HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Vigésimocuarta entrega

 

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LA EDAD NUEVA

II. EUGENIO IV Y EL CONCILIO DE BASILEA

1. Eugenio IV (1431-1447). Hemos visto que en Siena se designó la ciudad de Basilea como sede del próximo concilio, que se celebraría en 1431. La fecha se aproximaba y el Papa Martín V no daba muestras de pensar mucho en ello; pero el ambiente conciliarista se iba difundiendo por todas partes; casi todos creían, empezando por la Universidad de París, que el concilio era la panacea universal para curar todos los males de la Iglesia. Hasta se trató de amenazar al Papa con la deposición o substracción de la obediencia si se negaba a abrir pronto un concilio general.

Con tales amenazas aparecieron unos carteles pegados a las puertas del palacio pontificio y en otros sitios importantes de la ciudad el 8 de noviembre de 1430. Y se decía que algunos príncipes alemanes eran los instigadores. Juzgó prudente el Papa Colonna condescender con este deseo del partido conciliarista, que, al fin y al cabo, se apoyaba en un decreto de Constanza y Siena, y el 1º de febrero de 1431 expidió dos bulas nombrando presidente del próximo concilio de Basilea al cardenal Cesarini, que desde hacía un mes era legado pontificio en Alemania y predicador de la cruzada contra los husitas.

Con palabras verdaderamente autoritarias, el Papa facultaba a Cesarini para presidir las asambleas, dirigir las sesiones y aun disolver el concilio o trasladarlo a otra ciudad fuera de Alemania si así lo estimaba conveniente.

Antes de que las bulas llegaran a Nuremberg, donde a la sazón se hallaba el cardenal, la muerte arrebataba a Martin V con un ataque de apoplejía en el amanecer del 21 de febrero. Entraron en conclave los cardenales y no tardaron en dar un nuevo pontífice a la Iglesia.

Como el Papa Colonna se había apoyado en sus parientes y familiares más que en el colegio cardenalicio, intentaron los conclavistas recuperar lo perdido, y se juramentaron a que cualquiera que fuese elegido Papa aceptaría las siguientes condiciones: debería reformar la corte romana in capite et in membris y no trasladarla de lugar sin la aprobación del colegio cardenalicio; debería celebrar un concilio y en él reformar la Iglesia universal; no procedería contra la persona de un cardenal sin contar antes con los demás; la mitad de las rentas de la Iglesia romana pertenecerían al sacro colegio, al cual además jurarían fidelidad —no sólo al Papa— todos los vasallos y todos los oficiales del Estado pontificio; y, en fin, el Papa no tomaría determinación ninguna de importancia en el gobierno sin el beneplácito de los cardenales.

Capitulaciones como ésta, atentatorias contra la plenitud de la potestad Papal, y, por lo tanto, injustas, se habían dado en los conclaves de Avignon, pero acaso ninguna tan exigente.

El elegido fue el cardenal Gabriel Condulmer, que se llamó Eugenio IV (3 de marzo). Tenía cuarenta y ocho años de edad y era alto, flaco, grave, muy venerado por sus extraordinarias virtudes, «uomo di santissima vita e costumi», dice su biógrafo Vespasiano da Bisticci. Nacido en Venecia de rica y noble familia, había tomado en su juventud el hábito azul de los agustinos de San Giorgio in Alga, donde resplandeció por su gran piedad, humildad y austeridad, hasta que su tío Gregorio XII lo nombró en 1407 obispo de Siena y al año siguiente cardenal.

Eugenio IV, que aun en el trono pontificio guardó costumbres monacales, carecía de habilidad política, de moderación y de suficiente flexibilidad de carácter; estaba llamado a soportar humillaciones y padecimientos análogos a los de su tío Gregorio XII; pero, a diferencia de él, había de alcanzar algunos días de triunfo.

2. Basilea a la vista. Tormentoso fue el primer año del pontificado de Eugenio IV, porque, no pudiendo los Colonna tolerar que el nuevo Papa les arrebatase las fortalezas que Martín V les había concedido y que su prepotencia en la ciudad viniese a menos, tramaron una conjuración, que hubiera sido fatal para Eugenio de no haberla descubierto a tiempo. Con ayuda de Venecia, de los florentinos y de la reina Juana de Nápoles, logró sofocar en sangre la rebelión, ajusticiando a muchos, entre otros a Fr. Tomás, quizá un prior cluniacense, y descuartizándolo después de ahorcado por su complicidad con los Colonna. El rencor de éstos seguirá en espera de mejor ocasión.

Mayores tormentas se habían de fraguar contra el Papa en el Septentrión. Convocado el concilio de Basilea, como hemos indicado, poco antes de morir Martín V y designado para presidirlo el cardenal Cesarini, lo primero que hizo Eugenio IV fue confirmar tal designación en bula del 31 de mayo de 1431. Personaje más a propósito quizás no lo había en la Iglesia. Juliano Cesarini había estudiado derecho, doctorándose en Padua con sus amigos Domingo Capránica y Nicolás de Cusa; poseía excelente cultura humanística, dotes de diplomático y virtudes de santo. Vespasiano de Bisticci escribe de él: «Yo he tenido noticia de varones santísimos, mas con todas sus laudables cualidades, no vi nunca uno semejante al cardenal de Sant’Angelo ni tan digno de imitación…» Y el cardenal de Piacenza (Branda Castiglioni), hombre de grandísima autoridad, solía decir que, «si la Iglesia de Dios se perdiese enteramente y solamente quedase el cardenal de Sant’Angelo, bastaba él solo para reformarla de nuevo».

