NO MATARÁS

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

Sobre la pena de muerte

Tercera entrega

 

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A continuación, y como complemento de los especiales sobre la pena de muerte, transcribimos el libro del Padre David Núñez:

LA PENA DE MUERTE

Frente a la Iglesia y al Estado

BUENOS AIRES 1956

PROEMIO

Siendo la pena de muerte asunto de perenne actualidad, porque siempre habrá hombres honrados a quienes interese no morir a manos de los malhechores, y malhechores a quienes interese no morir a manos de la justicia; paréceme que un libro de la índole del presente no necesita otra presentación ante el público que su misma presencia, la cual servirá de mejor recomendación que toda otra apología.

Sin embargo, porque pudiera parecer a alguno que adolece de ciertos defectos, tales como estadísticas deficientes y anticuadas, intolerancia en la doctrina y dura fraseología con alusión desacertada a hechos recientes y personas para él más dignas de respeto que lo que esas frases significan; le diré sin ambages que yo soy el primero en reconocer esos defectos y otros más que tener pudiera, sin reclamar indulgencia para ellos ni blandura para nuestras apreciaciones en lo que tengan de exageradas o se aparten de la verdad, que ha de ser la que prime siempre en todo lo que se diga.

Mas con todo preferimos presten ellos al libro en esta su primera edición toda su primitiva frescura. Y si tan buena fuere su fortuna que le tocara ver por segunda vez la luz pública, se pensaría sobre todo ello lo que mejor conviniera, conforme la serena crítica me lo aconsejara. Una sola cosa quiero advertir con entera franqueza, y es que: a las personas las califican sus hechos, y los de aquellas personas que, a mi juicio, merecen los calificativos que yo les aplico, figúraseme que son muchísimo peores que lo que mis frases significan y por lo que las merecieron sus autores.

Por otra parte no tengo por qué negar que este libro ha sido escrito con cierto apasionamiento, porque tal era el ambiente que circulaba por todo el mundo por aquel entonces, a causa de la guerra de liberación española contra la cruelísima tiranía hispano-soviética. Y además porque, como dice Pemán, la pasión es hija de la verdad como el color de la luz. Y un libro como éste en que se defiende rudamente una verdad muy desagradable, tiene que ser necesariamente intolerante, con esa intolerancia que es ley forzosa del entendimiento en estado de salud, el cual, cuando posee o cree poseer la verdad, siente necesidad de derramarla e imponerla a los demás hombres aunque tenga que abrirse paso, espada en mano, por entre las tinieblas del error.

Quiero además hacer notar aquí expresamente una cosa muy importante, con el fin de que se entienda bien ya desde ahora que, aunque en todo el decurso de este libro defiendo la justicia, la legitimidad y la conveniencia de la pena de muerte; sin embargo DE NINGÚN MODO PRETENDO ABOGAR POR SU APLICACIÓN A TROCHE Y MOCHE, o sea, INCONSIDERADAMENTE Y DE UNA MANERA DISPARATADA.

No; la pena de muerte es la máxima pena, porque quita el máximo bien que es la vida.

Por tanto, SE HA DE RESERVAR EXCLUSIVAMENTE PARA LOS MAYORES CRÍMENES, y aplicarla con toda la parsimonia que permita una legislación sabia y prudente, que no peque por exceso de rigor ni por exceso de blandura, realizando aquella excelente máxima de la sabiduría antigua: in medio consistit virtus, la virtud está o se halla entre los extremos del exceso y del defecto.

Me lleva a juzgar de esta manera mi condición de hombre y mucho más todavía de católico, que mira las cosas a la luz ultramundana de la Redención de Jesucristo. Pero si en opinión de los adversarios de la pena de muerte, el valor de la vida humana, aunque sea la de un criminal, pesa tanto en la balanza de la justicia que, según ellos, no hay autoridad en la tierra que pueda contrabalancearla, les diré lisa y llanamente que se equivocan, pues precisamente esa misma razón del valor de la vida que ellos invocan para que no se la quiten al que no merece conservarla, es una de las principales que yo aduzco para que se la quiten, a fin de que puedan retenerla los que nada hicieron para que manos criminales se la arrebataran: que también las víctimas son hombres cuya vida vale tanto más que la de los victimarios, cuanto la inocencia vale más que el crimen.

