SAN GACIANO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

18-San Gaciano de Tours-18

 

 

SAN GACIANO, OBISPO (siglos I o III)

La más antigua tradición de la iglesia de Tours, tiene a San Gaciano por uno de los afortunado pastores de Belén que recibieron de los ángeles la buena nueva del nacimiento del Salvador en la noche más grande que vieron los siglos. En ella se dice que llegó a las riberas del Líger —hoy llamado Loira— en tiempos de los Apóstoles.

Otros autores opinan que vivió en el siglo III, del 250 al 301, y afirman que fueron sucesores suyos inmediatos en la silla de Tours, San Lidorio, que murió en 371, y el ilustre San Martín, que en esa misma fecha ocupó aquella sede y a partir de cuyo pontificado ofrece ya la Historia documentos ciertos e incontrastables.

Tal es la opinión de un notable historiógrafo de la diócesis que no se ha atrevido a llegar sus investigaciones nada más que hasta el pontificado de San Martín; por lo menos así parece deducirse de las siguientes palabras:

«La cristiandad de nuestra región tenía la fe lo suficientemente arraigada como para mantenerse latente durante los treinta y tres años de persecución, a pesar de hallarse vacante la sede episcopal, lo que prueba que al morir San Gaciano dejó bien formado un clero relativamente considerable».

PREDICACIÓN DE GACIANO

La Turena actual o país de los turonenses, cuya capital, hoy llamada Tours, se denominaba en la antigüedad Ceesarodunum Turonensium, adquirió durante la dominación romana una prosperidad material envidiable; pero unían sus habitantes a las supersticiones idolátricas más abominables las costumbres feroces de la más salvaje barbarie. El nuevo apóstol sólo encontraba por doquier imágenes de falsos dioses que poblaban la ciudad, los campos, los collados, las casas particulares y los edificios públicos.

Gaciano puso manos a la obra con prontitud y decisión. Empezó insinuándose en conversaciones familiares, demostrando la inutilidad de los ídolos y poniendo de manifiesto su fragilidad e impotencia.

Y cuando creyó haber disipado los errores de más bulto y amenguado en los turonenses la estima por las vanas y supersticiosas ceremonias de su culto, expuso con celo evangélico las verdades de la fe cristiana, les habló de un solo Dios creador del cielo y de la tierra, les descubrió el misterio de la Santísima Trinidad, les hizo comprender la necesidad de la encarnación del Verbo, celebró las grandezas de la Virgen María y se la presentó como madre llena de bondad y misericordia.

La palabra ardiente y convencida del apóstol logró a no tardar preciosas conquistas. Pero las pasiones se muestran reacias a las verdades santas y el demonio se enfurece cuando se pretende arrancarle las presas que considera seguras. No es de extrañar, pues, que los predicadores del Evangelio se vean despreciados de los ricos y grandes de la tierra y odiados del populacho.

EN ESPERA DEL MARTIRIO

Tratado como espía y público violador de las leyes del país, apresáronle los paganos para conducirlo al suplicio, o, por lo menos, arrojarlo del país después de someterle a cruelísima flagelación. Pero no pudieron poner por obra tan insanos propósitos porque los discípulos de Jesucristo, que ya eran muchos, acudieron a libertar a su obispo de las
manos de aquellos facinerosos.

—Este hombre —dijeron a sus paisanos— es de gran utilidad para la población por las curaciones que realiza y es, además, de vida muy ejemplar.

Tales observaciones produjeron admirable resultado; apaciguóse el populacho y dejó en paz al obispo, que prosiguió su apostolado con nuevo ardor.

Aquella su vida, más angélica que humana, le atrajo numerosos discípulos, y los que no se convencían por sus predicaciones, tenían que rendirse ante la evidencia maravillosa de sus milagros.

SE RETIRA A LA SOLEDAD

Aquella paz no fue duradera. Irritábanse los paganos por las conversiones que el obispo lograba incesantemente, y promovían violentas persecuciones contra los discípulos del Crucificado. Entonces se retiraba Gaciano a la soledad para evitar los ultrajes con que los poderosos del país querían abrumarle. Seguíanle sus hijos espirituales y el santo prelado celebraba los santos misterios en las grutas y criptas solitarias. Según un autor del siglo X III, hallábase el oratorio del primer obispo de Tours en el mismo lugar donde más tarde se construyó la célebre abadía de Marmoutier. En los primeros siglos de la era cristiana, ese refugio era de difícil acceso y el único camino para llegar a él estaba obstruido por malezas y zarzas que lo hacían impracticable. El mismo pontífice, con sus propias manos, cavó en la roca una gruta que dedicó a la Santísima Virgen María; allí acudía a pasar largas horas en oración después de sus apostólicas correrías, y allí se refugiaba en las épocas de persecución.