No pudiendo Cesarini dirigirse inmediatamente a Basilea, envió como vicegerentes suyos a dos ilustres personajes que llevaba en su séquito: Juan Palomar, auditor del sacro palacio o de la Rota romana, doctor en decretos, y Juan de Ragusa, O.P., doctor en teología. Es-tos subdelegados llegaron a Basilea el 19 de julio, y el 23 se inauguró la asamblea en la catedral con un discurso de Juan Palomar. Sumamente escasa era la concurrencia a aquel concilio, que se decía ecuménico y pretendía continuar la reforma iniciada en Constanza, acabar con la herejía husita y con las guerras que ella había provocado, pacificar también a Francia e Inglaterra y trabajar por la unión de las iglesias griega y latina.

La segunda reunión tuvo lugar el 6 de agosto en una sala detrás del altar mayor. El 9 de septiembre llegó por fin el cardenal Cesarini, que por suerte se había salvado de la terrible derrota sufrida por los cruzados alemanes en Taus. Esforzóse por dar vida al concilio, enviando apremiantes circulares a los obispos para que viniesen a Basilea. Una medida conciliar que desagradó al Papa fue la de escribir a los jefes husitas invitándolos a participar en el concilio.

Puede decirse que la primera sesión solemne, bajo la presidencia de Cesarini, no se celebró hasta el 14 de diciembre de 1431. Se leyó el decreto Frequens de Constanza, los documentos relativos a la convocación del actual concilio y un resumen de lo que aquí se había hecho hasta ahora. Todo parecía organizarse y consolidarse, cuando de pronto cae de Roma, como un rayo, sobre Basilea la disolución del naciente concilio basileense. ¿Qué habla sucedido?

3. Basilea contra Roma. A fin de informar al Papa sobre los comienzos del concilio, Cesarini hizo partir para Roma al canónigo Juan Beaupére. Este describió las cosas de una manera demasiado pesimista, exagerando las dificultades de acceso a Basilea, la inseguridad del lugar, pues casi a las puertas batallaban Federico de Austria y el duque de Borgoña; el escasísimo número de los Padres congregados y el mal trato que los clérigos recibían de la población basileense. Impresionado por estas razones y, sobre todo, deseoso de contentar a los griegos, que pedían un concilio unionista, pero en ciudad más accesible a ellos, Eugenio IV escribió el 12 de noviembre a Cesarini, otorgándole plena autorización para disolver este concilio, si lo juzgaba oportuno, y anunciar otro, que se tendría en Bolonia con la presencia personal del Papa, en el plazo de año y medio.

Esta carta la llevó el nuncio Daniel de Rampi, llegado a Basilea el 23 de diciembre; pero se guardó de decir que traía otro documento más grave: una bula firmada el 18 de diciembre en la que Eugenio IV decretaba sencillamente la disolución del concilio. Insistía el Papa en la escasa concurrencia a Basilea y en lo inadecuado del lugar para que pudieran venir los griegos, añadiendo su sorpresa de que se hubiera invitado a participar en el concilio a los herejes husitas, condenados en Constanza y enemigos de la fe católica. El 13 de enero de 1432, hallándose los Padres congregados en el convento de los dominicos, un secretario del nuncio desplegó ante los ojos atónitos de todos el original de la bula. Hubo gritos y protestas, unos huyeron y otros se quedaron en la sala, pero metiendo todo el ruido pasible para no escuchar la lectura. Pero la bula de disolución estaba promulgada.

Aquel mismo día, Cesarini dirigió a Eugenio IV una larga y elocuente epístola, exhortándole a volverse atrás y a considerar mejor este gravísimo negocio, del que tantos daños podían sobrevenir a la Iglesia. Como Roma, que ya había divulgado la bula, persistiese en su parecer, Cesarini renunció a la presidencia, aunque siguió en Basilea para evitar mayores males. Muchos creían con Juan Palomar, el cual era de sentimientos favorables a la autoridad pontificia, que Eugenio IV había procedido precipitadamente y mal informado; más aún, que tal resolución redundaba «in perniciem Ecclesiae», por lo cual se podía aguardar a que el Papa fuese mejor informado.

¿Hubiera logrado el concilio de Basilea, procediendo siempre de acuerdo con el romano pontífice, los tres objetivos que se proponía, a saber, extirpación de la herejía husita, pacificación de los príncipes cristianos y reforma de la Iglesia? Creemos que no. Sin embargo, la decisión de disolverlo cuando aún estaba en los comienzos, creemos que fue imprudente y precipitada; ningún decreto conciliar se había votado aún que revelase tendencias antipapales o peligrosas, y que, por tanto, justificase la disolución de la asamblea. En cambio, había motivos para temer que una medida de tanto rigor despertase los sentimientos antirromanos que anidaban en muchos corazones y abriese las puertas al cisma y a la revolución religiosa. Verdad es que el problema griego tan sólo lejos de Basilea podría resolverse, pero es dudoso si tal ventaja compensaba suficientemente los perjuicios y si no era preferible aplazar algún tanto las negociaciones de la unión.

De hecho, lo que ocurrió fue que los prelados basileenses —eran ya catorce—, con los demás doctores y clérigos que integraban el concilio, se declararon en rebeldía. Animados por el emperador Segismundo, por el duque de Baviera, por el duque y por los obispos de Milán, y contando con la aprobación de otros príncipes y prelados, los basileenses se decidieron a proseguir el concilio sin el Papa y contra el Papa. Y el 15 de febrero de 1432 celebraron la solemne sesión II, declarando, conforme a los famosos decretos de Constanza, que el concilio general recibe su poder inmediatamente de Cristo, y todos, incluso el Papa, le deben obedecer en lo concerniente a la fe, a la unión y a la reforma de la Iglesia in capite et in membris; el concilio de Basilea no puede ser disuelto, trasladado o aplazado por nadie, ni por el mismo Papa, sin el propio consentimiento.

