HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Vigésima entrega

 

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LA EDAD NUEVA
Las grandes herejías revolucionarias

I. EL WYCLEFISMO

1. Circunstancias históricas. Sombría por demás era la situación de Europa en la segunda mitad del siglo XIV. Las nubes del cisma no dejaban ver quién era o dónde se encontraba el auténtico vicario de Cristo.

Y como la ciencia teológica había entrado en franca decadencia, brotaban en todas partes opiniones extrañas, audaces, heterodoxas, oscureciendo la verdad cristiana. Las mismas universidades, que hasta entonces eran focos de luz, propagan ahora gravísimos errores por medio de Autrecourt y Mirecourt en París, Ockham y Wyclif en Oxford, Hus en Praga.

La guerra de los cien años, aunque se desenvolviese principalmente en Francia, tenía fatales repercusiones también en otras naciones. Con las pestes y las calamidades públicas crecía la excitación morbosa de los ánimos, y con ella la violencia, la inmoralidad y la injusticia.

Una de las naciones más afligidas por estos males era Inglaterra, en cuya corte la sensualidad sin freno y las venganzas salvajes estaban a la orden del día. En el pueblo, la criminalidad iba en aumento, y el clero no se hallaba exento de graves máculas. «Eduardo III, envejecido, retenido exclusivamente por su querida Alicia Perrers, se desinteresa de los negocios. El príncipe de Gales, humillado por sus derrotas en el continente, vuelve a Inglaterra para morir. El duque de Lancaster, ávido, revoltoso, sin escrúpulos, se apodera del gobierno. Contra sus enemigos esgrime el arma del anticlericalismo; apoyándose en las órdenes mendicantes para acabar con la influencia del clero secular, se asegura los servicios del reformador Juan Wyclif, vigoroso adversario de la jerarquía eclesiástica. En vano el «buen Parlamento» de 1376, por miedo a la cólera popular, intenta sacudir el yugo lancasteriano. Obtiene el aprisionamiento de algunos subalternos; pero, disuelta la asamblea, recupera Lancaster todo el poder, se arregla para que el próximo Parlamento lo formen sus criaturas y protege abiertamente a Wyclif en el proceso de herejía que le instruye el alto clero inglés. Pocos meses más tarde, el 21 de junio de 1377, muere Eduardo III, dejando la corona al joven Ricardo II, hijo del príncipe de Gales. En medio de pasiones políticas y religiosas, de dificultades financieras, de conflictos, de ambición entre los hijos del rey difunto, el reinado de Ricardo II se abre bajo auspicios nada halagüeños»

Es la hora de Wyclif, del más importante precursor de los protestantes, aunque no se pruebe su influjo directo sobre ellos. Hay que colocarlo a igual distancia entre los valdenses y los luteranos, con fuerte influjo de Bradwardine, de Ockham y de los espirituales. Crece en un clima exasperadamente anticurial y antipontificio, envenenado por la política, y, aunque inicia las grandes herejías modernas, conserva siempre su carácter de hombre medieval y escolástico.

2. Juan Wyclif, profesor de Oxford. En 1328, según Workman, o cuatro años antes, según cálculos de Lewis, en la casa solariega «Wycliffe», del condado de Yorkshire, y en el seno de una familia profundamente católica que había de conservar obstinadamente la fe romana hasta su extinción en el siglo XIX, nació Juan Wyclif. Enérgico de voluntad, independiente de juicio, anguloso, tenaz, combativo, empleó las cualidades de su raza anglosajona en forjar la herejía más universal que conoció la Iglesia antes de Lutero.

Hizo sus estudios en Oxford, Universidad que florecía entonces como la que más de Europa, con maestros insignes que seguían las opuestas tendencias de Escoto y de Ockham, luminares máximos de aquella escuela. Wyclif abrazó la tesis fundamental del realismo escotista, aunque prestándole tan agudos perfiles, que se acerca al panteísmo, y se opuso con violencia al nominalismo, por lo cual los nominalistas quisieron posteriormente mezclar y confundir la herejía wiclefita con la doctrina realista. En los libros de Ockham aprendió Wyclif a modelar su pensamiento político-eclesiástico.

