Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DE LA FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

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FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Monseñor Olgiati nos narra que, durante el eclipse de 1842, un pobre niño apacentaba su rebaño; y que, ignorando por completo el acontecimiento que se aproximaba, vio con inquietud que el sol se obscurecía poco a poco, siendo así que ninguna nube ni neblina que pudiese explicar el fenómeno, se veía en el cielo.

Cuando la luz desapareció del todo, la pobre criatura, llena de espanto, echó a llorar y a pedir socorro. Lloraba así, cuando reapareció el primer rayo de sol. Reanimado al verlo, el niño juntó las manos, exclamando: ¡oh, bello sol!

Y aplica esta delicada anécdota a un converso que, al recordar el eclipse de su fe que había obscurecido su juventud hasta que el sol de Jesús lo iluminó de nuevo, terminó exclamando sencilla y sublimemente: ¡Oh Jesús, hermoso sol!

Comprobamos que muchísimos cristianos, más desventurados que el pastorcillo de la anécdota, viven en las tinieblas. El sol sobrenatural está eclipsado en sus corazones. Los dogmas nada les dicen. Raras veces reciben los Sacramentos.

Son como los ciegos: en la misma alegre fiesta de una serena jornada primaveral, no perciben la luz que inunda sus almas; no tienen conciencia de su divinización.

Debemos, pues, comprender qué es ese sol; hemos de ver cómo resuelve el problema de su vida, cómo organiza su existencia el creyente que sabe que es hijo de Dios.

Cuando termina, el eclipse de la ignorancia religiosa, cuando resplandece el sol de la Verdad, conscientes de nuestra grandeza divina, necesariamente debemos exclamar a cada instante, con la Fe y con las obras: ¡Oh Jesús, hermoso sol!

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La Fe nos hace creer las verdades reveladas por Dios; las obras nos hacen vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Fe.

No debemos vivir olvidados de Dios, la vida debe ser inspirada por Él.

Se puede creer en Dios sólo con los labios; y se puede creer en Él también con la vida.

La vida del verdadero cristiano no debe ser otra cosa que un acto de fe, pronunciado con acciones, no sólo con palabras.

El hombre justo, dice la Escritura, vive de la fe.

Es igual que decir: el hijo de Dios, justificado y divinizado por la gracia, no ve más que a Dios en todas las cosas, y todas las cosas las ve en Dios.

Y, por consiguiente, a sus ojos todo brilla con resplandor de Paraíso y su actividad está cristianamente inspirada.

Muchas personas, cuando oyen o leen semejantes ideas, no saben que se trata de principios elementales del cristianismo y afirman que ésas son normas buenas para los Santos.

No hay, pues, que juzgar la actividad y la vida humanas por la materialidad exterior de las acciones, sino por el principio interno vivificador.

Si este principio es la gracia y la fe que obra por la caridad, nuestra actividad es inmensamente preciosa, es divina, y nosotros vivimos divinamente.

En virtud de la vida vivida en gracia y de las acciones sobrenaturalmente meritorias por el influjo actual o virtual de la caridad, la misma gracia santificante aumenta en nosotros.

Crezcamos por medio de todas las cosas, nos recomienda San Pablo; todo acto divinizado por la gracia e informado por la caridad, prepara y obra en nosotros un crecimiento divino, el perfeccionamiento del hijo de Dios, que se diviniza cada vez, haciéndose cada vez más semejante al Padre.

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Para vivir dignamente no basta adquirir la gracia, sino que es necesario hacer la voluntad de Dios.

No se hace la voluntad de Dios al no estar en gracia, y no se puede perseverar en la gracia, sino siguiendo la voluntad del Padre.

El significado de esta segunda idea es claro.

Somos hombres, y si hiciésemos nuestra voluntad viviríamos humanamente, con las concomitancias de la existencia limitada a la visión de las cosas y a las fuerzas propias.

En cambio, si vivimos conforme a la voluntad de Dios, nuestra vida se desenvuelve divinamente.

Pues bien, los Santos, cuya Fiesta celebramos, no son santos por los prodigios o las cosas maravillosas que han realizado, sino sólo porque han hecho la voluntad de Dios.

Cuanto más amamos a Dios, cuanto más uniformamos nuestra voluntad con la suya, cuanto más recitamos, no con los labios, sino con los hechos, el «fiat voluntas tua«, tanto más cristianos somos, esto es, santos.

Enseñaba San Agustín: “He aquí el breve precepto para gobernar tu corazón: Haz lo que Dios quiere y no quieras que Dios haga lo que tú quieres. La súplica del Padre Nuestro: Hágase tu voluntad, no debe ir seguida del apéndice: con tal que sea como la mía”.

La vida cristiana debe ser un paraíso, entre dolores y penas en este mundo, y sin lágrimas en el otro.

¿Y qué otra cosa es el Paraíso sino la visión de Dios? Acá debemos ver a Dios con la Fe activa, allá con la contemplación, cara a cara.

