FIESTA DE CRISTO REY
En aquel tiempo, dijo Pilatos a Jesús: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondió Jesús: ¿Dices tú éso de ti mismo, o te lo han dicho otros de mí? Replicó Pilatos: ¿Qué? ¿Acaso soy yo judío? Tu nación y los Pontífices te han entregado a mí; ¿qué has hecho? Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuese mi reino, mis gentes me habrían defendido para que no cayese en manos de los judíos; mas mi reino no es de aquí. Le replicó a esto Pilatos: ¿Conque tú eres Rey? Respondió Jesús: Así es como dices: Yo soy Rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo aquel que pertenece a la verdad, escucha mi voz.
Iesum Christum, Regem regum – Venite, adoremus !
A Jesucristo, Rey de reyes – ¡Venid, adorémosle!
Así reza el Invitatorio de la Fiesta de Cristo Rey.
Hoy es, pues, el día de proclamar la realeza de Jesucristo; de implorar en la oración:
¡Venga tu Reino!; de decir al Padre Eterno: ¡Padre, glorifica a tu Hijo!
Jesucristo no es Rey por gracia nuestra, ni por voluntad nuestra, sino por derecho de nacimiento, por derecho de filiación divina, por derecho también de conquista y de rescate. Así escribía el Cardenal Billot al Padre Mateo Crawley.
Nadie tema que vaya a perder algo porque se someta al suavísimo imperio de Cristo.
No teman las sociedades, porque Él es quien las funda y las sustenta.
No teman los poderosos, porque no quita los reinos mortales Quien da los celestiales.
No teman tampoco los individuos, porque servir a Cristo es reinar. Es un Rey tal, que no esclaviza ni esquilma a sus servidores; es un Pastor y un Señor que no engorda con la carne de su rebaño, ni se viste con sus lanas, ni se regala con su leche; antes se desvive por los suyos y se les entrega con todos sus haberes, ya desde la tierra, hasta que sean capaces de poseerle y de gozarle más cumplidamente allá en el Cielo.
Por eso, nada hay de más irracional y más incompresible que el grito rabioso de esa chusma que todavía vocifera: ¡No queremos que este reine sobre nosotros!
Piensan los insensatos que Cristo Rey les va a privar de la libertad, cuando, al contrario, se la va a acrecentar y perfeccionar; prohibiendo sólo el libertinaje, tan fatal para las almas como para los cuerpos, para las naciones como para los individuos, ya que lo que hace míseros a los pueblos es el pecado.
Conviene, pues, que Él reine: oportet illum regnare, porque su reinado es eterno y universal, es un reinado de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz, como dice el Prefacio de la solemnidad.
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Por la institución de una fiesta en honor de la realeza de Cristo, Pío XI estaba persuadido de llevar a cabo una obra oportuna.
Pensaba que esta celebración sería uno de los grandes medios de lucha contra el laicismo, sus errores y sus tendencias; contra ese laicismo que es una de las plagas de la sociedad moderna revolucionaria.
Pero es necesario reconocer que esta impiedad del laicismo no apareció abruptamente, y es fácil rastrear su progresión en la vida social.
La situación actual es consecuencia de la Revolución Anticristiana, del proceso revolucionario judaizante, cuyos jalones son conocidos por todos: Humanismo, Renacimiento, Protestantismo, Masonería, Filosofismo, Revolución Francesa, Siglo Estúpido, Liberalismo, Laicismo, Modernismo, Revolución Comunista, Concilio Vaticano II…
Especialmente tres gritos de guerra infernales sacudieron aquella magnífica construcción, aquella fortaleza católica que se llamó Cristiandad:
1º) ¡Cristo, sí, Iglesia, no! Fue el alarido apóstata del Lutero y del Protestantismo…
2º) ¡Dios, sí, Cristo, no! Como respuesta a la negación de la Iglesia, el deísmo descargó su vocerío negando a Cristo…
3º) La revolución atea no tardó en dar su grito de guerra: ¡Dios ha muerto!
Se comenzó negando la autenticidad de la Iglesia Católica como la única fundada por Jesucristo y, por lo mismo, la única verdadera.
Se siguió rechazando la autoridad del mismo Jesucristo sobre todas las naciones.
Y entonces se le negó a la Iglesia el derecho, derivado de los derechos divinos del Salvador, de enseñar, legislar y gobernar a los hombres para su eterna bienaventuranza.
Posteriormente, la Iglesia fue proclamada dependiente del poder civil y abandonada, por decirlo así, a los caprichos de príncipes y gobiernos.
Entonces la religión Católica fue asimilada a las religiones falsas, y el culto Católico fue vergonzosamente colocado en el mismo pie de igualdad que todos los demás cultos.
A continuación, fue preconizada una religiosidad natural para sustituir a la religión verdadera, hasta que se vio a representantes y líderes de muchas naciones sacudir públicamente todas las creencias y todo sentimiento religioso, renunciar a toda obligación respecto de Dios y eligiendo como religión de Estado la irreligión.