Hizo sus estudios en el Colegio Balliol. Dividida la Universidad en dos naciones —boreales y australes—, aparece Wyclif inscrito entre los boreales, que eran los más acerbos adversarios del fiscalismo de la curia aviñonesa. Tal vez de entonces data su enemiga contra el régimen eclesiástico y el poder papal. Parece que cursaba todavía las artes cuando tuvo que interrumpir sus estudios por haberse cerrado la Universidad a causa de la peste negra (1349-1353). De nuevo se suspendieron los cursos en 1355 por los motines de los escolares, de modo que no le fue fácil obtener los grados. En 1358 le hallamos enseñando en el Colegio Balliol, pues tendría ya la licencia, aunque no el magisterio en artes, que tan sólo alcanzó en la primavera de 1361. Este mismo año consiguió la parroquia de Fillingham, de donde deducimos que era ya sacerdote. Atraído por los estudios, consiguió permiso para encomendar su parroquia a un vicario en 1363 y volver a la Universidad. Cinco años más tarde conmutará la parroquia de Fillingham por la de Ludgerschall, más próxima a Oxford. Disfrutaba, además, de otro beneficio eclesiástico en Aust, incurriendo así en el cumulativismo y en el absentismo, vicios que él fustigará luego en los demás.

Sus estudios teológicos, iniciados en 1363, se coronaron en 1372 con el solemne doctorado. Probablemente mientras seguía los primeros cursos de teología enseñaba artes o filosofía, pues de ese tiempo son sus escritos filosóficos: Lógica, De compositione homirus, De ente praedicamentali, Summa intellectualium, Miscellanea philosophica, en los que se revela acérrimo enemigo del nominalismo, defensor del más crudo y exagerado realismo escotista, y también enrevesado, oscuro y bárbaro en su latín, como el más decadente escolástico.

Dos ilustres doctores oxonienses, cuyas lecciones no alcanzó a oír Wyclif, pero cuyos libros dejaron huella en su mente, fueron Tomás Bradwardine, elevado en 1349 a la sede arzobispal de Canterbury, y Ricardo Fitzralph (Armachanus), nombrado en 1346 arzobispo de Armagh. Del primero parece que aprendió el predestinacionismo y la necesidad absoluta del ser y existir de las cosas («Omnia de necessitate absoluta eveniunt» dirá Wyclif); del segundo, la teoría de que toda potestad y dominio está condicionado por el estado de gracia.

En 1370 comenzó a enseñar teología como bachiller sentenciario, leyendo las Sentencias de Pedro Lombardo al mismo tiempo que publicaba su libro De benedicta Incarnatione. Conservó siempre Wyclif el orgullo de ser un profesor de Oxford. Esta conciencia doctoral le dará audacia para sus más extremosas y tajantes afirmaciones y no cabe duda que su autoridad universitaria rodeará sus doctrinas heréticas de cierto halo de prestigio. No puede decirse que fuese un pensador profundo, pero sí un doctrinario radical, si bien este radicalismo no aparece en él desde el principio.

3. «Peculiari Regia clericus». Recordemos lo dicho en capítulos precedentes sobre la aversión a la curia pontificia, que en muchas naciones, y especialmente en Inglaterra, se exacerbó por los abusos fiscales y reservas de los papas de Avignon. Siendo todos esos papas naturales de Francia, nación enzarzada en lucha secular con Inglaterra, se explica que los ingleses alimentasen antiguos rencores contra el régimen y administración de la curia aviñonesa, máxime cuando la fortuna militar que había acompañado a sus ejércitos en Crécy (1346) y Poitiers (1356) parecía haberlos abandonado definitivamente.

El Parlamento de Londres había decidido, según vimos, no aceptar ninguna colación de beneficios ingleses proveniente de la curia pontificia y prohibir toda apelación a la Sede Apostólica. Hacía treinta y dos años que el rey de Inglaterra no pagaba al papa el tributo feudal de 1.000 marcas esterlinas prometido y jurado por Juan Sin Tierra a Inocencio III en 1213, Y Urbano V creyó oportuno recordárselo en 1365 al rey Eduardo III, exigiéndole también los atrasos. Respondió el Parlamento que Inglaterra no estaba obligada a tal tributo, ya que Juan Sin Tierra se había declarado vasallo del pontífice sin el consentimiento del pueblo. Parece que fue entonces cuando el profesor Wyclif, llamado por la corte a intervenir en este conflicto, se pronunció abiertamente contra los censos y tributos que exigía la curia papal.

