CONSERVANDO LOS RESTOS II
Decimosexta entrega

HEREJÍA DE LOS CÁTAROS O ALBIGENSES
1. Cátaros o albigenses. De las múltiples herejías que brotan y rebrotan en aquellos siglos de fe y de religiosidad, la más temible es la de los cátaros o albigenses. ¿Cómo se explica este fenómeno que una herejía de raíces próxima o remotamente orientales prosperase tanto en tierras de Occidente y en países profundamente católicos?
Empecemos por confesar que no conocemos bien sus orígenes y, por tanto, se nos escapan algunos elementos para dar con su perfecta explicación histórica. Podemos, sin embargo, adelantar varias razones. El catarismo arraigó tan hondamente en la Francia meridional, primero, porque no se trataba de una herejía puramente gnóstica, al modo alejandrino o persa, de altas especulaciones filosóficas y de complicadas fantasías religiosas, sino de un movimiento herético de consecuencias prácticas y morales, que aseguraba a los fieles la remisión total de los pecados y la salvación eterna; segundo, porque adquirió un carácter popular y fanático, que ayudó mucho a su difusión; tercero, por su aspecto reformista y acusador de los abusos de la nobleza eclesiástica, cuyas riquezas y costumbres mundanas escandalizaban al pueblo y daban en rostro a la burguesía laica, harto irrespetuosa y libre, como se echa de ver en los trovadores; cuarto, por los restos de viejas herejías, que no habían sido del todo exterminadas; quinto, porque justificaba la codicia de bienes eclesiásticos y favorecía las ambiciones políticas de ciertos señores feudales, deseosos de acentuar la oposición de los languedocianos contra los francos de Languedoc.
El apelativo de cátaros (que en griego significa puro) se les dio a estos herejes, generalmente en Alemania, durante el siglo, XII, según lo refiere por primera vez el abad Egberto de Schónaugen. Razón de tal denominación fue sin duda las semejanzas que les encontraban con los novacianos, designados como cátaros en el concilio de Nicea del año 325.
El pueblo los llamaba en algunas partes gazzari (de donde se deriva en alemán ketzer, hereje) y también catharini o patarini, quizás por confusión con los fervientes católicos de la Pataria milanesa, que combatían el matrimonio de los clérigos; en la Francia del Norte se les decía bougres o bulgati, como originarlos de Bulgaria, y en otras partes, publicani. corrupción de pauliciani; pero el nombre que prevaleció fue el de albigenses, porque la ciudad de Albi (la antigua Albiga, de donde en francés, albigcols, y en latín; albigensis) procedían los que se apoderaron de Toulouse, baluarte principal de la secta. En el norte de Italia se les denominó albanenses y concorenses, de las ciudades de Alba y Concorezzo.
2. Naturaleza y origen de la secta. Si hemos de creer a los primeros polemistas católicos que escribieron contra los cátaros o albigenses, la doctrina de estos herejes tiene origen maniqueo. Esto es lo que hasta nuestros días se ha venido afirmando casi unánimemente. Decíase que los maniqueos, tan perseguidos en el Imperio romano, perduraron ocultos en el Oriente, reaparecieron en los paulidanos de Siria y Frigia, en los herejes gnósticos del siglo VII y siguientes y en los bogomilos de Bulgaria, fundados en el siglo X por un bogomilo (traducción búlgara del griego Theophilos, amigo de Dios), al frente de los cuales figuraba, en tiempo de Alejo Comneno (1081-1118), un tal Basilio, a quien por sus errores gnósticos mandó quemar el emperador. De Bulgaria se habrían extendido por Dalmacia a Italia y Francia, y por Hungría a Bohemia y Alemania.
Hace ya un siglo que Carlos Schmidt, historiador protestante y no siempre respetuoso de la Iglesia católica, pero conocedor profundo, crítico y concienzudo del catarismo, se adelantó a negar que hubiese continuidad perfecta desde Manes hasta los albigenses. Estos últimos no tienen la metafísica compleja de los maniqueos, ni su mitología astronómica, ni su simbolismo pagano, ni el culto a Manes, a quien casi adoraban aquéllos, mientras éstos, ignoran su nombre. En contra de Schmidt, insistió Juan Guiraud en sostener el parentesco de cátaros y maniqueos.
