CARDENAL GOMÁ: LA FAMILIA

LA ARMADURA DE DIOS

CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS

ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA

LA FAMILIA

CAPÍTULO VI

LA EDUCACIÓN CUESTIONES DE DERECHO

III DERECHOS DE LA IGLESIA

Tratándose de la formación moral y religiosa de los niños no puede prescindirse, en una sociedad cristiana, de la Santa Iglesia, que es la sociedad fundada por Cristo para conservar y perpetuar su doctrina y para darles a los hombres los medios con que logren sus destinos.

Dada la definición que de la educación fundamental hemos dado, ya se ve que la Iglesia deberá ser factor principalísimo en la gran obra que vosotros, padres, debéis realizar.

Miremos, pues, un tercer aspecto de la educación religiosa de vuestros hijos. Ellos os pertenecen a vosotros, no al Estado; luego sois autónomos respecto del Estado en la cuestión de la formación religiosa y moral de vuestros hijos. El día que el Estado quisiera falsear su formación, contrariando vuestro sentido religioso, aquel día podríais y deberíais arrancar a vuestros hijos de la tutela del Estado, y decirle: «Estos hijos son míos; Dios me los ha dado para que los haga conformes al ideal de su Hijo; tú, Estado, tú, maestro que puedes ser un funcionario del Estado no tienes derecho a arruinar mi obra; yo reclamo para mí el hijo que Dios me ha dado; yo soy el educador natural de mi hijo.»

Pero autónomos como sois con respecto al Estado, no lo sois con respecto a la Iglesia en la formación moral y religiosa de vuestros hijos.

Atended un razonamiento, al cabo del cual veréis clara vuestra posición en la obra de la educación de los hijos, y comprenderéis los altísimos oficios de la Iglesia en la obra de la formación del hombre.

La educación es una obra de magisterio: magisterio de inteligencia, de amor, de sentimiento, pero magisterio al fin, porque representa el poder de una vida superior que trabaja otra vida inferior para levantarla a su propia altura.

¿De dónde viene el poder de magisterio? Si la igualdad de naturaleza nos da a todos el mismo nivel intelectual, o a lo menos la misma nulidad de ideas al nacer, porque todos nacemos sin saber verdad alguna, ¿quién le da fuerza a un pensamiento humano para constituirse maestro de otro pensamiento humano?

Respondo que este poder de magisterio lo da la naturaleza a los padres. Y lo da a los padres porque, siendo el hombre naturalmente un ser intelectual de tradición, en el sentido de que debe ser enseñado, por el mismo conducto por donde le viene al hombre el ser debe venirle la tradición, la entrega de las verdades que son patrimonio natural del hombre. Y aquí tenéis, padres, vuestra posición de pedagogos de vuestros hijos en el orden natural.

Cierto que vosotros no podéis ejercer toda la plenitud de este magisterio natural, porque tampoco sois plenos maestros de todo el orden natural. La vida es compleja, la verdad conquistada por el hombre dilatadísima, vosotros mismos os halláis condicionados por la ley de multiplicación y división del trabajo humano. Por esto no podéis ejercer toda suerte de magisterio: no podéis ser todos filósofos, arquitectos o literatos; ni siquiera podéis tener a la vez diferentes oficios mecánicos, de los necesarios a la vida, que podáis enseñar a vuestros hijos.

De aquí que todas las sociedades bien organizadas tienen escuelas, de diversas categorías, donde los hijos de familia encuentran un magisterio que sus padres no pueden ejercer. Pero este magisterio es siempre auxiliar o sustitutivo del magisterio paternal.

Pero hay un magisterio que es sobre todos los magisterios, porque tiene por objeto una verdad que está por sobre todas las verdades: es el magisterio religioso, que tiene por objeto enseñar la verdad religiosa.

Dirá tal vez alguno: la primera verdad es la que enseña a vivir, porque primero es vivir que vivir religiosamente.

Y yo le diré, a quien tal objete, que vivir religiosamente es el deber primordial del hombre, porque el hombre por naturaleza es un animal religioso.

Pues bien, padres, este magisterio capital de la verdad religiosa no le tenéis por ley de naturaleza, como el magisterio de la verdad natural. Y no lo tenéis, porque Dios se lo ha reservado para sí.

¡Oh!, padres; tenía este magisterio el primero de vuestra serie, nuestro padre Adán, creado por Dios en la plenitud de la ciencia religiosa: Dióle Dios la ciencia del espíritu. Pero Adán dilapidó el tesoro de verdad divina que Dios había puesto en su pensamiento, y fue preciso que viniera el segundo Adán, Jesucristo, a enseñarnos la verdad.

¡Jesús de Nazaret! Tú eres el Maestro divino de las humanas generaciones. Tú tienes la supremacía de la inteligencia, porque eres la misma Inteligencia de Dios; y, cuando hablas Tú, es Dios quien habla por Ti. Tú tocas a Dios por tu naturaleza divina. Y tocas al hombre, porque tomaste una naturaleza como la de todos los hombres. ¡Jesús! Tú eres la verdad, toda la verdad; lo dijiste un día con énfasis magistral: Yo soy la Verdad.

