CONSERVANDO LOS RESTOS II
Decimoquinta entrega

LA LUCHA DE LA IGLESIA CONTRA EL ERROR Y LA HEREJÍA
I. HEREJÍAS ORIENTALES
De las vicisitudes del cisma griego, antes y después del Concilio II Lugdunense, ya hemos dado cuenta con anterioridad.
Armenios y Maronitas
De las herejías orientales, que casi desaparecieron en este período gracias al prestigio de la Sede Romana y al influjo de las Cruzadas, recordemos el monofisismo de los armenios y el monotelismo de los maronitas.
Tanto los Patriarcas de Constantinopla como los Pontífices Romanos intentaron repetidas veces ganarse a la iglesia armenia, caída en el error monofisita desde 596. El katholikós Gregorio Martirófilo envió un respetuoso mensaje al Papa Gregorio VII hacia 1080, y recibió de él, juntamente con el pallium, un afectuoso breve, en que le rogaba subscribir al concilio de Calcedonia, poniendo fin a la herejía.
Esta tentativa de acercamiento se vio favorecida poco más tarde con el establecimiento de los cruzados en Palestina. Así vemos que el katholikós Gregorio III mantiene relaciones cordiales con los Papas Inocencio II y Eugenio III, y en 1140 promete en Jerusalén, ante el Legado Pontificio, la reforma de su iglesia conforme al dogma y a la disciplina de Roma.
Era la Armenia Menor (occidental) la que, buscando la protección de los cruzados, se aproximaba a la fe romana, mientras la Armenia Mayor (oriental) sufría la influencia bizantina.
La figura más excelsa de la iglesia armenia en este tiempo, el katholikós Nerse o Narsés IV (1166-1173), gran orador y celebrado poeta religioso, pareció aceptar, en sus negociaciones con Bizancio, la doctrina tradicional de las dos naturalezas de Cristo, y saludó al Papa Alejandro III como a «santo presidente de todos los arzobispos…, sucesor del apóstol Pedro».
Su sobrino y sucesor, Gregorio Defa, en 1184, se sometió filialmente, con otros obispos, al Papa Lucio III, de quien recibió el pallium y la mitra.
A Inocencio III le cupo la suerte, en 1203, de ver entrar en el redil de Cristo a toda la Armenia por medio del Legado Pedro de San Marcelo. Es verdad que luego sobrevinieron disensiones y censuras eclesiásticas, pero la unidad de fe parece que no se rompió.
Desde 1284 los franciscanos, y en seguida también los dominicos, trabajaron activamente entre los armenios no unidos. El rey solía ser el más interesado en la unión, por temor del avance sarraceno. Destruida la ciudad de Romkla, la sede del katholikós pasó a ser la ciudad de Sis, en donde el año 1307 se celebró un concilio nacional, con cuatro arzobispos y más de veinte obispos, que estrecharon más y más sus lazos con Roma
Los maronitas del Líbano y Antelíbano, monotelitas desde el siglo VII, se unieron con la Iglesia romana en 1182, siendo patriarca latino de Antioquia Almerico (1142-1187). Cierto que luego el patriarca maronita Lucas (f 1209) puso resistencia, pero su sucesor el patriarca Jeremías, vino personalmente a Roma, donde permaneció varios años, tomó parte en el concilio IV de Letrán (1215) y, regresando a su tierra con el cardenal Guillermo, llevó a perfecto término la obra de la unión. Alejandro IV otorgó al supremo jerarca de aquella iglesia el título de «Patriarca Antioqueno de los maronitas». Estos cristianos se han mantenido fidelísimos a Roma hasta nuestros días aun en medio de las más terribles persecuciones.
Mucho menos halagüeños fueron los resultados obtenidos entre los jacobitas de Siria, a pesar de los esfuerzos hechos por Gregorio IX, Inocencio IV y Nicolás IV. Y lo mismo se diga de los nestorianos de Persia.
II. LA HEREJÍA EN OCCIDENTE
1. Herejías panteísticas. Empecemos por las herejías panteísticas, de más significación en la historia de la filosofía que en la de la Iglesia, por haber arrastrado a muy pocos secuaces, y menos entre el pueblo cristiano.