Era un desafío a la autoridad de Eugenio IV y una declaración de guerra.

4. Capránica y Cusa en Basilea. Los obispos franceses, reunidos en Bourges (febrero de 1432) bajo la presidencia del arzobispo de Lyón, enviaron a los basileenses una exhortación a continuar por razón de la herejía husita, recomendándoles, sin embargo, que tratasen con blandura al Papa, pues era el jefe de la Iglesia y su conducta inmaculada no admitía reproche.

En la sesión III (29 de abril), los ochenta miembros del concilio (diez de ellos obispos) resolvieron confirmar los decretos de Constanza, hicieron un resumen de todo lo acontecido desde la convocación hasta entonces y suplicaron reverentemente a Eugenio IV, a quien antes hablan enviado embajadores con el mismo objeto, se dignase revocar el inconsiderado decreto de disolución y viniese él a Basilea en el término de tres meses.

También el cardenal Cesarini dirigió al Papa una nueva carta el 5 de junio, diciéndole que las negociaciones del concilio con los calixtinos de Bohemia llevaban camino de llegar a la unión; que ahora menos que nunca debía disolver el concilio; más aún, que, si el concilio no existiera, debía en este momento convocarlo por razón de los calixtinos o utraquistas, y que merecería los mayores elogios si se decidiese a venir personalmente a Basilea.

Eugenio IV se contentó con enviar en junio, para ajustar un acuerdo, cuatro delegados, que no llegaron a Basilea hasta el 14 de agosto. Repetidas veces hablaron, especialmente el obispo de Tarento, excusando o justificando la conducta del Papa y defendiendo su suprema autoridad, aunque sin obtener nada positivo.

Desde el 16 de mayo actuaba entre los Padres del concilio el cardenal Domingo Capránica, distinguiéndose como uno de los más ardientes adversarios de Eugenio IV. Su actitud era explicable. Nombrado cardenal por el Papa Martín V en 1430 (in petto desde 1426), no había podido recibir las insignias cardenalicias por hallarse lejos de Roma, en Perusa; con todo, era tratado como cardenal del título de Santa María in uta lata, y así aparece en varios breves de Martín V. Pero a la muerte de éste en 1431 no se le permitió entrar en el conclave en el que fue elegido Eugenio IV, menospreciando de este modo una decisión del mismo Martín V. Esto le dio fundamento al docto y piadoso Capránica para afirmar que aquella elección pontificia no tenía valor. Erraba en esto, pero bien se comprende que se afincase rígidamente en sus ideas cuando supo que el nuevo Papa, inspirado por los Orsini, le negaba el título de cardenal. El bueno de Eugenio IV se dejó llevar en este punto de una mala política, rehusando la dignidad cardenalicia a un hombre tan eminente como Capránica, partidario de los Colonna y emparentado con aquella noble casa.

Como el concilio de Basilea estaba para abrirse, a él apeló Capránica, y poco después, temiendo presentarse en Roma, se dirigió a Basilea, donde, como es natural, fue acogido muy favorablemente. En las asambleas generales, en las sesiones y en los oficios litúrgicos solía presentarse al lado de Cesarini. Había llevado a Basilea, como secretario al joven humanista Eneas Silvio Piccolomini, que después será Pío II, el cual defendía entonces con elegante palabra la superioridad del concilio sobre el Papa.

Lo mismo propugnaba otro de los más insignes personajes que allí se encontraban: el deán de San Florino, en Coblenza, más tarde cardenal Nicolás de Cusa, que por entonces compuso su tratado De concordia catholica libri tres, afirmando que el privilegio de la infalibilidad dado por Cristo a toda la Iglesia no puede pertenecer más que al concilio representante de la Iglesia universal, no al pontífice romano, que no es más que un miembro de la Iglesia.

El espíritu que reinaba en Basilea se reveló una vez más en la sesión IV general (20 de junio 1432). Se empezó por dar garantía y seguridad a los de Bohemia para venir al concilio, y, en efecto, al cabo de siete meses aparecieron en Basilea algunos representantes de los calixtinos, taboritas y orfanitas. Se decretó luego que, si la Santa Sede vacaba durante el concilio, la nueva elección pontificia sólo podría efectuarse en Basilea. Durante el concilio, el Papa no podía crear ningún cardenal, a no ser que estuviese presente en la asamblea. Por fin, arrogándose derechos de gobierno que no eran suyos, nombró al cardenal Alfonso Carrillo su legado para la administración de Avignon y de condado Venesino.

5. Régimen democrático del concilio. Condescendencia de Eugenio IV. En la sesión V (9 de agosto) se formaron comisiones para los diversos asuntos. Es de advertir que hasta octubre de 1432 no se fijó el reglamento que se debía observar. El que entonces se determinó difiere bastante del de Constanza, y más aún del sistema antiguo y tradicional. No se dividió en cuatro naciones, como en Constanza, sino en cuatro diputaciones o comisiones: una para las cuestiones dogmáticas, otra para la reforma; la tercera, para la pacificación de la Iglesia, y la cuarta, para asuntos comunes. Cada una debía estar integrada por igual número de representantes de cada nación (italiana, francesa, alemana y española) y de miembros de los diversos grados o dignidades (cardenales, obispos, abades, doctores). Las cuatro diputaciones reunidas elegirían cada mes una comisión de doce miembros, encargada de examinar las cuestiones propuestas, y ninguna proposición sería presentada a la sesión general si no había sido admitida al menos por tres diputaciones. En este régimen se otorgaba al clero inferior, que era, con mucho, el preponderante en Basilea, los mismos derechos que a los obispos, con lo que el concilio cobraba un color acentuadamente democrático.

