MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.
Hoy nos encomendamos a:
SAN MÁXIMO ABAD DE LERINS Y OBISPO (400-460)

Nació Máximo en la ciudad de Decomeutn, en el sur de las Galias, hacia el año 400. Sus padres, excelentes cristianos, pusieron gran cuidado, solicitud y celo para educar al hijo que Dios les había confiado, conservarle inocente y hacerle digno de la eterna herencia: bello programa que hubo de atraerles bendiciones sin fin.
Dócil a tan buenos principios, mostró Máximo desde su niñez grande inclinación a la santidad. Así lo atestigua Dinamio Patricio, su más antiguo biógrafo, al presentar en cuadro admirable las virtudes del Santo, y comentarlas diciendo que el niño hacía prever desde entonces, cómo sería perfectamente digno de su nombre, por la extraordinaria gracia y la admirable santidad que brillarían en su alma; Máximo sería máximo, es decir, muy grande, en la presencia de Dios y ante los hombres.
Era piadosísimo, modesto y apacible, humilde, obediente, caritativo con los pobres y amigo de la paz del retiro; huía de la ociosidad, y, como fuera aficionado al estudio, entregábase a menudo a piadosas lecturas, con el fin de instruirse más y más en las cosas de Dios. Su porte grave y tranquilo infundía respeto. Estaba todavía en el siglo y parecía ya religioso.
Llegado a la edad en que el mundo brinda a la juventud sus mejores esperanzas, renunció Máximo a sus bienes y se fue al monasterio de Leríns.
Había hecho ya el voto de castidad mientras esperaba la hora en que pudiera consagrarse enteramente a Dios y completar su sacrificio por la obediencia y la pobreza monásticas. Las cosas de la tierra le parecían muy despreciables —dice su historiador— cuando las comparaba con los bienes del cielo.
Todo cuanto el mundo pudiera ofrecerle de más atractivo y tentador, era ya para el nobilísimo joven despreciable vanidad: habíase trazado un ideal de vida y no aspiraba a cosa alguna fuera de él. Y harta razón tenía; pues, bien mirado, ¿no vale Dios solo infinitamente más que todas las criaturas?
PEREGRINO HACIA EL ORIENTE
Cerca de las costas de Provenza y no lejos de la orilla donde Cannes siembra hoy día sus villas numerosas y espléndidas, emergen pequeñas islas; son las islas de Leríns. Cuando Máximo llegó a ellas, hace ya más de quince siglos, acababa San Honorato de fundar una comunidad de monjes que floreció muy pronto, y en la villa vecina habíase constituido un convento de religiosas bajo la dirección de Santa Margarita, su hermana. Honorato, el ilustre maestro en quien Máximo buscaba dirección espiritual, era ya muy conocido y justamente admirado en las Galias. Oriundo de Toul, de familia rica y noble, pero pagana, habíase hecho cristiano a pesar de los grandes obstáculos que se le interpusieran, y había recibido el bautismo al mismo tiempo que su hermana Margarita. Su hermano mayor, Venancio, fue convertido por ellos.
A la muerte de sus padres, distribuyeron sus bienes a los pobres, y, para evitar los elogios que su generosidad y sus muchas virtudes les conquistaban, huyeron a Marsella.
Quedóse Margarita en un convento de religiosas, mientras Honorato y Venancio, acompañados por el monje San Caprasio, se dirigían a estudiar la vida monástica con los ilustres solitarios que por entonces embalsamaban el Oriente con el perfume de su santidad.
San Venancio murió en Grecia, durante esta peregrinación; pero la Providencia había dado ya a Honorato otro hermano en la persona de un noble asirio, Santiago —que así se llamaba—, oficial distinguido de los ejércitos del rey de Persia, habíase convertido al contemplar el heroísmo de los católicos perseguidos en su país, y a fin de seguir libremente la verdadera religión habíalo abandonado todo: vivía en territorio del imperio romano. En la ciudad de Nicomedia, en Asia Menor, tuvo la dicha de conocer a San Honorato con quien pronto trabó estrechas relaciones.
LA ABADÍA DE LERÍNS
Gozosísimos con aquel encuentro que el Cielo había favorecido, resolvieron Santiago y Honorato no separarse más; y, como éste diera por terminada su misión en el Oriente, acordaron volver a las Galias. Llegados a Provenza, intimaron con San Leoncio, obispo de Frejus, con quien comentaron las impresiones de su viaje, y retiráronse luego a la soledad de Leríns, desierta entonces e infestada de serpientes. Decididos a establecerse allí, pidió Honorato al cielo les librara de aquella peligrosa compañía y consiguió que los reptiles desaparecieran entre las aguas del mar.
