Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Sermones-Ceriani

LA CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Ayer hemos considerado y meditado sobre el problema de la vida, y nos hemos preguntado cómo hay que vivir.

Esto no basta: hay que preguntarse también de qué manera hay que morir.

Los necios, decía Pascal, no pudiendo suprimir la muerte, no piensan en ella.

El cristiano, no sólo piensa en la muerte, sino que se prepara a ella y no se contrista.

Vendrá, pues, para todos nosotros la hora de la partida de este mundo. No sabemos cómo, ni cuándo, ni dónde moriremos. Pero de una cosa estamos ciertos, tenemos que morir.

Pocos días, pocas horas, pocos instantes; después, todo habrá terminado para nosotros sobre esta tierra.

Sólo nos confortará el pensamiento de haber vivido en gracia, de haber divinizado nuestra vida, de haber hecho sobrenaturalmente el bien y cumplido nuestro deber.

Entonces sólo nos tranquilizará la única verdad consoladora: la unión con Dios, mediante la gracia que nos conquistó Jesucristo con sus méritos.

Después de la muerte tendrá lugar el primer encuentro con Jesús… Un instante: y el Juicio Particular se efectuará. La sentencia será pronunciada. Será la palabra justa y definitiva que sellará para siempre nuestra suerte.

Nosotros mismos, durante nuestra vida, escribimos esa sentencia.

Mientras tanto, nuestro cadáver será acondicionado en la casa mortuoria. En nuestras manos rígidas nos pondrán un crucifijo. Vendrán después parientes y amigos. Quizás alguien salude nuestros despojos con una oración y una lágrima, y ojalá sea una lágrima de gratitud por el bien que hayamos hecho.

Luego, un ataúd, el acompañamiento, el funeral.

El mundo, por supuesto, continuará su marcha… Los muertos son enterrados y los vivientes pronto se consuelan. Pocos días, pocas semanas, y los recuerdos se debilitan, empiezan a desaparecer y se pierden por completo.

+++

La fe nos- enseña que no todo termina con la muerte, sino que entonces empieza la vida. Nuestra alma es inmortal; la razón está de acuerdo con esta doctrina del cristianismo.

Creados por Dios, marchamos hacia Dios. Durante la vida mortal, es necesario decidirse: ¿queremos estar unidos a Dios por medio de la Gracia y con toda el alma? ¿O queremos estar separados de Dios por el pecado mortal?

En el primer caso, tendremos en la otra vida el Paraíso; en el segundo, el Infierno.

En ambos casos, el premio y la pena serán eternos.

El Purgatorio, como sabemos, no es más que un lugar de tránsito.

El que muere en pecado mortal, opone a un amor infinito una ingratitud infinita. Si los sofistas, en vez de discurrir acerca de la posibilidad del infierno, meditasen estas dos cosas: la infinidad, por un lado del Amor divino, y por otro, la infinidad de la ingratitud humana, sentirían morir sobre sus labios las objeciones.

Por lo tanto, la otra vida ya no ofrece la posibilidad de la enmienda del pecado o de la adquisición de nuevos méritos. La unión o la separación de Dios será definitiva.

+++

Sin detenernos en la existencia del Purgatorio, en los sufragios por los muertos de Judas Macabeo, en la enseñanza de San Pablo en la carta a los Corintios, sin hacer hincapié en las invocaciones de las Catacumbas, en San Agustín que aplica el Santo Sacrificio por su madre difunta, en San Ambrosio que ora después de la muerte del emperador Teodosio y en toda la Tradición Eclesiástica, desde la noche en que el ermitaño de Cluny indujo a su Abad a una conmemoración anual de los difuntos, hasta el conocido decreto de Benedicto XV sobre las tres Misas en el día de los Difuntos, sin examinar todos estos aspectos de la cuestión, haremos algunas consideraciones acerca de las Almas del Purgatorio.

En primer lugar, es necesario distinguir en el pecado entre la culpa y la pena.

La Culpa puede ser mortal o venial, según nos quite o no la gracia santificante, que es la vida del alma.

La Pena, que nos da Dios por nuestras culpas, puede ser eterna (cuando el pecado es mortal) o bien temporal (cuando el pecado es venial).

Cuando nosotros nos confesamos, después de haber caído en una culpa grave, y lo hacemos con las debidas disposiciones del alma, obtenemos el perdón de la culpa y de la pena eterna; pero, casi siempre queda por satisfacer una pena temporal en reparación del mal hecho.

