SAN LEONARDO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

EPSON MFP image

Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN LEONARDO, CONFESOR.

 

1106-SAN-LEONARDO

San Leonardo nació en Francia, de padres nobles e ilustres, y muy favorecidos del rey Clodoveo, que fue el primer rey de Francia cristiano, del cual se dice que sacó de pila a san Leonardo por honrar a sus padres, y aunque el mismo san Leonardo pudiera tener gran lugar con el rey y tenia grandes partes para ello, no quiso estar en la corte por darse más libremente a Dios, nuestro Señor, y ser discípulo de san Remigio, varón santísimo, por cuya predicación el mismo rey Clodoveo había sido alumbrado y recibido a la fe de Jesucristo, nuestro Redentor.

Por la buena institución, pues, de tan insigne y divino varón creció nuestro Leonardo en toda virtud y comenzó a resplandecer con maravillosa opinión y fama de Santidad. Por lo cual, movido el rey, le rogó que viniese a su corte y le ofreció preeminentes dignidades, de las cuales él no hizo caso, porque era amigo de quietud y deseaba atender a Dios y al provecho de los prójimos, como lo hizo, predicando la palabra del santo Evangelio y sembrando la semilla del cielo en Orliens y en otras partes de la Aquitania; porque en aquel tiempo había aun muchos gentiles en el reino de Francia que estaban sepultados en la sombra de la muerte; y para que mejor lo pudiese hacer el Señor le honraba y obraba por él muchos milagros, echando los demonios de los cuerpos y sanando a los sordos, cojos y ciegos, y a otros enfermos.

Yendo una vez camino y pasando por un bosque a donde el rey y la reina, que estaba preñada, habían venido a caza, viniéronle dolores de parto a la reina, y fueron tan recios, que no podía parir y estaba para espirar. Llegó a este tiempo san Leonardo, y con su oración parió luego la reina un hijo, y quedó sana y libre de aquel peligro, y el rey le ofreció muchos vasos de oro y plata y grandes tesoros, los cuales él no quiso recibir, rogando al rey que los repartiese a los pobres, y con aquella limosna comprase el cielo.

Ofrecióle después el rey todo aquel monte y territorio; mas el santo no quiso aceptar sino una parte, en que edificó un oratorio de Nuestra Señora, y en él un altar a San Remigio. Aquí vivió con grande y maravillosa abstinencia y penitencia, en oración perpetua y fervorosa, trabajando de día y velando de noche en compañía de los monjes: y porque tenia falta de agua, que la traían de muy lejos, hizo oración san Leonardo, y el Señor les dio una fuente tan copiosa de agua, que hasta el día de hoy da de beber a los moradores de aquel lugar.

Fueron tantos los milagros que el Señor obró por la intercesión de san Leonardo, que su fama se extendió por todo el reino de Francia, Inglaterra y Alemania: pero en lo que más se esmeró este santo, y en lo que más Dios le glorificó, fue en librar los presos de la cárcel, y sacarlos de ella y traerlos a su casa, por más que estuviesen aherrojados y cargados de prisiones y cadenas; y así venían de muchas partes remotas muchos que habían sido librados de las cárceles, y traían sus grillos, esposas y cadenas, y poniéndolas delante de él se arrojaban a sus pies suplicándole que los hubiese en su compañía y se sirviese de ellos como de esclavos. Mas el santo era tan humilde que les servia a ellos y les enseñaba a servir al Señor, y les daba parte de aquel campo que había recibido del rey para que le cultivasen y viviesen de su trabajo. Y algunos deudos suyos y otros, y no pocos de varios estados, hombres y mujeres, movidos de estos milagros, y más de la fama de su santidad, también concurrían para ser de él enseñados en el camino de la vida y permanecer debajo de su disciplina y magisterio, a los cuales el santo enseñaba y encaminaba para el cielo.

Y habiendo corrido gloriosamente su carrera, dio su benditísima alma al Señor a los 6 de noviembre del año 559, según Tritemio, y su sagrado cuerpo fue enterrado honoríficamente en la misma iglesia u Oratorio que él había dedicado a nuestro Señor; y después por cierta revelación y milagro le trasladaron a otro templo que se le edificó más suntuoso.

Después de muerto le ilustró Dios con muchos milagros, como lo había hecho en vida, especialmente en librar a los presos de la cárcel; hizo obras prodigiosas y admirables, y fueron tantas, que casi no se podían contar las esposas, grillos y cadenas y otros instrumentos pena les que estaban colgados a su sepulcro, en memoria del beneficio que habían recibido por su intercesión los que los habían traído, librándose de la cárcel.

En la ciudad de Lemosia, estando un hombre inocente, devoto de san Leonardo, atado por el cuello con una cadena de hierro, y tan apretado que apenas podía respirar; y encomendándose al santo, se le apareció luego y le dijo: «No morirás, sino vivirás y contarás las obras del Señor. Levántate y toma esa cadena, y llévala a mi iglesia para que esté colgada a mi sepulcro, y ninguno de aquí adelante sea más atormentado con ella.»

Estaba otro hombre devoto del mismo santo en lo más hondo de una torre y sumido en una hoya, y atado de pies y manos, y con muchas guardas a la puerta, que el tirano que le había mandado prender había puesto, temiendo que san Leonardo le había de librar de sus manos, como le libró, sacándole de aquel calabozo horrible y penoso en que estaba y llevándole por su mano sin que ninguno se lo pudiese estorbar.

Y de estos milagros se cuentan muchos en Su vida, la cual se halla en el sexto tomo del padre fray Lorenzo Surio. De San Leonardo hacen mención los martirologios romanos a 6 de noviembre, y el de Beda y Adon.

Leyenda de oro 

R. Dr. José Palau

Leer el Santo Evangelio del día y catena aurea