HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Vigésimotercera entrega

 

art02_img_03

LA EDAD NUEVA

El Pontificado romano, en lucha con el conciliarismo

EL PAPA COLONNA

1. Restaurador de Roma. Casi prodigiosa pareció a los contemporáneos la rápida y feliz elección del cardenal Odón Colonna al sumo pontificado.

Nacido en Genazzano de la nobilísima familia romana de los Colonna, no descollaba por la ciencia o por las letras ni por la brillantez de otras cualidades personales. Era hombre modesto, sencillo en su trato, afable, de mucho juicio y prudencia, enérgico y apto para el gobierno. Cardenal desde 1405, abandonó con otros miembros del sacro colegio la obediencia de Gregorio XII para convocar el concilio de Pisa, lo cual no significa que fuese entonces conciliarista, como algunos aseguran. Trabajó activamente en el Concilio de Constanza e intervino, como hemos visto, en la cuestión de los husitas de Praga. Tenía cuarenta y nueve años al ser elegido Papa y se esperaba de él que fuese el pacificador y el restaurador de la Iglesia, tan duramente trabajada.

Concluido el Concilio de Constanza, Martín V estimó conveniente establecer cuanto antes su sede en la Ciudad Eterna y reorganizar el gobierno de los Estados pontificios. Pasando por Mantua, donde se detuvo desde el 24 de octubre de 1418 hasta el 6 de febrero de 1419, se dirigió a Florencia. Aquí, en el convento dominicano de Santa María Novella, hubo de estacionarse durante diecinueve meses a causa de que la ciudad de Roma estaba ocupada por Juana II de Nápoles, Bolonia se había constituido en república autónoma y otras ciudades se hallaban en manos de tiranuelos.

Negociaciones entabladas con la reina napolitana obtuvieron que ésta retirase sus tropas de Roma y le ofreciese al Papa su apoyo y su alianza.

Dos hermanos de Martín V, Jordano y Lorenzo Colonna, fueron nombrados, el primero, duque de Amalfi y príncipe de Salerno; el segundo, conde de Alba, en los Abruzos. También los boloñeses tuvieron que someterse a la Santa Sede, Así que el 9 de septiembre de 1420 pudo Martín V proseguir su viaje a Roma, adonde llegó el 28 del mismo mes. Hizo un alto en Santa María del Popolo, y al día siguiente, domingo, entró en su ciudad entre las jubilosas aclamaciones de los romanos.

Lamentable era el aspecto que presentaba la Urbe. Las grandes basílicas amenazaban ruina. En las sucias callejas se veían gentes escuálidas. Los ladrones merodeaban por las afueras, robando a los peregrinos, y de noche hacían su oficio dentro de la ciudad. Entre los mismos clérigos había muchos hambrientos y mal vestidos.

No por eso se desanimó el Papa Colonna. Mandó a los cardenales restaurar sus iglesias titulares, y él se adelantó a todos con el ejemplo. La reconstrucción de la techumbre de San Pedro le costó 50.000 florines; el pórtico cuadrado, ya ruinoso, fue preciso rehacerlo totalmente. También en San Juan de Letrán reparó el techo, renovó el pavimento con mármoles y pórfidos y encomendó la decoración a pintores tan eximios como Gentile de Fabriano y Giacomo Bellini, de la escuela umbra. En Santa María la Mayor trabajaron los pinceles del florentino Masaccio. El Capitolio, los puentes del Tíber y, sobre todo, el palacio familiar de los Colonna, junto a la iglesia de los Santos Apóstoles, fueron igualmente objeto de la acción restauradora del Papa. Suministró víveres en abundancia a los ciudadanos y acabó con los ladrones y salteadores, de modo que cambió el semblante de la ciudad y pudo con razón apellidarse padre de la patria.

Más le costó el reconquistar y pacificar las ciudades del Estado pontificio. El capitán de aventureros Braccio de Montone, a quien Martín V había dado en feudo las ciudades de Perusa, Asís, Todi y Jesi, se pasó al servicio de la reina de Nápoles cuando ésta se hallaba en conflicto con el Papa. La causa de la discordia era que Juana II había adoptado por heredero al rey Alfonso V de Aragón, mientras que Martín V trabajaba porque la corona napolitana recayese sobre Luis III de Anjou.