6. Ataques al pontífice. En la sesión VI (6 de septiembre), presidida por Filiberto, obispo de Coutances, estando presentes los cardenales Cesarini, Albergad y Branda Castiglioni con más de treinta y dos prelados, se inició un ataque durísimo contra Eugenio IV, que se prolongará en las sucesivas sesiones. Dos promotores sinodales propusieron declarar al Papa contumaz por no haber respondido a las citaciones y por continuar en su aversión al concilio. Los nuncios apostólicos dijeron que, no habiendo recibido instrucciones de Roma, se abstenían de hablar, pero aconsejaban a los allí congregados no tomar medidas hostiles al Sumo Pontífice. Quedaron todos en deliberar maduramente sobre tan grave asunto.

Reanudóse el ataque en la sesión VIII (18 de diciembre), en cuya presidencia vuelve a figurar Cesarini haciendo oficio de moderador. «Hace tiempo —dijeron— que se debía haber pronunciado la sentencia contra Eugenio IV; sólo nos han detenido las negociaciones pendientes entre el Papa y el emperador. Se le concede, pues, a Eugenio IV un nuevo plazo de sesenta días, pasados los cuales, si no retira el decreto de disolución del concilio y proclama su íntima adhesión al mismo, se procederá contra él conforme a derecho. El concilio general —añadían— necesariamente tiene que ser único; existiendo ya el de Basilea, no puede haber otro en Bolonia, y quedan excomulgados cuantos intenten acudir a él».

De nuevo en la sesión X (19 de febrero 1433) piden algunos sea declarado contumaz Eugenio IV para formarle proceso; por intervención de Cesarini se difiere la decisión, nombrando una comisión que examine el asunto.

Viendo el Papa que sus cuatro nuncios en Basilea no conseguían nada por más que refutaban las falsas doctrinas y justificaban la conducta del romano pontífice, envió a fines de 1432 otros cuatro, que eran Juan de Mella, doctor en decretos y fidelísimo servidor del Pontificado; Ludovico Barbo, abad de Santa Justina, de Padua, y célebre reformador de los benedictinos; Nicolás Tudeschi, O.S.B., lumbrera de la ciencia canónica (el Panormitano), y Cristóbal, obispo de Cervia.

Venían como «mensajeros de paz», no como jueces fulminadores de anatemas. Habló Juan de Mella el 7 de marzo, ensalzando la autoridad Papal y presentó las credenciales. La suma benignidad del romano pontífice invitaba a los basileenses a trasladarse a Bolonia, indicando que el concilio de Basilea no se disolvía, sino que se trasladaba y continuaba en otra ciudad; a fin de asegurar plenamente la libertad de los conciliares en Bolonia, el Papa ponía en sus manos temporalmente la administración y gobierno de la ciudad; si los asuntos de Bohemia exigían permanecer en Basilea, Eugenio IV consentía en que continuasen allí todavía cuatro meses. Más aún, si la resistencia de los basileenses a Bolonia pareciese invencible, permitía el Papa a sus nuncios el proponer otra ciudad de Italia, con tal que no dependiese del duque de Milán, en guerra entonces con la Santa Sede; y, si tampoco a esto se avenían, Eugenio IV, en un exceso de condescendencia, aceptaría como sede del concilio otra ciudad alemana que no fuese Basilea, con tal que en la elección estuviesen de acuerdo por lo menos doce obispos.

Todas las ofertas resultaban inútiles. Inducido por el emperador e incluso por Santa Francisca Romana, temerosa de un cisma, llegó el Papa a la última concesión. Aceptó por fin la ciudad de Basilea como lugar del concilio, pero lo hizo en términos que no gustaron a los basileenses, por los cuales parecía significar que el verdadero concilio comenzaba entonces y que no se reconocía lo pasado, lo cual irritó a los de Basilea, que no sólo denegaron a los nuncios sus pretensiones a la presidencia (5 de junio), sino que continuaron afirmando su superioridad por encima del Papa y anularon todas las disposiciones de Roma contra el concilio; en la sesión XII (13 de julio) citaron a Eugenio IV a comparecer de nuevo en Basilea y revocar su decreto de disolución en el término de sesenta días. Si, transcurrido este plazo, persistía en su pertinacia, desde ahora se le suspendía de toda administración del Papado en lo temporal y espiritual.

No se atrevieron a dar este paso abiertamente cismático, y en la sesión XIV (7 de noviembre), el plazo de sesenta días se prorrogó a otros noventa. Antes que llegase el rompimiento, Eugenio IV volvió a condescender.

7. Coronación de Segismundo y fuga de Eugenio IV. Él emperador, que hasta ahora había sido defensor del concilio en Basilea porque era ciudad alemana y, sobre todo, porque esperaba que allí se arreglaría el difícil negocio de los husitas, se reconcilió por fin con Eugenio, dándose por satisfecho con lo que éste había hecho últimamente; y, escribiendo a los basileenses, les amonestó que se guardasen de provocar un cisma.

El 21 de mayo de 1433, Segismundo, invitado por el Papa, entraba en Roma cabalgando en un blanco corcel bajo baldaquino de oro, escoltado por los caballeros de su corte. Eugenio lo coronó solemnemente en el Vaticano el día 31. Terminada la ceremonia, Segismundo confirmó las constituciones de los antiguos emperadores respecto al Estado de la Iglesia y a la inmunidad del clero. Visitó los monumentos de la ciudad, llevando de cicerone al famoso arqueólogo Ciriaco de Ancona, y el 14 de agosto, después de haber movido al Papa a sentimientos de mayor condescendencia con los de Basilea, salió hacia el Norte.