Pronto comenzaron a llegar numerosas vocaciones; el aumento rápido de la comunidad obligó a pensar en la construcción de una iglesia y de un monasterio, obras ambas que se realizaron con toda premura. Faltábales agua; Honorato, cual nuevo Moisés, pidió al Señor acudiera en su ayuda e hizo brotar un manantial riquísimo, gracias al cual pronto se transformó en verdadero jardín lo que había sido hasta entonces campo árido e infecundo.
«La isla cambia muy pronto de aspecto —escribe un historiador moderno—, y el desierto se trueca en paraíso. Una campiña bordeada de sombras espesas, regada por aguas cristalinas, rica en verdura, esmaltada de flores que perfuman el ambiente, indica la presencia fecunda de una nueva raza.
Honorato, cuya hermosa faz estaba aureolada de majestad suave y atrayente, abre los brazos de su amor a cuantos desean amar a Cristo. Llegan de todas las naciones numerosos discípulos. El Occidente nada tiene que envidiar al Oriente, y pronto este retiro, destinado en la mente del fundador a renovar en las costas de Provenza las austeridades de la Tebaida, se convierte en célebre escuela de teología y de filosofía cristiana, ciudadela inaccesible a las olas devastadoras de la invasión bárbara, asilo para las letras y las ciencias que huían de Italia invadida por los godos, y semillero de obispos
y de santos que siembran por la Galia entera la ciencia del Evangelio.»
CORRERÍAS APOSTÓLICAS DE LOS MONJES
Tal era el estado del monasterio de Leríns a donde Máximo había ido para abrazar la vida religiosa. Entre los monjes, y con hombres como Vicente de Leríns y Salvio, cuyos eruditos y valientes escritos admiramos todavía, encontrábanse San Euquerio, que fue arzobispo de Lyón, San Hilario, que lo fué de Arlés, y San Lupo, el cual ocupó más tarde
la silla de Troyes y la salvó del feroz Átila que devastaba Europa al frente de setecientos mil bárbaros. Otros muchos de entre ellos llegaron asimismo a ocupar sedes diocesanas, tales como los santos: Valeriano, obispo de Cimiez y de Niza; Aurelio, obispo de Frejus; Salomo, obispo de Ginebra, y Verano, obispo de Vence.
Honorato, maestro admirable en la ciencia y en santidad monástica, formaba también a sus discípulos para el apostolado, obra tanto más necesaria cuanto que el Imperio romano se desmoronaba entonces en Occidente, invadido en todas partes por los pueblos bárbaros, herejes unos, paganos otros. Felizmente, la Iglesia católica estaba allí, para amansar y civilizar poco a poco a los vencedores al convertirlos, y guardaba en sus monasterios el tesoro de las ciencias y letras con el que llevaría a cabo la educación de
las grandes naciones modernas.
Honorato salía a veces de Leríns con algunos monjes para evangelizar las campiñas que se extienden entre el Ródano y los Alpes. En una de estas excursiones apostólicas, acompañáronle Santiago y Máximo en la predicación a los montañeses de los Alpes Grayos, entre los cuales había numerosos paganos que rendían culto especial a las serpientes. Los misioneros tuvieron que sufrir persecución más de una vez, pero su apostolado dio frutos duraderos.
Expulsados de un valle, iban a otro; jamás los contratiempos fueron para los celosos monjes motivo ni ocasión de desánimo.
Refugiados por algún tiempo en el valle del Luc, quizá llamado así por los bosques (lucus, en latín ), que son aun hoy día una de sus riquezas, formaron allí un núcleo cristiano que floreció con el tiempo. Más tarde, la principal parroquia de este valle, que por su notable castillo se llamó el valle de Beaufort, tomaría por patrono a San Máximo.
Las guerras causadas por la invasión de los borgoñones, interrumpen los trabajos de los misioneros, los cuales se reintegran a su abadía de Leríns. Santiago no tarda en volver con varios sacerdotes para fundar definitivamente la diócesis de Tarentaise de la que fue primer obispo (420-429). Poco tiempo después Honorato, designado, muy a pesar suyo, arzobispo de Arlés, nombró a Máximo para sucederle en el gobierno de la abadía (426).
MAXIMO, ABAD DE LERINS
EL nuevo superior mostróse digno sucesor de su maestro, y la abadía continuó floreciente bajo su sabia dirección. «De entre todos los retiros habitados por los servidores de Cristo, me gusta y prefiero mi querido Leríns —escribía San Euquerio—. Merecía haber sido escogido por Honorato, padre de santos, fundador en el que revive la majestad de los patriarcas y de los apóstoles y pontífice actual de Arlés. Menos mal que Leríns ha conservado a Máximo, hombre sin duda eminente, pues ha sidojuzgado digno de suceder a Honorato en el gobierno de los monasterios…
¡Dios mío!, ¡cuántos santos y cuántos ángeles he visto allí! El perfume del alabastrino vaso evangélico, no exhalaba más suave olor. Era aquélla como una atmósfera de vida celestial. El resplandor de la vida íntima iluminaba los semblantes. Los monjes viven unidos por la más ardiente caridad, son humildes y piadosos; anímales una esperanza invencible; son prontos en la obediencia; modestos en el porte; comedidos en el trato , y refleja su mirar la paz y serenidad interiores.
