LA ARMADURA DE DIOS
CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS
ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA
LA FAMILIA
CAPÍTULO VII
CONDICIONES DE LA EDUCACIÓN
III.- EDUCACIÓN Y RELIGIÓN
La educación del hombre debe ser fundamentalmente religiosa, y a ello debe converger toda la labor personal de los padres y toda la intención de su sentido pedagógico.
Insinuemos las razones de ello a pesar de que nuestra afirmación es una secuela del capítulo anterior.
El hombre es, valiéndome de la conocidísima definición de Quatrefages, un animal esencialmente religioso.
Lo es, porque Dios puso en el fondo de su espíritu, al crearlo, algo divino, en el pensamiento, en la voluntad, en el corazón; algo que el hombre no podrá arrancar jamás de sí, y que no es más que el conocimiento y el sentimiento de dependencia en que se halla con respecto a su Hacedor, y que le obliga a la adoración y a la oración. Lo es, porque el destino del hombre no es la nada; ni la absorción en el gran Todo, de los panteístas; ni la transformación indefinida en otros seres, sino que es Dios: Dios, que ha puesto la semilla de sí mismo dentro del hombre y que quiere dárselo a Sí mismo como premio, si sabe desarrollar esta semilla, semen Dei, como la llama el Apóstol, de un modo grato a Dios.
Luego, digo con la sana filosofía, un ser que lleva en sus entrañas el germen de la religión, cuyo destino definitivo es un acto de religión suma, porque es un acto de suprema comunicación con su Dios, debe ser fundamentalmente educado en la religión y según la religión.
Pero, hay más: el hombre es un ser moral, y lo es porque es racional y libre. Ante él puso Dios el bien y el mal; y dentro de él, la libertad para inclinarse a la derecha o a la izquierda; y por sobre de él, aunque reflejándola dentro de él por la conciencia, puso Dios la ley, cuyas graves prescripciones grabó el mismo dedo de Dios en el Decálogo.
Pero, ¿vosotros concebís una moral sólida sin religión? ¿Sabéis vosotros una ley inmutable que no descanse en Dios; un objeto digno del pensamiento y de la voluntad del hombre que no sea Dios; una sanción, que contenga o estimule al hombre, que no tenga la garantía de Dios? Es decir: ¿concebís una moral sin Dios?
Yo recorro con el pensamiento los sistemas inventados por los hombres para substituir a la moral de Dios, a nuestra moral; y ante la moral social de unos, y la moral pragmatista de otros, y la moral nietzscheana de muchos, y la moral subjetiva de los más, me digo: ¡pobre moral!, inútil moral, moral inmoral, la que prescinde de Dios; porque arrastrará al hombre a su ruina eterna a través de todos los charcos de toda inmundicia humana.
Luego si el hombre es un ser moral, y no hay moral sin religión, la educación del hombre debe ser fundamentalmente religiosa.
Hay otra razón, fundada en el mismo fin del matrimonio, especialmente del matrimonio cristiano. «El bien principal del matrimonio, dice el Angélico, es la prole en cuanto debe ser educada en orden al culto de Dios», entendiendo por culto de Dios todo el sistema de la religión y, tratándose de cristianos, todo el sistema de la religión cristiana, dogma, moral y culto.
Es profundamente filosófica la razón que da el Angélico: «El matrimonio, dice, tiene por fin principal el bien de la prole; no sólo en su generación, porque ésta puede obtenerse fuera del matrimonio, sino en su educación o levantamiento a un estado de perfección, porque todas las cosas tienden por ley de naturaleza a llevar lo que es efecto de ellas hasta la perfección» (Suppl., q. 59, a. 2).
Luego, dice el cardenal Billot comentando bellamente estas palabras, lo que principalmente intenta por ley de naturaleza la unión matrimonial de marido y mujer, es un estado de perfección que se halla sólo en el culto de Dios, principio y fin de toda moral; porque para esto, y no para otra cosa, nace el hombre, para amar, reverenciar y servir a Dios y salvar con ello su alma.
Es el argumento que apuntábamos en el párrafo anterior; sólo que allí mirábamos la función educadora en su finalidad objetiva, y aquí la derivamos de la misma naturaleza y de las profundas exigencias de la unión conyugal entre cristianos.