Con él compartían la soledad y las devociones algunos cristianos que, para estar cerca de su pastor, se habían preparado en las cercanías ocultos retiros donde moraban.

Reuníanse en el santuario de María para los rezos y asistían al santo sacrificio de la misa. De vuelta en sus grutas, vacaban a la lectura espiritual y a la meditación, y, para domar su cuerpo y sujetarlo al espíritu, entregábanse a la mortificación y penitencia.

Todavía en el siglo XVII, el priorato de la Santísima Virgen de los Siete Durmientes, encerrado en el recinto del monasterio de Marmoutier, se consideraba como el santuario dedicado por San Gaciano a la Madre de Dios.

UN CEMENTERIO CRISTIANO

En cuanto se apaciguaba la persecución, salía el obispo de su retiro y continuaba su apostolado obrando nuevas conversiones, de modo que el rebaño de Jesucristo aumentaba incesantemente.

Los milagros y virtudes de Gaciano daban realce a su autoridad y ganaban la estima de los habitantes del país, de modo que a poco desaparecería el culto de los ídolos, se despoblaban los templos de las falsas divinidades y se elevaban en su lugar templos y altares al Dios verdadero.

Los edictos imperiales prohibían a los cristianos enterrar a los muertos en las ciudades. Gaciano compró en los arrabales de Tours un amplio terreno para dar en él sepultura cristiana a los restos preciosos de sus hijos espirituales.

Allí, alrededor de las tumbas de los Santos, reunía el piadoso obispo a su fiel rebaño; allí celebraba los domingos los sagrados misterios, enseñaba la doctrina de Jesucristo y confortaba el corazón de sus hijos con palabras inflamadas de apostólico celo y con el ejemplo admirable de sus virtudes; allí les distribuía el pan de vida, iniciaba a los catecúmenos en las verdades sublimes de la fe, enseñábales las prácticas de vida cristiana, los familiarizaba con las ceremonias del culto y les enseñaba a cantar las divinas alabanzas.

Afirman algunos que allí mismo levantó Gaciano un seminario, donde los jóvenes clérigos se formaban para sus futuras funciones, se instruían en los deberes de su estado y se preparaban cuidadosamente al ministerio sublime del sacerdocio. Notaremos, sin embargo, que en 1911 el arzobispo de Tours, hablando de San Martín, decía que a este Santo se deben «la primera escuela y el primer seminario que se conocieron en las Galias».

Con ayuda del cielo y la cooperación entusiasta y eficaz de sus fieles, edificó Gaciano ocho iglesias en el territorio de Turena confiado a su celo. Dícese que a la séptima iglesia construida, llamó Septmia o Sepmes, y a la octava Óximse o Huisme. Ambas subsisten en nuestros días.

APARECÉSELE NUESTRO SEÑOR. — DICHOSA MUERTE DE SAN GACIANO

Los trabajos apostólicos del misionero no le impidieron entregarse a penitencias y austeridades. Al mortificar su cuerpo con ayunos y vigilias, preparábase con el martirio voluntario a recibir el premio de los que sellaban con su sangre la fe que predicaban. Como todos los verdaderos discípulos de Jesucristo, era nuestro Santo amigo de los pobres y gustaba de socorrerlos y aliviar sus miserias. Esa ardiente caridad le movió a construir un hospital, en los arrabales de Tours, para la asistencia y alivio de los indigentes. En ese asilo de la caridad iba a concederle el Cielo una merced extraordinaria. Ya llevaba el apóstol cerca de cincuenta años trabajando en la viña del Señor, y veía gozoso agruparse alrededor suyo una multitud de hijos dóciles y amantes para quienes la práctica de la virtud era programa de vida a que se entregaban fervorosamente.

Cierto día, agotado ya por la fatiga y la vejez, habíase retirado al hospital de los pobres para dar un menguado descanso a su cuerpo, cuando de repente se apoderó de él un ligero sueño durante el cual se le apareció el Redentor y le dijo:

—Nada temas, amado mío; pronto verás coronados tus trabajos en la compañía de los felices moradores de mi gloria. La patria celestial te reclama y la sociedad de los Santos espera tu llegada.

Despertóle entonces Nuestro Señor de aquel sueño y administróle Él mismo, a manera de viático, la sagrada Comunión.

Quedó Gaciano consoladísimo por tan inesperados y extraordinarios favores; y, con el alma desbordante de gratitud, ya sólo pensó en prepararse de acuerdo con la divina invitación. Sobrevínole a poco una enfermedad. A los primeros síntomas de ella fue tanta su alegría que no podía ocultarla ante los otros. Siguieron siete días de sufrimientos, tras de los cuales, ya purificada, voló su alma santísima a recibir la eterna corona.