¡Jesús! Tú, que eres la más alta inteligencia, que tienes la plenitud de la verdad, tienes la plenitud del magisterio para ensenarla: Yo vine al mundo, nos dice Él mismo, para dar testimonio de la verdad. ¡Jesús! Tú vaciaste toda la plenitud de tu verdad y de tu poder, en cuanto eran necesarios al hombre, en tu Esposa la Santa Iglesia; porque Tú dijiste a tus Apóstoles, que son tu Iglesia: Las palabras que mi Padre me ha enseñado yo os las entrego a vosotros: Id, y enseñad a todas las naciones

Y aquí tenéis, padres, definida vuestra posición y la de la Iglesia en orden a la verdad religiosa, y por consiguiente a vuestro carácter de pedagogos de vuestros hijos en el punto concreto en que nos hemos situado.

Vosotros, educadores naturales de vuestros hijos en el orden puramente natural y, por lo mismo, autónomos con respecto a todo otro magisterio, no lo sois en el orden de la verdad sobrenatural con respecto a la Iglesia.

El hombre es un ser intelectual de tradición en el sentido arriba indicado; por esto es un ser esencialmente enseñado, si no es que quiera permanecer en la barbarie. Pero mientras la tradición o entrega de las verdades de orden natural desciende de padres a hijos por derecho de generación, de manera que los padres son los maestros naturales de los hijos, la tradición de la verdad religiosa os viene por la entrega que de ella os ha hecho la Iglesia en nombre de Jesús, Maestro de la verdad religiosa en el mundo.

De aquí, padres, derivan una serie de derechos y deberes que no haré más que indicar.

La Santa Iglesia es la Maestra suprema de la verdad religiosa, porque es la única depositaria oficial del pensamiento de Jesucristo. Sólo ella puede guiar a los hombres y formarlos para la consecución de su último fin.

Todo magisterio en discrepancia u oposición con el magisterio de la Iglesia, lo es de error y de perdición. Luego vosotros, representantes de la Iglesia en la institución religiosa de vuestros hijos, no podéis apartaros un ápice de las direcciones de la Iglesia en materia de formación religiosa.

Por ello mismo, y porque vuestros hijos tienen derecho a la verdad cristiana, no podéis consentir que por un magisterio extraño al vuestro, oficial o no, se enseñe a vuestros hijos otra doctrina y otra ley que no sea la de la Iglesia; y debéis arrancarlos, como los arrancaríais de un lugar de perdición, de las manos de los falsificadores, de los detractores de la verdad de Cristo.

Aquí, salvando lo que haya que salvarse, os diré que vuestra divisa debe ser la del Apóstol: Si alguien viniere a vosotros, y no profesare esta doctrina, la de Cristo, no le recibáis en vuestra casa, ni siquiera le saludéis (II Jn., 10).

Ello mismo os importa el deber de llenaros vosotros mismos de la verdad de Cristo. ¿Cómo podréis enseñar a vuestros hijos —y debéis enseñárselo—, lo que vosotros no sabéis? ¿Cómo podréis controlar, intervenir, fiscalizar las doctrinas que se les den, si vosotros las ignoráis?

Y como el veneno de la mentira, de la insidia contra la verdad cristiana, de doctrinas que, hasta a pretexto de ciencia y progreso, pueden ser antirreligiosas, puede infiltrarse en el pensamiento de vuestros hijos por el libro, de ciencia o de simple literatura, por la conversación, el espectáculo, el periódico o revista poco escrupulosa en materias que se rocen con la verdad religiosa, vosotros tenéis el deber de ser inexorables en inutilizar todo instrumento de corrupción espiritual de vuestros hijos.

Para no errar en materia en la que vosotros mismos sois discípulos, sed fidelísimos seguidores de la Santa Madre Iglesia, y enseñad a vuestros hijos a serlo.

A vosotros viene oficialmente la verdad religiosa por la jerarquía oficial de la Iglesia; luego no sólo no os es lícito ignorar sus enseñanzas —en lo que sea necesario para vosotros y vuestros hijos—, o saliros de ellas, sino que debéis poner con suma reverencia sobre vuestras cabezas y corazones sus direcciones y sus consejos, en orden a la misma doctrina y a la forma como vuestros hijos deban ser instituidos en ella.

Enseñad a vuestros hijos, y haced que se la enseñen, en el templo, en casa, en la escuela, la verdad religiosa, toda la verdad; no como una disciplina intelectual, sino como una ley y un principio y una savia que debe informar y vivificar toda su vida.

Muere la sociedad moderna de anemia de vida religiosa; es que antes ha muerto de la muerte de la ignorancia religiosa.

Jamás ponderarán bastante los padres la responsabilidad que en este punto les incumbe. En vez de propagarse la verdad religiosa por la vía normal de la tradición doméstica, lo que se transmite es la apatía, la ignorancia, la abstención religiosa.

Y la tierra, valiéndome de la frase de un profeta —la tierra reducida de vuestras casas y la más dilatada de la sociedad—, muere de desolación espiritual y moral, porque no hay nadie que piense en Dios y en las cosas de Dios, que son las que con su magisterio soberano vino a enseñarnos Jesucristo.