Pero, ¿qué os digo a vosotros, que computáis como vuestra mayor gloria la de ser discípulos de Cristo? Vosotros confesáis con la boca y con el corazón que Cristo es vuestro Dios; que la religión de Cristo es la religión divina, única verdadera; que el que no cree en Cristo y en lo que Él enseña está irremisiblemente condenado, es decir, ha perdido sus destinos eternos; que el que no cumple hasta el ápice la ley de Cristo no es apto para su reino; que no puede mudarse una tilde de la ley de Cristo. Es decir, que vuestra ley es la cristiana, vuestra religión y vuestra moral son la religión y la moral cristianas.
Luego, la educación de vuestros hijos debe tener por base la religión cristiana, so pena de desnaturalizar la función primordial de vuestra vida.
Las Santas Escrituras tienen frases terribles para condenar la educación en que se ha prescindido de Dios.
Un solo hijo que teme a Dios, es mejor que mil que le menosprecian. — Vale más morir sin hijos que dejarlos después de sí viviendo en la impiedad. — Educa a vuestros hijos en disciplina y amonestación del Señor.
IV.- TIEMPO DE LA EDUCACIÓN
La educación es obra personal y de inteligencia, que sabe dar su valor a los diversos factores de la vida.
¿Cuándo debe empezar la obra educadora? Cuando empiece la vida de vuestros hijos: con la misma procreación debe empezar esta obra, complementaria de ella, que llamamos educación.
Y aquí dejad, madres cristianas, que en nombre de Cristo, de quien estáis enamoradas, llame a las puertas de vuestro corazón para interesaros por vuestros pequeñuelos. La educación, os he dicho, debe ser personal, y debe ir ante todo al alma; y no hay unión más personal sobre la tierra que la vuestra con vuestros hijos cuando aun los lleváis en vuestro seno; no hay amor puramente humano que salga de mayores profundidades del alma donde se engendra, para ir a mayores profundidades del ser para quien se engendra, como el amor del alma de la madre, sobre todo en este tiempo en que el niño está en su madre como el fruto en su baya, como la semilla en la tierra, con cuyo humor se arraiga para salir luego, planta lozana o árbol frondoso, a la luz del sol que alumbra toda vida.
¡Oh, madres! Consentidme que, en toda la veneración que se os debe, me dirija a vosotras para deciros: La educación es obra de toda la vida; empezad esta acción educadora cuando la vida del nuevo ser humano es desconocida de todo el mundo, menos de vosotras.
¡Dios mío!, debéis decir, como la madre de los Macabeos: yo no sé cómo se ha formado la nueva vida dentro de mí; pero sí sé que junto a mi corazón late el corazón de un hijo mío, que debe llegar a ser hijo de Dios; que este hijo mío tiene ya un alma inmortal, que sólo aguarda desplegar la fuerza magnífica y terrible de sus potencias para cuando haya llegado el cuerpo a su perfección orgánica.
¡Dios mío! Predisponed esta inteligencia oculta para que sea dócil a vuestra verdad. Preparad esta voluntad, para que sepa más tarde seguir vuestros caminos. Cortad este pequeño corazón según el vuestro, para que, cuando nacido, se incline a Vos, y no quiera más que a Vos y a todas las cosas por Vos.
¡Dios mío!, decidle a Jesús, cuando le recibáis en la comunión: cuando estabais aún en el seno de vuestra Madre Santísima, vuestra sola presencia hizo saltar de gozo a vuestro primo el Bautista a quien santificasteis, encerrado también todavía en el seno de la suya. Vos os dignáis entrar en mis entrañas: derivad, de la gracia que en estos momentos derramáis sobre mí, un torrente que vaya a irrigar la vida de este ser humano, para que sepa ya sentir las influencias de vuestra luz y de vuestra caridad.
¿Qué mayor obra podéis hacer en favor de vuestros hijos, madres cristianas, que acudir solícitas con la plegaria a Dios, que acaba de crear el alma de vuestro hijo, para que la bendiga, cuando no tenéis otro medio de comunicación moral con él?
