¡Si dejando de pensar en la muerte pudiéramos alejarla de nosotros…! Pero vendrá, sin falta, en el momento que Dios nuestro Señor ha fijado para nosotros desde toda la eternidad: tanto si pensamos en ella como si dejamos de pensar.
«Las características generales de este gran fenómeno de la muerte son tres, principalmente: ciertísima en su venida, insegura en sus circunstancias y única en la vida
«Misterio del más allá
«A. Royo Marín
La muerte es de lo único de lo que podemos estar totalmente seguros en esta vida, sabemos que hemos de morir, es algo de lo que nadie podrá escapar, y para este momento tan determinante, si bien tenemos la certeza de que sucederá tenemos el desconcierto de cuándo y cómo será.
La muerte violenta o la muerte repentina es lo que tanto tememos los que tenemos Fe, es por esto que debemos pedir al Señor nos libre de ella.
También sabemos que no es muy buena señal morir sin auxilios y sin preparación, por esto debemos rezar al Señor todos los días que nos conceda la perseverancia final y una muerte santa.
El tema que hoy nos ocupa es justamente este tipo de muerte que puede tocarnos y es por esto que como no sabemos ni el día ni la hora de tener que presentarnos frente al Divino Juez es que debemos trata de vivir en gracia todos los días de nuestra vida.
A diario podemos observar muchas personas que mueren de manera imprevista, ya sea por un accidente, que sería una muerte violenta, o una falla física abrupta, que sería una muerte repentina. Y esto incluso lo debemos haber visto con algunos seres queridos.
Pero esto no debe quitarnos la tranquilidad ni desesperarnos, porque, si bien la dicha de morir en la divina caridad es un don especial de Dios, la Iglesia no nos pide que recemos en sus letanías simplemente para librarnos de una muerte repentina, sino más bien «de una muerte repentina y sin provisiones.
El cristiano debe estar siempre, como decimos por mis pagos, con la valija lista, esto es de manera más casual al hablarlo, lo que sería con una preparación remota, Y ¿de qué se trata este tipo de preparación?
La preparación remota es la de aquel que vive siempre en gracia de Dios. Al que tiene sus cuentas arregladas ante Dios, al que vive habitualmente en gracia, este es al que puede importarle muy poco cuáles sean las circunstancias y la hora de su muerte, porque en cualquier forma que se produzca tiene completamente asegurada la salvación eterna de su alma. Esta es la preparación remota. No es fácil, pero de eso se trata la vida del cristiano, pensar que cada día puede ser el último y por tanto estar listo para partir.
Muchas veces, y más en estos tiempos, se nos dificulta acceder a los Sacramentos, por encontrarnos justamente en tiempos de carencia de verdaderos sacerdotes, y esto hace que sea más frecuente hallarnos en esta situación de no poder contar con la preparación próxima, que sería la de aquel que tiene la dicha de recibir en los últimos momentos de su vida los Santos Sacramentos de la Iglesia: Penitencia, Eucaristía por Viático, Extremaunción, e incluso los demás auxilios espirituales: la Bendición Papal, la Indulgencia Plenaria y la Recomendación del alma.
Es entonces para nosotros posible morir así, sin los últimos Sacramentos; pero esto no debe atemorizarnos, debe más bien hacernos permanecer más atentos con respecto al cuidado de la gracia, esto nos propiciará que tengamos esta preparación remota.
Si vivimos siempre en gracia de Dios, si en todo momento tenemos bien ajustadas nuestras cuentas con Dios, si tenemos ese tesoro infinito que se llama la gracia santificante, nos puede importar muy poco la manera, el modo y las circunstancias de nuestra muerte.
Es muy de desear –y hay que pedírselo con toda el alma a Dios– que nos conceda también la preparación próxima; pero, al menos, si tenemos la remota, lo tenemos asegurado todo.
Esto debe animarnos, el Señor conoce nuestros corazones y lo más profundo de nuestras almas.