Así, pues, no espero de mis adversarios otra cosa sino que reconozcan ellos la fuerza de mis razones, con la misma lealtad que yo reconozco la de sus dificultades.

Finalmente, dos palabras sobre el «Apéndice». Aunque al parecer sea de interés puramente local, no es así, sino que lo tiene general; y por lo menos en él se ve un ejemplo evidente de las doctrinas en que están imbuidos los legisladores, en general, de las democracias liberalescas, y de la manera cómo las defienden. También parecerá que se repite en él la doctrina anteriormente expuesta, y en parte es así; pero también contiene algo nuevo a que en el mismo texto se hace referencia. Y, por fin, no he querido omitirle, por ser la polémica que en él se entabla la que dio origen al presente libro, que pongo en tus manos, lector benévolo.

EL AUTOR

JUSTICIA, LEGITIMIDAD Y CONVENIENCIA DE LA PENA DE MUERTE

INTRODUCCIÓN

1. — Imposible parece cómo después de tantos y tan luctuosos desengaños como nos han traído las conquistas democráticas del pasado y del presente siglo, haya todavía quien a carga cerrada las aprueba todas como buenas, y se atreva a proponer toda democracia como la panacea universal de todas las humanas miserias.

2. — Yo no voy ahora a discutir si la verdad histórica de los hechos que después de ella o por ella han sobrevenido, corresponden o no a los principios en que se apoya; lo dejo para ocasión más propicia, que tal vez no tarde mucho en presentarse. Por ahora sólo trato de ir directamente contra una de sus más legítimas hechuras, a saber: contra la lenidad penal, que por obra suya se ha infiltrado en los códigos de la sociedad moderna, causa principal, aunque no única, de todas nuestras desventuras; invitando a todos los que opinan de distinta manera que la mía, a que tomen en la mano el libro de la historia y me digan si los pueblos que se creen falsamente soberanos no sufren la misma suerte que los déspotas: como ellos se creen omnipotentes porque sacan sus héroes de la nada; pero al fin son vilmente asesinados por las manos de sus adoradores.

3. — A la verdad que nadie podrá negar a los siglos XIX y XX la gloria, si tal fuera, del humanitarismo en el derecho penal, merced al cual no sólo se ha suprimido la pena de muerte en gran parte de los códigos, llegando algunos a escandalizarse a su solo nombre y temerla como un crimen social indigno de una sociedad civilizada; sino que se han aligerado tanto las otras penas, que en algunas ocasiones, las que imponen a los criminales, en lugar de servir para castigarlos, parece más bien que se pretendiera con ellas premiar sus crímenes pasados y excitarlos a cometer otros todavía mayores.

4. — Advierto desde ahora que de ninguna manera soy yo amigo de la violencia; sino sólo de la justicia, porque todo lo que traspasa la justicia es malo, y el mal no tiene derecho a existir en ninguna de sus manifestaciones.

Y digo que no soy partidario de la violencia: porque siendo todo lo violento contra la naturaleza, es también necesariamente inestable, porque ninguna cosa violenta es perpetua; y así incurriría yo por exceso de rigor en el vicio que por falta de él combato, es a saber, en la destrucción de la paz social y aun, a la larga, de la misma sociedad.

Porque es evidente que un gobierno que no supiera obtener la adhesión de sus súbditos de otra manera que por las ametralladoras, la guillotina o la horca; sería un gobierno violento y despótico, y como tal, sumamente débil en sí mismo y tanto más ruinoso para la sociedad cuanto más larga fuera su duración.