San Francisco de Sales compuso esta delicada oración, puesta en boca de una madre, para recitar durante los meses de la vida de sus hijos oculta en sus entrañas:
«¡Oh Dios eterno! Vos, que habéis ordenado el matrimonio para multiplicar los hombres sobre la tierra y repoblar el cielo, y que habéis destinado principalmente a nuestro sexo para este oficio, aquí me tenéis prosternada ante vuestra majestad, para daros gracias de la concepción del hijo que habéis formado dentro mi cuerpo. Pero, Señor, ya que habéis tenido a bien escogerme para este gran misterio extended sobre mí el brazo de vuestra protección, hasta completar la obra que Vos comenzasteis. Protegedme con vuestro santo socorro, y llevad conmigo, por vuestra continua asistencia, ésta mi amada criatura que Vos habéis producido en mí, hasta la hora de su venida al mundo. Y entonces, ¡oh Dios de mi vida!, seguid protegiéndome, y, con vuestra bendita mano sostened mi debilidad y recibid mi fruto, conservándole lleno de vida hasta que, como es todo vuestro por la creación, lo sea asimismo por la Redención, el día ansiado de su bautismo.
Oh, Salvador de mi alma, Vos, que viviendo en esta tierra amasteis tanto, y con tanta frecuencia tomasteis en vuestros brazos divinos a los tiernos niños, recibid también este mi hijo, y dignaos adoptarle en vuestra filiación sagrada, a fin de que, teniéndoos por Padre, sea vuestro nombre santificado en él, y venga a él un día vuestro santo reino. Así, o dulcísimo Redentor, yo le ofrezco, dedico y consagro, con todo mi corazón de madre, a la obediencia de vuestros mandamientos, al amor de vuestro servicio y al servicio de vuestro amor.
Y siendo cierto que vuestra justa indignación sometió a la primera madre de los hombres y a toda su culpable descendencia a las penas y dolores del alumbramiento, oh Señor, mi Dios, yo acepto de antemano todos los trabajos que seáis servido enviarme en este trance lleno de congojas, suplicándoos solamente que por el parto feliz de vuestra inocentísima Madre, me seáis propicio a la hora del mío doloroso, bendiciéndome entonces a mí, pobre pecadora, con el hijo que queráis concederme, con la bendición de vuestro amor, la que imploro con insistencia y espero humildemente postrada a vuestros pies.» (SAN FRANCISCO DE SALES: Obras, T. 3, carta 864.)
Y esta obra de amor debéis continuarla durante la infancia de vuestros pequeñuelos. El padre, vuestro compañero en la obra de la educación, poco puede hacer para sus hijos en sus primeros años. Es por ello que hasta la misma ley, y aun supuesta la culpabilidad de la madre, no consiente se separe el hijo de su lado hasta los tres años: Partus sequitur ventrem, decían ya los antiguos: «El niño infante sigue a la madre.»
En esta edad, de la que no nos queda recuerdo, vosotras sois las únicas que tenéis en vuestras manos las llaves del pensamiento, del corazón, del alma de vuestros hijos; poned el Cielo en toda su pequeña vida, para que sepan más tarde hallar el camino del Cielo.
Que las santas aguas del Bautismo vengan sobre ellos, y borren de su alma la mancha de origen, y el Espíritu Santo haga en ellos su morada, así que vean la luz bendita que nos ilumina.
Que su primer gesto sea para señalar con su manecita las alturas del Cielo, para el que Dios les creó y la inmensidad de Dios que debe llenar toda su vida.
Que su primer balbuceo sea para pronunciar, junto con vuestros nombres, los nombres santísimos de Dios, de Jesús y de la Virgen.
Que su pequeño pulgar, guiado por vuestra mano, se acostumbre a trazar sobre su cuerpecito la señal de la cruz.
Y soñad, madres, soñad, en esta edad de vuestros hijos, junto a la cuna en que velan su sueño los Ángeles, que las inmediaciones de la cuna, se ha dicho con razón, son la región de los ensueños. Soñad que tenéis un ángel; soñad que tenéis la misión de formar un ángel; soñad que vosotras, junto con vuestro ángel, deberéis hallaros entre delicias inefables en la región de los ángeles. Al soñar todo esto, no soñáis, que todo ello es una realidad fascinadora. Soñaríais si quisierais a vuestro hijo un rey, un gran general, un sabio o un millonario, todo ello sin Dios. Pero, con Dios, soñad para él cuanto queráis.
Y cuando el niño despierte, padres y madres, infante como es, es decir, que no habla, desvalido, ser humano en sus rudimentos, tratadle con mucha reverencia: «Con la máxima reverencia debe ser tratado el niño», dijo el clásico latino: Máxima debetut puero reverantia.