Antes que el emperador llegase a Basilea, una oscura tempestad se desencadenaba sobre Roma. El temido condotiero Nicolás Fortebraccio, al servicio del duque de Milán, invade los Estados pontificios, se aproxima a la Ciudad Eterna y entra en Tivoli el 7 de octubre, dándose el título de «general del sacro concilio». Los Colonna, sedientos de venganza, unen sus fuerzas con las del invasor, y Eugenio IV los excomulga. Otro servidor de los Visconti milaneses, el conde y capitán Francisco Sforza, se apodera de Ancona y de otras ciudades de las Marcas, Umbría y Tuscia.

En tan apurada situación, el Papa, creyendo poder alejar a aquellos dos condotieros, que se decían autorizados por el concilio, accedió a las reclamaciones de éste, que en seguida referiremos. No lo consiguió, porque si bien obtuvo que Sforza pasase a su servicio con el título de gonfaloniero de la Iglesia (31 de marzo 1434), Fortebraccio, en cambio, ayudado por otro capitán de aventureros, Nicolás Piccinino, devastó los contornos de Roma. En la Ciudad Eterna estalló una revuelta popular el 29 de mayo. El cardenal Francisco Condulmer, sobrino del Papa, fue arrestado por los revolucionarios, que proclamaron la república en el Capitolio.

Eugenio IV pasó a hospedarse en Santa María en Trastévere y ajustó con el pirata Vitelio que le aguardase en el puerto de Ostia con una nave. El 4 de junio a mediodía, mientras unos obispos hacían como que esperaban audiencia en la antecámara del Papa, éste, disfrazado de monje benedictino, salió montado a caballo hasta la orilla del Tiber. Cuando los romanos se dieron cuenta que el pontífice huía en una barca río abajo, lanzáronse detrás de él, arrojándole piedras, saetas y lanzas y aun persiguiéndole en una vieja canoa, que alcanzó al fugitivo cerca de San Pablo; pero, gracias al esfuerzo de sus remeros, pudo Eugenio IV, tendido en la barca bajo la protección de un escudo, escapar al peligro y llegar salvo a Ostia, de donde la trirreme del pirata Vitelio lo condujo a Civitavecchia y Pisa.

El 22 de junio de 1434 era recibido honoríficamente en Florencia, y al día siguiente dirigía a los de Basilea una carta pacífica y conciliadora, que aquéllos despreciaron, pues se hallaban en un momento de orgullo conciliarista.

8. Eugenio IV da su aprobación al concilio. Las tristes circunstancias que hemos referido, la defección de muchos cardenales y personajes importantes que corrían a Basilea y el evidente peligro de cisma hicieron que la rigidez de Eugenio IV se doblegase y otorgase cuanto la dignidad le permitía. Así que el 15 de diciembre de 1433, viéndose aislado en Roma y casi asediado por los condotieros milaneses, publicó la constitución Dudum sacrum, revocando el decreto de disolución y traslación del concilio y permitiendo que continuase el de Basilea para extirpación de las herejías, fomento de la paz y reforma de las costumbres.

Ahora ya se dieron por satisfechos los basileenses, y así lo declararon en la sesión XVI (5 de febrero 1434), a la que asistieron 90 prelados con el emperador Segismundo. En la sesión XVII (26 de abril) concedieron la presidencia a los legados pontificios al lado de Cesarini, aunque sin potestad coactiva.

La paz y concordia era sólo aparente, pues en la sesión XVIII (26 de junio) la asamblea conciliar renovó los decretos de Constanza relativos a la superioridad del concilio y obligó a que los jurasen los mismos legados pontificios, lo cual hicieron éstos en nombre propio y no del pontífice, según afirma Torquemada, allí presente.

El mismo cardenal Cesarini sostenía las ideas conciliarísticas y refutaba públicamente a los abogados de la supremacía pontificia, aunque siempre con la reverenda debida al Vicario de Cristo, cosa que se echaba de menos en la mayoría. Dos meses más tarde, una numerosa embajada del reino de Castilla, en la que figuraba el docto y elocuente Alfonso de Cartagena, obispo de Burgos, vino a incorporarse a las asambleas conciliares.

A espaldas de Eugenio IV y de sus legados, quiso el concilio entenderse con los griegos, como había negociado con los husitas; y mandó embajadores a Constantinopla, de donde vino igualmente una embajada a Basilea, mas el acuerdo sobre el lugar del concilio unionista no fue posible (sesión XIX, 7 de septiembre). Algunos decretos de reforma muy útiles se dieron en la sesión XX (22 de enero 1435) contra el concubinato de los clérigos, privándolos de sus cargos y beneficios, y contra los abusos que se cometían, multiplicando las excomuniones, los entredichos y las frívolas apelaciones a Roma.

Más adelante pasaron en la sesión XXI (9 de junio), en la que, llevados de un celo indiscreto, impugnaron uno de los grandes abusos de la curia en el siglo XIV, pero lo hicieron arrogándose derechos que pertenecían únicamente al Papa, y en forma imprudente. De un golpe suprimieron todos los impuestos que solía exigir la curia Papal en la provisión, colación e institución de cargos y beneficios eclesiásticos, dando por abolidas en adelante las anatas, los servitia communia et minuta, etc.

En la misma sesión dictaron sabias y piadosas disposiciones sobre el oficio divino en el coro y fuera del coro, sobre la dignidad de las ceremonias litúrgicas y contra los desórdenes que se cometían en el templo con ciertas escenas y fiestas profanas.

En la sesión XXIII (25 de marzo) se trató de la reforma de la curia, empezando por la elección del pontífice, legislando sobre el número y las costumbres de los cardenales y declarando abolidas todas las reservaciones Papales de cualquier iglesia o beneficio, a excepción de las contenidas en el Corpus iuris clausum. Con este decreto y con el de la sesión anterior se privaba al Pontífice, en un momento en que sus necesidades económicas eran graves por hallarse desterrado de sus Estados, de la principal fuente de ingresos, sin señalarle ninguna compensación.

