LA ARMADURA DE DIOS
CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS
ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA
LA FAMILIA
CAPÍTULO VII
CONDICIONES DE LA EDUCACIÓN
II.- CRITERIO FUNDAMENTAL
Vuestra labor educadora debe ser personal y solidaria.
Demos un paso más. ¿Qué principio debe informar vuestra obra?
El profeta Isaías describe maravillosamente la labor de un carpintero, que va al bosque, corta un cedro o una encina, y al llegar a su taller se dice: ¿Qué voy a hacer de este tronco? Empieza a cortarlo, y hace astillas para el fuego y se calienta con ellas; y corta más, y enciende el horno de pan cocer y cuece el pan. Le resta aún una porción del tronco: ¿qué haré de ella, dice? Y se responde a sí mismo: Ya sé que haré: haré con él una imagen, y esta imagen será un dios, y me postraré ante él y le adoraré. Y sigue el profeta: Nescierunt, neque intellexerunt: No supieron, ni entendieron estos hombres: porque cubiertos están sus ojos para que no vean, ni entiendan en su corazón (Is., 44, 13-18).
Tampoco los padres entienden lo que debieron hacer de sus hijos, y ora hacen de ellos astillas que arderán en el fuego de todas las concupiscencias; ora magníficos conquistadores del pan de cada día, para que sepan a su tiempo llevárselo bien cocido a los autores de sus días; ora pequeños idolillos, imágenes grotescas del dios Mimo, curiosos ejemplares de bisutería humana, perdonad la dura frase, que servirán de entretenimientos a quienes les dieron la vida. Nescierunt neque intellexerunt! ¡De cuántos padres podrían decirse las tremendas palabras del profeta! Padres y madres sin sentido, sin inteligencia de lo que llevan entre manos.
¿Qué principio debe informar la educación de vuestros hijos?
Haremos de ellos, dicen, muchachos de irreprochables maneras, que sepan lucir en el deporte, en los salones, en las fiestas mundanas. Haremos de nuestras hijas muchachas avisadas, gentiles de cuerpo y despreocupadas de espíritu, que sean dulce entretenimiento en la tertulia, en el viaje, en la playa o balneario de moda.
¡Necios padres, que no tienen el sentido del valor de la vida humana!
Haremos de nuestros hijos hombres de negocios, trabajadores infatigables, que sepan triunfar en las luchas de la vida; y de nuestras hijas, mujeres instruidas, que puedan vivir de lo suyo, si lo tienen, y que sepan lucrarse el pan de cada día, si lo suyo no les basta.
¡Necios padres, sigo diciendo, que no tienen el sentido del valor de la vida humana!
Digo, padres, que, como principio que debe informar toda vuestra labor educadora, vuestra acción, en el penoso trabajo de la educación de vuestros hijos, debe ser sabia, y que para ser sabia debe responder a la sapientísima jerarquía de los valores de la vida.
Los señala Jesús en el Evangelio con aquella conocidísima frase: ¿Acaso no es el alma más que la comida, y el cuerpo más que el vestido? (Mt., 6, 25). Es decir, hay en la vida humana como dos centros de actividad: el alma y el cuerpo, que se juntan en lazada misteriosa para formar la unidad de la persona humana; y a estos centros corresponden facultades y actividades diversas, que a veces pueden parecer antagónicas.
La ciencia de la educación consiste en reducir todas las fuerzas a la unidad; pero no a una unidad cualquiera sino a la unidad que demandan de consuno la razón, la religión y los mismos destinos de la criatura humana.
En el orden del ser, ¿qué es lo primero en el hombre? El alma. Y en el alma, ¿qué es lo primero? La inteligencia, y luego la voluntad, y luego la libertad, que es hija del pensamiento y de la voluntad.
En un plano inferior al alma, está el cuerpo: y ¿qué es lo primero en el cuerpo? la integridad, la salud, la perfección de cada uno de sus órganos. Luego viene lo accesorio; la belleza, los modales, las formas de cubrirle con este envoltorio, hijo del pecado, que llamamos vestido.
En el orden de los destinos, ¿qué es lo primero en el hombre? el alma; ¿y después? el alma. El alma, que es más que el cuerpo, más que los destinos del cuerpo, que no sean los mismos del alma; más que la comida, es decir, más que las riquezas; más que el vestido, es decir, más que el fausto de la vida; más que todo el aparato social, de lujos, de maneras, de elegancias.
