CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO VI

LA EDUCACIÓN CUESTIONES DE DERECHO

IV DERECHOS DE LOS HIJOS

Acotados vuestros derechos, los de la Iglesia y los del Estado en la magna cuestión de la educación moral y religiosa de vuestros hijos, surge la última cuestión de derecho, que se da ya la mano con las cuestiones de hecho que se debaten hoy en el terreno de la educación.

Me refiero a los derechos del niño, a los derechos de vuestros hijos a ser educados según la moral y la religión de Jesús, el tipo ideal de la perfección humana.

¿Tiene derechos el niño? Algún tiempo, educadores mal avisados respondieron negativamente. El hijo no tiene derechos, decían, porque el hijo, que ha recibido el ser de los padres, no puede tener más que deberes con los padres.

Pero nosotros decimos que sí, que el hijo tiene derechos; y vindicamos para el cristianismo la gloria de haber vindicado los derechos de los hijos.

El hijo es una persona, es un ser moral, no es una cosa; y no hallaréis un ser moral que no tenga derechos y deberes.

Si el hijo no tiene derechos, luego estaban en su legítimo derecho los espartanos, que condenaban a la muerte a los hijos deformes; los romanos de la república y los turcos de hoy, que consideran legal la práctica del infanticidio; los miserables que, en pleno siglo XX y en plena civilización cristiana, pueden ahogar en una sola nación, Francia, y en un solo año, medio millón de vidas, antes que den su primer vagido.

Así lo afirmaba el profesor Lacassagne, en un artículo de Le Matin, de 21 de diciembre de 1910, y el profesor de la Sorbona de París, M. Jordan, en la asamblea diocesana de la misma ciudad, habida el 28 de febrero de 1918, bajo la presidencia del Cardenal-Arzobispo.

Los hijos tienen derecho a ver la luz bendita, y a nutrirse del pecho de sus madres, y a comer el pan que les ganen sus padres. Tienen derecho a vuestra vivienda, a vuestros cuidados, a que les deparéis una manera honrada de vivir.

En el mismo nivel de estos grandes derechos está el derecho de los hijos a que se les reparta el pan de la doctrina cristiana; a que se les haga vivir en la atmósfera de Dios; a que se les haga respirar el aire de Dios, tan necesario al espíritu como lo es el oxígeno a la vida del cuerpo.

¡Qué! ¿Quién podría negar los derechos del niño, si Jesús les dio el derecho sumo de entrar en el reino de los cielos: Dejad que los niños vengan a Mí, porque de ellos es el reino de los cielos? (Mt., 19, 14).

¿Quién podría negar el derecho a los niños, cuando el mismo Jesús imponía al mundo el deber de no escandalizarles: El que escandalizare a uno de estos pequeños que creen en Mí, mejor le fuera se le suspendiera al cuello una muela de molino, y se le arrojara al mar profundo? (Mt., 18, 6).

Y aquí nos salen al paso los pedagogos de la impiedad moderna —y por aquí veréis la trascendencia de hecho que tienen estas cuestiones de derecho—, y nos dicen: Sí, es verdad; vuestros hijos tienen derechos, y el primero de todos ellos es el que no se ejerza violencia sobre ellos, forzando su tierna inteligencia para verter en ella verdades que no comprenden, violando su voluntad, que más tarde recalcitrará contra el yugo que prematuramente se les ha impuesto. Dejad al niño libre, hasta los dieciséis años, dice Rousseau, para que se instruya, y forme juicio, y siga la ruta de luz y el camino del deber que a su razón parezca justo.

De aquí la escuela libre, la escuela neutra, la escuela laica. De aquí la exclusión sistemática de Cristo, del sacerdote, del religioso, de los centros de enseñanza. De aquí esta literatura escolar, de las altas y de las bajas escuelas, de las escuelas de niños, de las normales, institutos, universidades; libros de texto en los que a sabiendas no se nombra a Dios, de los que se ha ahuyentado a Dios y a su Cristo, de los que se ha proscrito toda idea religiosa, o se ha difumado bajo las fórmulas vagas del teísmo o del panteísmo, cuando no se ha dado cabida en ellos a doctrinas de perdición, envueltas en el ropaje de una ciencia brillante, casi siempre de importación ultrapirenaica.

No las oigáis, padres, a estas sirenas de la pedagogía moderna. Vuestros hijos tienen derecho a la verdad, a la del Cielo y a la de la tierra. Tienen derecho a la verdad del Cielo, ya que a la de la tierra nadie se lo niega, porque vuestros hijos son nacidos para el Cielo, y al Cielo no se va sin la verdad.

Tienen derecho a la verdad cristiana, porque son cristianos, porque son bautizados; y esta fe y estos hábitos de virtudes que depositó el bautismo en sus almas, claman por la verdad y por el bien, como el capullo cerrado clama por la luz del sol que ha de abrirle y por el rocío que debe vivificarle y embellecerle.

