DOM GUERANGER: TÉMPORAS

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Las cuatro témporas anuales

Las Cuatro Témporas son cuatro semanas, pero no completas, sino al estilo antiguo, dedicadas al ayuno, a la abstinencia y a la oración, con ocasión de las cuatro estaciones del año, a saber: primavera, verano, otoño e invierno; para dar gracias a Dios por las cosechas recibidas, ofreciéndole las primicias, y para pedirle sus bendiciones sobre las venideras.

Es una manera práctica de reconocer y adorar la Divina Providencia, de la que todas las criaturas estamos pendientes para recibir el alimento en los tiempos convenientes. Bien comprendidas y bien celebradas, bastarían ellas para curar al mundo del afán de lucro y de la excesiva ansiedad por la comida, por la bebida y por el vestido que devora y saca de quicio a los mortales.

Los días consagrados por las Cuatro Témporas son: el miércoles, el viernes y el sábado, los únicos días, con el domingo, de la semana litúrgica primitiva.

Dichos días cuentan con Misa propia, adecuada a las circunstancias. La del miércoles tiene una profecía, además de la epístola habitual, y la del sábado, cinco. El sábado está ahora destinado a las ordenaciones mayores y menores; si bien antiguamente las del diácono y sacerdote se reservaban para las de diciembre.

Por su carácter de penitencia, por su liturgia especial y por los fines por los cuales han sido instituidas y se celebran, las Cuatro Témporas son como triduos de retiro espiritual al alcance de todos los cristianos.

Para recordar las fechas de las cuatro témporas, reténgase esta frase mnemotécnica: Post Lu., Post Cen., Post Pen., Post Cru., que quiere decir que caen: después de Santa Lucía (el 13 de diciembre), después de Ceniza, después de Pentecostés, y después de la Santa Cruz (que es el 14 de septiembre).

De: El Año Litúrgico, de Dom Guéranger

Se la puede catalogar en el número de los usos que la Iglesia ha tomado de la Sinagoga; porque el profeta Zacarías habla del ayuno del cuarto, quinto, séptimo y décimo mes (Zac., VIII, 19).

La introducción de esta costumbre en la Iglesia cristiana parece remontarse a los tiempos apostólicos; tal es, al menos, el parecer de San León, de San Isidoro de Sevilla, de Rábano Mauro y de otros muchos escritores de la antigüedad cristiana; no obstante eso, hay que notar que los orientales no observan este ayuno.

En la Iglesia Romana, las Cuatro Témporas quedaron fijas en los tiempos que se celebran ahora, desde los primeros siglos; y si se hallan numerosos testimonios de los tiempos antiguos en los que se mencionan Tres Témporas en vez de Cuatro, es porque las Témporas de primavera, como caen siempre dentro de la primera semana de Cuaresma, no añaden nada a las prácticas de los cuarenta días, dedicados ya a un ayuno más riguroso que los practicados en el resto del año.

La finalidad del ayuno de las Cuatro Témporas es en la Iglesia la misma que lo fue en la Sinagoga; es a saber, santificar por medio de la penitencia cada una de las estaciones del año.

Las Témporas de Adviento son conocidas en la antigüedad eclesiástica con el nombre de Ayuno del décimo mes; y San León, en uno de los sermones que nos ha dejado sobre este ayuno, y del que la Iglesia ha puesto un fragmento en el segundo Nocturno del tercer domingo de Adviento, nos enseña que fue elegido este tiempo para una demostración especial de penitencia cristiana, porque estando entonces terminada la recolección de los frutos de la tierra es conveniente que los cristianos demuestren al Señor su agradecimiento por medio de un sacrificio de abstinencia, haciéndose tanto más dignos de acercarse a Dios, cuanto mejor saben vencer el atractivo de las criaturas; «porque, añade el santo Doctor, el ayuno ha sido siempre alimento de la virtud. Es la fuente de los castos pensamientos, de las resoluciones prudentes, de los saludables consejos. Por la mortificación voluntaria, muere la carne a los deseos de la concupiscencia, el espíritu se renueva en la virtud. Mas, como el ayuno no es suficiente para lograr la salud de nuestras almas, suplamos lo que falte, con obras de misericordia hacia los pobres. Concedamos a la virtud lo que quitamos al placer; para que la abstinencia del que ayuna, sirva al pobre de alimento.»

Tomemos nota de estos avisos, puesto que somos hijos de la Santa Iglesia, y ya que vivimos en una época en que el ayuno del Adviento no existe, observemos el precepto de las Cuatro Témporas con tanto más fervor, cuanto que estos tres días, con la Vigilia de Navidad, son los únicos en que la Iglesia nos obliga actualmente, de una manera precisa, a guardar el ayuno.

Avivemos en nosotros, con ayuda de estas prácticas, el celo de los tiempos antiguos, teniendo siempre presente que, si la preparación interior es ante todo necesaria para el Advenimiento de Jesucristo a nuestras almas, esta preparación no sería en nosotros verdadera, si no se manifestase externamente en prácticas de religión y penitencia.

El ayuno de las Cuatro Témporas tiene otra finalidad además de la de santificar, por un acto de piedad, las diversas estaciones del año; tiene íntima relación con la Ordenación de los Ministros de la Iglesia, que son consagrados el sábado y cuya proclamación ante el pueblo tenía lugar antiguamente en la Misa del Miércoles.

Las Ordenaciones del mes de Diciembre fueron durante mucho tiempo célebres en la Iglesia Romana; el décimo mes fue, según aparece por las antiguas Crónicas de los Papas, el único tiempo en que se conferían Órdenes sagradas en Roma, salvo raras excepciones. Los fieles debían unirse a las intenciones de la Iglesia y presentar a Dios la ofrenda de sus ayunos y abstinencias, con el fin de obtener dignos Ministros de la Palabra divina y de los Sacramentos, y verdaderos Pastores del pueblo cristiano.

Tener en cuenta que las estaciones son contrarias al texto, en el hemisferio sur.