LA ARMADURA DE DIOS
CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS
ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA
LA FAMILIA
CAPÍTULO VI
LA EDUCACIÓN
CUESTIONES DE DERECHO
A los conceptos que hasta ahora hemos desarrollado, sigue, en orden lógico el de la función educadora de los padres.
Todo en la familia converge en esta función altísima, después de las funciones fundamentales de la procreación y nutrición de los hijos.
«Tres cosas, dice Santo Tomás, hemos recibido de los padres: el ser, los alimentos y la educación» (Supl., q. 41, a. 1).
Esta última es la que da al hombre su valor específico, en el orden personal y social. Porque, ¿qué hombre sería el que, aun teniendo un cuerpo gallardo y robusto, tuviese un alma indómita, sin desbastar la inteligencia, la voluntad sin orientación ni fuerza, las pasiones sin freno y sin ley?
Repasad lo dicho hasta aquí, y os convenceréis de que la educación de los hijos es el punto de convergencia de todas las fuerzas de la familia. Esta es grande, porque tiende a la formación de hombres perfectos; el matrimonio es uno e indisoluble, entre otros fines, para garantir la formación espiritual de los hijos, el padre y la madre son tales, no sólo para dar el ser a sus hijos, sino la robustez física y el desarrollo de todas sus facultades espirituales.
Así lo exige la misma naturaleza humana, mayormente después de la caída de nuestros primeros padres, porque el hombre es un ser imperfecto y de tradición.
Porque nace imperfecto e inclinado al error y al mal, hay que llevarlo con tiento por las sendas luminosas de la verdad y del bien; porque es un ser de tradición, deben sus progenitores plasmarle según las exigencias del ideal humano, a fin de que éste se transmita de generación en generación.
Hacer un hombre, y dejarlo abandonado a sus propias fuerzas, es hacer un degenerado o un bárbaro. El hombre es hombre porque nace tal; es “un hombre”, porque tal se le ha hecho después de nacer.
Yo quisiera que todos vosotros, los que constituís familia, os acostumbrarais a mirar en la función educadora una prolongación de la acción procreadora.
Ved como en todos los seres vivos se observa la misma ley: el que da la vida, da la perfección de la vida. El árbol no suelta el fruto hasta que lo ha llevado a la completa madurez. El tallo que ha echado una espiga, no muere hasta que la espiga es madura. El ave no deja a sus polluelos, hasta que por sí mismos se alimentan y saben defenderse de sus enemigos. El león de la selva no abandona a sus cachorros, hasta que han aprendido a cazar su presa. El águila, nos dice el autor inspirado, vuela por las altas regiones de la atmósfera y enseña a los aguiluchos a volar, sosteniéndoles con sus alas robustas. Y, como por una excepción que confirma esta ley general, ved a estos insectos que producen hijos ya tan perfectos como ellos mismos, como mueren en el parto mismo de sus hijos, para demostrar que las funciones de la paternidad pueden acabarse donde no hay una vida joven que llevar a la perfección.
No es de este número el hombre. Se ha dicho que el hombre es esencialmente un ser enseñado: equivale a decir que es esencialmente un ser que debe ser educado.
¡Pobre hombre en los años primeros de su vida! Nace ciego, y mudo, y orgánicamente incapaz de vivir por sí solo un día. Y cuando abre los ojos a la luz de la vida, se desata su lengua para balbucir unos vocablos incoherentes, empezando este trabajo ímprobo del habla, del manejo de la lengua, arte difícil en el que todos morimos ignorantes. Y deberá adquirir nociones, para formar ideas, para emitir juicios. Deberá adiestrarse en el manejo de la inteligencia para no sufrir errores o engaños. Deberá conocer a Dios y la forma cómo quiere ser honrado. Y conocer los principios morales, y formarse una conciencia, y adquirir el conocimiento de sus derechos y de sus deberes en el orden personal, doméstico y social en todas sus ramas y según todas las exigencias. Y si quiere ser hombre de provecho, deberá afanarse para aprender un oficio o una carrera, pasando años y años para especializarse en el género de actividad que haya elegido. Y llegará a los veinticinco años, casi a la mitad de la vida, cuando pueda decir las palabras del Salmista, bien que en otro orden: Nunc cœpi: Ahora empiezo a ser hombre; porque ahora empiezo a ser un hombre.
Y el hombre empieza a ser lo que han hecho de él sus educadores. Yo concedo al temperamento y al atavismo y al medio ambiente toda la eficacia que queráis; pero más eficacia que a todo ello concedo a la educación; porque la educación puede adueñarse de las fuerzas del temperamento, de las energías latentes del atavismo, de las influencias del medio ambiente, y hacerlo concurrir todo a la formación del hombre perfecto.
Os he dicho que la educación no es sino la prolongación de la procreación, y ahora añado que una y otra siguen unas mismas leyes. Como de una pareja robusta suelen salir hijos robustos: Fortes generantur fortibus; así de una raza de buenos educadores suelen salir hombres bien educados.