No podía menos de protestar Eugenio IV por estos decretos, y así lo hizo el 26 de agosto por medio de sus nuncios Ambrosio Traversari y Antonio de Vito, proponiendo un arreglo en la cuestión de las anatas; reclamó igualmente contra el decreto de reforma de la curia, enviando a dos nuevos legados, los cardenales Nicolás Albergati y Juan Cervantes, que discutiesen con los Padres conciliares (17 de febrero 1436). Y poco después, el 1º de junio, hizo llegar a los príncipes cristianos sus quejas contra el concilio de Basilea, que tumultuariamente atentaba a los derechos del Papa, concedía a los legados pontificios una presidencia meramente ficticia, tendía a democratizar la constitución de la Iglesia y quitaba al romano pontífice la administración de la misma.

9. El cisma en Basilea. Eugenio IV pensó en disolver definitivamente el concilio, tanto más que ya los bizantinos estaban dispuestos a entenderse con el pontífice romano mejor que con los basileenses. Estos se hallaban tan divididos en la cuestión griega, que cuando se trató de escoger la ciudad en la que se tendría el concilio unionista, formáronse dos partidos en abierta oposición: una minoría selecta, de acuerdo con los legados pontificios, propuso que para tratar con los griegos se reuniese el concilio en Florencia o en Udine o en otra ciudad de Italia, mientras la mayoría, en la que entraban muchísimos clérigos inferiores, optaba por Basilea, o si no, Avignon o una ciudad de Saboya. Cada partido dio su decreto, que fue leído en la sesión XXV (7 de mayo 1437) con la alborotada protesta de la facción contraria.

El partido de la mayoría, capitaneado por su «Catilina» el cardenal Luis d’Aleman, arzobispo de Arlés, se propasó tanto, que no temió caer en el cisma, y en la sesión XXVI (31 de julio), contra todas las advertencias de los cardenales Cesarini y Cervantes y de todos los moderados, acusó al Papa de graves crímenes y lo citó a comparecer ante el concilio en el término de sesenta días; y finalmente en la sesión XXVIII (1º de octubre), bajo la presidencia de Jorge, obispo de Vizeu, lo declaró contumaz, amenazándole con un proceso canónico.

Ya para esa fecha, Eugenio IV, a instancias de Traversari, se había decidido a obrar con energía, pues en la bula Doctoris gentium (18 de septiembre), dirigida a todo el mundo cristiano, denunciaba la esterilidad del concilio basileense y la culpabilidad de sus miembros, despreciadores del derecho; para el caso que intentasen cualquier cosa contra el Papa o los cardenales, pronunciaba la traslación inmediata del sínodo a Ferrara, ciudad bien vista por los griegos. La traslación no tardó en ser un hecho, y los basileenses se lanzaron al cisma apoyados por Milán, Saboya, Francia y por Alfonso de Aragón.

Como la actitud de los basileenses no cambiase, Eugenio IV publicó el 30 de diciembre de 1437 la traslación oficial y efectiva del concilio a Ferrara, fijando la apertura para el 8 de enero. Un mes antes, el 9 de diciembre, moría el emperador Segismundo.

Quedáronse en Basilea bastantes prelados, que, sin embargo, fueron poco a poco disminuyendo, y muchos clérigos inferiores. A la cabeza de todos figuraba el cardenal D’Aleman. Todos los demás cardenales se pasaron con Cesarini a Ferrara; con ellos se fue lo más granado del concilio, por ejemplo, Nicolás de Cusa y otros insignes eclesiásticos. Entre los basileenses descollaban por su saber el gran canonista Nicolás Tudeschi, «lucerna iuris», representante ahora del rey Alfonso de Aragón; Eneas Silvio Piccolomini, que más adelante se arrepentirá de sus extravíos juveniles, y Juan de Segovia, teólogo salmanticense, que falsamente decía representar a la célebre Universidad, y que nos ha dejado la historia documentada del concilio de Basilea.

10. El antipapa Félix V. Todavía no había dos papas, sino simplemente dos concilios contrapuestos, que se decían ecuménicos. El de Basilea, fruto de las doctrinas conciliarísticas, creyéndose la autoridad suprema en la Iglesia, suspendió a Eugenio IV, prohibiéndole la administración del Papado en lo espiritual y en lo temporal (sesión XXXI, 24 de enero 1438), y se atrevió a definir como verdades de fe las siguientes proposiciones:

1ª El concilio es superior al Papa.

2ª El concilio no puede ser disuelto, ni prorrogado, ni trasladado sin el consentimiento de sus componentes.

3ª El que niega estas verdades es hereje.

A esto se redujo la sesión XXXIII, del 16 de mayo de 1439. Y en la siguiente (25 de junio), a la que sólo asistieron siete obispos —ninguno español y sólo uno italiano—, entre una multitud de cerca de 300 presbíteros y doctores, se votó la deposición de Eugenio IV, sentenciándolo con esta fórmula apasionada.

No podían por mucho tiempo permanecer acéfalos, por lo cual en la sesión XXXVIII (30 de octubre) se nombró una comisión de 32 miembros —entre los primeros figuraba Juan de Segovia—, que debían elegir un nuevo papa. La elección recayó en un laico o seglar, en un príncipe temporal poco versado en la ciencia eclesiástica, viudo y con hijos, cual era Amadeo de Saboya.