DEVOCIÓN DE SAN MARTÍN A SAN GACIANO

Los restos preciosos del pontífice fueron sepultados en el cementerio común de los pobres, donde se levantaba la iglesia de Santa María la Pobre, denominada más tarde Nuestra Señora la Rica por los tesoros con que la generosidad de los fieles la había dotado.

Después del fallecimiento de San Gaciano quedó la Iglesia de Tours mucho tiempo sin pastor, y aquel campo, cultivado con tantas fatigas y admirable celo por el apóstol, vióse invadido por las malas hierbas, según se desprende de las palabras del escritor Sulpicio Severo: «Antes de San Martín, muy pocos o tal vez ninguno de los habitantes de aquellas regiones habían oído pronunciar el nombre de Jesucristo, de modo que el santo obispo deploraba con gemidos y lágrimas el estado de aquellas gentes que no tenían conocimiento alguno de su Dios y Salvador».

De hecho los paganos volvieron a levantar cabeza y recomenzaron las persecuciones contra los cristianos; lo que obligó a éstos a celebrar los santos misterios en los más ocultos retiros. Cuando los descubrían, golpeábanlos y los maltrataban, y aun les quitaban la vida.

Por revelación supo San Martín el lugar preciso donde se hallaban las reliquias de su santo predecesor, y, cada vez que regresaba de sus apostólicas correrías, iba a postrarse sobre aquella tumba y a implorar la protección del primer sembrador de la buena semilla en la tierra que se le había encomendado.

Refiérese en la antigua liturgia de la diócesis de Tours que un día en que el gran taumaturgo de las Galias pedía según costumbre la bendición a su protector, oyó una voz misteriosa que salía de la tumba y que le daba la orden de transportar su cuerpo a la iglesia mayor.

Obedeció San Martín y mandó que se llevasen aquellas reliquias a la basílica de San Lidorio —hoy llamada de Nuestra Señora la Rica. Desde entonces ha ido siempre en aumento la devoción de los turonenses a su primer apóstol y obispo. San Gregorio de Tours, que vivió en el siglo VI, habla de San Gaciano en varios lugares de sus obras.

LAS RELIQUIAS DE SAN GACIANO

Cuando los bárbaros del Norte invadieron las Galias y sembraron por doquier la muerte, el pillaje y el incendio, los fieles de Tours retiraron de su sepulcro las reliquias de San Gaciano. Para sustraerlas a la profanación de los normandos las enviaron a Maillé, o Malliacum, en el Poitou. Pero estuvieron allí poco tiempo, puesto que, no mucho después, se hallaban en el monasterio de San Proyecto, en Bethune de la Galia Bélgica, y, por fin, en la abadía de San Vedasto, en Arrás, donde permanecieron hasta la época de la conversión de los normandos.

Entonces tuvo la Iglesia de Tours la alegría de recobrar su más querido tesoro. Quedaron, sin embargo, en Arrás y en los varios lugares en donde estuvo depositado el cuerpo de San Gaciano durante las invasiones, algunas de sus reliquias. Por eso se levantaron en los citados lugares santuarios dedicados a su culto.y al recuerdo de su poderoso valimiento.

A mediados del siglo XIII, colocaron el cuerpo del Santo en la catedral de Tours. Estaba encerrado en una urna de plata dorada, adornada de piedras preciosas. Al principio lo pusieron detrás del altar mayor; pero, más tarde, lo trasladaron a un lado del mismo altar entre las reliquias de los santos Lidorio, Benigno, Beato, Cándido y Amoldo.

El arzobispo de Tours, Juhel de Manteflón, estableció la fiesta de la traslación solemne de las reliquias de San Gaciano el 2 de mayo, y ordenó se distribuyesen a los cofrades que la celebrasen, cestas llenas de carne y frutas, por partes iguales.

Quedaba, pues, establecida una cofradía en honor del santo obispo, erigida en la catedral y con misa cotidiana. A la inauguración de la dicha cofradía acudió enorme gentío, y tal entusiasmo despertó entre la multitud de devotos que éstos pidieron se cambiase a la iglesia metropolitana la denominación de San Mauricio que hasta entonces llevaba, por la de San Gaciano.

MILAGROS. OBRADOS POR INTERCESIÓN DEL SANTO

En el año 1368 y en el reinado de Carlos V de Francia, asaltó y saqueó el castillo de Goulery, en Turena, una banda de foragidos venida de Inglaterra, y en él encerraron a un desgraciado turonés en una profunda cueva donde permaneció once semanas. La víspera de la fiesta de San Gaciano acordóse el recluso de los numerosos beneficios que el santo patrono de su país concedía a los que a él acudían. Lleno de confianza en su poder y bondad, imploró la asistencia del santo obispo, y al instante se sintió con tanta fuerza que franqueó sin dificultad el muro de su encierro, atravesó el foso del castillo y llegó sin tropiezo ninguno a Tours, donde se presentó a tributar el homenaje de su agradecimiento a su celestial bienhechor.

