Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

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TERCER DOMINGO DE ADVIENTO

Epístola del día: Hermanos: alegraos siempre en el Señor; os repito, alegraos. Sea vuestra modestia patente a todos los hombres: el Señor está cerca. No os inquietéis por la solicitud de cosa alguna, mas en todo presentad a Dios vuestras peticiones por medio de la oración y de las plegarias, acompañadas de hacimiento de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja a todo entendimiento, sea la que guarde vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús Señor Nuestro.

Evangelio del día: Y éste es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron a él de Jerusalén sacerdotes y Levitas a preguntarle: «¿Tú quién eres?» Y confesó y no negó: y confesó: «Que yo no soy Cristo». Y le preguntaron: «¿Pues qué cosa? ¿Eres tú Elías?» Y dijo: «No soy». «¿Eres tú el Profeta?» Y respondió: «No». Y le dijeron: «¿Pues quién eres, para que podamos dar respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?» Él dijo: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: enderezad el camino del Señor, como dijo Isaías profeta». Y los que habían sido enviados eran de los fariseos. Y le preguntaron y le dijeron: «¿Pues por qué bautizas si tú no eres el Cristo, ni Elías, ni el profeta?» Juan les respondió, y dijo: «Yo bautizo en agua; mas en medio de vosotros está a quien vosotros no conocéis. Este es el que ha de venir en pos de mí, que ha sido engendrado antes de mí: del cual yo no soy digno de desatar la correa del zapato». Esto aconteció en Betania, de la otra parte del Jordán, en donde estaba Juan bautizando.

¡El Señor está cerca! He aquí el tema fundamental de la liturgia de hoy.

¡El Señor está cerca! Es el mismo Redentor que nació en Belén. Es el mismo que esperamos como Libertador, en su segunda venida, al fin de los tiempos.

¡Ven, Señor! Así suplicaban los cristianos de los primeros tiempos.

Repitamos también nosotros, hoy, este mismo grito de impaciente anhelo.

¡El Señor está cerca!

Como la venida del Salvador del mundo debe ser el objeto de la devoción, de las oraciones y de todos los ejercicios piadosos de este Santo Tiempo, la Iglesia tiene cuidado, todos los domingos, de renovar el fervor de los fieles, de excitar su fe y su esperanza.

El Rey tanto tiempo esperado, el Señor tan deseado, el Salvador objeto de tantos votos, va a aparecer; ¿qué motivo más justo para hacer resaltar nuestra alegría?

De este modo consuela e instruye la Iglesia a sus hijos en este día.

Tenemos, pues, que arrancar de nuestro corazón toda preocupación angustiosa, temporal, terrena; y debemos impregnar nuestro espíritu y toda nuestra vida de una paz divina, sobrenatural, fundada sólo en una santa libertad interior y en una espiritual armonía.

¡Magnífico programa para el Adviento! Una vez más vuelve a urgirnos el apasionado grito: ¡Señor, muestra tu poder y ven!

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¡Alegraos en el Señor!, exhorta San Pablo, por su parte.

La alegría en el Señor es el fundamento de una vida verdadera, sana, cristiana, espiritual.

Esto es algo más que una simple invitación a estar alegres: es un precepto.

El Señor está cerca… Por eso el cristiano es quien posee legítimamente la verdadera alegría, la alegría en el Señor, en nuestro Salvador.

¿Cómo no hemos de alegrarnos en Él? ¿Acaso no nos lo ha dado todo Dios con Él?

En Él poseemos la dicha de la santa fe, de la indubitable verdad. En Él poseemos el gozo de una segura esperanza en la eterna y bienaventurada vida en el corazón del Padre.

¡Alegraos siempre en el Señor! ¡Alegraos continuamente! Aun en medio de las necesidades y angustias, en medio de las inquietudes y sobresaltos, en medio de las dificultades y desalientos de la vida. Aun en medio de las tentaciones, de las luchas y dolores de nuestro tiempo.

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El Señor está cerca. No contemplamos sólo los dolores y las dificultades de la vida presente. No los contemplemos, sobre todo, de un modo aislado, unilateral. Los hemos de contemplar dentro de su verdadero fondo, dentro del marco general en que están dispuestos.

Debemos contemplarlos a la luz de la vida sobrenatural que poseemos, a la luz de nuestro vivir en Cristo.

Por eso, nuestra vida no es otra cosa que un perpetuo gozo en el Señor, un alegre gloriarse en el Señor, aun en medio de los dolores y amarguras de esta vida terrena. Vivimos en Cristo, estamos incorporados, injertados en Él.

Es un contrasentido ser miembro de Cristo, saber que se está en Cristo, saberse redimido, saber que se posee la vida y la fuerza de Cristo y, al mismo tiempo, llevar una vida triste, acongojada, azarosa e inquieta…

El Señor está cerca. Con tal de que nosotros nos convenzamos profundamente de ello y lo creamos con viva fe…

Nuestra vida de cristianos es, ciertamente, una vida de renuncia, de sacrificio, de mortificación; pero es también, y esencialmente, una vida ventajosa, una vida gozosa, una vida de santa alegría en el Señor.