Doctrinas panteísticas defendió en su cátedra de la Universidad de París Amaury de Chartres, o de Bène, así apellidado por el lugar de nacimiento. Influenciado por las ideas de Escoto Eriúgena, por los comentarios árabes de Aristóteles, por los judíos españoles Avicebrón y Maimónides y por el realismo exagerado de Gilberto de la Porrée, afirmaba, según refiere Santo Tomás, que Dios es el principio formal de todos los seres. Sostenía, según Gersón, que el Criador y la criatura son una misma cosa; que todas las cosas se reducen a una sola y todas son Dios, siendo Dios la esencia de todo; que Dios puede decirse fin de todas las cosas, en cuanto que todas confluyen a Él y en Él formarán un solo individuo inmutable. Es natural que el defensor de tales ideas sostuviese el realismo más exagerado en la controversia de los universales, afirmando la unidad e identidad perfecta de esencia entre los diversos individuos.
Según el cronista Rigord, Amaury y sus discípulos decían también que el cuerpo de Cristo está en la Eucaristía como en cualquiera otra parte, negaban la resurrección y el culto de los Santos, añadiendo que el hombre identificado con Cristo y con el Espíritu Santo no puede pecar. Bien dice Menéndez y Pelayo que estas últimas doctrinas nos llevan «muy lejos de Avicebrón, pero muy cerca de los cátaros, albigenses, valdenses y pobres de Lyón y hasta los begardos y alumbrados».
Denunciado Amaury en París apeló a Roma, pero el Papa le obligo a retractarse. Murió poco después, hacia 1206.
No murió con él la herejía, porque en el clero universitario abundaban sus secuaces, entre los que descollaba David de Dinant, panteísta como su maestro, aunque con leves matices de diferencia, al afirmar que Dios era la materia prima de todas las cosas, identificándolo con el principio constitutivo de los cuerpos y de las almas. Desarrollando la doctrina de Amaury, que no veía en la Trinidad más que tres manifestaciones sucesivas de la esencia divina, David de Dinant consideraba la Historia como dividida en tres edades: la primera, la del Antiguo Testamento, fue la actuación del Padre, que se encarnó en Abraham; la segunda, la del Nuevo, fue la del Hijo, que se encarnó en Cristo; la tercera, y final, es la del Espíritu Santo que se encarna en los fieles, por lo cual todos somos dioses como Cristo y Abraham.
Condenados estos errores en el sínodo de París de 1210 ordenó Felipe Augusto que varios de los que los profesaban muriesen en la hoguera; otros fueron degradados del sacerdocio y reducidos a prisión perpetua; los libros de física de Aristóteles fueron vedados, so pena de excomunión
2. Petrobrusianos y otros herejes. Apenas merecen mención algunos herejes semilocos que pululan en el siglo XII, como los luciferianos de Maestricht, así llamados porque se les ocurrió decir que Lucifer había sido injustamente condenado al infierno, por lo que era preciso rehabilitarlo, derribando a San Miguel. Se les acusaba de enseñar doctrinas maniqueas y de adorar al dios Asmodeo en figura de gato negro.
Loco de remate parece a veces, aunque aficionado a los banquetes espléndidos, el laico y sin letras Tanquelmo (+ 1115), o Tanquelino, que rechazaba la jerarquía, llamaba lupanares a los templos, se decía hijo de Dios con la plenitud del Espíritu Santo, y perpetró la comedia sacrílega de sus desposorios con la Santísima Virgen. Rodeado de regio fausto y de fuerte comitiva, predicó en Utrecht, Brujas y Amberes, despertando en sus secuaces tal fanatismo, que muchos no vacilaban en beber el agua en que aquél se bañaba. Finalmente, fue asesinado por un clérigo. San Norberto de Xanten refutó sus errores.
Tampoco debía de estar en sus cabales un francés por nombre Eudo, o Eón de Stella, condenado en el concilio de Reims (1148) porque se proclamaba hijo de Dios y juez del mundo sacando argumento de la liturgia, que en una oración de los exorcismos dice: «Eum (Eon!) qui iudicaturus est vivos e mortuos». En la historia eclesiástica merece recordarse el caso de Eón, por ser la primera vez que la Iglesia condenó a un hereje a penas temporales. Murió en la cárcel hacia 1150.