Que la muerte sea repentina no es necesariamente mala a menos que también esté desprovista de la preparación remota. Si las mentes mundanas y débiles hubieran visto fuego caer desde el Cielo sobre la cabeza de San Simeón Estilita y matarlo, ¿qué habrían pensado? Sin embargo, nuestro juicio debería ser simplemente que este gran santo se había inmolado a Dios en su propio corazón y que ya estaba completamente consumido por el amor. Por lo tanto, el fuego descendió del cielo para completar el holocausto y consumirlo por completo. Y, de hecho, aunque el abad Juliano estaba a un día de distancia, vio que el alma del santo ascendía al Cielo y le ofreció gracias a Dios a la misma hora.
Un día, mientras el Beato Homobonus de Cremona estaba de rodillas escuchando la Misa con gran devoción, no se levantó en el Evangelio según su costumbre. Como resultado, los que estaban cerca lo miraron y percibieron que había fallecido. En nuestro tiempo, ha habido hombres muy buenos en virtud y conocimiento que han sido encontrados muertos, algunos en el confesionario y otros mientras escuchaban un sermón. Algunos incluso han sido vistos muertos al abandonar el púlpito después de predicar con gran fervor. Todas estas fueron muertes súbitas, pero no desprovistas.
>¡Cuántas buenas personas hemos visto morir súbitamente de apoplejía, en coma y en miles de otras formas! Otros mueren en delirio y locura sin el uso de la razón. Sin embargo, estos, si antes de perder la razón recibieron la gracia, como los niños bautizados, han muerto en la gracia, y consecuentemente en el amor de Dios.
Pero, se pregunta, ¿cómo podrían morir en el amor de Dios cuando ni siquiera pensaban en Dios en el momento de su partida? Los hombres sabios no pierden su conocimiento mientras duermen, de lo contrario, serían ignorantes al despertar y tendrían que volver a la escuela. Es lo mismo con la prudencia, la templanza, la fe, la esperanza y la caridad habituales. Están siempre presentes en las mentes de los hombres justos, aunque esos hombres no siempre están ocupados en tales actos. Cuando el hombre está dormido, parece que todos sus hábitos están dormidos con él y que se despiertan con él. Es lo mismo cuando un hombre justo muere repentinamente, ya sea aplastado por una casa que cae sobre él, muerto por un rayo, ahogado por el catarro, o incluso morir de sus sentidos debido a la violencia de una fiebre ardiente.
«Es cierto que no muere en el ejercicio del amor sagrado, sino que muere en su estado habitual. Por esta razón, el sabio dice que incluso ‘si el justo es alcanzado por la muerte, estará en reposo’ (Sal. 61: 9). Para ganar la vida eterna, es suficiente morir en el estado y el hábito del amor de Dios y la caridad».
Finalmente y para concluir con este tema debemos pensar que así como los réprobos morirán en pecado, así también es la suerte de los elegidos morir en el amor y la gracia de Dios, y que esto ocurre de diferentes maneras, veamos que nos dice San Francisco de Sales en su Tratado sobre el amor de Dios:
¡Oh Señor! —dice entonces—Vos habéis estado conmigo, y me habéis guardado en el camino por el cual he venido; Vos me habéis dado el pan de vuestros Sacramentos para mi sustento; Vos me habéis vestido el traje nupcial de la caridad; Vos me habéis guiado hasta esta morada de gloria que es vuestra mansión, oh Padre eterno. ¡Ah Señor! ¿Qué me queda por hacer sino confesar que sois mi Dios por los siglos de los siglos?
Tal es, pues, el orden de nuestra marcha hacia la vida eterna, para cuya ejecución la divina Providencia ha dispuesto, desde la eternidad, la multitud, de gracias necesarias para ello, con la mutua dependencia de unas con respecto a otras.
Ha querido, en primer lugar, con verdadero deseo, que, aun después del pecado de Adán, todos los hombres se salven, pero de una manera y por unos medios adecuados a la condición de su naturaleza dotada de libre albedrío, es decir, ha querido la salvación de todos los que han prestado su consentimiento a las gracias y a los favores que les ha preparado, ofrecido y distribuido con esta intención.
