiente de David, según la carne, y predestinado para Hijo de Dios en poder, según el espíritu de santificación, por su resurrección de entre los muertos. Por Él hemos recibido la gracia y el predicar la fe, en virtud de su nombre, a todos los pueblos, entre los cuales estáis también vosotros, los llamados de Nuestro Señor Jesucristo.

San Pablo explica en la primera parte de su Epístola a los Romanos, como lo hace también en la enviada a los Gálatas, el misterio de la justificación mediante la fe que Jesucristo nos mereció gratuitamente.

San Pablo, sin preocuparse gran cosa del estilo, se deja llevar por las ideas, añadiendo incisos sobre incisos, formando un período muy rico en doctrina, pero bastante intrincado gramaticalmente.

No cabe duda que la idea principal está centrada en la figura excelsa de Jesucristo: acerca de su Hijo… predestinado para Hijo de Dios…

Tampoco cabe duda que son dos las afirmaciones fundamentales de San Pablo acerca de Jesucristo: que es hijo de David, y que es Hijo de Dios. En definitiva, es el Hijo de Dios hecho hombre, el Verbo Encarnado.

Este Hijo de Dios, preexistente desde toda la eternidad en la gloria del Padre, se hace hombre por la Encarnación; y, hecho hombre, es entronizado en calidad de Hijo de Dios en su resurrección.

En dos frases paralelas presenta San Pablo esta entrada y este coronamiento de la vida terrena de Cristo.

En la primera se pone de relieve su origen davídico, título de su realeza mesiánica.

La segunda, más compleja, presenta a nuestros ojos su glorificación.

Aquél que siendo Hijo de Dios había como encogido y eclipsado durante su vida mortal los esplendores de su gloria divina, aparece ahora divinamente transfigurado, radiante de luz, revestido de majestad, sentado en el trono de Dios a la diestra del Padre.

Con esta glorificación quedó Jesucristo definitivamente manifestado como Hijo de Dios, solemnemente declarado y entronizado.

Pero no se trata solamente de la glorificación de Jesús-Hombre a la diestra del Padre, sino también, y principalmente, de la futura manifestación de Cristo en gloria, poder y majestad al fin de los tiempos; lo cual no tuvo lugar durante su vida mortal, salvo en el momento de la Transfiguración.

En concreto, se trata del tema del Verbo Encarnado, centro del misterio que nos propone el Adviento, en su doble carácter, como ya conocemos: el Adviento histórico, en cuya espera vivieron los hombres que ansiaban la Venida del Salvador prometido; y el Adviento escatológico o Parusía, que nos prepara para la llegada definitiva de Jesucristo al final de los tiempos en gloria, poder y majestad, cuando vendrá para coronar su obra redentora.

+++

En relación a este Verbo Encarnado, la Vigilia de Navidad nos invita a un triple deber: estudiarlo, amarlo e imitarlo.

Para cumplir debidamente con esas obligaciones, meditemos en la vida que llevó durante nueve meses en el seno de María Santísima.

Si estudiamos, si meditamos, veremos que fue una vida de prisión, de soledad y de silencio.

La vida del Verbo Encarnado en el seno de la María Virgen fue una vida de prisión.

Jamás hubo prisión más oscura; y ahí quiso vivir, durante nueve meses, Aquel que habita en los esplendores de los santos. Allí, encerrando en un pequeño espacio su inmensidad, rebajando hasta la última flaqueza su omnipotencia y en la simplicidad de un niño su sabiduría infinita, este amable Redentor se constituye prisionero por nuestros crímenes, para librarnos de la tremenda cárcel del infierno.

La vida del Verbo Encarnado en el seno de la María Virgen fue una vida de soledad.

Jesús permanece voluntariamente en esta soledad de tal modo desconocido, que nadie, sino María, sabe que está allí.

Y ¿por qué? Para enseñarnos que no debemos procurar ser vistos; que al mortal le vale más permanecer oculto, velando por la santidad del alma; que hay más provecho en tratar con Dios que con las criaturas; que, mientras más nos separemos del mundo y de sus conversaciones frívolas, más se acercará Dios a nosotros, nos hablará más al corazón y nos hará gozar las delicias de su presencia y la dulzura de sus consuelos.

La vida del Verbo Encarnado en el seno de la María Virgen fue una vida de silencio.

El Verbo Encarnado ama tanto el silencio que, durante nueve meses, no habló una sola palabra, y para su nacimiento eligió la noche, tiempo en que todos callan.

Desde su nacimiento hasta la edad en que los niños principian a hablar, calló; y desde este momento, hasta los treinta años, calló también, salvo las palabras exigidas por la necesidad.

Durante los tres años de su misión, habló porque era necesario; pero, desde su muerte hasta el fin de los siglos, calla también en la Eucaristía.