Pero tanto la vida terrenal como la celestial no pueden estar organizadas sino tomando como centro, a Dios, autor del orden sobrenatural.

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La Solemnidad de Todos los Santos nos debe dejar como enseñanza qué es ser santo; que debemos ser santos; que podemos ser santos.

En primer lugar, la Solemnidad de este día nos enseña lo que es ser santo.

Nuestra pereza, ingeniosa para forjarse ilusiones, querría persuadirnos que para ir al Cielo hay una vía cómoda en la cual se puede uno dejar de mortificar y vivir a sus anchas, huir de la cruz y darse gusto en todo: seguir la voluntad propia y sus caprichos; el amor propio y su vanidad…

Pero, en este día preguntemos a los Santos si hay uno siquiera que se haya salvado siguiendo esta vía. Nos responderán, con el Evangelio que hoy se lee, como una protesta contra este sistema de moral relajada.

En efecto, nos dice este Evangelio, que los Bienaventurados o los Santos, son los humildes, los pobres, los desprendidos de todo, los corazones mansos, los atribulados, los celosos de su propia perfección, que tienen cada día más sed de justicia y hambre; los misericordiosos, los corazones puros,  los pacíficos, los perseguidos por causa del Nombre de Cristo…

Estos son los Santos a juicio de Jesucristo y del Evangelio.

¿Encontramos lugar en este retrato para la pereza, la tibieza, la vida cómoda e inmortificada?

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La Solemnidad de este día nos recuerda que debemos ser santos.

En efecto, durante la eternidad, no habrá término medio entre ser santo o réprobo, como no lo habrá entre el Cielo y el infierno.

A nosotros nos toca elegir entre estas dos alternativas: debo ser santo, porque si no seré réprobo.

Es preciso ser santo, y ni aun a este precio es muy caro el Cielo; las puras y eternas alegrías de los Santos valen millones de veces más que las privaciones de la vida y los trabajos que impone la virtud.

Es preciso ser santo, porque esto no es dar mucho para escapar del infierno, del cual nos escapamos siguiendo la vía de los Santos.

La fiesta de hoy nos recuerda y exige que debemos ser santos…; y hemos de decidirnos a serlo.

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La Solemnidad de hoy demuestra que podemos ser santos.

¡Ser santo! ¿No es ésta una empresa superior a nuestras fuerzas?

Así objeta nuestra flaqueza.

¡No!, responden hoy, con su ejemplo, todos los Santos del Cielo.

En efecto, vemos entre ellos Santos de todas las edades y condiciones.

Lo que ellos han podido, ¿por qué no lo hemos de poder nosotros?

Tantos cristianos en el mundo se han conservado puros en medio de los peligros de la seducción, recogidos en medio de la disipación y del tumulto, pobres y desprendidos en medio de las riquezas, mortificados, en medio de ocasiones de gozar

¿Por qué no hemos de poder nosotros, en condiciones mejores, hacer lo que han hecho ellos en una posición más difícil?

No se debe decir: “Tengo pasiones que me arrastran, tentaciones que me solicitan»…

Los Santos las han tenido, y más violentas; y, sin embargo, han triunfado.

No se debe decir: «Lo serio de la santidad, la monotonía del deber me fastidian».

Los Santos han tenido también estos aburrimientos y disgustos; pero los han soportado durante largo tiempo, y ahora, que están en el Cielo, saben y comprenden que han hecho bien.

Pero nuestra debilidad nos asusta; tememos no poder perseverar.

Los Santos eran débiles como nosotros; pero la gracia los ha sostenido. ¿Por qué no hemos de esperar que nos sostenga como a ellos?

De este modo, quedan desvanecidos todos los pretextos, pues toda excusa desaparece ante esta sola frase de San Agustín: ¿No podré yo lo que otros han podido?

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Como frutos de esta Fiesta, tomemos las siguientes resoluciones:

1ª) de honrar a los Santos por el aprecio y la admiración de sus virtudes.

2ª) invocarlos con confianza.

3ª) imitarlos, diciéndonos a menudo: «Debo ser santo, lo puedo y lo quiero».

4ª) preguntándonos: ¿cómo haría un Santo esta acción?, ¿cómo hablaría, cómo se conduciría en esta o en aquella circunstancia?

Rindamos también nuestros homenajes a todos los Santos, a fin de reparar de este modo las faltas cometidas en la celebración de cada una de sus fiestas particulares, y suplir así al culto que no hemos dado a tantos Santos, a quienes la tierra aún no conoce y que el Cielo ha coronado ya.

Elevémonos en espíritu al Cielo, contemplemos la gloria y la felicidad de los Santos y bendigamos al Señor que recompensa a sus escogidos con tanta magnificencia.

Unamos nuestras adoraciones y alabanzas a las de los Bienaventurados, que no cesan de exaltar a Dios diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos. Honor, gloria, alabanza y bendición al que está sobre el trono y al Cordero.