Señor, hoy he sentido tu gracia redentora
descender sobre mi alma como un manto de luz
y llenar mi existencia con su sublime aurora.
Me he puesto de rodillas y he besado tu cruz.
Hoy se ha avivado el fuego del Espíritu Santo
en el rincón más pobre de mi mísero ser
y he vuelto a preguntarme: ¿Por qué me buscas tanto
si tan propenso he sido a olvidarte y caer?
¿Por qué oculto misterio persistes en llamarme
con una reticencia que me hace oir tu voz
como un eco perenne que trata de apartarme
de los anchos caminos que distancian de Dios?
Desde lo alto me has visto manosear el mal fruto
prohibido, andar en sombras, ser infiel y banal
sin que desestimaras mi mundo diminuto
de abeja que no acaba de entrar en el panal.
¡Con qué amarga frecuencia mis humanos antojos
han pospuesto el recuerdo de tu santo calvario
y en vez de pregonarte he nublado los ojos
de quienes he debido guiar a tu santuario!
No escapa a tu escrutinio mis horas de tibieza.
Por eso no comprendo cómo esperas de mí
más que barro, cenizas y esta naturaleza
que aun caída y reacia se desvive por ti.
¡Ah, dicha prodigiosa del alma bendecida
a la que el cielo baña con inefables dones
que traen, con el rescate de la postrer caída,
celestes anticipos y gigantes perdones!
Señor, no tengo cómo poder agradecerte
este santo rocío sobre mi humanidad
que hoy me hace ambicionarte más allá de la muerte
y enderezar mis pasos hacia la eternidad.
Concédeme, te ruego, la gracia imprescindible
para reconocerte como sublime bien
porque contigo todo, todo se hace posible
¡hasta un definitivo retorno hacia el edén!