Es verdad que coinciden en la concepción fundamental del dualismo y en sus corolarios dogmáticos y morales, pero esto puede decirse común a todos los gnósticos.
Bien dice el P. Dondaine que, si los polemistas católicos de la Edad Media hubiesen estado bien informados sobre las otras gnosis dualistas de origen cristiano, como lo estaban sobre el maniqueísmo, no hubieran afirmado tan tajantemente el carácter maniqueo del catarismo. El carácter dualista, y por lo tanto, gnóstico de la doctrina de los albigenses es indudable. ¿Hay que buscar su origen en la herejía búlgara de los bogomilos, como se dice generalmente? No tenemos pruebas suficientes. Y aun en el caso que esto se demostrara, todavía no aparece claro que el bogomilismo dependa de los antiguos cátaros y menos de los maniqueos.
Schmidt, con todo, es de parecer que la herejía vino de los países eslavos, y que allí nació, tal vez en algún convento búlgaro, hacia el siglo X.
Otros opinan que el fenómeno se explica sin conexiones con el Oriente. C. Douais apunta al priscilianismo y P. Alphandéry piensa más bien en el marcosianismo o herejía de Marcos el Gnóstico, cuyos discípulos predicaron en el valle del Ródano, según escribe San Ireneo. Pero ¿en qué país de Europa se puede rastrear de algún modo la pervivencia oculta de esas sectas?
Antes del año 1000 no tenemos noticia de la aparición del catarismo en la Europa occidental. A fines de ese año, según testimonio de Raúl Glaber, se presenta aislado el caso de un tal Leutardo, en Chalons, cuya aversión al Antiguo Testamento, al matrimonio y a la imagen de Cristo, puede tener alguna relación con el catarismo. Lo mismo es lícito sospechar de una herejía procedente de Italia, o al menos de una mujer italiana que, según el mismo cronista, aparece en Orleáns en 1023.
¿Tenían algo que ver con los cátaros los herejes Tanquelmo, Eón de Stella, Pedro Bruys? Y si tenían algunos puntos comunes, ¿eran puramente casuales o se debían a idéntica procedencia? No es fácil la respuesta.
Se ha conjeturado —y no sin fundamento— que las herejías del movimiento cátaroalbigense son de origen enteramente medieval, sólo que sus seguidores, a fin de autorizarlas con un nombre ilustre, trataron de entroncarlas con las sectas más espiritualistas de la antigüedad y acentuaron deliberadamente el parecido. También cabe imaginar que algunos maestros de las escuelas de Francia, estudiando en las obras de los Santos Padres las doctrinas de los antiguos herejes, se hubieran contagiado de sus errores.
Lo cierto es que si en el siglo XI se dan casos esporádicos de herejía, en el siglo XII pululan en todas partes, especialmente en Francia y en el norte de Italia, de tal manera, que las autoridades civiles se alarman y apelan a procedimientos severísimos de represión.
San Bernardo recorre la Aquitania y el Languedoc, y no ve más que templos sin fieles, fieles sin sacerdotes, sacerdotes sin honor, cristianos sin Cristo. Se dirá que eso es oratoria, pero escúchese algo más tarde, en 1177, la voz de un laico, el conde Raimundo V de Toulouse, en su súplica al abad del Cister:
«La herejía ha penetrado en todas partes. Ha sembrado la discordia en todas las familias, dividiendo al marido de la mujer, al hijo del padre, a la nuera de la suegra. Las Iglesias están desiertas y se convierten en ruinas. Yo por mi parte he hecho lo posible por atajar tan grave daño, pero siento que mis fuerzas no alcanzan a tanto. Los personajes más importantes de mi tierra se han dejado corromper. La multitud sigue su ejemplo, por lo que yo no me atrevo a reprimir el mal, ni tengo, fuerzas para ello».