De este modo se fue elaborando, paso a paso, la negación de los derechos de la Iglesia, de Nuestro Señor Jesucristo y de Dios sobre toda la sociedad humana, tanto en la vida social y política, como en la vida privada y familia.
Los propagadores de esta herejía han repetido el grito de los judíos deicidas: No queremos que este reine sobre nosotros. Y con toda la habilidad, tenacidad y audacia de los hijos de las tinieblas, se han esforzado por echar a Cristo de todas partes.
Han declarado inmoral a la vida religiosa y expulsado a los religiosos; han intentado imponer a la Iglesia una constitución cismática; han decretado la separación de la Iglesia y del Estado y han negado a la sociedad civil la obligación de ayudar a los hombres a conquistar los bienes eternos; han introducido el desorden en la familia con leyes contrarias a la naturaleza del matrimonio; han suprimido los crucifijos en los tribunales, hospitales y escuelas.
Y, finalmente, han declarado intangibles sus leyes y han hecho del Estado un Dios.
Pío XI consideraba y confiaba en que la Fiesta de la Realeza de Cristo, celebrada anualmente por toda la Iglesia, facilitaría el retorno de la sociedad a su Salvador.
Según él, los católicos tenían que trabajar activamente para preparar y acelerar este regreso tan deseado.
Pero sucedía que demasiados de ellos no disfrutaban en la sociedad ni de la influencia ni del prestigio que debe ser propiedad de los poseedores de la verdad.
Dicha inferioridad de posición se atribuía (y algunos sectores tradicionales la siguen atribuyendo) a la inercia y a la timidez de los católicos en el plano de la política.
Debido a lo cual no resistían o resistían muy suavemente; y con esto fomentaban las pretensiones y la audacia de sus adversarios…
¿Qué hay de cierto en este análisis y diagnóstico?
La no comprensión…, la falta de discernimiento sobre la realidad histórica y escrituraria, es decir, la omisión de un estudio de la situación actual a la luz de las profecías, especialmente del Sermón Escatológico y del Apocalipsis, los lleva a pensar que, cuando la generalidad de los católicos esté convencida de que tienen que luchar sin descanso bajo las banderas de Cristo Rey en el plano de la política, la luz del apostolado producirá una conversión tal de los corazones que todo el mundo volverá al Rey divino y a sus derechos imprescriptibles…
Sin embargo, los frutos amargos de aquella apostasía individual y social han sido abundantes y persistentes.
Para resumir todo en una sola frase: la sociedad, por su rebelión contra Dios, contra su Hijo Jesucristo y contra la Iglesia por Él fundada, está amenazada con una ruina humanamente irremediable.
Para colmo de males, todo ese proceso revolucionario irrumpió en la ciudadela católica por intermedio del conciliábulo Vaticano II…
He aquí la realidad de la situación.
Esto lleva a plantearnos la acuciante cuestión: Y hoy en día…, ¿dónde está, entonces, la Realeza de Cristo?
Sabemos que Cristo Rey no pierde sus derechos.
El Salmo segundo, con su correlativo ciento nueve, expresando la doctrina mesiánica y escatológica de modo sumamente preciso, lo anuncia claramente.
Sabemos que existen diversas propuestas:
a)La ilusoria fantasía revolucionaria: con sus diversos proyectos y nombres.
b)Las esperanzas de una restauración católica, basadas en revelaciones privadas.
c)La Profecía divinamente revelada: según la cual la situación seguirá deteriorándose hasta llegar a la instalación del reino impío del Anticristo.
A esta última me atengo; y reitero un resumen de la misma:
Las profecías bíblicas que se refieren al triunfo de la Iglesia en la presente edad señalan un crecimiento de la iniquidad que culminaría con la apostasía, a la cual ya asistimos como hemos dicho.
El misterio de iniquidad va en aumento. Presenciamos tiempos peligrosos, y vendrán aún mayores.
En la presente edad, no será la Iglesia, mediante un triunfo del Espíritu del Evangelio, sino Satanás, mediante un triunfo del espíritu de apostasía, el que ha de llegar a un reino que abarcará a todas las naciones. Pues el Reino Mesiánico de Cristo será precedido del reino apóstata del Anticristo.
De este modo, la iniquidad irá aumentando hasta llegar esos tiempos peligrosos, que las Escrituras anuncian con tanta insistencia.
Por lo tanto, la Iglesia no desea la conversión del mundo para que Jesús venga por segunda vez; sino que la Iglesia desea ardientemente la Segunda Venida de Jesús para que el mundo sea totalmente redimido.
Jesús nos manda, repetidamente y del modo más solemne, que no esperemos la realización del Reino Mesiánico, sino la vuelta del Señor para que Él establezca este Reino.