No tardará en meterse en política. En 1374 le vemos desempeñar un papel oficial en defensa de los derechos reales contra las reclamaciones del Papa. Habiendo Gregorio XI exigido a toda la cristiandad un subsidio económico, el rey de Inglaterra prohibió a su clero el sufragarlo, lo que dio origen a un conflicto entre Eduardo III y el Pontificado. Una embajada inglesa fue a protestar ante la curia de Avignon contra las provisiones de beneficios eclesiásticos en Inglaterra, contra las anatas, etc. Dio el Papa buenas palabras y convino con el rey en que los embajadores de una y otra parte se reunirían en Brujas para llegar a un acuerdo. Representaron al Papa los obispos de Pamplona y de Sinigaglia con Gil Sánchez Muñoz, preboste de Valencia; al monarca inglés, el obispo de Bangor con el caballero Guillermo Burton, a los cuales se agregaron el teólogo Juan Wyclif y el deán de Segovia, Juan Gutiérrez, ambos protegidos del duque de Lancaster. Desde principios de agosto de 1374 hasta principios de enero, con un largo paréntesis, deliberaron despacio, sin llegar a conclusiones definitivas. Wyclif regresó a Londres desilusionado. Y cuando en 1376 el Parlamento protestó contra una especie de concordato estipulado entre Eduardo III y Gregorio XI, fue Wyclif quien se puso a la cabeza de los que protestaron contra las anatas y subsidios que se pagaban a la curia, contra la avaricia y simonía de los colectores, contra el nombramiento de extranjeros para los beneficios de Inglaterra. La Iglesia no puede poseer bienes temporales —escribía—, y los príncipes pueden y deben quitárselos. De teólogo y profesor pasa a ser predicador evangélico, agitador político y reformador religioso. Él se llamaba entonces «clérigo peculiar del rey», con lo cual quería significar que en algún modo estaba al servicio de la corona, tal vez como consejero. En premio de su celo patriótico se le otorgó en 1375 la importante parroquia de Lutterworth, y, aunque renunció a la de Ludgershall, siguió gozando del canonicato de Lincoln, que poseía desde 1371. En Lutterworth puso un vicario y él volvió a su cátedra de Oxford.

4. El teólogo revolucionario. Más que desde la cátedra universitaria, Wyclif desencadenó una ofensiva violenta contra los dogmas tradicionales desde el púlpito de los templos y desde las páginas de sus libros. Su actividad en estos dos campos fue enorme. Peroraba y escribía con la autoridad de un teólogo universitario. Pero su radicalismo doctrinal difícilmente se hubiera abierto paso de no contar con poderosos favorecedores. Gozaba, en primer lugar, de la protección y amistad del cuarto hijo del rey, Juan de Gaunt, duque de Lancaster, el cual después de la muerte de su hermano mayor, el Príncipe Negro (1376), y, sobre todo, desde la muerte de Eduardo III, que dejó la corona a su nieto Ricardo II (1377-1399), ejercía suma influencia en la corte. Los nobles, ávidos de los bienes eclesiásticos, escuchaban con agrado las predicaciones de Wyclif contra el dominio temporal de la Iglesia y contra las posesiones del clero. Disfrutaba también del favor popular, porque el público de Londres aplaudía sus invectivas contra los ricos prelados. Y tenía a su disposición un puñado de sacerdotes fanáticos que divulgaban sus doctrinas, por pueblos y ciudades.

Con la idea de componer lo que él llamaba una «suma teológica», aunque sin trabazón lógica ni sistemática, empezó a publicar diversos tratados, como De dominio divino (1375), De civili dominio (1375), De officio regis (1378), De veritate Sacrae Scripturae (1378), De Ecclesia (1378).

En los primeros expone su teoría verdaderamente revolucionaria sobre el poder y la propiedad. Tan sólo a Dios pertenece, estrictamente hablando, el dominio o la soberanía de las cosas, dominio que es inseparable de la propiedad y posesión de las mismas. Atribúyese también al rey, pero en dependencia directa de Dios y en ningún modo del Papa, y con esta particularidad: que en el príncipe temporal el dominio o poder es separable de la posesión; puede darse ésta sin aquél, puesto que ningún poseedor de cualquier cosa tiene dominio civil sobre ella si está en pecado mortal, en rebelión contra el Soberano eterno y absoluto.