3. Doctrinas gnósticas o dualistas. No había uniformidad perfecta de ideas entre todos los secuaces del catarismo. Los de tendencia más moderada, particularmente los italianos de Concorezzo, no admitían sino un dualismo muy relativo. Hablaban de dos principios, pero sólo el principio bueno era eterno; el otro, el principio malo, no era un ser supremo y eterno, sino un espíritu caído, rebelde, es decir: Satanás. Tampoco la materia era propiamente eterna, porque la había creado Dios, principio del bien, al crear los cuatro elementos —tierra, agua, aire y fuego—, con los cuales el principio del mal había luego plasmado y formado el mundo. Y también los espíritus habían sido creados de la nada por Dios, principio del bien. El origen del alma humana lo explicaban así: Dios permitió a Satanás que encerrase a los espíritus caídos en los cuerpos materiales que acababa de formar del limo de la tierra; Satanás se alegró; porque de esa manera creía asegurarlos para siempre bajo su dominio, mas no previó que por la penitencia y otras pruebas se librarían de la prisión del cuerpo, retornando al paraíso perdido.
La mayoría de la secta profesaba un dualismo absoluto, con todas sus consecuencias. Así, por ejemplo, el Líber de duobus principiis, dado a conocer en 1939 por el P. Dondaine, libro, de origen cátaro que ha venido a corroborar lo que ya sabíamos por otras fuentes, enseña que hay dos principios supremos, increados, eternos, entre los cuales existe una oposición radical e irreductible: el principio del bien, del cual procede el reino del espíritu, y el principio del mal, del cual procede el reino de la materia. Éstas procedencias, ya tengan carácter de emanación, ya de creación, ambas son eternas. No existe la Trinidad en el sentido cristiano, porque el Hijo y el Espíritu Santo son emanaciones o quizá criaturas superiores, subordinadas al Padre. Dios no es omnipotente, porque su acción está limitada por el principio del mal, que se introduce en todas sus criaturas.
Del espíritu bueno proceden todos los seres espirituales y el alma humana, mientras que el cuerpo del hombre y todos los seres materiales proceden del principio malo. Por un pecado, que se explicaba en manera muy varia, buen número de los espíritus cayeron del mundo suprasensible al mundo de la materia, y fueron encarcelados en cuerpos sometidos al «principio de este mundo».
Compadecido de los espíritus cautivos, el Dios misericordioso envió a Cristo para redimirlos. Cristo, emanación suprema de Dios, tomó un cuerpo meramente aparencial en María, la cual no era mujer, sino puro ángel. Entró en ella por un oído y salió por el otro en forma humana, sin contacto alguno con la materia, que es esencialmente mala.
No podía, por lo tanto, sufrir ni morir sino en apariencia.
La redención consistió en manifestar Cristo a los hombres la grandeza originaría del elemento espiritual que en ellos se encierra, y en enseñarlos a librarse del elemento material.
Por supuesto, negaban la resurrección de la carne; admitían, en cambio, la metempsicosis, o transmigración de los espíritus de un cuerpo a otro, hasta cumplir el ciclo de sus expiaciones y remontarse al cielo. No hay otro infierno que el reino de la materia. Todo sucede fatal y necesariamente en el mundo sensible como en el suprasensible: ni en Dios ni en las criaturas se da libre albedrío.
Algunos aceptaban toda la Biblia; otros el Nuevo Testamento en su integridad, y del Antiguo sólo los libros proféticos. Generalmente abominaban de la Sinagoga y de la Ley mosaica, identificando al Dios de los judíos con Satanás.
4. La moral de los perfectos. La «endura». Como para salvarse era preciso liberar el alma del cuerpo, el espíritu de la materia, se comprende que la moral y la ascesis derivadas lógicamente de aquella teología, fuesen inhumanamente duras. En efecto, a fin de incorporar lo menos posible de materia y disminuir progresivamente la acción del cuerpo sobre el alma, practicaban ayunos prolongados de cuarenta días tres veces al año, y en las comidas se abstenían completamente de carnes, huevos y lacticinios. Unos guardaban este régimen casi exclusivamente vegetariano, por horror a la materia; otros por su creencia en la metempsicosis, pues pensaban que en los animales residían las almas de los hombres que no pertenecieron a la secta.