Los citados bandidos se apoderaron también del hijo de un pobre habitante de Bourgueil que llevaba al mercado un borrico cargado con seis piezas de paño. Informado de ello el desgraciado padre, encomendóse a San Gaciano,’ y tuvo la alegría de hallar milagrosamente a su hijo y de recuperar el borrico y las piezas perdidas.

Habían penetrado por la fuerza los ingleses en casa de un labrador para robarle los bueyes y demás animales que poseía. El pobre hombre, asustado, se ocultó e imploró la protección de San Gaciano y vió con agradable sorpresa que los invasores se retiraban sin llevarse nada. Cuando salían de la casa, vieron al hermano del dueño y lo persiguieron, pero él se encomendó al Santo, pasó entre los soldados sin que éstos le viesen, y libre de todo peligro refirió a su hermano lo que le había sucedido. Ambos hermanos, llenos de gratitud, acudieron a la catedral de Tours para postrarse ante el sepulcro de su insigne bienhechor.

Durante el cautiverio del rey Juan el Bueno, fue la reina madre a Tours para implorar la protección de San Gaciano; obtenida la libertad del monarca, reconoció aquélla que tan señalado favor se debía al Santo.

En el reinado de Carlos VI pusieron sitio los ingleses a la ciudad de Tours. Los habitantes, asustados, acudieron a su celestial abogado y prometieron ofrecerle, conforme a la costumbre de otras ciudades, la cantidad de cera necesaria como para fabricar una vela capaz de rodear los muros de la ciudad. Cumplida la promesa, hízose la paz entre Inglaterra y Francia.

LAS RELIQUIAS DE SAN GACIANO

Aún existe hoy, cerca de la iglesia de Nuestra Señora la Rica, una pequeña capilla llamada Cueva de San Gaciano que, según algunos, era el lugar donde este Santo celebraba los sagrados misterios, y según otros su tumba. La devoción de los fieles hizo levantar allí una pirá­mide con la siguiente leyenda en una de sus caras:

«Aquí estuvieron las reliquias y la tumba del glorioso San Gaciano, apóstol
de Turena.»

En el siglo XVI pareció que la herejía de los iconoclastas renacía con los partidarios de Calvino, los cuales destrozaban las imágenes de los Santos, quemaban las reliquias y aventaban sus cenizas. No se vió libre de esos crí­menes la capital de la Turena, de la que se apoderaron los calvinistas en 1562, profanaron la catedral y quemaron el cuerpo de San Gaciano en unos hornos donde hicieron fundir al mismo tiempo los objetos de oro y plata robados en varias iglesias de la ciudad.

Salváronse, sin embargo, algunas partecitas de los restos venerados del pontífice, gracias al valor y piadosa devoción de los fieles de la parroquia de Nuestra Señora la Rica.

Nuevos milagros atrajeron las muchedumbres en torno a las reliquias del Santo, y a fines del siglo XVIII, la tumba de San Gaciano se hallaba decorada con riquísimos adornos.

Pero el Consejo general de Indre y Loire, anhelando, según decía, el triunfo de la filosofía, de la razón y de la libertad —o sea del libertinaje— , ordenó que despojasen las iglesias de todos los objetos de valor. La ornamentación de la tumba de San Gaciano estaba evaluada en más de doscientos mil francos.

Habían puesto los ojos en tan rica presa los consejeros revolucionarios.

Ya se disponían a echar mano de ella, cuando se les anticiparon otros bandidos y robaron durante la noche las mejores piezas de la decoración.

DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN

Los  furores e impiedades de la Revolución no pudieron borrar de la memoria de los turonenses el recuerdo de los beneficios obtenidos por intercesión de San Gaciano. Por eso los arzobispos de Tours, apenas pasó la tormenta, hicieron cuanto les fue posible para reavivar su culto.

En 1827, el limo. Sr. Montblanc pidió a la iglesia de San Vedasto de Arrás, algunos fragmentos de las reliquias del Santo. Acogida favorablemente su petición, fueron transportados aquellos restos preciosos con gran solemnidad a la iglesia metropolitana de Tours, donde se exponen a la pública veneración de los fieles.

Invócase a San Gaciano en toda clase de necesidades; pero, muy particularmente, con el fin de hallar los objetos domésticos perdidos o robados.

 

SANTOS POR DÍA

EDELVIVES

 

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