Fácilmente se ve la peligrosidad de esta doctrina, ya que, según ella, ningún poder es legítimo si el que lo detenta se halla en estado de pecado mortal. Wyclif, sin embargo, aconseja y recomienda la obediencia a toda autoridad constituida, porque nadie, sino sólo Dios, conoce si el superior se halla en gracia o en pecado. Con todo, siempre existirá el peligro de que un súbdito crea ver con evidencia la grave culpabilidad y criminosidad de un príncipe, de un obispo, de un papa, y, consiguientemente, le niegue la obediencia.

Complemento de esta audaz teoría que destruye toda jerarquía social es otra no menos audaz: «Todo hombre en estado de gracia tiene verdadera soberanía sobre el universo entero». Su dominio sobre todas las cosas se funda en que es servidor de Dios, supremo dueño de todo. De aquí se seguiría la supresión de la propiedad privada y el comunismo de los justos o predestinados. ¿Pero quién sabe cuáles son éstos?

En el libro De veritate Sacrae Scripturae expone Wyclif un biblicismo integral. Ya antes había escrito que para él, como teólogo, no existe otra autoridad decisiva que la de la Biblia. No son puros teólogos, sino mixtos, los que añaden a la Escritura la autoridad de la tradición eclesiástica. La Biblia contiene toda la revelación, toda la verdad cristiana, todos los artículos de la fe. «Ni el testimonio de Agustín, ni el de Jerónimo, ni el de cualquier otro santo debería ser aceptado sino en cuanto se funda en la Sagrada Escritura». Ella basta por sí sola, ni siquiera necesita de intérpretes, pues a lo menos el Nuevo Testamento es claro y abierto, en lo sustancial, a la inteligencia del hombre más sencillo. La Biblia es el código único y completo de la vida humana. De la ignorancia siempre creciente de esta ley proceden todos los males de la Iglesia, los cuales empezaron con la introducción de las decretales. Impulsado por este biblicismo integral, Wyclif procurará que sus discípulos traduzcan al inglés la Sagrada Escritura y la divulguen por todas partes.

Donde más rudamente chocó con la jerarquía fue en su doctrina eclesiológica. Sus principales ideas sobre esta materia las recogió en el tratado De Ecclesia. Para Wyclif, la Iglesia total comprende tres partes: la triunfante, en los cielos; la durmiente, en el purgatorio, y la militante, en la tierra. Al hablar de la Iglesia durmiente, parece indicar que el purgatorio no sea verdaderamente tal, puesto que allí las almas están como en sueño, y dice que «es fatuo creer en las indulgencias del papa y de los obispos». Como quiera que sea, su doctrina gira alrededor de la Iglesia militante. No hay que engañarse pensando que la Iglesia es lo mismo que el estado eclesiástico o clerical de prelados, sacerdotes, monjes y demás tonsurados, los cuales llevan una vida maldita y contraria a la ley evangélica. La Iglesia es la totalidad de los predestinados (universitas praedestinatorum). Verdaderos miembros de la Iglesia son solamente los elegidos, los que se salvarán aunque pequen, pues recibirán la gracia de la perseverancia final; mientras que los réprobos, los praesciti o predestinados al infierno, ni son miembros de la Iglesia ni sacan provecho alguno de la oración, de las buenas obras o de la recepción de los sacramentos. La Iglesia visible no es la real y verdadera. Puede uno ser papa, obispo, sacerdote, etc., y no pertenecer en realidad a la Iglesia, por no ser de los predestinados. Sólo éstos forman el cuerpo de Cristo, como los praesciti forman el cuerpo del anticristo; ambos están en lucha perpetua. Sólo Dios sabe quién está dentro y quién fuera de la Iglesia; por lo tanto, el papa no puede anatematizar ni declarar excomulgado a nadie. Tampoco sabemos si un sacerdote es verdaderamente tal, porque solamente los predestinados pueden recibir el carácter sacerdotal, y los sacramentos administrados por un sacerdote indigno son inválidos. Todos los monjes y frailes se hallan fuera de la Iglesia, como también los que les ayudan y socorren, y, por supuesto, los fundadores de órdenes religiosas. «Desde el papa hasta el último religioso, todos son herejes». Lo mismo se diga de todos los clérigos que poseen beneficios. (Como se ve, Wyclif se muestra generoso en lanzar excomuniones, él que niega al papa la facultad de excomulgar.) Al quitar a los eclesiásticos el derecho de propiedad y condenar el sistema beneficial, desarticulaba y destruía todo el régimen vigente entonces en la Iglesia y provocaba una profunda revolución de tipo espiritualista. Y todavía avanzará más en años posteriores.

