LA ARMADURA DE DIOS
CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS
ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA
LA FAMILIA
CAPÍTULO VIII
III LOS HERMANOS
La comunidad de los hijos evoca en la mente el nombre de «hermanos» y el sentimiento dulcísimo de la fraternidad.
Expongamos algunas ideas sobre la fraternidad en orden al bien de la familia y de la sociedad.
Frater, «hermano», es fere alter, «casi otro», decían los antiguos; casi otro, es decir, tan íntimamente unidos están, por la ley de naturaleza, el hermano al hermano que el concepto de fraternidad ofrece algo de idéntico y unipersonal en su misma multiplicidad.
Carne nuestra es, decía Judá a sus hermanos, para disuadirles de matar a su hermano José (Gén., 37, 27). ¿Qué otra cosa es la fraternidad, decía Quintiliano, que un solo espíritu partido entre muchos? Y el Salmista, en el Salmo 132, llamado de la fraternidad, así empieza a cantar las glorias de la convivencia fraternal: ¡Mirad cuán bueno y cuan gustoso es habitar los hermanos en unión!
Se ha dicho con razón que la familia es la paternidad; ella es el punto radial de toda la vida física y de todos los amores de la familia. Los hermanos, íntimamente unidos a la paternidad, son, más que nadie, «la familia»; así se llama a la prole en el lenguaje corriente.
Los hijos son las ramas múltiples de un tronco, y como los puntos de una circunferencia, tan íntimamente unidos entre sí como equidistantes del centro, que es el padre. Con respecto a la madre, son los hermanos los únicos que recibieron la vida en el mismo seno y que, como frutos maduros, se desgajaron un día del mismo árbol de la vida con el que formaron en sus primeros días un mismo ser. La identidad de origen les imprimió una profunda semejanza orgánica, a veces unos mismos rasgos fisonómicos, casi siempre análogas tendencias de orden espiritual y moral. La larga convivencia y la identidad de educación, los ejemplos, las tradiciones domésticas, la misma disciplina, imprimen en la vida de los hermanos una semejanza que no se borrará, a pesar de las rutas complicadas que deban seguir en su vida.
Y como lo mejor, cuando se corrompe, resulta lo peor, el amor fraternal se trueca muchas veces en odio feroz.
Caín mata a Abel; Esaú persigue furioso a Jacob; los hijos de éste venden a su hermano José a unos extranjeros. Los celos, las ambiciones, la ira, han deshecho el espíritu fraternal en muchas familias; a veces han llevado la discordia a pueblos enteros.
Hay, pues, en el espíritu de fraternidad una fuerza imponderable en orden a la grandeza de la familia y de la sociedad.
Es, ante todo, el amor fraternal el más firme baluarte del espíritu de familia. Los padres han hecho a sus hijos, depositarios del patrimonio de tradiciones, costumbres, ejemplos, ideas y sentimientos de su casa. Acabada su obra, desaparecen.
Si los hijos, con la solidaridad de su sangre, saben conservarse en la solidaridad espiritual, la obra de los padres se perpetúa en ellos y por ellos; si la discordia rompe la comunión espiritual de los hermanos, derrámase, como el licor cuando se quiebra el vaso, el contenido espiritual de una familia.
El Salmista nos habla del bálsamo que, cayendo de la cabeza de Aarón, empapa y aromatiza todas sus vestiduras. Aarón es el padre; el bálsamo, el amor paterno, y con él todo el espíritu tradicional que la paternidad importa; las vestiduras son los hijos; desgarradas ellas, no participan de la suavidad penetrante del aroma de familia; ni «el rocío que cae sobre el monte Hermón», siguiendo la metáfora del Salmista, «baja a fecundar los collados de Sión».
La unión de los hermanos es la fuerza de la casa y su propia fuerza; a veces puede ser la fuerza de una raza o nación. La fuerza de Israel estriba en la solidaridad de las doce tribus; y cada una de éstas descansa en la robustez de uno de los doce hermanos, hijos de Jacob.
Cuando moría el emperador Severo, les decía a sus dos hijos Marco Antonio y Geta: «Amaos y compenetraos vosotros dos; y ya no deberéis temer a los demás».
«Dos hermanos unidos, decía un filósofo, son más fuertes que cualquier muralla».
De Dios es esta sentencia: El hermano ayudado del hermano, es como una ciudad fuerte; y sus juicios son como cerrojos de ciudades.
Dios ha hecho como gemelas las vidas de los hombres, y les ha dado el aglutinante del amor: son dos elementos que jamás deberán despreciar los hermanos, si no quieren debilitarse en un aislamiento egoísta. Si los hermanos son tales, por la sangre y por el amor, inútilmente buscarán en otros fuerza igual a la que pueden mutuamente prestarse.
En las intimidades de la fraternidad halla el hombre delicias tan llenas como suaves. Un hermano es un amigo que nos ha dado la naturaleza, decían los antiguos.
Es inconfundible el amor de los hermanos; es más reposado que el de los esposos; más igual y nivelado que el que padres e hijos se profesan mutuamente; más dulce, lleno y desinteresado que el de simple amistad.
El amor de verdaderos hermanos tiene como caracteres específicos la intimidad, la confianza, la efusión, la serenidad, la libertad; pero en él hallaríamos algo de los demás fuertes amores, que no en vano nacieron los hermanos del mismo abrazo conyugal y crecieron juntos en la misma atmósfera de los amores del padre y de la madre.
Es, sin duda, por esta plenitud y suavidad del amor fraterno que los buenos hermanos guardan en lo más sagrado de su pecho el recuerdo de los días felices de familia, y se buscan, hasta viejos, en los caminos de la vida, para remozarse en los antiguos recuerdos, quizás para contarse nuevas historias que celarán al esposo, al hijo, al amigo, o para decir sus cuitas o pedir consejo en lo que a nadie en el mundo confiarán sino al hermano o a la hermana.
Así el amor fraterno es «bueno y agradable», útil y deleitoso, bonum et jucundum, dice el Salmista. Bueno, porque es fuerza y luz, en el orden personal y social; agradable, porque es el bálsamo de la vida de quienes supieron ser hermanos con verdadero amor de fraternidad.
Por esto Jesucristo ha querido que el amor social cristiano tuviera todos los caracteres del amor fraterno, situado en el plano superior de la vida sobrenatural. Él mismo se ha hecho el Hermano mayor de todos los hombres: Primogénito entre todos los hermanos (Rom., 8, 29).
Desde los mismos tiempos apostólicos, la universalidad de los cristianos ha sido apellidada con el dulce nombre de «hermanos»: Fratres.
Aun hoy, el predicador de la palabra de Dios saluda a sus oyentes con la hermosa palabra: Hermanos míos…
Los apóstoles, en los comienzos del cristianismo, exhortaban a los fieles al amor de fraternidad: Amad la fraternidad… Que permanezca en vosotros la caridad de fraternidad…