Tenían por el acto más material de todos, y por tanto el más aborrecible, el de la generación, aun entre esposos legítimos; de ahí su horror al matrimonio, que al propagar la vida multiplica los cuerpos en servido de los intereses satánicos. El uso del matrimonio era para ellos más gravemente pecaminoso que el adulterio, el incesto o cualquier otro acto de lujuria, porque se ordena directamente a la procreación de los hijos, lo cual es esencialmente demoniaco. Lejos de haber sido instituido por Dios, el matrimonio fue prohibido en el paraíso, cuando el Señor vedó a Adán y Eva comer la fruta del árbol central. El catarismo, pues, imponía una castidad perfecta y perpetua. No contento con destruir de este modo la familia, combatía no pocas instituciones sociales, como el juramento de oficio, la participación en cualquier proceso criminal, la pena de muerte y todas las guerras, aun las defensivas. Esta condenación del ejército y de la justicia ¿no era abrir puerta al anarquismo y a la ruina de la sociedad?
Su pesimismo radical ante la vida los conducía, con perfecta lógica, hasta el suicidio. Había quienes se hacían abrir las venas en un baño y morían suavemente; otros tomaban bebidas emponzoñadas o se daban la muerte en diversas maneras. La más usada era la endura, lento suicidio, que consistía en dejarse morir de hambre. De los casos que conocemos, algunos acabaron su vida al cabo de sólo seis días de ayuno absoluto; otros duraron siete semanas e inmediatamente eran venerados como santos y propuestos al pueblo como modelos.
Esa moral y esa ascesis que hemos descrito obligaban solamente a los perfectos, no a los simples creyentes, que eran la mayoría.
5. «Consolamentum» y otros ritos. Es preciso distinguir entre los adeptos de la secta dos clases fundamentalmente diferentes: la de los perfectos y la de los simples creyentes o simpatizantes.
Los únicos verdaderamente cátaros eran los perfectos. Constituían como un monacato o una orden religiosa dentro del pueblo fiel.
Vivían en comunidad, vestían de negro, guardaban castidad y pobreza, ayunaban, viajaban de dos en dos y llevaban por si solos la dirección de la secta. Se entraba en la categoría de los perfectos mediante el consolamentum, especie de bautismo espiritual, o de profesión religiosa, o más bien, rito mágico, que perdonaba todos los pecados, aun sin arrepentimiento verdadero; libraba de la materia y se requería indispensablemente para la salvación del alma. Recibíanlo después de una preparación de tres días de ayuno. Consistía el rito en que los ministros de la secta imponían las manos sobre la cabeza del nuevo profeso, el cual prometía cumplir los preceptos morales, arriba enumerados, de castidad y abstinencia de carnes durante su vida. Lo mismo acontecía con las mujeres, las cuales vivían igualmente en común, separadas de los hombres.
Si después de recibir el consolamentum, que le purificaban plenamente, alguno de los perfectos o perfectas cometía un pecado, recaía bajo el poder del mal hasta tanto que recibiese reconsolatio animae o reiteración del consolamentum, que solamente en casos excepcionales y tras difíciles pruebas se concedía. Por eso, lo que hacían algunos inmediatamente de santificarse con el consolamentum era someterse a la endura para morir en seguida con la certeza de su salvación. Esta certeza, sin embargo, nunca era absoluta, porque la eficacia del rito, según ellos, dependía de la santidad del ministro, de lo cual nadie podía estar completamente cierto.
Los perfectos, a quienes el pueblo llamaba «boni homines , tenían el derecho exclusivo de rezar el Pater noster, no siendo propio de los creyentes sino el encomendarse a sus oraciones; aquellos eran también los que hacían en torno a una mesa la bendición del pan, que, repartido a los creyentes, era comido con respeto y en parte guardado piadosamente, como cosa santa.
Ya hemos indicado que la inmensa mayoría de los que seguían la secta permanecían en el estado vulgar de creyentes, los cuales podían contraer matrimonio y tener hijos, y aunque se dejasen arrastrar a graves desórdenes sexuales, estaban seguros de la indulgencia de los perfectos; comían carnes de animales, poseían bienes propios, no dudaban en ir a la guerra, en participar en los procesos, etc., y exteriormente se confundían con los católicos en la vida ordinaria y en las funciones de los templos, de tal suerte que a veces era difícil discernirlos. Comprometíanse a venerar, dar hospitalidad y socorrer a los perfectos.
