LA ARMADURA DE DIOS
CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS
ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA
LA FAMILIA
CAPÍTULO VII
CONDICIONES DE LA EDUCACIÓN
Educad a vuestros hijos en disciplina y corrección del Señor (Efesios 6, 4)
Podemos decir, sin exageración, que la educación de los hijos es la obra de más trascendencia que realiza el hombre a su paso por la tierra.
Primero, porque siendo el hombre perfecto un ser esencialmente educado, la educación, en orden a la familia y a la sociedad, se halla en el mismo nivel del acto generador, del que no es ella más que el desarrollo y perfección.
Y en segundo lugar, porque mirando al hombre no en su esencia, sino en orden a sus destinos, temporales y eternos, su formación tiene un valor moral de equivalencia con estos destinos, tal, que de ella dependa lograrlos o no. Y el hombre que no logra sus destinos no sólo es un hombre comenzado, por decirlo así, en cuanto no habrá llegado a la plenitud de su formación, sino que es un hombre desgraciado.
Del réprobo Judas dijo Jesús esta terrible sentencia: ¡Mejor le hubiese sido a este hombre no haber nacido!
Se cuenta de un maestro que se descubría ante sus discípulos, saludando a los grandes hombres que de entre ellos quizás saldrían con el tiempo; los padres debieran temblar ante sus hijos, pensando que tienen en sus manos los medios de hacerles felices o desgraciados.
Con esta convicción de que la educación es la función más trascendental de la familia, vamos a tratar de Las condiciones de la educación paternal en el seno del hogar.
I.- LA EDUCACIÓN, OBRA PERSONAL DE LOS PADRES
En capítulos anteriores hemos vindicado para el padre y la madre el derecho de educador a sus hijos, insinuando al mismo tiempo el deber que a ambos incumbe en este punto. Este deber es personalísimo, si no tan alienable en su ejercicio como el derecho correlativo —en cuanto el derecho radical, consecutivo al hecho de la generación, es intransferible—, a lo menos inherente a los mismos padres en la medida que reclame la educación propiamente doméstica, que juzgamos insubstituible.
Cierto que los negocios múltiples, el trabajo abrumador, el número de hijos que formar, la escasez de medios para atenderlos, la apatía o descuido de uno de los esposos, las exigencias de los tiempos modernos, que reclaman mayor amplitud que antaño en la formación intelectual de los hijos, son, con otras causas, motivos para buscar, en personas o centros de cultura y educación extraños al hogar, colaboradores en la obra de los padres. Mas esto no puede relevarles de la totalidad de sus deberes en este punto.
Denunciemos aquí un gravísimo defecto de que suele adolecer la educación de los hijos en nuestros días. Es la ausencia sistemática del padre y de la madre en la obra de la educación.
La familia moderna se divide en dos grandes sectores: la rica y la obrera, entendiendo por familia obrera, no sólo aquella en que el jefe de casa, y quizá la esposa, deben ganar el sustento cotidiano trabajando fuera del hogar la mayor parte del día; sino estas familias de la clase media, que viven de los recursos de una profesión o de una modesta industria o comercio. En el sector de la familia rica comprendo todas aquellas que tienen resuelto con holgura el problema del vivir; sean grandes rentistas, cuyo único cuidado es la administración de la riqueza acumulada, sean los fuertes industriales o comerciantes, que tanto abundan hoy en las grandes urbes.
¡Pobres hijos los de familia pobre! Han nacido en un hogar donde todo son estrecheces, desde la habitación insuficiente hasta el pan breve y el vestido miserable.
¿Qué extraño que la educación se vea mutilada en sus mismos comienzos? Cuando asoma el sol, debe el padre dejar el pequeño nido, quizás para todo el día; volverá por la noche, después del traqueteo del taller, o del rudo trabajo del campo, o el más rudo de la mina o de los muelles; sus miembros piden descanso; le dará un beso a su hijito, y no le verá quizás hasta el día siguiente a la misma hora; y así días, y semanas, y meses.
La madre corre de zeca en meca para llevar también ella su bocado a los hijos: guisa y cose y se afana, en su propia casita y en la ajena. Entre tanto el hijo, o los hijos, llevados al asilo, o a la escuela, o vagando por las calles, se ven privados del dulce calor del hogar lleno.
Reconozco que es mal necesario, en la forma moderna de trabajo, pero es un mal gravísimo para la educación.
Junto a este cuadro, ved el de la familia rica. En ella, los rorros tienen su nodriza, los mayorcitos su institutriz o su preceptor, los ya crecidos están en el pensionado.
