SÓLO POR HOY…, SEÑOR QUE VEA…

Cada día nos encontramos apabullados con tantas preocupaciones, tantos desvelos por aquello que se convierte en cosa pasajera, como es la vida misma.

Tantas veces me reconozco tan débil, me dejo atrapar en esta vorágine de inquietudes, de preguntas, de impredecibles posibilidades, que esto provoca en mi alma un estado de tristeza, de desánimo.

En esos momentos me siento tan poca cosa, tan atada al mundo, a sus afectos, que deseo fervientemente soltar el hilo que me mantiene presa y lograr que mi alma se desprenda de estas ataduras y se eleve.

Pero ahí surge el demonio, susurrando en mis oídos y cegando mis ojos, logrando que me encuentre como sola, confundida y desolada.

Cuando llegan esos pensamientos, ese murmullo, hay dos cosas que me ayudan, me rescatan, me elevan suavemente. Una es algo de lo que me apoderé en el momento justo que mi padre espiritual me lo regaló: el pensamiento del presente, ese pensamiento que desarrollaré un poco más adelante. La segunda es ese pedacito de Cielo que encontré en esa frase del Evangelio, del ciego Bartimeo: Señor, que vea

Les comento aquí esta primera llave, que abre la puerta de mi alma y mi corazón.

En esos momentos, donde empiezan a acometer mi mente las imágenes que logran quitarme la paz, evoco esas palabras: sólo por hoy.

Sólo por hoy, Señor, estoy aquí; sólo por hoy te entrego todo mi ser, mi alma, mi corazón, mis penas y preocupaciones; sólo por hoy intentaré serte fiel, ya que mi inconstancia, mis debilidades, mi tendencia a ofenderte, están continuamente a mi lado, persiguiéndome como sombra, que no se logra apartar y que con la oscuridad se torna cada vez más inmensa.

Por eso es sólo por hoy, Jesús mío, que me rindo a tus pies, que reclino mi cabeza cansada, atribulada, sobre tu regazo; allí me quedo como un niño confiado y seguro en brazos de su padre.

La vida es un hoy, ni ayer, ni mañana…, sólo eso… hoy, este presente es lo único que poseo como decía de tan bella forma Santa Teresita:

“Si pienso en el mañana, temo mi inconstancia
siento nacer en mi corazón la tristeza y el tedio.
Pero acepto voluntariamente la prueba, el sufrimiento,
¡nada más que por hoy!”

Y luego, en este verso encontramos atesorado ese sentimiento de entrega, tan difícil pero no imposible:

«Acuérdate, Señor,
de que es tu santa voluntad mi dicha
y mi único reposo.
Sin temor en tus brazos me duermo y abandono,
divino Salvador.
Si mientras ruge el huracán Tú duermes,
yo seguiré sumida en una paz profunda.
Mas, Jesús, mientras duermes,
para tu despertar
¡prepárame!».

Allí trato de encontrar esa paz en mis días de cansancio, de fatigas, de tristezas; y si me preguntan si he logrado una total entrega, puedo decir que lo intento a diario, día a día, sólo por hoy.

Mi segunda llave para abrirme paso a las cosas celestiales, abandonando aunque más no sea un pequeño instante el pensamiento del mundo, en que estoy inmersa y del que no puedo desistir, es el pensamiento del ciego de Jericó.

Así como él, me encuentro muchas veces, sin luz, en la oscuridad; pero quiero abrir mis ojos, quiero ver. ¡Señor que vea!

Cuánto encierra esta petición: Señor, que se abra mi alma hacia Ti. Y gritándolo muy fuerte, para que mi Amado me escuche, con insistencia en la oración: ¡Señor, que vea!, devuélveme la vista cuando caigo en la ceguera que el mundo con sus cosas me presenta, cuando me desplomo de manera abrupta al pecar, cuando por mi naturaleza caída a causa del pecado original, te doy la espalda, cuando tan ingrata soy con tu misericordia, Señor, haz que vea… Abre mis ojos del alma, no pases por mi lado sin escuchar mi pobrecito pedido de auxilio; sé que me escuchas, sé que me esperas, sé que me buscas más de lo que yo te busco; sé que allí estás pacientemente con tu Corazón abierto aguardando mi llamado.

Acompaño este pensamiento con el del Hermano Rafael Arnáiz Barón, monje trapense español:

¿Vamos nosotros a seguirle, querida hermana?… Él ve nuestra intención y nos mira, se sonríe y nos ayuda… Nada hay que temer. Iremos para ser los últimos de la comitiva que pasa por tierras de Judea, calladitos, pero alimentados con un amor enorme, inmenso a Jesús… Él no necesita ni palabras, ni ponernos a su alcance para que nos vea, ni grandes obras ni nada que llame la atención… Ser los últimos amigos de Jesús, pero los que más le quieren.

Eso quiero ser yo mi amado Jesús, uno de los que te siguen, al final allá lejos, pero ser de los que más te aman.

Por eso, cada día es el tiempo, cada instante, una gracia, cada segundo una chance, cada latido del corazón, cada respiración es una oportunidad, es el momento de ganarme el cielo, sé que no es fácil, que demasiado escabroso es el camino, conozco muchas piedras que ya he tenido que encontrar y apartar, muchas lágrimas, muchas horas de desvelos, pero sé, que merezco muchas más por mi faltas, pero todo eso vale la pena cuando la recompensa sea la besar tus pies benditos, cuando ya no haya pensamientos de inquietud, ni preocupaciones, ni ataduras, sólo alabarte eternamente. Por eso: sólo por hoy, ¡Señor, que vea!