Por la reverencia que le debéis, no pronunciaréis ante él palabra mala o indelicada; ni manifestaréis, con gestos o voces descompuestas, haber perdido la calma de vuestro espíritu. Los padres son, para los tiernos hijos, representantes de la fuerza serena, de la razón, de la paz, porque son para ellos la más alta autoridad. Que no vean en vosotros una flaqueza moral que sería funesta, para vosotros y para ellos.
No digáis: mi hijo no comprende; no tomará de ello escándalo, ni repetirá, porque aún no habla, lo que nosotros no quisiéramos dijera; porque aseguran pedagogos de nota que el niño, a los dos años, puede haber adquirido malos hábitos y tener ya descaminada la fuerza tremenda de las pasiones. Es blando el cerebro del niño, dice Fenelón, más que la blanda cera, y en él queda grabado todo lo que a él llega por los sentidos.
El don de la palabra es facultad magnífica del hombre; magnífica y terrible. A los dos años empieza a desatarse la lengua del niño: el padre y la madre, los hermanos y la servidumbre, ponen a porfía palabras en el oído tierno del niño y salen, más o menos fielmente reproducidas, por sus labios llenos de gracia. No pongáis, ni consintáis se ponga en boca de vuestro hijito palabra vana o indecorosa. Por aquí se empieza a ser mal hablado.
No riáis sus chistes inconvenientes ni sus expresiones procaces, aunque no las comprendan; porque los repetirán, y su pensamiento y su lengua se harán resbaladizos y fáciles cuando sean mayores.
Rodead a vuestros hijitos de cosas buenas; apartad de la atmósfera que les envuelve todas las cosas malas. Éstas hallarán fácil eco en el espíritu del niño, porque desde la infancia somos inclinados al mal. Aquéllas serán un muro de defensa para que no le llegue al contagio de las cosas malas, y un refuerzo para todo lo bueno que tenga el alma del niño, que no es poco, porque de él es la inocencia, con todos los gérmenes de virtud que consigo lleva.
No llenéis la fantasía infantil de vuestros hijos de relatos pavorosos. Ni acudáis al socorrido remedio del espantajo para matar sus rarezas u obligarles a la obediencia. Ello es fatal, porque hará a vuestros hijos miedosos, y el miedo es la pasión más baja y más destructora de la legítima fuerza del hombre, cuando no se funda en razón.
No cedáis a sus voluntariedades, aunque lleguen hasta la terquedad y os ocasionen molestias. Unas negativas rotundas bastarán para corregirles.
Ni pongáis premio o precio a sus buenas acciones; porque se harán voluntariamente malos, para que hagáis la bebería de ofrecerles premio mayor. Más que a la debilidad condescendiente y a la cotización de las buenas acciones, debéis acudir a razonamientos de orden moral, así que los comprendan, para apartarlos del mal y obligarlos al bien.
La excelencia del bien obrar, los premios que le esperan, el respeto a la ley, el santo temor de Dios, la obediencia que os deben, la deformidad de la acción mala, el deber del buen ejemplo, serán razones que fácilmente se incrustarán en su alma, que suele ser noble, y serán más tarde los cimientos de una vida digna., fruto de una conciencia inviolable.
Tratad a vuestros hijos con gravedad, amable y serena, huyendo de los excesos del rigor, que les harían irritables o miedosos; como también de la familiaridad excesiva y de la camaradería, que os quitaría a la larga toda autoridad sobre ellos.
Que crezcan vuestros hijitos en un ambiente de alegría cristiana. La alegría es hija de la paz y de la serenidad de la buena conciencia. Un gran convertido moderno ha dicho que «cuanto más católico es un hombre, tanto su dicha es mayor, porque vive en una paz esencialmente profunda e íntima con Dios, consigo mismo y con todas las criaturas». Es una paz que se transfunde de espíritu a espíritu; es un sedante de las pasiones tumultuosas y un excitante del bien obrar.
Una atmósfera de tristeza o malhumor hará a vuestros hijos reservados, taciturnos, hipócritas que, así que puedan, buscarán fuera del hogar lo que necesitan y no hallan en él, la expansión y el solaz que son el aire de las almas jóvenes.
Y cuando vuestro hijo salga ya a la calle, para luchar con toda suerte de peligros, en esta edad en que apunta el discernimiento, y con él, como los cuernos al novillo, empiezan a apuntarle a vuestro hijo las pasiones, entonces redoblad vuestros esfuerzos, para hacer alrededor de él una valla con el santo temor de Dios.