A la muerte de Braccio de Montone, en 1424, Imola, Fermo, Ascoli y otras muchas ciudades se sometieron al dominio directo de la Santa Sede. La amenaza del milanés Felipe Maria Visconti, que venció a los florentinos, aliados del Papa, pudo conjurarse parte con las armas y parte con la diplomacia de Nicolás Albergati, que firmó la paz de Ferrara en 1428. Ese mismo año, el santo cartujo N. Albergati, cardenal y obispo de Bolonia, fue arrojado de esta ciudad por el partido de los ancianos y de los gonfalonieros, mas no tardaron las armas pontificias en restablecer el orden. También Rímini y las Marcas se sometieron, a excepción de Fano, donde señoreaban los Malatesta.

Enriqueció e hizo poderosos a sus familiares, por lo que Martín V es acusado de grave nepotismo. Las circunstancias le exculpan en buena parte, ya que, sin el apoyo de sus parientes, difícilmente hubiera podido imponer su autoridad en sus dominios.

2. Más concilios. El Papa Martín V, que del Concilio de Constanza había recibido la tiara, no conservaba buen recuerdo del orgulloso conciliarismo triunfante en aquellas asambleas; tanto que, si hemos de creer a Juan de Ragusa, el solo nombre de concilio le horrorizaba in immensum. Pero en Constanza se había establecido que a los cinco años, o sea, en 1423, debía celebrarse concilio general, y de nuevo al cabo de otros siete años.

Aunque a disgusto y con algún temor de que rebrotasen las ideas conciliaristicas, accedió a los deseos urgentes de la Universidad de París, convocando el concilio para la ciudad de Pavía. Tuvo lugar la primera sesión el 23 de abril de 1423, bajo la presidencia de cuatro legados del Papa y con escasa concurrencia de obispos (ningún italiano —cosa extraña— fuera de los presidentes). De España asistió el arzobispo de Toledo, Juan de Contreras, a quien Martín V estimaba mucho. Una epidemia los obligó a trasladarse en junio a la ciudad de Siena, donde se continuó el concilio durante siete u ocho meses.

Mantúvose, como en Constanza, la división y votación por naciones. Se confirmaron los decretos constancienses contra Wyclef y Hus, así como la condenación del antipapa Pedro de Luna, ya difunto, amenazando con graves penas a quien intentase continuar el cisma. Tratóse por fin de la reforma.

Conocemos por Fr. Juan de Ragusa, O.P., que, aunque dálmata, pertenecía a la natio gallicana, las proposiciones de ésta en orden a la reforma. Había que empezar extirpando los últimos restos del cisma, para lo cual el rey de Aragón apresaría a Gil Sánchez Muñoz (Clemente VIII), sucesor en Peñíscola de Benedicto XIII. El Papa debería estrechar las relaciones con los griegos a fin de restablecer la unidad de la Iglesia.

El Concilio señalaría reglas sobre la colación de beneficios, no permitiendo al romano pontífice en este punto sino lo que se determina en el concordato francés y suprimiendo las expectativas y todas las encomiendas. Todas las naciones tendrían el derecho de presentación al cardenalato, de suerte que el Papa escogiese un candidato entre los que cada nación le presentase, y el colegio cardenalicio constase de 18 a 24 miembros.

En adelante no podría el Papa imponer nuevos censos o tributos al clero y los ya existentes serían abolidos; tendría también que disminuir los procesos en la curia romana. Y el Papa no podría cambiar los decretos de los concilios generales.

Asustados de tales pretensiones, atentatorias a la autoridad del Papa, los legados pontificios maniobraron para fomentar la disensión entre franceses e italianos, llegando a un tumultuoso rompimiento, que dio motivo a los legados para interrumpir o disolver la asamblea el 25 de febrero de 1424, no sin antes designar la ciudad de Basilea como lugar de reunión del próximo concilio… Este de Pavía-Siena no suele contarse en la lista de los concilios generales.

Podría pensarse que el cerrojazo de Siena irritaría a la corte de Francia, siempre deseosa de reformar la Iglesia, es decir, de arrebatar al romano pontífice la provisión de beneficios y la imposición de tributos. Pero no. Al año siguiente, Carlos VII, inducido por su consejero Juan Louvet, devolvía al Papa el libre ejercicio de sus derechos, tantas veces negados, sobre los beneficios del reino. Agradecido Martín V, hizo al rey algunas concesiones, todo lo cual se ratificó, no obstante la resistencia de los galicanos, en el concordato de Genazzano de 1426.

3. Intentos de reforma. En una carta al arzobispo de Toledo hablaba Martín V de reformas, que empezarían por la curia apenas terminado el Concilio de Siena. En efecto, con fecha de 13 de abril y 16 de mayo de 1425 expidió dos decretos que abrían un camino derecho para la ansiada reforma, si se hubiera seguido fielmente.