Tienen derecho a la verdad cristiana, porque la verdad cristiana es la verdad — así, la verdad—, porque es una comunicación del pensamiento de Dios, Verdad esencial, hecha a nuestro pensamiento por el Hijo de Dios, Maestro de la verdad, y por la Santa Iglesia, depositaria de la verdad.

Tienen derecho a la verdad cristiana, porque ella es la verdad de nuestra civilización, de nuestros genios, de nuestro progreso, y vuestros hijos no deben ser los hijos de otra civilización ni de otro progreso.

Y tienen derecho a la verdad cristiana, porque vosotros sois cristianos, y como los hijos son la prolongación de los padres según su ser físico, así lo deben ser de su ser moral en lo que tiene éste de legítimo. Vosotros sois la matriz espiritual, os diré repitiendo la frase del Angélico, en que se forma el espíritu de vuestros hijos: ellos tienen el derecho a que les forméis según el espíritu cristiano que debe informaros.

¡La escuela neutra, la escuela laica! Atrás estas creaciones de los tiempos modernos, de las que no se halla rastro siquiera en las pasadas civilizaciones, ni aun en las paganas, a las que presidió siempre el nombre y la idea de la divinidad.

La escuela laica o neutra es atea, inmoral, antisocial.

Es atea, porque quien no hace religión, hace irreligión, y la irreligión no es una simple negación, sino una privación del objeto y del sentido religioso.

Es inmoral, porque para contener las pasiones humanas no bastan las consideraciones de la civilidad o de la dignidad humana o del respeto social, ni siquiera la idea vaga de un Dios abstracto y de una justicia legal; sino que es necesaria toda la fuerza de un Dios personal, que ha extendido sobre el hombre la red de su doctrina y de su ley, del tiempo y de la eternidad, para sujetar estas dos fuerzas prepotentes de la región baja del hombre: el orgullo y la sensualidad.

La escuela neutra es antisocial. El maestro neutro o laico es el leñador de la fábula, que corta con su hacha la rama del árbol que le sostiene, y cae en el abismo, él y el pueblo que se fía de él: la rama es Dios y su religión, que son los sostenedores eternos de los pueblos grandes.

Pero ¿qué os digo a vosotros, padres y madres, que habéis cargado, con todo el amor de padres, con todo el entusiasmo de fervientes cristianos, con el deber sacratísimo, correlativo de este derecho de vuestros hijos, de educarles para Dios, inculcándoles la verdad y los preceptos de nuestra religión santísima? ¡Qué grandes me aparecéis aquí! Vuestras frentes están aureoladas por la doble corona de la paternidad y del sacerdocio, hasta cierto punto, porque la Iglesia ha querido haceros partícipes de sus funciones magistrales, que constituyen uno de los aspectos de su sacerdocio. Cumplid con esta misión y con este deber, en verdad divinos. Considerad vuestras casas como un santuario, donde vuestra voz tiene algo de sacerdotal en orden al magisterio de la doctrina cristiana. Pensad que la religión forma parte de la vida, porque el hombre es esencialmente religioso; y que no daréis a vuestros hijos más que una vida mutilada si les negáis o escatimáis la enseñanza religiosa.

No pongáis nunca, ni consintáis que nadie ponga nunca, en el corazón de vuestros hijos nada que sea contrario o menos favorable a nuestra fe. No olvidéis la tremenda palabra del Crisóstomo: «La negligencia de los padres en la enseñanza religiosa de sus hijos es el pecado más grave de todos, la acción que tiene el más alto lugar en la escala de las malas acciones.»

Sacadles a estos arbustos que son vuestros hijos, os diré con San Francisco de Sales, la savia que tienen de almendros amargos, como hijos que son de pecado; y haced llegar al fondo de sus entrañas la leche dulcísima y racional de nuestra fe, de que nos habla el Apóstol.

Me diréis que vosotros no tenéis tiempo, que no tenéis instrucción, que no conocéis el arte de adoctrinar a vuestros hijos. Entonces os diré: fiaos, si queréis, de otros maestros humanos, hasta para la instrucción religiosa de vuestros hijos: pero primero que todos ellos, sois vosotros.

El Estado, el maestro de escuela, de la Normal, del Instituto, el religioso y la religiosa en el colegio, tienen el derecho cumulativo, que les viene de la Iglesia y de vosotros, a quienes representan; pero vosotros sois antes que todos ellos.

Y sois antes que todos ellos, porque vuestro derecho es anterior al suyo; porque nadie tiene las llaves del pensamiento y del corazón de vuestros hijos como vosotros; porque ninguna acción es tan eficaz sobre ellos como la vuestra; porque el Estado y la escuela tienen demasiados hijos para formarlos bien; y porque ningún artificio puede substituir a esto que Dios ha puesto en las manos y en el corazón de los padres para la educación de sus hijos, a saber: la abnegación y el amor.