+++

Este misterio del Verbo Encarnado nos enseña también que la vida de Jesús en María fue la vida más humilde y más pobre.

El Verbo Encarnado en el seno de la Santísima Virgen llevó la vida más humilde.

El que tiene su trono en lo más alto de los cielos se humilla y empequeñece, hasta el extremo de tomar el cuerpo de un niño en el seno de su madre. En el pesebre será siquiera visible a las miradas humanas; los Ángeles cantarán su gloria, los pastores le adorarán y los magos se prosternarán ante Él; pero aquí todo está oculto, todo desaparece; es la nada.

Por eso canta con admiración la Santa Iglesia: No tuvisteis horror al seno de la Virgen.

Dignas primicias de su vida entera, que no será sino una serie de humillaciones, desprecios y oprobios; y que no mostrará en la persona del Salvador al Rey de los reyes, como es, sino igual al último y más humilde de los hombres.

El Verbo Encarnado en el seno de María Santísima lleva la vida más pobre.

Bien podría tener riquezas el que las ha dado tan magníficas al cielo y a la tierra; mas no las quiso. Encarnado, se despojó de todo y se hizo pobre por amor a nosotros.

Tomó con cariño, como suya, la pobreza y, no encontrándola en el seno de su Padre, vino a buscarla en el seno de María.

Ahí está enteramente desnudo, aun sin los pobrísimos pañales que lo abrigarán en el pesebre.

Ahí goza pensando que nacerá pobre, vivirá pobre, morirá pobre; y, que, saliendo del seno de María, no podrá, sin la ayuda de la criatura, alimentarse, ni vestirse ni bastar a ninguna de las necesidades de la vida.

+++

A lo dicho, debemos agregar la vida mortificada que llevó el Verbo Encarnado en el seno de su Madre Santísima.

Admiremos, pues, las mortificaciones que tuvo en ese estado: en sus sentidos, en su voluntad y en su libertad, comenzando la vida de martirio y de sacrificio que debía seguir todo el tiempo de su peregrinación en la tierra.

El Verbo Encarnado en el seno de su Santísima Madre mortifica sus sentidos.

En efecto, ni sus ojos gozan de la luz, ni su lengua del uso de la palabra, ni sus miembros de la facultad de moverse. Pasa nueve meses en la más profunda oscuridad, mortificando de todas maneras su cuerpo.

Los otros niños no comprenden ni sufren la incomodidad de aquella posición, porque todavía no tienen razón; pero, con una razón ya desenvuelta, Él, sujeto a cautiverio y en tinieblas, ¡cuán dura mortificación soporta!

El Verbo Encarnado en el seno de su Santísima Madre mortifica su voluntad.

Jesús permanece nueve meses en el seno de María por obediencia a su Padre: no mide el tiempo conforme a su deseo, sino que arregla sus deseos a los de su Padre, sin retardar ni adelantar un solo momento la hora del Padre.

Obedece, no solamente a la voluntad de su Padre, sino también a la de su Madre, que lo lleva a donde quiere; se somete a la voluntad del emperador romano, a la de San José y a la de todos aquellos a quienes María estaba sometida.

Y lo que hace al principio de su vida, lo hará hasta el fin; y después de haber llevado una vida entera de obediencia, morirá por obediencia.

El Verbo Encarnado en el seno de su Santísima Madre mortifica su libertad.

No solamente se abstiene de contentar sus deseos, sino que renuncia a poder contentarlos; toma todas las debilidades de la niñez y sufre voluntariamente las necesidades que los niños toleran por fuerza.

Él, que a todo le da movimiento, solamente produce el que tienen los niños en el seno de su madre, para enseñarnos a reprimir los movimientos de la naturaleza corrompida, para no obrar sino por los móviles de la gracia.

En fin, Él, que en el seno de su Padre es soberanamente independiente, depende de María en cuanto a su vida, a su alimento y su conservación.

+++

Podemos preguntarnos ahora, ¿cuáles han sido las ocupaciones interiores del Verbo Encarnado, durante su permanencia en el seno de su Madre virginal?

La primera de estas ocupaciones ha sido tributar a su Padre continuamente cuatro grandes homenajes: la adoración; el amor; la acción de gracias; la alabanza.

La adoración procede del conocimiento de Dios y de sí mismo. Mientras más se conocen la excelencia y las grandezas del Ser divino, más nos sentimos humillados, anonadados y abismados de respeto en su presencia; mientras más nos conocemos a nosotros mismo, más pequeños nos encontramos en presencia de Dios y descendemos a lo más profundo de nuestra nada.

Lo que el mundo no hace, es lo que ha hecho con perfección el Verbo Encarnado: se humillaba ante su Padre con el más profundo respeto, con la adoración más humilde, y glorificaba con todas sus fuerzas a la infinita majestad de Dios.