Alguna mayor importancia tuvieron por el mismo tiempo los petrobrusianos, cuyo jefe y fundador, el sacerdote Pedro de Bruys (+ 1138?), recorría las ciudades de la Provenza y Gascuña, descristianizándolas con sus predicaciones revolucionarias durante veinte años, hasta que lo denunció a los obispos el abad cluniacense Pedro el Venerable.
Del tratado que éste escribió contra los petrobrusianos, deducimos cuáles eran los principales errores de aquel hereje: que el bautismo es inútil para los niños, por lo cual es preciso rebautizarlos cuando llegan al uso de razón; que hay que derruir todos los templos, pues lo mismo se ora a Dios en la taberna, en el establo o en la plaza; que la cruz no merece respeto, sino destrucción, pues fue causa de los tormentos de Cristo; que sólo en la última cena se cambió el pan y el vino en la carne y sangre del Señor, no después; que las misas, sufragios, oraciones y limosnas no aprovechan a los difuntos; que se deben suprimir todos los cánticos sagrados.
Mientras predicaba tales doctrinas un día de Viernes Santo y se disponía a asar un trozo de carne sobre una hoguera o pira de cruces, indignado el pueblo por tal escándalo, lo arrojó a él mismo a la hoguera, donde murió.
Habiéndose puesto al frente de los petrobrusianos el fanático predicador Enrique de Toulouse o de Lausana, antiguo monje y ahora elocuente declamador contra los pecados del clero, la Iglesia condenó sus errores de un modo general en el canon 23 del concilio II Lateranense (1139). Al desaparecer aquella secta, dejó el terreno bien abonado para que germinase otra herejía más radical y peligrosa: la de los cátaros o albigenses.
3. El fundador de los valdenses. ¿Cómo explicar esta pululación de herejías en un siglo de tanta fe y de tanta prosperidad de la Iglesia? Nótese, en primer lugar, que muchas de tales desviaciones dogmáticas, con actitudes revolucionarias, brotan del ansia misma de espiritualismo que cunde en el pueblo cristiano; espiritualismo, sin duda, exageradamente reformista. Otras crecen y se desarrollan al calor del laicismo naciente y de la burguesía que despierta, creando un nuevo clima y anunciando de lejos una nueva edad. Tal vez podríamos añadir —aunque para afirmarlo sería preciso un estudio más detenido— que la reforma gregoriana, aunque eficaz, no había sido bastante profunda, al menos en sus últimas ramificaciones, ya que el clero de ciertos países abandonaba sus deberes pastorales y se apoltronaba en el disfrute de sus riquezas, por lo cual era menospreciado y aborrecido por muchos, que tendían a identificar el Evangelio auténtico con la práctica de la pobreza.
Por los años de 1177 encontramos en Lyón una multitud más o menos organizada de gente sencilla que se deja impresionar por la predicación de ciertos ascetas populares, que alardean de atenerse al Evangelio de Cristo más que a la jerarquía eclesiástica. Llamábanse pauperes spiritu y también, a veces, pauperes Christi, o simplemente pauperes, con el sobrenombre del país en que vivían.
Iniciador de aquel movimiento y cabeza de los asociados era Pedro Valdés, comerciante de Lyón.
Este comerciante lugdunense puede considerarse como un precursor del Poverello, hijo a su vez de un comerciante de Asís; sólo que el primero, desgraciadamente, no tuvo humildad bastante para obedecer a sus superiores eclesiásticos, y el que iba para santo acabó en hereje; mientras que el segundo supo dar la mano a «Madonna Povertà», bajo la bendición del sacerdote, del obispo, del Vicario de Cristo en la tierra.