De aquí la capitalísima importancia de esta función primordial de la familia que llamamos educación.
De ella voy a tratar, convencido como estoy de que bajo el punto de vista personal, doméstico y social, el problema o los problemas gravísimos de la educación son los más capitales problemas de la vida moderna.
Abordémoslos discurriendo sobre LA EDUCACIÓN FAMILIAR BAJO EL PUNTO DE VISTA FUNDAMENTAL DEL DERECHO. Después de concretar el concepto de educación, señalaremos los derechos de la familia, del Estado y de la Iglesia, y los peligros que corren hoy los derechos de los niños en este punto.
I CONCEPTO DE LA EDUCACIÓN
¿Qué es la educación? Son mezquinas las ideas corrientes sobre el ámbito de la educación y de las funciones educadoras.
Hay quien reduce el alcance de la palabra a la simple práctica de las conveniencias sociales. Un hombre bien educado sería un hombre exteriormente pulido, cortés, conocedor de las leyes de la urbanidad social, capaz de alternar con el gran mundo con fácil desembarazo.
Rechazamos este mezquino concepto, que no alcanza más que a la periferia y a lo accidental de la vida humana. Un hombre así educado podría ser un mal hombre, malvado o bribón.
Ni es educación verdadera y completa la formación que podríamos llamar civil del hombre. Porque la educación es el levantamiento de todo hombre, y pudiera darse el caso de un hombre que ha cultivado su inteligencia, disciplinado su voluntad y subyugado sus pasiones, poniéndolo todo al servicio de la sociedad en que vive, y no ser hombre educado, en el profundo sentido de la palabra.
Hay en el fondo de la vida humana facultades y aspiraciones que son como el asiento de toda la actividad del hombre: no llenarlas, es condenar nuestra vida a la fluctuación y a la esterilidad, es frustrar sus destinos definitivos. Podríamos reducirlas todas al sentido de una palabra: la religión, fuerza intima de orden intelectual y moral, que nos lleva a Dios como Principio, Luz y Regla de nuestra vida, como Bien Sumo en cuya posesión debe descansar toda ella.
Prescindir de la religión y de Dios en la educación, es mutilar al hombre; porque, como ha dicho alguien, excluir a Dios en la formación del hombre, es excluir no solamente la moral, sino el buen sentido, viéndonos obligados a reconocer, ante la brutalidad de los hechos, que sin piedad y sin fe son los hombres capaces de todo.
La educación es, pues, la conformación de la vida personal a las exigencias del ideal humano que a nuestra vida ha impuesto Dios.
Esta es la educación que podríamos llamar pasiva, es decir, en cuanto expresa el término y conclusión definitiva de la acción educadora. La educación, considerada como función, como ejercicio del arte de educar es el esfuerzo del educador sobre el educando para plasmarle según las exigencias del ideal absoluto de la vida humana, que es Dios.
En este último sentido es como vamos a tratar de la educación.
Quiere ello decir que en la escala de los seres humanos hay un tipo supremo de perfección, según el cual deben ser conformados todos los hombres. Y como quiera que el hombre es un compuesto de alma y cuerpo, con facultades múltiples que brotan de su misma naturaleza, inteligencia, voluntad, corazón, sentidos y, dentro de esta clasificación general, un funcionamiento complejísimo de la actividad de todas estas facultades, que se traduce en la maravilla humana, el deber del educando es mirar aquel ideal y modificar su actividad según las exigencias del modelo; y el deber del educador es mirar al modelo y al educando para trabajar sobre la vida de éste y hacer en ella un trasunto de aquél.
Sentada la teoría de la educación, demos un paso más para acercarnos al hecho de la vida. ¿Cuál es el ideal de la vida del hombre? ¿Cuál es el hombre tipo, que ocupa el primer lugar en la escala de los seres humanos? Es Jesucristo Verbo de Dios hecho hombre; Jesucristo, que es el hombre-Dios; Jesucristo que, como Dios, es la perfección esencial, y como hombre-Dios es la reproducción histórica del hombre ideal que está en la mente de Dios; Jesucristo, que con la plenitud de poderes que el Padre le dio, se presenta a los hombres, y les dice lo que jamás ha podido decirles otro hombre: Aprended de mí (Mt., 11, 29).
Luego la gran ley de la educación cristiana es la reproducción de la imagen de Cristo en cada uno de nosotros. Es la ley que promulgaba el Apóstol escribiendo a los fieles de Roma: Nos predestinó para que fuésemos hechos conformes a la imagen de su Hijo (Rom., 8, 29).
Jesucristo es el Primogénito en la gran familia humana, sigue el mismo Apóstol: Primogénito entre todos los hermanos, todos sus hermanos deben esforzarse en hacer de sí mismos una copia fiel de este perfectísimo Heredero de Dios.
Jesucristo es el ideal: ¿quiénes son los educandos? Somos todos los hombres, porque no hay hombre que pueda gloriarse de haber llegado a la perfección del ideal. La vida del hombre es una educación perpetua.