5. Ante el tribunal eclesiástico. Protestaron algunos monjes contra las teorías de Wyclif acerca de la pobreza del clero, y el obispo de Londres, Guillermo de Courtenay, varón enérgico y celoso, le hizo comparecer en la iglesia de San Pablo para dar cuenta «de las maravillosas cosas que salían de su boca». Presentóse Wyclif el 19 de febrero de 1377, pero acompañado del duque de Lancaster, del gran mariscal Enrique Percy y de otros partidarios, entre ellos cuatro frailes mendicantes dispuestos a defenderlo. La arrogancia del duque, que, discutiendo con el noble obispo, amenazó con que él abatiría la soberbia del clero inglés, fue causa de que la reunión se disolviese sin resultado.

Llegaron a oídos del Papa las peligrosas doctrinas de Wyclif, y Gregorio IX, que se había establecido ya en Roma, abandonando Avignon, expidió diversas bulas a los obispos de Canterbury y Londres, al rey Eduardo y al canciller de la Universidad de Oxford, denunciando la herejía wiclefita, que renovaba los errores de Marsilio Patavino y Juan de Janduno, quejándose de la inacción y pasividad de las autoridades eclesiásticas y mandando que el hereje fuese inmediatamente encarcelado y sometido a examen; si la captura era imposible, debía citársele públicamente a comparecer ante la Sede Apostólica en el espacio de tres meses. Les incluía una lista de 19 proposiciones erróneas sobre las que debían examinar al acusado. Todas ellas se refieren al dominio temporal de la Iglesia, al derecho papal de excomulgar e imponer censuras o conceder jurisdicción a los sacerdotes, y sólo implícitamente apuntan algunas de las grandes herejías de Wyclif.

Cuando las bulas llegaron a Inglaterra, ya Eduardo III había muerto (21 de junio 1377), y reinaba el niño Ricardo II bajo la tutela del duque de Lancaster, amigo y protector de Wyclif; así que por lo pronto no fue posible procesar, ni menos aprisionar, al hereje. Tanto la Universidad de Oxford como el Parlamento de Londres, ante el cual se defendió Wyclif por escrito, se negaron a creer en la heterodoxia del acusado. Este empezó entonces a desbocarse más que nunca contra el Papa, a quien llamó horrendus diabolus y anticristo. Parece que fue también en esta fecha cuando envió por todo el país a sus «sacerdotes pobres» a predicar sus ideas de una vida cristiana fundada únicamente en el Evangelio.

Citado por el arzobispo primado de Canterbury, Simón de Sudbury, y por el obispo de Londres, comisarios del Papa, compareció por fin en el palacio arzobispal de Lambeth para dar cuenta de si en marzo de 1378. El populacho trató de irrumpir en la sala para librarlo por la fuerza; y como la reina madre hiciese llegar una súplica de que no se diera sentencia definitiva, los comisarios, oídas las explicaciones sofísticas y los subterfugios de Wyclif, se contentaron con imponerle silencio.

6. Contra el Papado y la Eucaristía. En aquel mismo año de 1378 se produjo el gran cisma de Occidente, doloroso descoyuntamiento del cuerpo social de la cristiandad, en el que Juan Wyclif vio el castigo divino contra los abusos de los Papas y contra la corrupción de la Iglesia, afincándose más y más en sus posiciones revolucionarias. La elección del italiano Urbano VI fue recibida en la corte inglesa con aplauso y regocijo; el mismo Wyclif la aceptó con simpatía, e inmediatamente escribió al nuevo Papa excusándose de no haber obedecido a la citación de Gregorio XI y formulando la esperanza de que el virtuoso Urbano seguiría los caminos de Jesucristo.

Cuando poco después estalló el cisma, censuró con ira a los seudocardenales y al antipapa Clemente VII, vicario de Lucifer, exaltando al humilde servidor de Cristo, al evangélico Urbano VI, a quien Inglaterra acataba, con razón, y de quien se esperaba la reforma de la Iglesia.