Son dos aspectos; pero una sola cosa, una sola realidad.

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No os preocupéis por nada. La sagrada liturgia ve ya al Señor cercano. Por eso, nos exhorta: No os preocupéis por nada…

¡No os preocupéis por nada! Una exigencia casi desconcertante.

Nosotros solos, es decir, con solas nuestras fuerzas, somos completamente incapaces de conseguir nuestra salvación, no podemos evitar la condenación eterna.

Y, a pesar de esto, la Liturgia nos ordena hoy imperiosamente: No os preocupéis por nada

¿Qué razones tendrá para hablar así? No tiene más que una, pero decisiva: es que el Señor está cerca.

Está cerca de nosotros para salvarnos, para darnos luz y fuerza.

¿Y nosotros? ¡De qué modo tan distinto procedemos! Se diría que no sentimos más que el insano placer de sumergirnos en nuestra propia miseria, en nuestra culpabilidad, en nuestra impotencia moral, en nuestras imperfecciones.

No miramos más que a nosotros mismos, a nuestra ruindad. Nos descorazonamos ante nuestra pequeñez, ante nuestros defectos. Nos hacemos pusilánimes, retraídos. Tememos acercarnos a Dios, al Salvador.

No es este, ciertamente, el verdadero espíritu del Adviento.

No nos desalentemos al contemplar nuestra impotencia y nuestra miseria moral. Al contrario, ellas deben impulsarnos a recurrir con más frecuencia y con mayor confianza a Dios y a nuestro Salvador.

El Señor está cerca, con su amor, con su misericordia, con su Corazón salvífico.

Exponedle todas vuestras preocupaciones. Cuanto más miserables seamos por nosotros mismos, más debemos volvernos hacia Él, más debemos orar, dar gracias, rogar y suplicar sin descanso.

¿Por qué, pues, hemos de estar inquietos todavía? Nosotros lo hemos depositado todo en Él: nuestro yo, nuestra esperanza y nuestros temores, nuestro presente y nuestro porvenir, el tiempo y la eternidad. Todo está, pues, en muy buenas manos.

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Si pasamos al Evangelio del día, comprobamos que la Santa Liturgia, habiendo elegido para el oficio de los Domingos de Adviento todo lo que tiene más relación con su Advenimiento, después de haber anunciado en el Evangelio del Domingo precedente las pruebas que da Jesucristo a los discípulos de San Juan Bautista de su divinidad y de su misión, en el Evangelio de este día cita el testimonio que el mismo San Juan dio de Jesucristo delante de los principales de la nación y de todo el pueblo.

Los principales de entre los judíos sabían bien, por los oráculos de sus Profetas, sobre todo por el de las semanas tan célebres de Daniel, que el tiempo en que debía nacer el Mesías estaba próximo.

Por otra parte, comprobaban que por donde quiera no se hablaba más que de Juan Bautista; que este santo hombre presentaba virtudes más divinas que humanas.

Todo esto hacía que se inclinasen al parecer del pueblo, que tomaba al Precursor del Mesías por el mismo Cristo, por tanto tiempo esperado y tan ardientemente deseado de todo el pueblo.

Sin embargo, no creyeron que debían darle fe, sin haber antes enviado sacerdotes y levitas al hombre de Dios, para saber de él mismo quién era, qué cualidad tomaba, y en virtud de qué autoridad predicaba la penitencia y bautizaba.

Encontraron los diputados a San Juan en las cercanías de Betania, ciudad situada en la otra parte del Jordán.

El Santo hombre negó firmemente ser el que ellos creían; y a fin de que no tomasen su respuesta por alguna tergiversación de una humildad poco sincera, les dijo en términos formales, y les repitió muchas veces, que de ningún modo era el Mesías; declaró sin rodeos que no era el Cristo.

Por más franca y precisa que fuese esta respuesta, los diputados no pudieron borrar la idea que habían concebido de su mérito. Les vino, pues, al pensamiento que, si no era el Mesías, podía ser muy bien que fuese un nuevo Profeta, igual a los antiguos; Elías, por ejemplo, puesto que, según la profecía de Malaquías, debía volver al tiempo de una de las dos venidas del Mesías, antes del gran día del Señor.

San Juan se turba al ver que se hacía tanto caso de él, y que se le igualaba con los grandes Profetas. Cuantos más testimonios de estimación se le daban, más se abatía.

No sólo negó que fuese Elías, sino que añadió que ni siquiera era Profeta.

Quería, sin duda, dar a conocer a los doctores y a los sacerdotes lo que ignoraban y lo que les importaba saber: que el tiempo de los Profetas había pasado; que no venía, como sucedía antiguamente para prometerles el Mesías, sino para advertirles que el mismo ya había venido, que estaba en medio de ellos; y para mostrarles con el dedo a Aquél que sus padres no habían visto sino en confuso y de muy lejos, por un espíritu de profecía.