Congregábanse en cualquier lugar seguro, sin cruces, ni imágenes sagradas, ni ornamento alguno para sus ceremonias religiosas, las cuales consistían en una lectura del Nuevo Testamento, homilía o discurso de uno de los perfectos; y una vez al mes tenían el apparelhamentum, o sea confesión genérica de los pecados, seguida de la bendición impartida a la asamblea por los perfectos.
Siempre que algún creyente comparecía ante un perfecto, hacía la adoratio o genuflexión, e inclinado ante él, le pedía la bendición y se encomendaba a sus oradores, para que Dios le concediese morir dentro de la secta. Esta adoración, llamada a veces melioramentum, se suele describir como un rito preliminar del consolamentum.
Se ha demostrado que las ceremonias religiosas de los cátaros eran un remedo de la liturgia católica.
Todos, por lo general, hacían delante de los perfectos promesa de recibir el consolamentum en la hora de la muerte. Esta expresa manifestación de su voluntad se decía convenentia y la ratificaban frecuentemente en sus reuniones. El que moría sin pasar de creyente se condenaba como cualquier infiel.
Despreciaban los sacramentos de la Iglesia católica y negaban especialmente la presencia real de Cristo en la Eucaristía.
6. Organización y difusión. Dentro de la clase de los perfectos había una especie de jerarquía, consistente en obispos o diáconos. No existía un jefe supremo, como a veces se ha dicho, sino que la secta era una federación de iglesias. En Francia se contaban cuatro: las del país de Languedoc, de Toulouse, de Albi y de Carcassonne, según la enumeración que hace Rainerio Sacconi, el cual no nombra la Iglesia de Razés, quizá porque en su tiempo no se había organizado todavía.
En Italia, según el mismo autor, eran seis: la de Alba o Desenzano, junto al lago de Garda; la de Balolo, de Concorezzo, de Vicenza, de Florencia y del Valle de Espoleto. Y otras seis en Oriente: la latina y la griega de Constantinopla, la de Eslavonia, la de Filadelfia, la de Bulgaria y la de Drugucia o Traghu, en Dalmacia.
Al frente de cada una de estas iglesias o diócesis había un obispo. Siempre que el obispo se hallaba presente era él quien presidía las asambleas. Como ayudantes y sustitutos, tenía a su lado dos vicarios (filius maior y filius minor). Por debajo de ellos estaban los diáconos, que eran los prepósitos de cada feligresía o comunidad. Estos diáconos viajaban sin cesar por los pueblos de su región, predicando y enseñando la auténtica doctrina de la secta a los creyentes y a los perfectos; podían conferir el consolamentum y presidir otras reuniones litúrgicas.
Todos los perfectos tenían obligación de hacer lo posible por ganar adeptos, y pecaba gravemente el que, tratando con un individuo extraño a la secta, no intentase convertirlo. Así se explica su enorme proselitismo. De mil maneras hacían la propaganda: frecuentemente ejercían la profesión de médicos para introducirse más fácilmente en las familias y para obligar al enfermo, si era creyente, a recibir el consolamentum; también mantenían talleres y oficinas, especialmente de tejidos, para influir como patronos sobre los aprendices. De ahí que el nombre de tisserand (tejedor) en Francia fuese sinónimo de hereje.
No poseemos datos concretos y seguros para trazar una estadística de su difusión en los diversos países. Se afirma que el número de perfectos esparcido por Europa serían unos 14.000, una insignificante minoría si se los compara con el de creyentes. La región más poblada de cátaros era sin duda el mediodía de Francia. De su fuerte densidad herética se puede juzgar por los contingentes de tropas que levantaron contra los cruzados de Simón de Montfort. Guillermo de Tudela, el autor de la Chanson de la Croissade, asegura que los alzados en armas contra los católicos pasaban de 200.000, cifra indudablemente exagerada. Reducida a la cuarta parte, todavía nos da fundamento para suponer que la herejía había echado largas y profundas raíces en una región que espontáneamente lanzaba al combate 50.000 hombres.
7. La Cruzada contra los albigenses. Ya el papa Alejandro III (1159-1181), comprendiendo la gravedad del peligro, envió en 1178 una misión, presidida por el cardenal de San Crisógono, a los Estados del conde de Toulouse, que, no obstante el favor oficial, obtuvo escasos resultados. En el concilio III de Letrán, que se celebró en 1179, juzgó que debía proceder con mayor energía, y después de anatematizar a todos los herejes y a los que les ayudaban, concedió la indulgencia de Cruzada a los que tomasen las armas para combatirlos.