»Diríase que forman un batallón del ejército celestial. Nada codician, sino a Dios, al que ya poseen; aspiran a la vida bienaventurada y la disfrutan ya; suspiran por el cielo y el cielo está en su morada. Ni siquiera el trabajo deja de ser para ellos inmensa fuente de alegría, puesto que encuentran en él al Dios que será su recompensa.
»¡Oh amado Hilario, qué dicha la tuya que puedes vivir en medio de esa colonia de ángeles! Suplicóte que no apartes de tu memoria a pecador tan miserable como yo. Encomienda mi debilidad a las oraciones de esos santos.
Como Israel, habitáis en el desierto, para después entrar con Jesús en la
tierra prometida.»
El sacerdote Hilario a quien San Euquerio dirigía esta conmovedora carta, debía suceder más tarde a San Honorato en la silla arzobispal de Arlés.
LA SEÑAL DE LA CRUZ Y LOS DEMONIOS
Era verdaderamente admirable la solicitud de Máximo en el gobierno de los monjes. Cuenta su historiador que cada noche, mientras los Hermanos dormían, visitaba el monasterio para observar si todo estaba tranquilo y en orden.
En cierta ocasión, vióle un religioso joven e, incitado por la curiosidad, siguióle de puntillas. El santo abad continuó su camino, cuando, de repente, en forma de monstruo espantoso y rodeado de llamas, presentóse ante él el demonio. El joven, lleno de indecible temor, huyó corriendo a su celda y cayó en su lecho, presa de ardiente fiebre. Máximo, sin conmoverse, hizo la señal de la cruz y la bestia desapareció. Terminada la ronda, volvió a ver al enfermo, rezó junto a su cama y le obtuvo repentina curación.
Otra noche, haciendo también la ronda del monasterio, divisó el Santo en el mar un hermosísimo navio del que desembarcaron dos extranjeros.
Aproximáronsele, le saludaron con apariencias de extraordinario respeto, alabaron con gran entusiasmo sus virtudes, e invitáronle a subir en su navio para conducirlo —decían— a Jerusalén, donde el pueblo le esperaba ansioso para honrarle.
—Cuando el Señor ilumina a sus siervos —dijo Máximo sin inmutarse—, poco valen, Satanás, tus fantasías.
Después hizo la señal de la cruz y toda la fantasmagoría diabólica desapareció en las aguas. De vuelta al convento, tocó a Maitines, y, acompañado por sus religiosos, cantó las alabanzas de Dios con más fervor que nunca.
OBISPO DE RIEZ
LA fama del abad de Leríns se extendía cada vez más, y muchas Iglesias hubieran querido por pastor a aquel hombre admirable, cuyo venerable rostro predicaba santidad. Muerto el obispo de Frejus, el clero de aquella diócesis envió una delegación a Leríns. Pronto conoció Máximo sus intenciones y huyó apresuradamente. Fue a esconderse entre las rocas del bosquecillo de la isla y durante tres días con sus noches, nadie tuvo noticias de él, y por más que le buscaban, no podían hallarle. Hacía un tiempo
espantoso —dice uno de sus discípulos, del que poseemos un discurso en alabanza del Santo—, por lo que los monjes estaban con gran inquietud por su abad. Al fin, los de Frejus, desesperando de poder dar con el humilde fugitivo, alejáronse en busca de otro obispo; el abad volvió entonces gozoso a su monasterio.
Sin embargo, quería la Providencia que fuese obispo. Sucedió que, llegados los enviados de la ciudad de Riez que deseaba tenerle por pastor, huyó Máximo en una barca y fue a buscar refugio en las costas de Provenza. Pero acabaron por dar con él y le condujeron triunfalmente a Riez en donde fué consagrado obispo. Era el año 433. Conforme el Santo con la voluntad de Dios, entregóse de lleno a la salvación de sus diocesanos y colmó las esperanzas que en él habían puesto.
En el trono episcopal, continuó viviendo como un monje en la abadía de Leríns, en completa pobreza, humildad y austeridad. Ayunaba frecuentemente, llevaba cilicio, pasaba largas horas en oración, administraba justicia e instruía a su pueblo con discursos llenos de unción y doctrina que hacían en las almas grandísimo bien.