Según el cronista anónimo de Lyón, que escribía hacia 1219, era un domingo del año 1173, cuando el comerciante Pedro Valdés, llevado de la curiosidad, se acercó a una muchedumbre de gente que escuchaba a un juglar. Lo que éste recitaba era un cantar o romance de San Alejo. Conmovido Valdés con los episodios hagiográficos que llegaron a su oído, rogó al juglar viniese a su casa a repetirle y completarle los pormenores de la leyenda.
Al día siguiente se presentó ante un maestro de teología preguntándole: «¿Cuál es el mejor y más seguro camino para ir a Dios?» Respondióle el teólogo con las palabras de Cristo: «Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres» (Mt. 19, 21). Vuelto a su casa, dijo Valdés a su mujer que tomase de su fortuna cuanto le pareciese conveniente, porque del resto quería disponer él en favor de los pobres. Así lo hizo. Dotó a sus dos hijas niñas aún, para que entrasen en la abadía de Fontevrault, repartió sus demás bienes entre los menesterosos, durante una gran hambre que afligió a aquel país, y se puso a mendigar por amor de Dios.
En 1177 consta que tenía ya seguidores, que le imitaban el hacer voto de pobreza total y en predicar, aunque fuesen laicos, el Evangelio. Ahora bien, la predicación es deber y oficio propio de los obispos, los cuales delegan solamente en los sacerdotes. Se preveía, pues, el conflicto, porque los nuevos anunciadores de la palabra de Dios, además de predicar públicamente la penitencia, confesando sus propios pecados, lanzaban invectivas contra los que tenían el corazón apegado a las riquezas.
Valdés y los suyos hicieron que dos clérigos de Lyón les tradujesen a la lengua vulgar el Evangelio y otros pasajes bíblicos, así como algunas sentencias de los Santos Padres. Con este bagaje literario ya podían hacer más eficaces sus prédicas y sus disputas con los sacerdotes.
Por lo demás, su conducta era ejemplar, desprendida de todo lo terreno; vestían humildemente y calzaban una especie de sandalias rústicas (sabot), de donde les vino el nombre de insabattati, aunque más comúnmente se les denominaba pauperes de Lugduno o lugdunenses.
Nada tiene de extraño que en el ardor de su predicación —siendo además gente sin letras— se excediesen en las palabras y profiriesen errores e impertinencias.
El arzobispo los llamó y les prohibió en adelante predicar. Golpe terrible, porque se sentían con vocación de apóstoles.
Como su intención hasta entonces era recta y querían permanecer fieles a la Iglesia romana, pensaron en apelar al Papa. En la primavera de 1179 se celebraba el Concilio III Lateranense. Allí se presentó Valdés con algunos compañeros. Si hemos de creer a Walter Mapes, que asistió a aquella ecuménica asamblea, este ingenioso y mordaz inglés los examinó y los puso en ridículo por su ignorancia teológica delante de los Padres con-ciliares. Sin embargo, la pintura que de ellos hace es digna de los primeros franciscanos: «No tienen casa propia —dice—, caminan de dos en dos, con los pies descalzos, sin provisiones; ponen todo en común, a ejemplo de los apóstoles, y siguen desnudos a Cristo desnudo».
Cuando Valdés presentó a la aprobación del papa su «propositum vitae», Alejandro III, benévolo, le dio un abrazo, aprobando su voto de pobreza, pero le ordenó que no predicase sino cuando se lo permitiesen o se lo pidiesen los obispos y sacerdotes.
Parece que al principio Valdés acató esta prohibición. La crisis que empezó a sufrir la comunidad de los Pobres de Lyón no la conocemos bien. Lo cierto es que en 1184 la Iglesia condena terminantemente la herejía de los valdenses. Es probable que, disgustados de la decisión romana, algunos de los seguidores de Valdés se pusieran en contacto con los petrobrusianos y con los cátaros, contagiándose de sus herejías. Consérvase en la Biblioteca Nacional de Madrid una profesión de fe de Valdés, publicada por el P. Dondaine, O. P., quien la situó entre 1179 y 1184. Es un admirable documento de la más pura ortodoxia, en el que después de afirmar todos los artículos del credo y de reprobar, uno por uno, los errores de los albigenses y de otros herejes de aquel tiempo acerca de la Iglesia católica y de los sacramentos, los cuales tienen validez aun administrados por sacerdotes pecadores; después de admitir los premios y castigos eternos, el valor de las buenas obras, sin las cuales la fe es muerta, etc., declara que él y sus discípulos hacen profesión de pobreza conforme al Evangelio, «quod si forte contigerit aliquos venire ad vestras partes, dicentes se esse ex nobis, si hanc fidem non habuerint, ipsos ex nostris non fore pro certo sciatis».