El padre y la madre creen haber cumplido sus deberes buscando lo mejor y más costoso para sus hijos en este punto. Los chicos engendran mil molestias, y hay que librarse de ellas. Por otra parte, son impedimenta para la vida del gran mundo, de visitas, de espectáculos, de excursiones. El egoísmo se ha aliado con el placer, o a lo menos con la vida placentera, para obrar una separación deplorable entre los padres y los hijos.
A pobres y ricos decimos que la educación es obra personalísima de los padres, y que cualesquiera que sean las exigencias de la vida, no deben ellos perder el contacto con los pedazos de su corazón, sobre todo en los primeros años.
Vosotros, pobres, afanaos, porque esta es la ley de vuestra vida, en buscar el pan trabajoso para vosotros y vuestros hijos. Pero esforzaos en hallar, que lo hallaréis con el esfuerzo, un cuarto de hora cada día para caldear, con el hálito de vuestra vida, la pobre vida de vuestros hijitos. Sentaos con ellos a la mesa si podéis, y aprovechad las horas de vuestra refección para ser padres, recogiendo y haciendo vuestras todas las impresiones que haya recibido aquel día vuestro hijo, para marcarlas con el marchamo de vuestra paternidad, que deberá alentar, corregir, ilustrar, prohibir o mandar, según los casos.
Seguid paso a paso la ruta que haga vuestro hijo, interrogad a sus maestros, vaciaos en ellos, para hacer una acción conjunta, a fin de que no se pierda un solo elemento de educación.
Y aun os diré más: como cristianos que sois, levantad el corazón a Dios, mientras trabajáis, y decidle: «¡Dios mío! Yo no puedo ocuparme, en estos momentos, del hijo que me disteis, porque aquí estoy conquistando con las fatigas de mi cuerpo un pedazo de pan para sostener su vida; pero, Señor, y Dios de mi vida, como premio de este esfuerzo mío y de esta mi plegaria, yo os pido que abráis vos mismo los senos de aquella tierna vida y hagáis fecundos los gérmenes que en ella depositan sus maestros.»
Y por la noche, padres y madres de las familias humildes, en este recogimiento misterioso de la casa modesta, donde todo es intimidad, porque no se temen las indiscreciones de la servidumbre, poned la plegaria de vuestros labios en los labios de vuestros hijitos, y haced que se duerman en santa paz, recogiendo en sus almas de cera aquellas enseñanzas y consejos que deberán ser el norte de su vida futura.
Vosotros, los de familias ricas, pensad que vuestra mayor riqueza es la posesión y la «valoración» de vuestros hijos; que vuestro mayor placer debe ser su formación.
Pensad que los lazos de sangre, aun siendo tan fuertes como son, se aflojan fácilmente si el contacto moral no une los espíritus; y que, efecto de ello, es más fácil hallar hogares fríos entre los ricos que entre los medianos y pobres. Y la fuerza del amor es la fuerza de las familias.
Como no dejáis en manos mercenarias vuestras joyas, ni la administración de vuestros tesoros, ni la custodia de vuestros valores de renta, así tampoco debéis exponeros, al peligro de que otros echen a perder lo que vosotros debéis amar más que a todos los tesoros y tanto como a vuestra vida.
Ved que el espíritu de la propia comodidad suele ser espíritu de egoísmo; y que el egoísmo es el peor consejero en la obra de la educación, que siempre es fecunda en abnegación y sacrificios de toda suerte.
Nada podrá ocupar mejor vuestros ocios que el dulce trabajo de la formación intelectual y moral de vuestros vástagos. Con ello les transmitiréis, mejor que nadie, el lustre de vuestra familia, la tradición de vuestros mayores y el legítimo amor a las riquezas que deberán ser su herencia, junto con el patrimonio de honor y respeto social de vuestra casa.
No olvidéis que la responsabilidad de una posible desviación de vuestros hijos estará en razón directa de los medios que habréis tenido para educarlos bien; y que el máximo valor de vuestra pedagogía está en el tiempo, que quizás desperdiciáis, en la independencia de vuestro vivir, en vuestra mayor capacidad e ilustración, en la misma mayor conciencia de vuestra responsabilidad.
Vuestros hijos serán mayores, y un día verán que si os costaron buenos dineros al recibir una profesión o carrera, fueron escasos los sacrificios personales que os impusisteis por ellos, y recibirán de ello mal ejemplo, y será en detrimento de la buena memoria que debéis legarles.