Por esto el confesor nos impone la satisfacción o penitencia, al absolvernos; por esto también ofrecemos en expiación el bien que hacemos; por esto tratamos de ganar Indulgencias.

Puestas estas premisas, resulta evidente que, si uno muere en pecado mortal, tiene que cumplir una pena eterna y va al Infierno.

Si muere después de haber expiado sus culpas, mortales y veniales, y después de haber satisfecho todas las penas debidas por sus faltas, tiene el Paraíso.

Si, en cambio, muere teniendo sobre la conciencia solamente pecados veniales, o debiendo todavía descontar una pena temporal por culpas graves perdonadas o por culpas leves, no puede ser condenado al Infierno, ni puede entrar en el Paraíso; tiene que pasar por el lugar de la purificación, que precisamente se llama Purgatorio.

Son dos los tormentos de las almas del Purgatorio. Sufren:

a) La Pena de Daño, ya que permanecen separadas de Dios. Sin embargo, esta separación no debe ser confundida con la de los condenados, porque las almas del Purgatorio poseen la gracia, están unidas a Dios por el afecto y un vivísimo deseo, aunque estén afligidas por no poder lanzarse en brazos de su Señor, a quien no verán sino después de una completa expiación.

Por lo tanto, no están desesperadas; sino que sufren con resignación y esperanza.

b) La Pena de Sentido, ya que es justo que, habiendo participado los sentidos en la culpa, el alma sea castigada también de esta manera.

Puesto que en la otra vida ya no se puede adquirir mérito alguno, las Benditas Almas del Purgatorio no pueden obtener la liberación con sus propios esfuerzos.

Pero estando nosotros unidos a ellas mediante la gracia de Jesucristo, que nos une a todos en una familia y en un solo organismo, podemos sufragar por ellas, no aplicándoles nuestros méritos, que son siempre personales, sino las satisfacciones necesarias.

Mediante las plegarias, las mortificaciones, las obras buenas, y la aplicación de las indulgencias y especialmente del Sacrificio de la Misa, rompemos las cadenas de estas Almas prisioneras y les damos alas para volar hacia el Dios suspirado.

Esta es la doctrina de la Iglesia, que, buena Madre como siempre, nos invita en la recitación del De Profundis, a pensar en el abismo, desde el cual las Almas, nuestras hermanas, suspiran por Dios, y con el Requiem, nos hace orar así: «Concédeles, Señor, el descanso eterno; y la luz perpetua brille para ellas».

+++

Descendamos en espíritu a la oscura prisión en que están detenidas las Almas del Purgatorio hasta la entera y perfecta expiación de sus pecados.

Adoremos la justicia infinita de Dios, que no transige con ninguna falta, por ligera que sea.

Adoremos la incomprensible pureza de Dios, que no puede admitir en su corte nada que no sea enteramente puro.

Adoremos la inefable santidad de Dios, que no se puede aliar con ninguna mancha.

A la vista del Purgatorio digamos lo que a la vista del Cielo hemos dicho ayer: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos.

+++

Una vez cumplido con este deber, consideremos que debemos socorrer a las Almas del Purgatorio por Dios mismo; por el prójimo, esas Almas Benditas; y por nosotros mismos.

En primer lugar, debemos socorrer a las Almas del Purgatorio por amor a Dios.

En efecto, ¿qué son las Almas del Purgatorio con relación a Dios?

Son sus elegidas, sus hijas queridas, las herederas de su gloria, llamadas a bendecirle eternamente en el Cielo; sus esposas, a quienes ama tiernamente.

Su corazón gozaría al introducirlas en su Paraíso para inundarlas con un torrente de delicias; pero su justicia y su santidad exigen que toda la satisfacción debida por estas Almas sea pagada hasta la más mínima parte.

Si cualquier cristiano de esta tierra pagara la deuda de una de estas Almas, Dios recibiría con gusto a esta alma en su seno, y un Bienaventurado más cantaría sus alabanzas en el Paraíso.

Siendo así las cosas, ¿podemos decir que amamos a Dios si, teniendo a nuestra disposición diversos medios para unirle las Almas que Él ama y desea, las dejáramos separadas de Él, sin buscar cómo ponerlas en posesión del Paraíso?

¿Podemos decir que amamos el honor y la gloria de Dios, si pudiendo hacer entrar nuevos adoradores al Cielo y aumentar el número de los que alaban a Dios y de los corazones que le aman, no nos tomásemos ningún trabajo para conseguirlo?

Si amamos a Dios, su justicia infinita, su incomprensible pureza, su inefable santidad, socorramos a las Benditas Almas del Purgatorio para que purguen sus pecados y puedan ir junto a Dios.

+++

También debemos socorrer a las Almas del Purgatorio por su propio interés.

Porque son Almas que sufren la privación de Dios.

Suspirando con ardor indecible por unirse al soberano Bien, se lanzan hacia Él como la flecha se lanza hacia el término…, y siempre son rechazadas.

Ellas sufren, además, penas cuya naturaleza nos es desconocida, de las que la menor, al decir de los Santos, es incomparablemente superior a las más grandes que se pueden sufrir aquí abajo.

¿Tendríamos caridad si, pudiendo procurar a estas Almas el bien tan grande por el cual suspiran, no se lo procurásemos; si, pudiendo libertarlas de los males terribles que sufren, no las libertásemos?

Son almas infortunadas que, gimiendo bajo el peso del dolor, no pueden hacer oír su voz para pedir socorro…

Y, ¿a quién llamarán? ¿A Dios? Pero la justicia divina está ahí y responde: Es preciso pagar la deuda; es preciso purificar el alma.

¿Nos llamarán a nosotros? Pero…, no las oímos…

Su único recurso es acudir hoy a la voz de la Iglesia, para decirnos con palabras de Job: Tened piedad de mí, al menos vosotros, que sois mis amigos, porque la mano del Señor me ha herido.

Evidentemente no tendríamos caridad si esta voz no nos conmoviese.

Son almas dignas de que nos interesemos por Ellas, porque están llamadas a reinar en la gloria.

¿No sería una indignidad dejar padecer a Almas tan honorables, sin tratar de socorrerlas?

Tal vez se trate del alma de un padre o una madre, de un hermano o una hermana, en fin, de una persona querida; pero en todo caso son cristianos; es decir, hermanos nuestros en Jesucristo, miembros de un mismo cuerpo, herederos de un mismo reino, nuestros compañeros en la eternidad, Almas a quienes el Señor nos ha ordenado amar como a nosotros mismos, o amarlas más bien como Jesucristo nos ha amado.

Juzguemos según esto dónde está nuestra caridad, si no las socorremos.

Recordemos las palabras de Job, que la Iglesia pone hoy en labios de las Almas del Purgatorio: Tened piedad de mí, vosotros al menos que sois mis amigos, porque la mano del Señor me ha herido.

+++

Finalmente, debemos socorrer a las Almas del Purgatorio por nuestro propio interés.

Porque estas buenas Almas que habremos ayudado a salir de su prisión y a entrar en el Cielo, serán nuestros protectores delante de Dios, y ahí rogarán sin cesar por nosotros.

Es más, Jesucristo mismo será nuestro abogado, porque en cierto modo estaba preso en la persona de uno de sus miembros, y lo hemos libertado; tenía sed, y le hemos dado de beber de la fuente de vida; estaba desnudo, y le hemos revestido de una gloria eterna.

Si las obras de misericordia que hacemos aquí abajo conmueven su corazón y nos valen una recompensa eterna, ¿qué no hará por la misericordia más excelente aún que se ejerce con las Almas del Purgatorio?

Si está escrito que cada uno será tratado como hubiere tratado a los demás, Dios no permitirá que nos olviden cuando estemos a nuestra vez en ese lugar de expiación; o bien nos aplicará los sufragios que se ofrezcan por otras almas, mientras que dejará languidecer sin socorro a aquellos que no han sido caritativos para con sus hermanos difuntos.

Al mismo tiempo que nos procuramos tan grandes ventajas, no perdemos nada de los sufragios que ofrecemos por estas almas; porque siempre nos queda el mérito de la caridad, que compensa abundantemente todo lo que cedemos por su libertad.

¿No sería entender muy mal nuestros intereses, si no tuviéramos celo por salvar las Almas del Purgatorio?

Tomemos, pues, la resolución de rezar con más devoción las oraciones por las Almas del Purgatorio, como el De profundis, el versículo Fidelium animæ per rnisericordiam Dei requiescant in pace, el Memento de los muertos en el Santo Sacrificio, la Secuencia de esta Misa.