Pero, reduciéndonos a nuestro tema, los educandos son aquellos que deben ser conducidos, por la ley misma de la ignorancia y de la debilidad en que nacen, al conocimiento y al amor de Jesucristo, es decir, los niños, los jóvenes: los hijos.
Tal es, padres, la teoría de la educación, situados en el punto de vista cristiano, que debe ser el vuestro. Sobre estas bases fundamentales pueden levantarse todas las construcciones de toda pedagogía; dentro del ámbito acotado por estas líneas caben todas las orientaciones y toda formación de carácter meramente humano; a condición de que aquellas construcciones sean homogéneas con la estructura del pensamiento cristiano; a condición asimismo de que toda orientación y toda educación de carácter civil no choque con los principios de la vida cristiana, y, si es posible, colaboren en la formación del carácter cristiano.
En la unidad de nuestra vida de cristianos —y no creo que haya un solo padre que renuncie a este santísimo nombre—, hay que distinguir dos elementas: el natural, que encierra todo el caudal que de Dios hemos recibido como simples hombres; y el sobrenatural, que abarca todo aquello que misericordiosamente ha añadido Dios a nuestra naturaleza, para que pudiéramos lograr el fin para que nos creó, que es la visión directa de su esencia.
Cuerpo y alma, sentidos y potencias, inteligencia, voluntad, libertad, pasiones, pertenecen al orden puramente natural. La doctrina de fe, la gracia, los sacramentos, es decir, la acción misteriosa de Dios, que trabaja sobre nuestro espíritu y sus potencias en el orden sobrenatural a que nos elevó, y hace fructificar en él los méritos de la Redención que nos logró copiosa con su muerte su Hijo Jesucristo; he aquí el elemento sobrenatural de nuestra vida.
Ningún educador, y menos los padres cristianos, podrán jamás prescindir del elemento sobrenatural en la formación del hombre. Separar en la pedagogía humana ambos elementos, es obrar una vivisección de la que resultará una mutilación del ser humano. Porque en la actual economía de Dios, no hay más que un destino definitivo para el hombre, y este destino es sobrenatural: es la visión del mismo Dios en el Cielo.
Desde este momento, como el fin lo gobierna todo en los seres, todo el hombre deberá estar sobrenaturalizado, y todo, en él, deberá regirse por las leyes por Dios establecidas para este estado sobrenatural.
Esto es elemental en la pedagogía cristiana; pero padres y educadores parecen olvidarlo. «Educad a mi hijo, decía un padre al rector de un colegio; hacedle un hombre completo, aunque poco me importa sepa algo o nada de religión». ¡Como si la religión fuese asignatura de adorno, y no condición sine qua non para que el hombre sea «un hombre»!
Otros padres no serán hostiles a la religión; querrán que sus hijos sepan y aun practiquen la religión; pero la considerarán como elemento circunstancial de la formación de los hijos, como procedimiento disciplinar para sujetarles; no como base que sostenga toda su vida, hasta la muerte, y savia que debe nutrirla, en todos los órdenes.
Cierto que la religión es una disciplina, porque es una ley y un freno, pero principalmente es una vida: es algo que debe penetrar al hombre como el agua a la esponja, y hacerle todo de Dios y para Dios, viviendo la vida que le comunique el mismo Dios.
Educad, pues, oh padres, a vuestros hijos; es deber que tenéis, porque les disteis la vida. Instruidles en toda disciplina; dadles maestros sabios, prácticos, sagaces, que sean vuestros colaboradores y hagan lo que vosotros no alcanzáis. Dadles el oficio mecánico, la profesión o carrera que mejor convenga a sus aptitudes. Ojalá pudieseis realizar el ideal del Apóstol, de hacer de vuestros hijos hombres perfectos, formados en toda ciencia. Pero no olvidéis lo fundamental de la educación, que es la formación moral y religiosa de vuestros hijos.
Fundadlos en Cristo Jesús, como quiere el mismo Apóstol en este pasaje: Hombres perfectos en Cristo Jesús (Col., 1, 28). Que sean buenos ingenieros, médicos, abogados, artistas, oficiales, lo que vosotros queráis y ellos quieran, según sus aptitudes y vuestra posibilidad. Pero que, ante todo y sobre todo, sean buenos cristianos, conocedores y amadores de Dios y de su ley, buenos hijos de la Santa Iglesia, de convicciones religiosas profundamente arraigadas, de conciencia clara y recta, de fe práctica, caballeros sin miedo y sin tacha que, como sepan cumplir los deberes de su oficio o profesión, así sepan dar al mundo ejemplo de sus cristianas virtudes.
¡Esta es, en el orden de los principios y del derecho, la ley fundamental de la educación que debéis dar a vuestros hijos!
¡Así serán ellos conformes a la imagen del Hijo de Dios, Regla, Modelo y Fin supremo de toda educación!