Considerad el aspecto social de vuestra misión religiosa en el seno del hogar. Pensad que no solamente hacéis hijos cristianos, sino ciudadanos cristianos.

Mirad, padres y madres, que en la vida del hombre hay unos fundamentos subterráneos que no pueden ponerse más que en el trabajo obscuro de la familia, y estos fundamentos son los de la vida religiosa.

Ved, que si no marcáis el alma de vuestros hijos con la marca de la Santa Cruz, vendrán la irreligión y la impiedad a violar sus almas, que Dios ha creado para la santa verdad de nuestra religión. Considerad que el ángulo se abre por el vértice, y el fruto nace de la flor; y que vuestros hijos son el vértice y la flor de las vidas futuras: que si depositáis en el espíritu de vuestros hijos la luz de la verdad religiosa, podrán seguir las curvas sinuosas de todos los caminos que tiene el vicio para extraviar a los hombres; pero podréis tener siempre la esperanza de que toda la complicación de su vida no será más que una curva reentrante que los llevará otra vez al punto inicial de su fe.

Y especialmente a vosotras, madres, os diré: Acordaos que toda la vida se resiente de la cuna, que vosotras guardáis. Que las cosas santas echan sus raíces en la tierra de la inocencia. Que es un crimen considerar a los hijos sólo como juguetes, o máquinas de hacer ruido, como vulgarmente se dice, cuando dentro de este juguete hay un alma inmortal que Dios ha criado para el cielo, y que puede, por vuestro descuido, arder en los infiernos.

«La coraza del alma, ha escrito un pensador moderno, jamás está bien ajustada al pecho si no la ha abrochado fuertemente la mano de la madre; sólo cuando la madre la ha dejado floja pierde el hombre el honor.»

En la historia de la Sagrada Familia hay un pasaje, que vosotros conocéis muy bien, pero en cuyo sentido, de profunda pedagogía, quizás no os hayáis fijado: me refiero al encuentro de Jesús por sus padres en el templo, después de tres días de haberlo perdido.

Se hallaba el divino Niño en una de las dependencias del templo, donde los rabinos explicaban la ley a la ingente multitud que aquellos días se apretujaba en el lugar santo. Jesús estaba atento a las enseñanzas de los maestros de Israel, oyéndoles y preguntándoles a su vez. En estas circunstancias entran María y José en aquella aula. Se le saltaría de gozo el corazón a la Señora al ver a su Hijo, después de las congojas de la pasada noche, y del corazón le vinieron a los labios estas palabras: Hijo, ¿por qué lo has hecho así con nosotros? Mira que tu padre y yo, acongojados, te buscábamos.

Dejemos de lado los problemas que estas palabras suscitan, para fijarnos en la respuesta del Niño: ¿Por qué me buscáis?, les dice: ¿No sabíais que yo he de ocuparme en las cosas de mi Padre? (Lc., 2, 48-49).

¡Respuesta en verdad divina! ¡Yo he de ocuparme en las cosas de mi Padre! Y ¿cuáles son las cosas de su Padre? Son las cosas de Dios. Es el pensamiento de Dios sobre Jesús; son los destinos que por orden de Dios debe llenar Jesús; es la orientación que debe tomar la vida de Jesús, en orden al cumplimiento de la voluntad de Dios; es la luz de Dios que debe absorber el pensamiento de Jesús, y la energía de Dios que debe acoplarse a su propia energía para dar a su vida toda la eficacia según Dios.

Pues bien: a mí me parece, padres y madres, que mientras vosotros os afanáis para hallar a vuestros hijos según vuestro pensamiento, sin preocuparos quizás del pensamiento de Dios sobre ellos, del fondo del corazón de vuestros vástagos sube una voz que os dice: ¿Por qué os afanáis, padres míos, en lo que tal vez sea secundario en mi vida, presente y futura? ¿No sabéis que yo he de ocuparme en las cosas de mi Padre? ¿No sabéis que tengo un alma que salvar; que tengo unos destinos que Dios me ha señalado, que no son los de otro, sino que son los míos; que si hallo todas las cosas del mundo, pero no hallo a Dios, estoy perdido? ¿No sabéis que cada criatura tiene una relación especial con Dios; que a cada cual ha señalado Dios una ruta, y que entrar en esta ruta es la gran ciencia del tiempo y de la eternidad? ¿Por qué, padres míos, no me ayudáis a hallar la luz de Dios, la ruta de Dios, la fuerza de Dios, vosotros que me disteis el ser como instrumentos de Dios, vosotros que en nuestra casa representáis a Dios?

Esta es la voz de Jesús, y esta es la voz de vuestros hijos, padres y madres. Escuchadla. Considerad vuestra posición ante vuestros hijos. Pesad vuestras responsabilidades.

Poned manos a la obra. Ocupaos con vuestros hijos de las cosas de Dios: buscad, para ellos y para vosotros, ante todo, el Reino de Dios, os diré con el mismo Jesús, y lo demás se os dará por añadidura.