Hizo construir en Riez una iglesia en honor de San Albino. Durante los trabajos, aconteció que una yunta de bueyes que llevaba fuertes columnas destinadas a sostener el edificio, detúvose de pronto sin que nadie pudiese hacerla avanzar. Los bueyes se enfurecían por los golpes y pinchazos de la aguijada, pero parecía como que estuviesen uncidos a una montaña. Comunicaron el caso a Máximo, que fue apresuradamente a la cantera:
—Basta ya —dijo— de pegar sin razón a los animales; porque es nuestro enemigo quien levanta obstáculos que vosotros no percibís.
Hablaba así porque acababa de descubrir un diablo que, bajo la forma de un espantoso negrito, impedía avanzar a los bueyes. Rogó el Santo al Señor; el demonio huyó y la yunta siguió su marcha tranquilamente.
RESUCITA A TRES MUERTOS
Un diácono llamado Ansano, había tomado a su cargo a un sobrino huérfano al que amaba como a hijo. Un día, jugando el niño con sus compañeros en las murallas de Riez, cayó de lo alto y se partió la cabeza. Avisado luego Ansano, acudió apenadísimo, cogió en sus brazos el cadáver ensangrentado, lo llevó a la cámara del obispo, y corrió a echarse a los pies del pontífice que estaba en la iglesia.
Máximo se negaba por humildad a levantarse; pero, por fin, consintió y se fue con él; se arrodilló cerca del cadáver, oró con fervor y el muerto se levantó lleno de vida. Los que habían seguido al obispo, exclamaron arrebatados de entusiasmo:
—¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea Dios!
Y se apretujaban para ver al resucitado mientras el Santo corría a esconderse cual si estuviera avergonzado de aquel su valimiento.
Una viuda perdió a su hija única y después de haberla puesto ella misma en el ataúd, fue a ver al obispo; pero los sollozos entrecortaban su voz. Comprendió Máximo la tragedia de aquella pobre mujer y siguióla a su casa.
Pidió que le dejasen un momento solo en oración ante la difunta y poco después llamó a la dichosa madre y le devolvió la hija resucitada. Las gentes testigo de este prodigio, quedaron tan conmovidas y admiradas que, siguiendo al obispo, le cortaban pedazos de sus hábitos para conservarlos como reliquia. La larga túnica del Santo fue de tal modo destrozada, que no pudo servir más. La iglesia de Riez la conservó mucho tiempo con gran respeto como una verdadera joya.
Máximo resucitó también a un joven fallecido a causa de las mordeduras de un perro rabioso; además, con su hálito, dio muerte a la bestia. Curó a otro hombre horriblemente herido de una cornada y dio vista a un ciego que llevaba quince años sin ver. Dice su historiador que hizo otros muchos milagros, que él omite por no alargarse en demasía. Ciertamente era un hombre lleno del Espíritu Santo.
No tendía menos al bien general de la Iglesia, que al de su propia diócesis. En 439, llevado por su ardiente celo en procurar por todos los medios la gloria de Dios, asistió a un Concilio provincial en la ciudad de Riez, a otros dos muy importantes de Provenza y al de 454 en Arlés, en los que tomó parte muy activa.
EL Señor comunicó a Máximo el día de su dichosa muerte. Entonces, el santo obispo rogó humildemente a los fíeles de Riez que le permitiesen ir a visitar por última vez su país natal, para despedirse de sus familiares y de sus amigos, antes de emprender viaje hacia Dios.
Al llegar declaró venía para morir entre los suyos, cosa que iba a suceder aquel mismo día. Esta noticia cambió en tristeza la alegría que todos habían experimentado al recibirle. Por la tarde se tendió en una cama como para dormir, y entregó su bella alma al Criador a la hora de Maitines. Era el 27 de noviembre del año 460.
El cuerpo del bienaventurado obispo fue llevado a Riez; los pueblos agolpábanse emocionados al paso del cortejo pues todos querían ver el cadáver del Santo. Pasaron cerca de una aldea en el momento de llevar a la tumba el cadáver de una joven. Los que la llevaban pidieron que hicieran tocar el ataúd de la joven con el del santo obispo. Fuéles permitido y toda la muchedumbre, que bien conocía la poderosa influencia del Santo ante el Señor, arrodillóse y púsose a rezar con profunda fe. Estaban en sus oraciones cuando, en medio del estupor y alegría de todos, levántose la joven llena de vida y tomó parte en el cortejo que acompañaba las reliquias del santo obispo.
Tras haber celebrado funerales solemnísimos, dieron sepultura al cuerpo de San Máximo en la iglesia de San Pedro, de Riez; iglesia que él mismo había hecho construir y a la que más tarde se dio su nombre.
Leyenda de oro
R. Dr. José Palau
Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea
