DÍA DE MUERTOS: VERDADERAS PRÁCTICAS CATÓLICAS

NADA DE SUPERSTICIONES

Hemos celebrado el día de los Fieles Difuntos; hemos observado, una vez más, la justicia, el amor y la misericordia de Nuestro Señor para con las almas que tanto ama y que desea poseer eternamente.

Hermoso día el de la conmemoración de las almas que permanecieron fieles y que esperan de nuestros auxilios para culminar con su crisol.

Lamentablemente conocemos como suelen mezclarse en algunos lugares las creencias católicas con las creencias de culturas precristianas; y este día, que tan perfectamente ha puesto la Iglesia para ayudar a las Benditas Ánimas que penan en el Purgatorio, se desvirtúa con estos rituales que la gente cree que es algo beneficioso; y hasta supersticiosamente lo hacen para el “bien” de las almas de sus familiares o amigos.

De este modo se desvirtúa la idea de los Novísimos: muerte, juicio, mansiones de ultratumba y resurrección.

No debemos ser parte de todo éso.

Muchos acotarán que sólo es una costumbre, que no hay realmente una intención de contradecir la fe cristiana colaborando o festejando este tipo de rituales y que se tiene conocimiento que sólo es una tradición cultural en donde lo religioso que allí puede existir sólo es algo alegórico.

Pero esto no es así, y el buen hijo de Dios, sabe que sólo debe apegarse a lo que la Santa Religión enseña.

Por tanto, no hay que participar de este tipo de festejos, de rituales, de supersticiones, en donde lejos estamos de agradar a Nuestro Señor.

Por el contario, debemos ayudar a las Benditas Almas del Purgatorio.

Si queremos que estos días sean de provecho para nuestra alma, aferrémonos a las obras que podemos realizar para aliviar a estas Benditas Almas que ya no pueden merecer por sí mismas, que necesitan de nuestros sufragios para salir de sus penas y sufrimientos.

Entre las prácticas tradicionales de nuestra santa religión tenemos el ofrecer la Santa Misa por ellas, rezar el Santo Rosario, visitar el cementerio, hacer el Via Crucis, ganar las indulgencias y ofrecerlas a modo de sufragio, hacer sacrificios y penitencias.

En esto debe quedar nuestro accionar, recordando que algún día hemos de morir y, si lo hacemos en gracia de Dios pero nos ha quedado pena para expiar, nosotros necesitaremos de quienes lo hagan por nosotros.

Amando a estas Almas y, pensando en que puedan volver pronto con su Criador, tratemos de aplacar su sufrimiento con obras que realmente les sean de beneficio.

Recordemos que el hombre al morir es juzgado y tiene un destino eterno; no andan las almas yendo y viniendo cada año a interesarse de las cosas temporales; ya lo temporal no importa, las almas están en otro plano.

Quedémonos con las palabras de San Alfonso María de Ligorio:

“Donde caiga, en la hora de la muerte, el árbol de tu alma, allí quedará para siempre. No hay, pues, término medio: o reinar eternamente en la gloria, o gemir esclavo en el infierno.”

EL VERDADERO CULTO DE LOS DIFUNTOS

La Iglesia católica procede con los cristianos como solícita y cariñosa madre. En vida, tiene para todos ellos el Bautismo y toda la rica serie de Sacramentos y Sacramentales. Pero no quiere que, después de muertos, le falte a ninguno los merecidos honores y consuelos. Podrán olvidarlos y abandonarlos sus deudos, pero ella jamás.

De su memoria ha hecho un culto; y un culto para aliviar sus Almas, mientras estén en el Purgatorio, y para consolar y aleccionar a los sobrevivientes.

ANTIGÜEDAD DE ESTE CULTO

El culto de los Difuntos ha existido en todos los países, en todas las religiones y en todos los tiempos. La Iglesia Católica lo depuró de los resabios paganos y supersticiosos, y lo marcó con el sello divino de la verdadera religión.

No desdeñó ella los cuerpos de los muertos a los que, por el contrario, les prodigó honores y agasajos; pero se preocupó principalmente de sus almas.

No escatimó el consuelo a los sobrevivientes; pero se empeñó ante todo en aliviar a los difuntos.

Encareció, sí, con soberana elocuencia, la fugacidad y mudanza del tiempo; pero lo que hizo resaltar por encima de todo fueron los gajes de la eternidad.

Para que este culto fúnebre tuviese, antes que nada, un carácter y un valor de sufragio, era necesario rodearlo de ritos y ceremonias, de oraciones y de cantos sagrados, que formasen un conjunto litúrgico igualmente aprovechable para los vivos y para los difuntos.

Es lo que la Iglesia Romana ensayó desde las Catacumbas. En todas partes enterraban los católicos a los hermanos difuntos, aun a los no mártires, al son de himnos y salmos y entre el suave murmullo de las plegarias, ofrecían por ellos el Santo Sacrificio, y los inscribían en los dypticos para recordarles con frecuencia en sus reuniones religiosas.

Es que la Iglesia no podía resignarse a desprenderse de sus hijos, sin darles antes una última muestra de cariño y de interés sumo, y sin dedicarles un homenaje póstumo.

Otras madres —la madre patria, por ejemplo—, sólo rinden tributo después de la muerte a los hijos privilegiados, a unos cuantos héroes, mientras a los demás los deja hundirse silenciosamente en el abismo del sepulcro. La Madre Iglesia, en cambio, a cada cristiano, aun al más oscuro, le distingue con honras fúnebres.

Según las Constituciones Apostólicas, los días señalados para el culto especial de los difuntos eran el 3º, el 9º y el 40º, más el aniversario, costumbre que sigue la iglesia griega.

Un sacerdote griego del siglo VI, llamado Eustrato, da las siguientes razones: “Porque el pueblo de Israel llevó luto por Moisés durante 40 días; porque Jesucristo resucitó al 3er día, y porque se apareció a los Apóstoles después de los ocho días y subió al Cielo a los cuarenta, la Iglesia determinó que los días 3º, 9º y 40º fueran consagrados a la memoria de cada difunto, solemnizándolos por medio de la ofrenda de sus oraciones y del Santo Sacrificio de la Misa”.

El Sacramentario Gregoriano y el Misal Romano han sustituido el día 40º por el 30º; acaso por la práctica del treintenario gregoriano. El día 9º, cuya institución acaso responda al novenario pagano, fue suprimido por eso mismo, reemplazándolo por el día 7º, en razón, seguramente, al descanso hebdomadario del séptimo día.

LITURGIA DE LOS DIFUNTOS

Pero, a la vez que como madre amorosa, se comporta en este trance la Iglesia como reina, y reina espléndida. La esplendidez ha llegado hasta a erigir para honra y solaz de todos y de cada uno de los difuntos, un monumento religioso, de los más bellos y armoniosos que se registran en los libros litúrgicos.

Consta de diferentes Misas y de un Oficio, además del Memento diario en todas las Misas, de una fiesta general en sufragio suyo, el 2 de noviembre, y de frecuentes alusiones y recuerdos caritativos en los divinos misterios.

Las Misas

Las Misas por los difuntos actualmente son tres: la de las exequias, la del día aniversario y la cotidiana, las cuales, con algunas piezas propias, sirven para la conmemoración general del 2 de noviembre y para cualquiera otra circunstancia.

Las completa una serie de 17 Oraciones, todas ellas preciosas, y un Prefacio común, de introducción moderna, pero de factura antigua.

Se omiten el Gloria, el Credo, la bendición final y otros cuantos detalles, sin los cuales el acto resulta menos solemne, sí, pero de mayor severidad.

Los textos han sido casi todos sacados de los diversos sacramentarios antiguos. La maravillosa secuencia Dies iræ, se encuentra en un manuscrito del siglo XII.

Antes del siglo IV, existían ya algunos ritos especiales expresamente en sufragio de los difuntos, pero eran todavía muy rudimentarios; se celebraba la Misa a su intención, pero todavía no había una Misa propia para ellos. Las preces más usuales eran a la sazón los salmos.

La Misa actual es de aquellos tiempos, seguramente, pero no debió empezarse a usar como tal hasta el siglo V.

El Oficio

El Oficio es uno de los más antiguos y más bellos de la liturgia romana, y diríase hermano del de Tinieblas de la Semana Santa. Consta de vigilias, maitines y laudes.

Es difícil hallar en ningún otro oficio de la Iglesia mayor inspiración y majestad y a la vez tanta verdad y sencillez. Es que la Iglesia, depositaría de las promesas y consuelos de la inmortalidad, los proclama más especialmente a la vista del sepulcro. Si se oyen suspiros y gemidos y se oyen notas fúnebres y de gravedad que conmueven, también dulcifica esos lloros los cantos de alegría. Llora, es verdad, pero calma su tristeza con la esperanza de la gloria. Si en los lamentos de los padres, de los hijos y seres queridos se deja sentir la debilidad de la naturaleza, en el canto de la Iglesia se manifiesta el poder, la calma y serenidad que produce la fe, en medio de los más tristes sucesos.

El Memento diario

El Memento que de los difuntos se hace todos los días en todas las Misas que reemplazan a los antiguos dypticos, dice así:

“Acordaos también, Señor, de vuestros siervos y siervas N. y N., que nos han precedido con la señal de la fe y duermen el sueño de la paz. A ellos y a todos los que descansan en Jesucristo, os rogamos, Señor, que les concedáis el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz”.

Este Memento empezó a ser separado del Memento de los vivos en el siglo IV, Unas iglesias lo colocaron entonces en el Cano, otras en el Ofertorio. San Gregorio Magno le asignó, en el siglo VI, el lugar que ahora ocupa.

El Prefacio

En verdad es digno y justo, equitativo y saludable el darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor santísimo. Padre todopoderoso. Dios eterno, por Jesucristo Nuestro Señor. En Él brilló para nosotros la esperanza de la Resurrección dichosa; para que al contristarnos la cierta condición de que hemos de morir, ríos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Pues para tus fieles, Señor, la vida se muda, no fenece, y deshecha la casa de esta terrena morada, se adquiere la eterna habitación en los cielos. Y, por tanto, nos unimos con los Ángeles y Arcángeles, con los Tronos y la Dominaciones, y con todo el ejército de la milicia celestial cantando el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: Santo, Santo, Santo…

La conmemoración del 2 de noviembre

La conmemoración general del día 2 de noviembre la estableció San Odilón († en 1409), abad de Cluny, en los monasterios dependientes de su Congregación, de donde luego pasó a la Iglesia universal. La Sede Romana le ha dado mucha importancia estableciendo en ella un Oficio único, que es el de difuntos, completado con las Horas y enriquecido con lecciones de San Pablo y San Agustín, y extendiendo a todas las iglesias el privilegio de las tres misas y del jubileo toties quoties.

Ya se entiende que esta conmemoración anual de los difuntos no surgió de repente. Se venía preparando desde el siglo VII. Ya San Isidoro de Sevilla († 636) estableció que el lunes de Pentecostés se “ofreciera el Santo Sacrificio por todos los difuntos”. Igual costumbre existía en otros países, sobre todo en los cabildos y monasterios. San Odilón recogió toda esta tradición y la concretó en una conmemoración general, que es la actual.

Otros sufragios

Aparte de esto, las rúbricas prescriben el rezo coral del Oficio de difuntos todos los lunes libres de Adviento y de Cuaresma y el primer día, también libre, de cada mes, fuera del tiempo pascual; y además, una memoria, perpetua, al final de cada Hora canónica, recitando la jaculatoria: Fidelium animæ per misericordiam Dei requiescant in pace.

¿Podía tomarse mayor interés la Iglesia militante por la Iglesia purgante, y unir con más tiernos lazos de amor a sus fieles vivos con los fieles difuntos? ¿Podía mostrarse más espléndida en el reparto de sus espirituales tesoros?

EXEQUIAS DE LOS PÁRVULOS

Llama párvulos la Iglesia a aquellos niños bautizados que no han alcanzado el uso de la razón. Para sepultarlos observa la liturgia un rito especial. Manda que se les amortaje conforme a su edad y que se les rodee de flores y de plantas olorosas, para honrar su virginidad. Para las exequias se emplean ornamentos blancos y no se usa, después de los salmos, ni en ningún otro momento, el estribillo lúgubre: Requiem æternam. Por ellos no se celebran Misas de difuntos, pues sus almas están en el Cielo, sino Misas de gloria, Misas de Ángeles, para alabar y bendecir a Dios por ese nuevo bienaventurado.

Por lo mismo, los salmos y oraciones de las exequias de los párvulos son de triunfo y de júbilo; por más que a los deudos la separación del inocente justamente los entristezca y aflija.

En estos casos, los padres deben resignarse y consolarse pensando que sus hijos inocentes reinan ya, como Bienaventurados en el Cielo, desde donde pueden ellos ayudarles con su intercesión.