Mas había avanzado demasiado por la senda de la herejía para poder aceptar el primado pontifìcio y someterse a sus enseñanzas y preceptos. Así que, apenas vio que el papa romano no era según él quería, desatóse en diatribas contra él, apellidando a los dos pontífices contendientes dos lobos y dos demonios que luchaban entre sí. El cisma, decía, es un beneficio de Dios. Cristo ha comenzado a venir en ayuda de su Iglesia, hendiendo en dos la cabeza del anticristo. En adelante, no hay que reconocer a ningún papa; cada iglesia deberá vivir, como la de los griegos, con sus leyes propias. No hay más pontífice que Cristo. La Iglesia romana es la sinagoga de Satanás. El Papado es una hierba emponzoñada. Sin papa y sin cardenales, la Iglesia gozará de más paz.

No hay que extrañarse de tan radicales afirmaciones, que se irán haciendo más violentas en los años sucesivos. Lógicamente tenía que llegar a la negación del Papado desde el momento en que negó todo poder y validez a los actos de las autoridades que se hallan en pecado mortal y concibió una Iglesia puramente invisible, fundada en la predestinación.

No admitiendo otra norma de fe que la Sagrada Escritura, es natural que se dedicase con ansia a leerla y estudiarla a fin de apoyar en ella sus novedades doctrinales. Wyclif no la podía leer en su texto original porque ignoraba en absoluto el hebreo y el griego. Aun en latín estaba muy lejos de ser un filólogo o un buen gramático. Con el propósito de darla a conocer al pueblo, encargó a dos amigos y discípulos suyos, Nicolás de Hereford y Juan Purvey, el traducirla de la Vulgata latina, logrando así la primera versión inglesa de toda la Biblia.

Con ser tan audaz Wyclif en sus teorías hasta ahora predicadas, nada causó tan ruidoso escándalo ni le privó de tantos partidarios y amigos como sus ataques al dogma de la transubstanciación eucarística. Comenzaron éstos en 1379. Nunca dudó él de la presencia de Cristo en el sacramento del altar. Lo que rechazaba decididamente era la transubstantiatio en el sentido de los teólogos tomistas y la annihilatio-substitutio de los escotistas y occamistas; negábase a admitir la desaparición de la substancia del pan y del vino en cualquier forma que se explicase; no comprendía la permanencia de los accidentes sin sujeto. Según la metafísica de Wyclif, ninguna cosa puede ser aniquilada ni siquiera por la infinita potencia de Dios. Omnia de necessitate absoluta eveniunt. No solamente los individuos tienen existencia real, sino también los entes o conceptos universales; no solamente el pan y el vino, sino la panidad y la vinidad, existen a parte rei, porque tanto las cosas concretas como las universales son ideas de Dios, participan de la absoluta realidad divina; hacer desaparecer una cualquiera de ellas, sería destruir a Dios.

Indescriptible fue el alboroto que tales teorías produjeron en la Universidad y en el pueblo. El mismo duque de Lancaster empezó a enajenársele. El canciller de la Universidad de Oxford, Guillermo Berton, reunió una comisión de doctores teólogos y canonistas, que en 1380 condenaron los errores de Wyclif. En consecuencia, se prohibió enseñar tales doctrinas, que renovaban la herejía de Berengario, amenazando con suspensión de cátedra, prisión y excomunión a quien no obedeciese. Al anunciársele la sentencia, Wyclif apeló al rey, pero el duque de Lancaster le impuso silencio, lo cual no fue estorbo para que aquél publicara unas breves Conclusiones defendiendo su doctrina, aunque con lenguaje más moderado.

7. Los lolardos y la revolución de 1381. Hemos dicho que desde 1377 empezó Wyclif a enviar a sus discípulos por campos y ciudades para que predicasen la verdadera reforma eclesiástica y cristiana como la concebía su maestro: vida pobre, evangélica, contraria al fausto y a las riquezas de los prelados opulentos, de los curiales codiciosos y de los monjes y clérigos, apegados a los bienes terrenos. Estos predicadores ambulantes eran sacerdotes pobres (poor priests) que, vistiendo un mísero tabardo de buriel y con los pies descalzos, se comprometían a no recibir jamás un beneficio eclesiástico, y andaban por las plazas, mercados y cementerios predicando la doctrina de Wyclif y extremando con frecuencia sus errores.

Llamábalos el pueblo lolardos, nombre que algunos interpretaban, satíricamente, como «sembradores de cizaña» (lollium), pero que en realidad procede de los lollardi, especie de beguinos o varones piadosos que aparecieron en los Países Bajos y Alemania hacia 1300. Los lolardos wiclefitas eran al principio sacerdotes, después también algunos seglares. ¿Influyó su predicación evangélica y reformista en la gran revolución campesina de 1381? Es posible, aunque la cosa no está clara. Oprimidos los campesinos por la tiranía de los nobles, agobiados de tributos y exasperados por el hambre y la miseria, se alzaron en 1381 sin un objetivo preciso, impulsados solamente por el odio a los grandes propietarios, asaltando castillos y abadías, ensañándose con las ciudades contra los comerciantes y los oficiales del rey y cometiendo mil excesos. Entraron a mano armada en Canterbury y Londres, incendiaron el palacio del duque de Lancaster, tomaron la Torre de Londres, asesinaron al canciller y arzobispo de Canterbury, Simón de Sudbury; al tesorero, Roberto Hales; al capellán real y a otros personajes, hasta que el joven Ricardo II, dando muestras de singular energía, se puso a parlamentar con ellos, los desconcertó con su presencia de ánimo y, después de hacerles algunas promesas, los dispersó por la fuerza. Entre tanto, los nobles, recobrados de su pánico, atacaron a las grandes masas desorganizadas de campesinos. Los principales cabecillas de la insurrección fueron degollados, entre otros los sacerdotes wiclefitas y predicadores ambulantes Jacobo Straw y Juan Ball. Del primero se dice que quería resolver la cuestión social exterminando a todos los nobles, obispos, curas y monjes. Lo mismo predicaba el segundo, recalcando que todos los hombres desde que nacen son iguales: «Cuando Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era noble caballero?»

Poco antes de ser ahorcado, declaró Ball que seguía las doctrinas, de Wyclif y que había sido el mismo Wyclif, con sus amigos y partidarios Nicolás Hereford, Juan Aston y Lorenzo Bedeman, el instigador de la revolución. Sea lo que fuere de esta afirmación, lo cierto es que Wyclif en el otoño de 1381 escribió un folleto —Servants and Lords— haciendo la defensa de los campesinos, bárbaramente reprimidos y castigados por la nobleza.

8. La muerte de Wyclif. A la muerte de Sudbury, un personaje mucho más enérgico y decidido ocupó la sede arzobispal de Canterbury: Guillermo Courtenay, obispo hasta entonces de Londres. Viendo Courtenay que ya Wyclif, tenido por responsable de la revolución, no gozaba del favor de la corte, resolvió congregar un concilio nacional en Londres (mayo de 1382), al que asistieron nueve obispos, dieciséis doctores de teología, todos ellos religiosos; once doctores canonistas y algunos bachilleres de ambas facultades. En este concilio, apodado de los frailes negros (Blackfriars) y del terremoto porque se tuvo en el convento de los dominicos y durante las sesiones se dejó sentir un terremoto en la ciudad, se condenaron 24 proposiciones de Wyclif, aunque sin nombrar al hereje (10 como heréticas, 14 como erróneas).

No faltó algún wiclefita que en señal de protesta predicó en Oxford un sermón que alborotó a la Universidad, pero un segundo sínodo de Londres en junio del mismo año volvió a condenar las doctrinas del hereje. El canciller de la Universidad, R. Rigg, tuvo que aceptar la sentencia, y varios profesores, como Hereford, Aston, Bedeman y Repyngton, fueron depuestos y expulsados de la universidad por decreto real. También Wyclif tuvo que salir y retirarse a su parroquia de Lutterworth, donde pasó los dos últimos años de su vida.

No se mantuvo ocioso, antes al contrario, desarrolló en ese tiempo una portentosa actividad literaria, escribiendo algunas de sus obras más importantes, como el Trialogus, y muchos sermones.

Su lenguaje contra el Papa, contra la misma institución del pontificado y contra los frailes alcanza un grado sumo de violencia. A los errores hasta ahora enumerados habría que añadir, para ser completos, algunos otros sobre la confesión sacramental y sobre el sacramento del orden.

Un día, cuando se hallaba Wyclif oyendo misa en su parroquia, sufrió un repentino ataque de apoplejía. A los tres días era cadáver (31 de diciembre 1384). Como no había sido condenado por hereje nominalmente, se le consideró en comunión con la Iglesia y se le dio sepultura eclesiástica. Pero treinta años más tarde, el concilio de Constanza, al proscribir los errores del hereje, ordenó que sus restos fueran exhumados. No obedeció el obispo de Lincoln, antiguo discípulo de Wyclif, y fue preciso que el Papa Martín V renovase el precepto, que fue ejecutado por el nuevo obispo, R. Flemming, desenterrando el cadáver y, después de quemado, arrojando sus cenizas al río Swift en la primavera de 1428.