De aquí aquella terrible sentencia de Jesús, cuando, sopesando los valores de la vida, decía estas palabras: ¿Qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo, si pierde el alma? (Mt., 16, 26).
Y aquí, en este esquema de los valores de la vida que nos da Jesús, tenéis formulado el programa de la educación que debáis dar a vuestros hijos. Ellos tienen, ante todo, un alma que salvar; un alma que, cuando ellos hayan llegado al uso de su albedrío, reclamará Dios de ellos mismos, porque Dios ha puesto en manos de nuestra libertad nuestros destinos; pero que mientras os estén sujetos reclamará Dios de vosotros, porque vosotros sois quienes debéis dar a la libertad de vuestros hijos su legítimo valor. De vosotros pueden decirse las palabras tremendas de Ezequiel: De tu mano demandaré su sangre (Ezech., 3, 18): es decir: Te exigiré cuenta de su perdición eterna.
A la luz de estas palabras, que debieran caer como plomo derretido sobre el corazón y la conciencia de muchos padres, aparece con toda claridad, pero con toda su terribilidad, la ruta que debe seguir el educador.
Ante ellas, aparece la desviación lamentable de quienes educan sus hijos para el mundo, para el negocio, para una carrera brillante, si no los educan para el Cielo, que es el único destino del alma.
Hablando San Agustín de la obra de Jesucristo, el gran Pedagogo de la humanidad, escribió estas palabras memorables: Non venit facere mathematicos, sed christianos: No vino Jesús a hacer hombres sabios, sino cristianos, es decir, hombres conformados según Él, para gozar por toda la eternidad con Él.
Glosando las palabras del gran patriarca de Hipona, atenuando lo que pudiesen parecer duras, por su misma generalidad, os diré: Haced de vuestros hijos e hijas seres humanos perfectos en toda suerte de perfección. Hacedlos perfectos según el cuerpo: velad por su salud; inoculad en ellos todo el vigor físico que podáis. Si podéis hacerlos bellos, será gracia sobre gracia.
Id más adelante. Amaestradlos en los finos modales, que son como la gracia de la conveniencia social. Vestidlos bien, según vuestra categoría social reclame.
Id todavía más adelante. Colmad su pensamiento de todo género de sabiduría humana. Someted su voluntad al régimen de una disciplina severa. Formad su sentimiento de tal modo, que puedan escalar las altas cumbres de la literatura, de la elocuencia, del arte. Enseñadles, las rutas por donde llegarán a conquistarse una brillante posición social, en la industria, en los negocios, en las nobles profesiones.
Pero cuando hayáis hecho todo esto, si habéis olvidado hacerlos buenos cristianos, os diré: No habéis hecho nada; y me atreveré a añadir que quizás habéis con todo ello enseñado a vuestros hijos el camino de ser desgraciados.
Los habéis hecho matemáticos, según el aforismo de San Agustín, pero no los habéis hecho cristianos, que es por donde debíais empezar. Habéis cuidado del cuerpo, y de la comida, y de las riquezas y de los vestidos, seguiré glosando las palabras de Jesús, pero habéis olvidado el alma, que es la porción principal.
Habéis invertido los valores de la vida de vuestros hijos, que quizás dejarán en pos de sí una estela brillante de gloria humana; pero no les habéis introducido en el camino por donde se va a la única gloria, que es la del Cielo, donde puso Dios nuestros destinos.
¿Qué les aprovechará a vuestros hijos todo lo que con mil sacrificios habéis hecho por ellos, si al cabo pierden el alma, que no les enseñasteis a salvar?
Todo lo que atañe a la educación de vuestros hijos es grave; pero este punto es, sobre todos, gravísimo.
Y no me duele decir palabras graves, como ellas os lleven la convicción de que lo primero que debéis atender son sus destinos.
Vuestro lema de educadores de vuestros hijos deben ser las palabras del Apóstol: Hijitos míos, de los que otra vez estoy de parto, hasta que sea formado Cristo en vosotros (Gál., 4, 19).
La ley de vuestro trabajo educador debe ser aquella otra frase del mismo San Pablo: Trabajamos para hacer un ser humano perfecto, en Cristo Jesús (Colo., 1, 28).