Entonces se vio lo que jamás se ha visto: un Dios adorado y un Dios adorador; un Dios que tributa a Dios homenajes que le honran tanto cuanto lo merecen sus grandezas infinitas, y un Dios que recibe estos homenajes.

El alma de Jesús, hallándose en estado de beatitud desde el primer momento de su existencia, goza desde entonces de la vista clara de Dios. Esta vista la abrasa en el amor beatífico más perfecto y la sumerge con encanto en este océano de todo bien; y entonces lo posee, lo goza y lo ama.

Viendo Jesús los bienes que Dios ha dado y dará siempre a las criaturas, como Cabeza y representante de ellas, ensancha todas las potencias de su alma, para dar debidas gracias al Señor.

Admira sus beneficios magníficos y multiplicados sin interrupción, y a la vez gratuitos, inmerecidos y sin interés, como también sin restricción. Estas consideraciones le inspiraban acciones de gracias inefables e incesantes.

El alma del Verbo Encarnado no considera solamente a Dios en sus beneficios; le considera en Sí mismo, como centro de toda belleza, de toda perfección; como un océano inmenso, de donde emanan a cada momento todos los bienes del Cielo y de la tierra.

A la vista de esto, es todo su interior un cántico de alabanzas, que regocija infinitamente el corazón de Dios y que nada puede interrumpir.

+++

El seno purísimo de María Santísima, fue también el altar en donde se inmoló el Verbo Encarnado.

Pensemos en la vida de víctima que Jesús llevó en el seno de su Madre…. Adoremos al Verbo Encarnado que se ofrece a Dios su Padre como la víctima en el altar del sacrificio.

Según el testimonio de San Pablo, Jesucristo, desde su entrada al mundo, dijo a Dios su Padre: No os son ya gratos los sacrificios de los animales que se os ofrecían según la ley; mas Vos me habéis dado un cuerpo; Yo os lo inmolo y os lo ofrezco para reemplazar los sacrificios antiguos.

Consideremos con respeto a esta víctima adorable en el seno de María, que fue su primer altar.

¡Cómo se ofrece de todo corazón a su Padre para ser nuestra salvación y el precio de nuestro rescate!

Echa sobre Sí la pesada carga de nuestras ofensas, ingratitudes, cobardías y debilidades; y para expiarlas se priva de todo goce, se somete a nueve meses de prisión y de tormentos, de humillación, pobreza y padecimientos…

Jesús se conduele de nuestras miserias, y para remediarlas, se nos da enteramente y no vive sino para ser nuestra víctima.

+++

Terminemos estas reflexiones sobre la vida del Verbo Encarnado en el seno purísimo de María Santísima, considerando los méritos que ha adquirido durante esos nueve meses, y la parte que quiere darnos en esos méritos.

Todo concurría a acrecentar hasta lo infinito los méritos del Niño Dios, en el seno de su Madre.

Por una parte, su espíritu estaba iluminado con purísimas luces, y su voluntad aspiraba al bien con toda alegría; por otra parte, su humanidad, elevada por la gracia a la más alta santidad, estaba unida hipostáticamente a la santidad increada, y su alma, aun en el estado glorioso, era capaz de padecer en un cuerpo mortal, susceptible de dolor.

Con tantas aptitudes para merecer y en condiciones tan favorables, el Verbo Encarnado no pierde un instante; comienza a merecer desde que empieza a vivir; y continúa con ardor incesante mereciendo más y más; y, como en todas sus acciones no hay ninguna que no sea infinitamente santa, tampoco hay ninguna que no sea infinitamente meritoria.

Todos estos méritos, acumulados por Jesucristo para nosotros, nos los trasmite como una herencia o patrimonio.

Libertad tenemos para sacar de este tesoro inagotable cuanto queramos. La oración es la llave que nos lo abre. Los sacramentos son el canal por el cual este océano inmenso derrama sobre las almas sus riquezas espirituales.

+++

Adoremos y agradezcamos, pues, a Jesucristo que viene a traer el verdadero gozo al mundo por su Nacimiento en Belén y por su Parusía al fin de los tiempos.

He aquí que os anuncio un gran gozo, dijo el Ángel a los pastores.

Hasta entonces (como hoy en día nuevamente) se había puesto la felicidad en los falsos bienes de este mundo; sólo se buscaba (sólo se busca) la satisfacción en la criaturas, en los placeres de la vida; y a las más grandes abominaciones se las llamaba (se las llama) entretenimiento o juego…

Pero después de la venida del Salvador, los buenos han aprendido a regocijarse en Dios, y a poner la dicha en la posesión de Dios.

Bendigamos al Verbo Encarnado por este cambio que su venida ha traído al mundo, y seamos de aquellos que lo han entendido y lo practican.