9. Exterminación del wiclefismo. Dos campeones de la ortodoxia y enemigos declarados de Wyclif impidieron que los errores de aquel heresiarca arraigaran en Inglaterra: los arzobispos Courtenay y Arundel. A los esfuerzos del primero se debió el arrancar casi de cuajo el wiclefismo de la Universidad de Oxford por medio de los decretos conciliares de 1382; también obtuvo del Gobierno medidas represivas en 1388. Pero la población de los campos iba cayendo en masa hacia la herejía wiclefita gracias a la predicación de los lolardos, muchos de los cuales, aunque ignorantes, hacían obra revolucionaria social y religiosamente, exageraban las mismas doctrinas de Wyclif y difundían por el país un encendido anticlericalismo.

Muerto Courtenay en 1396, le sucedió en la sede primada de Canterbury Tomás Arundel, que emprendió con renovado celo la persecución de la herejía y la exterminación de los lolardos, convocó en 1407 una asamblea del clero en la que se condenaron los escritos de Wyclif y las doctrinas de sus discípulos, se dieron normas para vigilar la enseñanza de las universidades, se señalaron los temas que los párrocos debían predicar cuatro veces al año y se prohibió absolutamente predicar a quienquiera que no tuviese la autorización episcopal.

Derrocada la dinastía Plantagenet en 1399 con el destronamiento de Ricardo II, sube la casa de Lancaster con Enrique IV (1399-1413), celebrado por su piedad y defensor intrépido de la fe. En 1401 hizo publicar el estatuto De haeretico comburendo, que condenaba a la hoguera a cualquier hereje y miraba, sobre todo, a los lolardos. Estos consideraron como su primer mártir al sacerdote Guillermo Sawtrey, quemado en Londres en marzo de aquel año. Siguióle el artesano Juan Badby en 1410.

Para entonces, ya el wiclefismo había pasado al continente y hacía estragos en Bohemia. El concilio de Constanza, en la sesión octava (4 de mayo), declaró a Wyclif hereje notorio, muerto en la impenitencia, y se condenaron 45 proposiciones que resumían su doctrina y la de sus secuaces.

Al rey Enrique IV había sucedido su hijo, no menos ferviente propugnador de la ortodoxia, Enrique V (1413-22), el cual, siguiendo las normas del concilio de Constanza, se propuso desarraigar completamente las malas hierbas del lolardismo.

Un ilustre personaje, sir John Oldcastle (lord Cobham), seguía siendo el protector de la secta. Ya en 1413 había tratado Enrique V de hacerle abjurar sus errores, mas inútilmente. Excomulgado por la autoridad eclesiástica, persistió en la herejía. Solía decir que «el papa era la verdadera cabeza del anticristo; los obispos y demás prelados, sus miembros, y los frailes, la cola». Detenido y preso en la Torre de Londres, logró escapar con ayuda de sus correligionarios. Y, habiendo tramado luego una insurrección en Gales, fue de nuevo aprisionado, condenado a la horca, como reo de alta traición, y a la hoguera, como hereje (14 de diciembre 1417).

Con ello sufrió un fuerte golpe la secta de los lolardos. Tuvieron éstos que disimular sus creencias o reunirse en conventículos secretos, donde leían la Biblia, afervorando sus ánimos para la resistencia. En 1428 atestiguaba el arzobispo de Canterbury que los lolardos eran numerosísimos y que tenían a su favor a muchos curas del campo. Algunos pasaron a Escocia. Otros murieron en las llamas. Y los más fueron desapareciendo poco a poco. Desde 1431 no consta ninguna manifestación herética.

Creemos con Dom Gasquet y con el mismo J. Gairdner que entre los wiclefitas y los protestantes del siglo XVI no hay vínculos de filiación o dependencia real. Fueron causas muy diversas las que provocaron la revolución religiosa anglicana y protestante. Los que llamaron a Wyclif «estrella matutina de la Reforma» no advirtieron que, cuando los presuntos «reformadores» aparecieron en Inglaterra, ya hacía tiempo que se había apagado aquella estrella.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente

Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)

Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía

Decimosexta entrega: Herejía de los Cátaros o Albigenses

Decimoséptima entrega: Otros herejes

Entrega especial (1era parte): La inquisición medieval

Entrega especial (2da parte): La inquisición medieval