El conde Amadeo VIII había sido elevado a duque de Saboya por el emperador Segismundo e investido también con el condado de Ginebra. Algunos años después de la muerte de su esposa, se retiró en 1434 con algunos caballeros al eremitorio de Ripaille, sobre el lago de Ginebra, donde fundó la Orden de los Caballeros de San Mauricio, cuyo prior era él, llevando una vida romántica, medio laica, medio monacal, pues aunque había dejado parte del gobierno a uno de sus hijos, él seguía interviniendo en los negocios, y sus caballeros eremitas formaban el consejo ducal.

Porque era riquísimo, porque era príncipe y emparentado con otros soberanos, fue elegido papa. Pero tenía el vicio del egoísmo y la avaricia. Cuando el cardenal D’Alemán y Eneas Silvio fueron a anunciarle el nombramiento, respondió: «Pues habéis suprimido las anatas, ¿de qué vivirá el Papa en adelante? ¿Queréis que consuma yo mis bienes, privando a mis hijos de la herencia?» Solamente aceptó cuando le aseguraron una indemnización, e inmediatamente, el 8 de enero de 1440, encargó al cardenal de Arles presidiera el concilio hasta que él llegase a Basilea. Tomó el nombre de Félix V.

Entre los cardenales de Eugenio IV, muchos temblaron a la noticia de haber sido elegido un príncipe de tantas riquezas y autoridad; pero Cesarini exclamó: «No temáis, que la victoria es nuestra. Yo temería la elección de un hombre pobre, sabio y virtuoso…; su lucha contra nosotros sería terrible… Pero de este esclavo de su dinero no hay que temer… Su ascetismo es pura máscara».

El 24 de julio de 1440 se hizo coronar en Basilea con pompa extraordinaria. Cantó la misa el propio Félix V asistido por sus dos hijos. Poco después otorgaba la dignidad cardenalicia a Juan de Segovia y Nicolás Tudeschi, entre otros.

A Eneas Silvio Piccolomini lo hizo su secretario, pero el fino humanista no tardó en abandonarlo, para seguir a la corte imperial cuando el nuevo emperador Federico III hizo en noviembre de 1442 una visita a Basilea con objeto de procurar la pacificación de la Iglesia.

Félix V, cansado de gastar dinero en Basilea, creyó oportuno poner su residencia en Lausana, y allá se dirigió a fines de 1442, con disgusto de los conciliares, cuyo prestigio iba disminuyendo.

Escocia negaba la obediencia al antipapa Félix. El rey de Aragón y Nápoles, Alfonso el Magnánimo, enemigo hasta ahora de Eugenio IV, lo reconocía en junio de 1443 como legítimo Pontífice Romano después que el Papa lo había reconocido a él como legítimo rey de Nápoles. También el duque de Milán hacía las paces con Eugenio.

Los basileenses celebraron su última sesión el 16 de mayo de 1443 37, después de la cual su vida en Basilea fue enteramente fantasmal e inactiva, mientras el emperador Federico III, manteniéndose neutral, no se declaraba abiertamente por el Papa romano. Pero en 1448, después del concordato de Viena, el emperador dio orden de que los conciliares fuesen echados de Basilea, ciudad imperial. Fuéronse a Lausana, donde todavía tuvieron algunas reuniones.

Pero Félix V, abandonado de todos, dejó la tiara en manos del concilio el 7 de abril de 1449, después que el Papa Nicolás V, por mediación del rey de Francia, le había perdonado generosamente, absolviéndole de todas las censuras y dándole el título de cardenal de Santa Sabina. Pocos días después se disolvía el concilio.

11. La pragmática sanción de Bourges. Neutralidad alemana. Cuando el Papa Eugenio IV decretó trasladar el concilio de Basilea a Ferrara y los basileenses se negaron a obedecer, el rey de Francia Carlos VII dudó a quién seguir, y por persuasión del Consejo Real reunió a los principales eclesiásticos y nobles seglares de su reino en la gran asamblea de Bourges (del 1º de mayo al 7 de junio 1438).

Allí oyó a los embajadores del Papa y a los del concilio de Basilea, dejó a los doctores que discutiesen las razones de uno y otro partido, para determinar finalmente que Francia reconocería a Eugenio IV, pero que también aceptaría los decretos conciliares relativos a la reforma con alguna modificación. Tal fue la pragmática sanción de Bourges, del 7 de agosto de 1438, que debía observarse rigurosamente en todo el reino de Francia.

Constaba de 23 artículos, en los cuales, además de otras cosas, se establecía que cada diez años debía el Papa —o, si éste se mostraba negligente, los cardenales— convocar un concilio general; que el romano pontífice estaba obligado a obedecer a los decretos y definiciones del concilio; que los beneficios eclesiásticos deben ser conferidos por aquellos a quienes de iure pertenece; que los obispados y otros beneficios no deben reservarse al Papa; que las anatas y las expectativas deben ser abolidas, reservándole a Eugenio IV una pequeña indemnización; que las apelaciones a Roma se limitasen, sustanciándose generalmente las causas en la propia nación.

Contenía también provechosas prescripciones de orden moral y litúrgico, pero reteniendo aquellas laudables costumbres de la iglesia galicana que serán la bandera del galicanismo.

Se ha hablado también alguna vez de la pragmática sanción germánica refiriéndose a las decisiones de los príncipes en Maguncia en 1439. El parangón no es exacto.

Muerto el emperador Segismundo el 9 de diciembre de 1437, los seis príncipes electores se reunieron en Francfort para la elección de Alberto II (1438-39), precisamente en los días en que los basileenses, negándose a acudir a Ferrara, tomaban una actitud rebelde y cismática. En Francfort publicaron los príncipes el 17 de marzo de 1438 una Declaración de neutralidad, diciendo que se tomaban seis meses para deliberar a quién debían seguir, si al romano pontífice o al concilio de Basilea. Entre tanto permanecían en una neutralidad muy cómoda y beneficiosa, porque los obispos decidían por sí todos los negocios de sus iglesias como si fueran Papas, sin pagar a la curia tasas ni impuestos. Seis años duró esta neutralidad de Alemania, pues expirado el plazo de seis meses, renovaron la declaración de neutralidad, aunque inclinándose más hacia el concilio que hacia Eugenio IV.