Allí se ordenaba la vida ejemplar de los cardenales y de sus familiares; se reducía el número de los protonotarios, de más de cuarenta a sólo siete, cada uno de los cuales debía tener un abbreviator experimentado que redactase las minutas, las cuales serían corregidas y firmadas por el protonotario sin cobrar más que una tasa fija; se recomendaba a los arzobispos, obispos y abades la residencia, la colación gratuita de las órdenes sagradas y de los beneficios, la celebración trienal de Concilios provinciales; el Papa por su parte renunciaba al derecho de nombramiento para un buen número de beneficios que le competían en virtud de las reservas.

En esto último, Martín V debiera haber sido más generoso aún, pero las necesidades económicas que padecía la Cámara Apostólica tras la anarquía del cisma le sirven de excusa. Si no remedió la avaricia y rapacidad de algunos curiales ni el absentismo de muchos pastores de almas, a lo menos supo elegir cardenales dignísimos, dotados de altísimas virtudes, que honraron a la curia romana y trabajaron fervorosamente por la reforma de la Iglesia. Tales fueron el Beato Nicolás Albergati, de la Orden de los Cartujos (1375-1443); Domingo Capránica (1400-1458), Juliano Cesarini (1398-1444) y el Beato Luis d’Aleman (1390-1450), si bien este último campeará entre los cismáticos de Basilea.

En Roma trató Martín V de reformar a los canónigos de San Pedro; en Italia favoreció la reforma benedictina mediante la Congregación de Santa Justina; en Castilla apoyó a su antiguo amigo de estudios Lope de Olmedo, restaurador de los monjes jerónimos, y a Martín de Vargas, reformador de los cistercienses; en Portugal aprobó la hermandad de los «Boni homines»; y envió a Alemania al cardenal Branda Castiglione con objeto de reformar el clero de aquellas diócesis.

Acaso ningún Papa haya favorecido tanto a los judíos como el Papa Colonna. Protegió a los de Oriente y a los de Occidente y a los del ghetto de Roma. Mandó que ningún hijo de hebreo menor de doce años recibiese el bautismo contra la voluntad de sus padres. A los judíos de España les permitió el ejercicio público de la medicina, siendo lícito a los fieles acudir al arte medicinal de aquéllos; en el mismo documento les autoriza para ser banqueros de los cristianos, venderles sus mercancías y fundar con ellos sociedades económicas.

Se le ha reprochado a Martín V el haber introducido en la curia humanistas de poco sentido cristiano y de costumbres libres. Creemos que el reproche es injusto. Aquellos humanistas no eran paganos ni paganizantes, como falsamente se afirma, y por sus costumbres en nada se diferenciaban de los no humanistas. Su labor en la Cancillería era utilísima para la redacción de las bulas, breves y demás documentos pontificios, lo mismo que para la composición de discursos, saludos, etc., en el castigado latín, que entonces tanto se apreciaba. Martín V favoreció especialmente al poeta Antonio Loschi, secretario apostólico, y al más famoso humanista, Poggio Bracciolini, ocupándolos también en misiones diplomáticas. Pero ese Poggio, sobre todo en sus años maduros, no era tan mal cristiano ni tan inmoral como lo pinta L. Pastor; gozaba de la amistad de varones tan íntegramente eclesiásticos como el cardenal Capránica, servía a la Iglesia a su manera y murió piadosamente, ordenando en su testamento del 13 de octubre de 1443 que su cuerpo fuese enterrado en la iglesia de los franciscanos y fundando una capilla, en la que se celebrarían cien misas por su alma.

4. El predicador del nombre de Jesús. Una clara luz se difunde en Italia durante el pontificado de Martín V. La irradia el estandarte del nombre de Jesús, levantado por el gran reformador de la Orden franciscana, San Bernardino de Siena.

Un día del año 1408, Bernardino escuchó en Alessandria la palabra inflamada de San Vicente Ferrer. Desde aquel momento se propuso imitarle como predicador andante por los campos y ciudades de Italia. El Piamonte, Milán, Siena, Perusa, Brescia, Bolonia, Roma, los Abruzos, sienten la fuerza de su espíritu y el encanto de su palabra. Pacifica discordias, calma tumultos de bandos contrarios, mueve a la penitencia, truena contra los pecados públicos y da incremento a muchas obras de caridad y beneficencia. En medio de la plaza solía encender una gran hoguera, donde se quemaban los objetos pecaminosos y las vanidades de las que espontáneamente se desprendían los pecadores arrepentidos. Entre las llamas ardían, con aplauso del pueblo, cartas de juego, tableros de ajedrez, dados, libros obscenos, adornos femeniles, pinturas lascivas; se decía «la quema de las vanidades». Un pobre artesano de Bolonia que se ganaba la vida pintando cartas de juego vino a quejarse ante el predicador de que ya no tenía clientes. Bernardino le aconsejó que se dedicase a pintar en unas tablillas el monograma del nombre del Salvador, IHS, asegurándole que con eso ganaría más.