Ahora bien, quiso que, entre estos favores, fuese el primero el de la vocación, y que ésta fuese tan compatible con nuestra libertad, que pudiésemos aceptarla o rechazarla a nuestro arbitrio; a aquellos de quienes previo que la aceptarían, quiso procurarles los santos movimientos de la penitencia; dispuso que se concediese la santa caridad a los que hubiesen de secundar estos movimientos; tomó el acuerdo de dar los auxilios necesarios para perseverar a los poseedores de esta caridad, y a los que habían de aprovecharse de estos divinos auxilios, resolvió otorgarles la perseverancia final y la gloriosa felicidad de su amor eterno.
Podemos, pues, dar razón del orden de los efectos de la Providencia en lo que atañe a nuestra salvación, descendiendo desde el primero hasta el último, es decir, desde el fruto, que es la gloria, hasta la raíz de este hermoso árbol, que es la redención del Salvador; porque la divina bondad da la gloria según sean los méritos, los méritos según la caridad, la caridad según la penitencia, la penitencia según la obediencia a la vocación, y la vocación según la redención del Salvador, en la cual se apoya aquella mística escala de Jacob, que, del eterno Padre, donde los elegidos son recibidos y glorificados, y del lado de la tierra, surge del seno y del costado abierto del Señor, muerto en la cima del Calvario.
Y que este orden en los efectos de la Providencia, con su mutuo enlace, haya sido dispuesto por la voluntad eterna de Dios, aparece atestiguado por la santa Iglesia, en una de sus oraciones solemnes, de esta manera: Omnipotente y eterno Dios, que de vivos y muertos eres árbitro, y que usas de misericordia con todos aquellos que, por su fe y sus obras, sabes que han de ser tuyos, como si dijese que la gloria, que es la consumación y el fruto de la misericordia divina para con los hombres, sólo está reservada a aquellos que, según la previsión de la divina sabiduría, serán, en el porvenir, fieles a la vocación y abrazarán la fe viva, que obra por la caridad.
En suma, todos estos efectos dependen absolutamente de la redención del Salvador, que los ha merecido para nosotros, en todo rigor de justicia, por la amorosa obediencia practicada hasta la muerte, y muerte de cruz, la cual es la raíz de todas las gracias que recibimos los que somos sus vástagos espirituales, injertados en su tronco. Si, después de injertados, permanecemos en él, llevaremos, sin duda, por la vida de la gracia que nos comunicará, el fruto de la gloria que nos ha sido preparada; pero, si somos como renuevos e injertos cortados de este árbol, es decir, si con nuestra resistencia quebramos la trabazón y el enlace de los efectos de su bondad, no será de maravillar si, al fin, nos arranca del todo y nos arroja al fuego eterno, como ramas inútiles.
Es indudable que Dios ha preparado el paraíso para aquellos de quienes ha previsto que han de ser suyos. Seamos, pues, suyos por la fe y por las obras, y Él será nuestro por la gloria; porque, si bien el ser de Dios es un don del mismo Dios, es, empero, un don que Dios a nadie niega; al contrario, lo ofrece a todos, para darlo a los que de buen grado consienten en recibirlo.
Pero, ruégote, Teótimo, que veas con qué ardor desea Dios que seamos suyos, pues con esta intención se ha hecho todo nuestro, dándonos su muerte y su vida: su vida, para que fuésemos exentos de la muerte eterna; y su muerte, para que pudiésemos gozar de la eterna vida. Permanezcamos, pues, en paz, y sirvamos a Dios para ser suyos en esta vida mortal, y aún más en la vida eterna.
ORACIÓN
¡Oh Dios, que condenándonos a muerte nos has ocultado el momento y la hora: haz que pasando todos los días de mi vida en la santidad y en la justicia, merezca salir de este mundo en tu santo amor! Por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo en unión del Espíritu Santo. Así sea.
Fuentes:
Misterio del más allá, Antonio Royo Marín
Tratado sobre el amor de Dios, San Francisco de Sales
http://www.traditioninaction.org/religious/d022pSuddenDeath.htm