Se ha objetado que esta doctrina presenta una sombría perspectiva del futuro; que es la filosofía de la desesperación. Muchos agregan, sarcásticamente: «si todo esto es verdad, podemos cruzarnos de brazos y esperar la Venida de Cristo».
No se trata de cruzarse de brazos en una espera estéril de la Venida del Señor, sino de ser dóciles instrumentos en las manos del Espíritu Santo con el fin de apresurar la congregación y presentación de la Esposa.
El efecto final del poder real del Hijo de Dios será la renovación de todas las cosas en Cristo y por Cristo.
Vendrá aquel día en que el Señor Jesús reinará en su plenitud, tanto en el orden propio de la gracia como sobre las cosas de la naturaleza.
En cuanto a la recapitulación total de la naturaleza humana en Jesús y por Jesús, no va a suceder antes del final de la secuencia completa de las generaciones humanas.
Dicha recapitulación, la restauración de todas las cosas en Cristo y por Cristo, será un efecto, el último, de la Segunda Venida del Redentor en gloria y majestad, su Parusía.
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Es en dos fases distintas que Jesús ejerce sus poderes reales, sea que se trate del desarrollo de la historia, sea que nos refiramos a su término.
Tanto en una fase como en la otra, Jesús es siempre Soberano, y su gobierno alcanza el objetivo con la misma infalibilidad.
Sin embargo, hasta la Parusía, durante todo el tiempo de la salvación y santificación, el gobierno del Señor no suprime la Cruz ni aniquila a los impíos.
Él deja una cierta libertad de acción a Satanás y a sus secuaces, a los malvados y a sus organizaciones, cada día más perfeccionadas y sofisticadas.
¿Por qué? Ya sea para hacer brillar un día la omnipotencia de su misericordia en la conversión de los impíos, ya sea para hacer caer sobre ellos los castigos formidables y la solidez de su juicio y de su justicia.
Si hasta la Parusía, el gobierno del Rey Jesús parece a veces indefenso o débil, es sólo una apariencia.
Nos ha dado la certeza de que, incluso en los tiempos en que será dado a la Bestia el poder de hacer la guerra a los santos y vencerlos, las puertas del infierno no prevalecerán; nada ni nadie podrá arrebatarle de sus manos las ovejas que el Padre le ha dado.
¡No! No hay debilidad en el gobierno del Rey Jesús. Él controla el mal. Lo permite, por supuesto, pero sirviéndose para hacer resplandecer más maravillosamente a su Iglesia, para aumentar la santidad de sus elegidos, para una demostración de su justicia, que permanece oculta por ahora.
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Las profecías de la Escritura sobre la apostasía general de las naciones están ya cumplidas.
Pero, ¿cómo acabará esta conjuración satánica de las naciones contra Jesucristo y su Iglesia?
Acabará como la de los judíos y la de los romanos, por el exterminio de los rebeldes y el triunfo solemne del gran Rey que ellos quieren destronar.
Antes del fin de los tiempos, sobrevendrá la gran tribulación, tribulación tal que los pueblos no han visto semejante desde el principio, pero cuya duración se abreviará en favor de los elegidos.
¿Y quién será el principal autor de esta gran tribulación? Un día, dice san Pablo, aparecerá el hombre de pecado, el hijo de perdición, el Anticristo o el adversario del Salvador, quien se levantará sobre todo lo que se llama Dios y se sentará en el templo para hacerse adorar como Dios.
Este monstruo de iniquidad, añade el Apóstol, aparecerá en el tiempo marcado por Dios, pero el Señor Jesús le matará con un soplo de su boca.
San Juan, en su Apocalipsis, pinta de una manera emocionante la lucha del Anticristo y su Falso Profeta contra Cristo Rey, así como también el exterminio de los apóstatas.
Después de haber revelado las abominaciones del Anticristo, el Señor hizo conocer a San Juan el desenlace de la horrible persecución. El Apóstol amado asistió, en una visión, a la victoria del triunfador: Yo vi el cielo abierto, vi aparecer pronto al Fiel, al Verídico, al que juzga y combate con justicia. Sus ojos lanzaban llamas, su cabeza llevaba gran número de diademas, su ropa estaba teñida con su sangre: se llamaba el Verbo de Dios. De su boca salía una espada, la espada con que hiere a las naciones. En su ropaje se leían estas palabras: Rey de los reyes y Señor de los señores.
Esta será la proclamación solemne del Reinado de Cristo sobre todos los pueblos de la tierra.
Todos caerán al pie de la Cruz, adorarán a Aquel que ha dado su Sangre por la salvación del mundo, y, según la predicción del Maestro, no habrá en la tierra más que un solo rebaño y un solo pastor.
Y por siglos de siglos, Jesucristo, el soberano triunfador, reinará con sus Santos.
Cuando todo le haya sido sometido, entonces también el Hijo remitirá todo a su Padre para que Dios sea todo en todos.