Como los más fanáticos eran los de las comarcas de Albi y de Toulouse, que incendiaban iglesias, pisoteaban hostias consagradas y cometían otras mil tropelías contra los católicos, hacia allí se dirigió en 1181 el legado pontificio, Enrique de Albano, antiguo abad de Claraval, al frente de un ejército de cruzados. Aquellos herejes se hallaban bajo la protección de Roger II, vizconde de Béziers y Carcassonne, pero éste fue vencido y hubo de someterse. Algunos de los «boni homines» hicieron abjuración de su error; otros muchos cayeron bajo la espada de los jefes militares. El mismo arzobispo de Narbona, Pons de Arsac, fue depuesto con el fin de dar mayor cohesión y eficacia al episcopado. Efímera fue la represión, porque no bien se retiraron las tropas cruzadas, levantaron cabeza los herejes a pesar de la excomunión y severas medidas que lanzó contra ellos el papa Lucio III en Verona (1184).
Inocencio III, con la energía y decisión que le eran propias, tomó en serio el negocio de los albigenses.
Tras varias tentativas y misiones pacíficas de los legados pontificios y de los dos españoles, Diego, obispo de Osma, y Santo Domingo de Guzmán, hubo que apelar a la fuerza. Uno de los legados, Pedro de Castelnau, cayó asesinado en enero de 1208. Sospechoso de complicidad, el conde Raimundo VI de Toulouse, muy distinto de su padre Raimundo V respecto de los herejes, fue excomulgado.
Inocencio III, que en 1204, en 1205 y en 1207 había pedido el auxilio militar del rey de Francia, viendo que éste lo difería y ponía condiciones inaceptables, se dirigió a los arzobispos, obispos, condes, barones y demás señores feudales de aquel país, los cuales aprestaron copiosas tropas y emprendieron la Cruzada deseada por el papa. Si es verdad que los soldados cometieron reprobables violencias, exageradas en número y en refinamiento de crueldad por la fantasía del cronista Cesáreo de Heisterbach, también es cierto que Inocencio III hizo lo posible por moderar la furia de aquellos cruzados y por qué a nadie se condenase sin examen.
8. Batalla de Muret, el 12 de septiembre de 1213. Las tierras conquistadas al conde de Toulouse pasan al dominio de Simón de Montfort, caudillo de los cruzados. No por eso queda el incendio extinguido. El mismo Simón sucumbe con las armas en la mano (1218). Al morir Raimundo VI de Toulouse en 1222 sus antiguos dominios son devueltos a su hijo, Raimundo VII, con lo que vuelven a levantar cabeza los albigenses, precisamente en el momento en que muere Felipe Augusto, decidido por fin a recoger el fruto político de la Cruzada. Fue su hijo Luis VIII (1223-1226) quien declaró la guerra a los herejes, poniéndose al frente de las tropas de Amaury, hijo de Simón de Montfort.
La victoria final se consiguió durante la minoría de Luis IX el Santo, gracias a la habilidad diplomática de Blanca de Castilla, quien de acuerdo con Gregorio IX ajustó en Meaux-París (abril de 1229) un convenio con Raimundo VII, en virtud del cual el joven conde de Toulouse prometía extirpar totalmente la herejía, ordenando la inquisición de los herejes; prometía además emprender una cruzada de cinco años contra los sarracenos, fundar cátedras de teología en Toulouse y entregar al rey francés el bajo Languedoc, con las senescalías de Carcassonne y de Beaucaire. La monarquía de Francia salía con eso más unitariamente robustecida.
Quebrantada la fuerza de los que apoyaban a los albigenses, éstos estaban llamados a desaparecer, sobre todo desde que se organizó de una manera sistemática la Inquisición, como veremos en seguida al tratar expresamente de ella.
Al finalizar el siglo XIII no se habla ya de los albigenses.