No consintáis, en esta tierna edad que corre hasta los diez años, que nadie meta en el alma de vuestros hijos aquello que no quisierais permaneciera en ella toda la vida.
Empieza entonces a abrirse el alma con todas sus potencias, percutida por las mil impresiones que por los sentidos le llegan, como se abre el capullo a la influencia de los rayos del sol. Es la época crítica de la orientación definitiva de la pequeña vida: El joven sigue su primer camino; ni en su vejez le abandonará (Prov., 22, 6). Es entonces cuando llenaréis de verdad «verdadera», si así cabe decirlo, el pensamiento de vuestros hijos.
Enseñadles toda la verdad que puedan soportar.
Para ello, valeos de su imaginación, que es la facultad que predomina en ellos. Es la época en que tiene mayor eficacia la enseñanza por historias y ejemplos, por apólogos delicados e instructivos, por el procedimiento intuitivo de la proyección y las reproducciones gráficas.
El cine moderno hace sus mayores estragos en esta edad por esta misma razón de la fuerza imaginativa del niño.
Hincad la idea religiosa y la de los deberes que de ella derivan en el tierno pensamiento de vuestros hijos.
Absorben con facilidad la luz sobrenatural de nuestra fe, cuyos hábitos depositó en sus almas el santo Bautismo.
No les apacentéis de inepcias, aunque lleven la marca religiosa: son cosas demasiado altas y graves las de nuestra religión, para que deban rebajarse con historietas y cuentos que, lejos de hacer bien alguno, pueden producir graves males, como la desviación del sentido religioso, la falsificación de la verdad religiosa o la disminución de su valor. En la historia del Antiguo y Nuevo Testamento, en la de la Iglesia, en las vidas de los santos, en las selectas tradiciones populares, hay un arsenal inagotable de enseñanza religiosa por la vía fácil de la imaginación y de los hechos.
Junto con la verdad, deben adquirir vuestros hijos, en esta edad, los hábitos de las virtudes. ¡Ay, del niño que en vez de ellos adquiera los de los vicios! Algún psicólogo ha dicho que tales hábitos, adquiridos en la edad tierna, no pueden ya desarraigarse. La voluntad del hombre maduro, ayudada de la gracia de Dios, todo lo puede; pero, ¡qué dolorosos y largos esfuerzos cuesta deshacer lo que vosotros, padres, hubieseis con facilidad impedido que se hiciera!
Más tarde, cuando de la región baja de la vida de vuestro hijo suba esta fuerza de la pasión que tira del alma por su vestido de carne, como ha dicho el P. Janvier, guiad y sostened a vuestro hijo. Haced que comprenda pronto el sentido de las famosas palabras que nuestra Blanca de Castilla le decía a su hijo el futuro rey San Luis, de Francia: «Hijo mío, te quiero como la mejor de las madres; pero antes quisiera verte muerto que saber tu alma manchada con un solo pecado mortal.»
Debéis a vuestras hijas cuidados especiales. Fenelón es quien ha notado que se desdeña como menos importante la educación de las hijas, siendo así que ellas serán más tarde las que más influyan sobre las familias y sobre los mismos hombres, de cuya formación son tan celosos los padres. Hacedlas graves, no frívolas; piadosas, no disipadas; no dadas a lecturas baladíes que sobreexciten su imaginación y las empujen por el camino de ridículos ensueños, quizás de aventuras amorosas que serán su perdición; hacendosas y caseras, hábiles y ordenadas, aptas, en fin, para el gobierno de una casa, no muñecas o «preciosas», cuyas únicas habilidades sean la exhibición importuna de su belleza, y de los trapos, más o menos ricos y vistosos, con que le den relieve. La modestia es la dote más preciada de una joven: no son muy ricas en ella la mayor parte de las hijas de familia de hoy.
Trazadas a grandes rasgos las líneas generales de vuestra pedagogía, sólo añadiré que vuestra labor debe ser de todos los días y de siempre, porque nunca prescriben los hijos contra los derechos de los padres.
Y que para que sepáis cumplirla debéis rogar a Dios para que os dé luz y fuerza. Luz, para conocer a cada uno de vuestros hijos en cada una de las situaciones de su vida, y saber aplicar vuestra mano sobre ella para formarles según Dios; fuerza, para no decaer ni cansaros en este rudo bregar de la educación doméstica.
Os sostendrá la conciencia del deber y el pensamiento de que hacéis para la sociedad la mejor obra: darle ciudadanos bien formados según Dios.