Poco después, en 1424, el mismo San Bernardino inaugura la nueva devoción al nombre de Jesús, llevando delante de sí, cuando entraba en una ciudad, el estandarte adornado con las tres letras del monograma de Jesús, circundado por doce rayos de sol y coronado por una cruz. Tablillas así pintadas solía repartir al fin de las misiones, y el pueblo se dejaba impresionar devotamente por este signo. Las gentes adornaban sus casas privadas con esta santa señal; lo mismo hacían los municipios, como el de Siena; y desde entonces lo vemos pintado en los libros, esculpido en puertas, en fachadas de templos, etc.

Pensaron algunos frailes que entraba en ello superstición y peligrosa novedad, y acusaron a Bernardino de que desviaba hacia signos materiales la devoción que se debe tener a Cristo. Predicaba la Cuaresma de 1427 en Viterbo, cuando recibió orden de comparecer inmediatamente ante el Papa, pues había sido denunciado como hereje. Martín V lo trató al principio con cierta severidad, prohibiéndole predicar y repartir las tablillas mientras no se sustanciase su causa. Durante muchos días los teólogos examinaron y discutieron la doctrina predicada por Bernardino, hasta que la comisión examinadora se reunió en San Pedro para dar su dictamen. Hallábase presente el Papa con muchos cardenales, prelados, religiosos y nobles. Argumentaron fuertemente los acusadores; defendióse el reo con clara y sólida teología; defendióle ardorosamente su mejor amigo y discípulo, el celebérrimo predicador franciscano San Juan de Capistrano, que había venido a Roma con este objeto. Y el Papa Martín V declaró que la victoria estaba de parte de Bernardino, a quien poco después concedió plena facultad de predicar la palabra de Dios y de exponer a la veneración de los fieles el «dulcísimo nombre de Jesús».

Una solemne procesión, en la que Juan de Capistrano enarbolaba el estandarte misionero de Bernardino, anunció a los romanos el triunfo del gran predicador. Y, a ruegos del Papa, subió Bernardino al púlpito de San Pedro, donde en un espacio de ochenta días predicó 114 sermones.

5. Dos santas muy diferentes. Recojamos aquí los nombres de dos Santas de tan distinto carácter como una viuda de virtudes familiares y benéficas y una doncella de vida castrense y heroica.

Al pontificado de Martín V se remonta el origen de las Oblatas de María (O. de Tor de’Specchi), fundadas por Santa Francisca Romana en 1425. Casada con el noble Lorenzo Ponziani, de quien tuvo seis hijos, solía Francisca visitar la iglesia de Santa María Nuova, en el Foro, administrada por los benedictinos olivetanos.

Allí se comprometió con otras amigas y compañeras a observar una regla de vida común, sin votos religiosos ni clausura, reuniéndose en aquella iglesia para ejercicios de piedad, bajo la dirección de los olivetanos, y dedicándose a obras de misericordia. En 1433, Francisca adquirió el edificio de Tor de’Specchi, que dio nombre a la Congregación, cuyos estatutos fueron aprobados por Eugenio IV. Muerto su marido, pasó Francisca a vivir entre sus oblatas, no como fundadora, sino como simple hermana, en marzo de 1436, pero por voluntad de todas fue elegida superiora.

Prodigiosas visiones, cuya descripción a ratos dantesca debemos a su confesor, Juan Mattiotti, la ponían en comunicación con el mundo sobrenatural. Devotísima del Ángel de la guarda, fue ella siempre un verdadero ángel custodio de los pobres y menesterosos. Contaba cincuenta y seis años, cuando el 9 de marzo de 1440, mientras se encontraba en el palacio de su familia, en el Trastévere, asistiendo a un hijo suyo gravemente enfermo, la alcanzó la muerte.

¡Qué contraste entre la humilde fundadora de las Oblatas y la heroína de Francia, Juana de Arco! La breve y fulmínea vida de esta doncella (la Pucelle, 1412-1431) sólo se entiende en el momento crítico que atravesaba Francia. En 1418, la ciudad de París, amotinada contra la tiranía de los Armañacs, abría las puertas a las tropas borgoñonas, acaudilladas por su duque Juan Sin Miedo, mientras el rey de Inglaterra conquistaba metódicamente Normandía y se acercaba a Orleáns. Pero al año siguiente, en el curso de unas negociaciones del duque de Borgoña con Carlos VI de Francia, cayó aquél asesinado por orden del delfín.