En la dieta de Maguncia de 1439, a la que asistieron los plenipotenciarios de Francia, Castilla, Portugal y Milán, los embajadores del concilio (el patriarca de Aquilea, Juan de Segovia y otros), los defensores y representantes del Papa (el cardenal Cervantes y Nicolás de Cusa) con los principales eclesiásticos alemanes, después de muchas conferencias y discusiones, se optó por seguir una línea parecida a la de los franceses en Bourges: aceptar los decretos reformatorios basileenses que conviniesen a los príncipes alemanes. El instrumentum acceptationis del 26 de marzo de 1439 admitía el decreto constanciense renovado en Basilea “sobre la autoridad y potestad de los sagrados concilios generales”; aceptaba el decreto basileense de la sesión XII sobre las elecciones de los arzobispos, obispos, abades y otros beneficios, en las que no intervendrá el Papa, sino los metropolitanos, los cabildos, etc.; aprobaba los decretos que suprimían las anatas, reducían las apelaciones, prescribían sínodos diocesanos y provinciales y reformaban diversos abusos y desórdenes.

Ni Alberto II, que murió el 27 de octubre de aquel mismo año, ni su sucesor Federico III (1439-1492) dieron fuerza legal a tal documento.

12. El concordato de los príncipes. No en todas las diócesis y provincias del imperio se observó la neutralidad, pues los arzobispos de Colonia y de Tréveris se adhirieron a los basileenses y al antipapa Félix V, lo cual tuvo que doler a Eugenio IV. Este envió como legado suyo a Juan de Carvajal, auditor de la Rota, quien a principios de junio se hallaba ya en Viena, captándose las voluntades de la corte. Se hizo amigo del canciller imperial, Gaspar de Schlick, y por su medio se ganó también a Federico III, a quien Eugenio IV hizo generosas concesiones en el orden beneficial.

Asegurado del favor del emperador, decidió el Papa dar un golpe fortísimo, deponiendo a los dos arzobispos, coloniense y trevirense, Por bula del 24 de enero de 1446 y entregando tan importantes sedes a parientes del poderoso duque de Borgoña, devoto del pontífice romano.

Indignados por este castigo de dos príncipes electores, los otros cuatro hicieron causa común con ellos, y, reunidos todos en Francfort (marzo de 1446), planearon seguir la obediencia del antipapa si Eugenio IV no admitía las siguientes condiciones: restituir las mitras de Bolonia y Tréveris a sus primeros poseedores; reconocer la superioridad de los concilios generales; convocar antes del 1º de mayo de 1447 un concilio en Constanza, Estrasburgo, Worms, Maguncia o Tréveris para acabar con el cisma y confirmar la aceptación hecha por los alemanes de los decretos de Basilea. El encargado de llevar estas proposiciones al Papa fue el más acerbo anticurialista y antirromano de los alemanes, Gregorio Heimburg, famoso jurisconsulto y burgomaestre de Nuremberg.

Federico III, que no aprobaba estas maquinaciones, creyó conveniente enviar a Roma como embajador suyo a Eneas Silvio Piccolomini para que negociase la reconciliación de Alemania con Eugenio IV, aconsejando a éste la benignidad para con los príncipes.

Bien instruido el Papa por Eneas Silvio, respondió a Gregorio de Heimburg que sus nuncios en la próxima dieta dirían la última palabra, aunque persistiendo en la deposición de los dos arzobispos.

Abrióse la dieta de Francfort el 1º de septiembre de aquel año 1446. Los nuncios Papales, que eran cuatro: Tomás Parentucelli, obispo de Bolonia; Juan de Los, obispo de Lieja; Juan de Carvajal y Nicolás de Cusa, se percataron muy pronto del ambiente cismático que se respiraba en aquella asamblea; pero tenían de su parte al secretario imperial, Eneas Silvio, cuya fina diplomacia logró dar media vuelta a la situación atrayendo al partido pontificio al elector de Maguncia, al margrave de Brandeburgo y a otros príncipes y obispos. El resultado fue que en la dieta no se dispuso nada contra el Papa, y poco después salieron para Roma los embajadores de los príncipes y del mismo emperador dispuestos a prestar pública obediencia a Eugenio IV si éste les hacía algunas concesiones.

Accedió benignamente el Papa a fin de retener a toda Alemania en la unidad de la Iglesia, y los días 5 y 7 de febrero de 1447, ya casi moribundo, firmó cuatro documentos, que constituyen lo que se ha llamado Concordata principum.

Cuatro son las grandes concesiones otorgadas allí por Eugenio IV:

a) consiente en convocar un concilio en Alemania, aun cuando no lo juzga necesario;

b) dice que nunca puso en duda la autoridad, honor y eminencia (no preeminencia, como querían los alemanes) de los concilios generales y que acepta con reverencia el de Constanza con su decreto Frequens y otros decretos (no dice todos);

c) permite que se conserven los decretos basileenses aceptados por los alemanes mientras no se llegue a un nuevo acuerdo con los príncipes;

d) promete reponer en las sedes de Colonia y Tréveris a los dos obispos que antes las ocuparon con tal que éstos juren fiel obediencia a Eugenio IV y lo reconozcan por verdadero vicario de Cristo.

Reconciliado así todo el imperio con el Pontífice Romano, el cisma de Félix V entraba en agonía.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)

Vigésimo tercera entrega:  El pontificado romano en lucha con el conciliarismo