No pudiendo obtener de San Juan más que respuestas negativas, y que no les decía lo que era, sino lo que no era, le oprimieron para que les declarase lo que se debía pensar de él, con qué autoridad predicaba, y lo que debían responder a los que les habían enviado, para saber de él mismo en qué concepto debía tenérsele.

El Santo no pudo ya menos de satisfacer su curiosidad. Se manifestó a ellos, y les declaró con mucha modestia y sencillez, que era aquel de quien había hablado Isaías cuando, viendo en espíritu al Mesías que debía venir, le parecía oír ya la voz de su Precursor en el desierto, la cual exhortaba a los pueblos a que se preparasen para su venida.

Los fariseos, más celosos por mantener su autoridad que en procurar su salvación y la del pueblo se molestaron de esta respuesta, y replicaron con altanería: Si no eres, pues, ni el Cristo, ni Elías, ni Profeta, ¿por qué bautizas?

San Juan, que quería con su humildad abatir su orgullo, no les habla ni de su misión, que había recibido inmediatamente de Dios, ni del cargo eminente con que el Cielo le había honrado. Se contenta con responderles, para su instrucción y la de todo el pueblo, que el agua de su bautismo no obraba sobre las llagas del alma.

Él ha recibido de lo alto una gracia particular para descubrir a los hombres sus errores y sus vicios, pero es incapaz de remediarlos; todo lo que puede hacer es exhortarles a reconocer a su verdadero médico, el único de quien deben esperar su curación.

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San Pablo nos invitaba a la alegría…: Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos… El Señor está cerca…

Regocijémonos hoy a causa de la proximidad del Señor. En efecto, debemos alegrarnos en el Señor; el Apóstol aviva nuestras ansias del Salvador, y nos anuncia la paz.

Estemos, pues, tranquilos; el Señor está cerca; está cerca de su Iglesia; está cerca de cada una de nuestras almas.

Salgámosle al encuentro… Escuchemos la exhortación de San Juan: En medio de vosotros está el que vosotros no conocéis.

Puede, por consiguiente, estar cerca el Señor…, y, no obstante, que esto permanezca desconocido para la gran mayoría.

San Juan es el símbolo de la Iglesia y de todas las almas que buscan a Jesucristo. Su gozo por la llegada del Esposo es completo; pero a su alrededor existen hombres para quienes este divino Salvador no significa nada.

El tiempo apremia: ¡El Señor está cerca!

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Nada podía, pues, convenir mejor al designio de la Iglesia que estos pasajes de San Pablo y del Evangelio, tan propios para reanimar nuestra fe y excitar nuestro fervor, en un tiempo que tanto lo necesitamos para preparamos a recibir dignamente a Aquél que los judíos no han querido reconocer.

Inexcusables después del testimonio de San Juan Bautista, todavía más criminales después de haber sido testigos de sus maravillas, los judíos rehusaron tenazmente recibir a Aquél que habían pedido con tanto ardor y esperado por tanto tiempo.

No seamos nosotros tan culpables como aquellos impíos; y lo seríamos si, conociendo y confesando a Jesucristo por nuestro Salvador, no nos dispusiésemos con tiempo y debidamente a recibirle con alegría, con empeño, con fervor…, el día de su Venida.

¡Cuán poco conocido es Jesucristo! ¡Y cuán poco amado de aquellos mismos que le conocen!

Con cuánta razón podría decirse de muchos católicos lo que San Juan decía a los judíos: Jesucristo está en medio de vosotros, y vosotros no le conocéis.

¡Qué desgracia para los judíos no haber reconocido a su legítimo Rey!, su soberano Señor, su Redentor, su Mesías… El Mesías tan ardientemente deseado y esperado por tanto tiempo; estando tan claramente marcado el tiempo de su venida, y viéndose el cumplimiento de las profecías que le habían anunciado.

¡Qué desgracia la de tantos católicos que conocen a Jesucristo sólo con una fe débil…!

¡Cómo se parece el mundo posmoderno al de los tiempos de San Juan Bautista!

Tanto desde el punto de vista político como desde el punto de vista religioso, aquel mundo era un verdadero desierto.

Y para definir bien quién era y cuál era su misión, San Juan se apropió un pasaje muy conocido del Profeta Isaías: ego vox clamantis in deserto… soy la voz del que clama en el desierto…

En este sentido, San Juan era el heraldo encargado de anunciar su llegada; la voz destinada a gritar para sacudir el entorpecimiento de los judíos, para excitarlos a hacer penitencia, a prepararse para oír pronto la voz del propio Salvador, y a aprovechar bien el gran beneficio de la Redención.

Revivimos la situación por la que pasó San Juan Bautista…

Cuando viene el tiempo malo, hay que seguir siendo fiel a la Virgen Inmaculada, a las Sagradas Escrituras, a la Tradición, a la doctrina definida, a los Sacramentos y a la Misa de siempre…

Ser fieles, permanecer en paz, tener confianza y una santa alegría…

¡Ser voces que claman en el desierto…!