El nuevo duque de Borgoña, Felipe el Bueno, ansioso de venganza, reconoce a Enrique V de Inglaterra por legítimo rey de Francia, y el desgraciado Carlos VI, de mente obnubilada por la locura, deshereda al delfín, nombrando al inglés heredero y regente de Francia al mismo tiempo que le da por esposa a su hija Catalina (tratado de Troyes, 1420). La independencia nacional de Francia parecía perdida.

Y he aquí que en 1422 mueren Enrique V y Carlos VI. La corona correspondía, por el tratado de Troyes, a Enrique VI, hijo de Enrique V. Pero el delfín de Francia se hace coronar en Poitiers con el nombre de Carlos VII y pone su corte en Bourges. «El rey de Bourges» le llamaban con desprecio los ingleses, que por entonces se esforzaban por conquistar la ciudad de Orleáns. El abúlico monarca no hacía nada por libertar la importante ciudad asediada y dejaba el gobierno en manos de hombres inhábiles y vividores.

Es entonces cuando se le presenta una muchacha de diecisiete años prometiéndole la salvación de Francia. Era Juana de Arco, nacida en la aldea de Domrémy. No sabía leer ni escribir, pero un día de verano cuando contaba trece años oyó por primera vez voces celestiales, que se repitieron posteriormente. Seguramente que en casa de sus padres la piadosa niña había escuchado lamentos por la tragedia que padecía Francia desde hacía tantos años. Y cuando las voces celestiales, acompañadas de visiones de San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita, volvieron a decirle con más insistencia que ella había sido elegida por Dios para salvar a su patria, no dudó en presentarse al capitán del vecino castillo de Vaucouleurs para que la condujese ante el rey.

Recibida por Carlos VII en febrero de 1429, la Doncella, vestida de varón, declaró que venía en nombre de Dios a liberar a Francia; expuso sus planes de atacar a los borgoñones, aliados de Inglaterra; de expulsar a los ingleses y de hacer coronar a Carlos VII en Reims. Tras algunas pruebas que le fue preciso dar ante algunos teólogos, dudosos de su misión sobrenatural, en abril de aquel año, el rey, fascinado por la inocencia y valor de la Doncella, le permitió cabalgar con su estandarte y su espada al frente de un ejército que iba a socorrer a Orleáns. El 8 de mayo entraba vencedora en la ciudad; el mes siguiente tomaba Jargeau y derrotaba al ejército inglés en Patay. Poco después conducía a Carlos VII a Reims, donde se celebró la coronación el 17 de julio.

Vestida de blanca armadura, la «Pastorcita de Domrémy» no peleaba, sino animaba a todos a pelear, y el entusiasmo que despertaba era enorme y prodigioso aun después del fracaso de París, bajo cuyas murallas fue herida, sin que lograse la liberación de la capital.

En una salida de Compiégne contra los borgoñones, éstos la hicieron prisionera y la entregan a los ingleses en 1430. Dos veces intentó la fuga, inútilmente, de sus cárceles de Rouen. Ni la corte ni el rey de Francia pensaron en su rescate.

A instigación de la Universidad de París, la Inquisición le instruyó proceso de herejía y de hechicerías. Era un artificio para romper su aureola de santidad y destruir su prestigio moral y religioso antes de matarla. Para mejor defender su pureza virginal, quiso, aun en la cárcel, vestir siempre de soldado. Sometida a la tortura y finalmente condenada como hereje por un tribunal en cuya presidencia figuraba el obispo de Beauvais, Pedro Cauchon, partidario de los borgoñones, Juana de Arco murió en la hoguera el 30 de mayo de 1431.

Juana de Arco antes de morir había apelado al romano pontífice. Martín V acababa de bajar al sepulcro y a los oídos del nuevo Papa no llegó el grito de la inocente doncella. A Roma llegaron las protestas de su madre y hermanos, y Calixto III mandó revisar el proceso inquisitorial; el resultado fue la plena anulación de éste, con la consiguíente justificación de la heroína francesa. Teniendo en cuenta su piedad, su castidad, su fe inquebrantable y otras virtudes heroicas, San Pío X la beatificó en 1909 y Benedicto XV la canonizó en 1920.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval

Vigésima entrega: La edad nueva. El Wyclefismo

Vigésimo primera entrega:  El movimiento husita

Vigésimo segunda entrega: El movimiento husita (cont.)