Por fin, a todos, pobres y ricos, os recordaré vuestros personalísimos deberes en este punto, refiriéndoos una anécdota histórica:
Luis XVI, rey de Francia, recibía un día la visita de su primer ministro, Malesherbes, que le presentaba la dimisión de su cargo: «Sois feliz, Malesherbes, le dijo el rey; porque podéis hacer cuando os place la dimisión de vuestro cargo; yo nunca puedo hacerlo.» El infeliz monarca moría más tarde en un cadalso.
Vosotros tampoco podéis hacer la dimisión de vuestro cargo, padres y madres. No podéis renunciar ni un momento de vuestra vida de padres, ni, por lo mismo, un ápice de vuestra misión natural de educadores de vuestros hijos. Las naturalezas no se abdican sin desnaturalizar al que lo hace. El día en que resignarais vuestros poderes, habríais obrado una mutilación en vuestra paternidad y en la obra de vuestra paternidad, que son vuestros hijos.
Ni es solamente personal la obra de los padres en la formación de sus hijos. Debe ser personal y solidaria a un tiempo, para que logre su máxima eficacia. Ninguno de los cónyuges puede inhibirse, dejando al otro toda la responsabilidad y la carga. ¿No concurren ambos, cada uno con su poder específico, a la obra de la generación? ¿Por qué razón podría ninguno de ellos eximirse de la labor educadora de los hijos, cuanto ésta viene impuesta, por ley natural, por el mismo hecho común de la generación?
Imponen, además, esta acción solidaria de ambos cónyuges las múltiples exigencias de la obra magna de la educación. Tratando de la formación material, dice Santo Tomás: «En la especie humana no bastaría la mujer sola a la educación de la prole, por cuanto las necesidades de la humana vida requieren muchas cosas que uno solo no puede aportar. Ni obsta a esta razón el que alguna rica mujer pudiese por sí sola alimentar a su hijo, porque la rectitud natural de los actos humanos no debe medirse por lo que accidentalmente pueda ocurrir a algún individuo, sino por lo que acontece en general a toda la especie».
Lo que es de mayor evidencia cuando se trata de la educación moral; porque para ella, sigue el Angélico, «se requiere largo tiempo; y porque los hijos, por el ímpetu de las pasiones, que pervierten el sentido de la prudencia, necesitan no sólo instrucción, sino represión. Y para ésta no basta la mujer sola, sino que se requiere principalmente el esfuerzo del varón, en quien hay más perfecta inteligencia para instruir, y fuerza mayor para castigar» (Summ. Contra Gentes, L. 3, cap. 22).
Sabia razón la del Angélico, que arranca de la misma naturaleza de los padres y de la obra educadora.
Suelen muchos padres y madres desconocer este gran principio de la pedagogía doméstica, y, o bien se inhibe uno de ellos, echando entera la dura carga al otro cónyuge; o, lo que es peor, destruyendo mutuamente, con palabras, actitudes y obras opuestas, la labor que ambos realizan sobre los hijos.
El mal es grave y frecuente. «Su padre es quien la echa a perder con sus mimos». «Su madre es quien anula mi acción sobre mis hijos». Estas son quejas frecuentes en muchos hogares. Ello es fatal para la formación de la prole: en vez de dos fuerzas paralelas que los empujen a la verdad y al bien, en un mismo sentido, sufren los hijos la presión de dos fuerzas opuestas que los deforman.
Tenga el padre la autoridad suprema en la obra educadora, y que esta autoridad sea la forma de la unidad en la labor común.
Busquen ambos esposos el mejor modo de educar a sus hijos, según su temperamento, edad y condición personal.
Para ello, conciértense, ayúdense, en el pensar, hablar y obrar.
Quede al cuidado de la madre la solicitud de los pequeños, la acción íntima en que juega el corazón el principal papel, la labor cotidiana de las pequeñas cosas de la pedagogía casera.
Al padre, corresponderán las principales partes en la obra de iluminar, dirigir, represar, castigar, cuando las jóvenes vidas empiecen ya el período de la robustez, de cuerpo y espíritu.
Que su acción conjunta dé a los hijos la impresión de que no hay más que un pensamiento y una fuerza repartida entre el padre y la madre; y que jamás puedan adivinar una discrepancia, y menos oposición, de criterio o de acción, en la obra educadora de ambos.
La educación es principalmente obra de autoridad amable por parte de quien la da, de confianza cordial por el lado de quien la recibe; la falta de concordancia de los esposos amenguará su fuerza y engendrará en el ánimo de los hijos la vacilación y la desconfianza.