9. Los albigenses en España. Pedro II de Aragón, aunque murió en la batalla de Muret, peleando por su cuñado, el conde de Toulouse, protector de los albigenses, odiaba de todo corazón a la herejía en cualquier forma que se presentase y dictó severísimas leyes contra las sectas heréticas. Su hijo Taime I quedó al principio bajo la tutela de Simón de Montfort, pero por mandato de Inocencio III fue inmediatamente entregado a los catalanes. Apenas alcanzó la mayoría de edad, se apartó de la alianza con el conde tolosano. En sus Constituciones de 1225 y 1228 se declara enemigo de todos los herejes, y en las de 1233 da leyes concretas contra ellos y organiza la Inquisición.
Pensamos, sin embargo, que estos herejes perseguidos en Cataluña y Aragón no eran tanto los albigenses, casi desconocidos en la Península, cuanto los valdenses, contra los cuales se celebró en 1242 el concilio de Tarragona. Decimos que los albigenses eran casi desconocidos en la Península, y creemos que esto puede sostenerse aun después de leer el tratado de Lucas de Túy, De altera vita fideique controversiis adversus Albigensum errores, tratado histórico-apologético descubierto y dado a conocer por el P. Mariana, en el cual refiere nuestro viejo cronista que la herejía de los cátaros había logrado penetrar hasta en la ciudad de León por los años de 1216. Con sus cuentos y patrañas, no menos que con sus errores, blasfemias y sacrilegios, traían a la plebe inquieta y desasosegada, y aunque el obispo, don Rodrigo, expulsó de la ciudad a los cabecillas de la secta, ésta volvió a pulular a la muerte de aquel prelado, ocurrida en 1232.
Fue, según parece, el mismo Lucas de Túy el que con más ardiente celo se levantó contra las falsedades de aquellos herejes. Ignoramos cuántos adeptos consiguió la herejía. Sólo sabemos que el que la importó de allende los Pirineos era un francés que se llamaba Arnaldo y copiaba libros de Santos Padres, mezclando con el texto original sentencias heréticas.
De su doctrina se nos dice que era maniquea: «Con apariencia de filosofía quieren pervertir las Sagradas Escrituras; gustan de ser llamados filósofos naturales, y atribuyen a la naturaleza las maravillas que Dios obra cada día… Niegan la divina Providencia en cuanto a la creación y conservación de las especies… Su fin es introducir el maniqueísmo, y enseñan que el principio del mal creó todas las cosas visibles… Algunos de estos sectarios toman el disfraz de presbíteros seculares, frailes o monjes, y en secreto engañan y pervierten a muchos… Públicamente blasfeman de la virginidad de María Santísima, tan venerada en España… En las fiestas y diversiones populares se disfrazan con hábitos eclesiásticos, aplicándolos a usos torpísimos… Hacen mimos, cantilenas y satíricos juegos, en los cuales parodian y entregan a la burla e irrisión del pueblo los cantos y oficios eclesiásticos».
Si en varios de estos rasgos se pueden reconocer los albigenses, en cambio presentan otros que no parecen tan compatibles con aquella herejía. Así, por ejemplo, se nos dice que, aunque eran iconoclastas, veneraban la cruz con tres clavos y tres brazos, a la manera de Oriente; que ponían en duda la eficacia de la intercesión de los santos; que el fuego del infierno no es material ni corpóreo, por más que se halle en la parte superior del aire, en la esfera del fuego, y que sus penas son temporales, no eternas; que las almas de los que mueren no van al cielo ni al infierno antes del día del juicio, etc.
¿Extendiéronse aquellos herejes de León a otras ciudades? No lo sabemos. De todos modos es muy difícil que sobrevivieran a San Fernando (1217-1252), quien, al decir de Mariana, «de los herejes era tan enemigo, que, no contento con hacerlos castigar a sus ministros, él mismo con su propia mano les arrimaba la leña y les pegaba fuego». A lo que añade Menéndez y Pelayo: «En los fueros que aquel santo monarca dio a Córdoba, a Sevilla y a Carmona, impónense a los herejes penas de muerte y confiscación de bienes. No hubo en Castilla Inquisición, y quizá por esto mismo fue la penalidad más dura. Los Anales Toledanos refieren que en 1233 San Fernando “enforcó muchos homes e coció muchos en calderas».
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
Decimoquinta entrega: La lucha de la Iglesia contra el error y la herejía