Pero de ahí a la tontería o maldad de muchos de los gobiernos actuales que, a fin de sacudir de sí el sambenito de fascistas, dictadores o tiranos, que para engañarlos miserablemente les cuelgan los que verdaderamente lo son en el peor sentido de la palabra, tipo de la Rusia bolchevique, convierten en motivo de vanagloria lo que debiera serlo de afrenta, de confusión y de castigo, dejando casi enteramente impunes o no castigando como conviene los crímenes más atroces y escandalosos; hay un abismo en cuyo fondo se encuentra el camino medio verdadero que todo hombre prudente y racional debe escoger y seguir con indomable energía y rectitud, si quiere conseguir la paz y felicidad social, sin renunciar al derecho de vivir para ser engullido por la fuerza bruta de la verdadera tiranía o la desenfrenada crueldad de la demagogia.

5. — Por eso soy amigo y defensor de la justicia (1).

Porque si la justicia consiste en dar a cada uno lo que le pertenece, el hombre pacífico y honrado tiene derecho a que se le dé la paz, por medio de la protección eficaz contra los malhechores que procuren arrebatársela; y a su vez la justicia reclama que éstos sufran el castigo merecido por su malicia.

Sólo de esta manera puede la Autoridad hacer fácil el logro de la felicidad natural, que consiste en la posesión y libre uso de la vida y medios para conservarla.

6. — Esto es lo que paso a probar, exponiendo cómo la pena de muerte no sólo es siempre lícita EN SÍ MISMA, cosa que todavía muchos niegan; sino también ENTERAMENTE NECESARIA, mientras la sociedad no tenga otro medio de protección eficaz contra los que directa o indirectamente pretendan perturbarla o destruirla.

Tanto en el plan general como en muchas cosas que diga, seguiré punto por punto, y muchas veces al pie de la letra, al eminente penalista Dr. Amor Naveiro, sacerdote español, cuyas obras, profundas y eruditísimas en materia penal, le han granjeado bien merecida fama en esta rama del saber humano.

Sirva, pues, esta indicación general para evitar la excesiva multiplicación de citas, que sólo pondré cuando lo exija alguna razón especial.

En la obra a que me refiero (2), c. 2, § 39, págs. 116-120; expone el P. Naveiro planes históricos y racionales para la discusión de la pena de muerte, los cuales voy a seguir enteramente, aunque como es natural, no los desarrollaré tan ampliamente como él lo hace, ni de la misma manera; sino con las modificaciones que me sugiera la conveniencia, dado el fin particular que yo me propongo.

Según esto, el presente estudio comprenderá dos partes: una positiva o afirmativa en que trate separadamente de la justicia, legitimidad y conveniencia de la pena de muerte, probando por separado cada uno de esos puntos con argumentos particulares; y otra negativa o crítica, en la que metódicamente agrupados se expongan, analicen y refuten los argumentos de algún tomo que se han presentado contra la pena de muerte.

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(1) Es cosa bien curiosa lo que está pasando en la sociedad moderna. Se suprime la pena de muerte y se clama en todos los tonos contra la tiranía de los gobiernos FUERTES cuando tienen el arrojo de imponer una pena, aunque sobradamente merecida, por supuesto, un poco fuerte; y ESOS MISMOS que así recriminan y maldicen la justicia cuando castiga uno de los suyos, no tienen escrúpulos en tomar por oficio, cuando pueden y siempre que pueden, el asesinato a mansalva de todos los que se les oponen o no les convienen.

Pero esto no es lo más curioso, porque siempre ha sucedido lo mismo. Lo más curioso es que muchas gentes que se dicen y efectivamente son honradas, hagan eco a los que así proceden y se conviertan ellos, inconscientemente, en demoledores de lo que sinceramente anhelan, cual es la pacífica convivencia de todos los ciudadanos.

Nunca como ahora los códigos penales con su lenidad y consideración a los malhechores les ofrecen más risueñas esperanzas; y nunca tampoco ha habido tantas muertes de gente honrada, y aun de los mismos malhechores.

¡Así se burla Dios de la soberbia humana que, sustituyendo la sabia ordenación de la divina Providencia por los dorados sueños de su loca fantasía, se promete el reino de la paz, de la felicidad y la abundancia; pero como éstas son imposibles donde falta Dios, llega el de la miseria y exterminio.

(2) Amor Naveiro, «El problema de la pena de muerte y sus sustitutos legales», 21 ed., Madrid, 1917, Hijos de Reus, editores.

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