4. Sus errores. Es indudable que entre los valdenses, carentes de una dogmática bien estructurada, se infiltraron con el tiempo no pocos errores. Cuáles eran éstos no es fácil determinarlo. Los antiguos polemistas católicos, como Alain de Lille, Ermengaud y Bernardo de Fontcaud, les reprochan multitud de doctrinas heréticas, incluso aquellas que son típicas de los petrobrusianos y cátaros, y de las cuales los valdenses estaban inmunes al principio. ¿Es que las adoptaron corriendo los años, o más bien fueron los petrobrusianos los que se incorporaron al movimiento valdense? Nos parece más probable lo primero. Las más típicas y originarias suyas pueden reducirse a las siguientes: todos los discípulos de Cristo han recibido la misión de predicar el Evangelio y de anunciar la palabra divina en las asambleas eclesiásticas, aun los laicos y las mujeres; la validez del sacramento depende de la santidad del que lo administra; de nada sirven las indulgencias, las bendiciones y otros ritos de la Iglesia; no se ha de rezar otra oración que el Pater noster.
La primera de estas afirmaciones tal vez sea la más antigua entre ellos, y por sí sola basta a explicar el anatema eclesiástico. De hecho el arzobispo de Lyón, Juan Bellesmaíns, los arrojó de la ciudad, y poco después, en 1184, el concilio de Verona, presidido por el Papa Lucio III y honrado con la asistencia de Federico Barbarroja, los anatematizó, envolviendo a los humillados y pobres de Lyón con los cátaros, patarinos, arnaldistas y otros herejes.
5. Humillados de Lombardía. Los humillados (humiliati) tenían su origen en Lombardía, y eran una de tantas sectas reformistas brotadas en aquel tiempo, de caracteres muy semejantes a los de los valdenses. Al igual que éstos, pidieron su aprobación al Papa, y Alejandro III les ordenó que ni formasen conventículos ni predicasen en público. Gran parte de ellos, no todos, desobedecieron las órdenes pontificias y se agregaron a los discípulos de Valdés, constituyendo la rama lombarda de los valdenses (pauperes de Lombardia); otros se mantuvieron dentro de la ortodoxia, y con ellos se formó la Orden religiosa de los Humillados (Ordo Humiliatorum), que perduró hasta los tiempos de San Carlos Borromeo.
Propagáronse los valdenses de Francia e Italia a las naciones vecinas; no hubieran progresado mucho si los reyes hubiesen reaccionado tan violentamente como Pedro II de Aragón, que en 1197, dirigiéndose a todos los arzobispos, obispos, prelados, rectores, condes, vizcondes, vegueres, merinos, bailes, hombres de armas, burgueses, etc., de su reino, les anuncia que, fiel al ejemplo de los reyes sus antepasados, y obediente a los sagrados cánones, que separan al hereje del gremio de la Iglesia y del consorcio de los fieles, manda salir de su reino a todos los valdenses, llamados vulgarmente «enzapatados» o, por otro nombre, «pobres de Lyon», como enemigos de la cruz de Cristo, violadores de la fe católica y públicos enemigos del rey y del reino.
Si alguno fuere hallado después del Domingo de Pasión, será quemado vivo, y de su hacienda se harán tres partes: una para el denunciador y dos para el fisco. Y acaba con estas palabras, que Menéndez y Pelayo llama realmente salvajes: «Sépase que si alguna persona noble o plebeya descubre en nuestros reinos algún hereje, y le mata, o mutila, o despoja de sus bienes, o le causa cualquier daño, no por eso ha de temer ningún castigo, antes bien, merecerá nuestra gracia».
Inocencio III, que vio a los pobres de Lyón y de Lombardía divididos por internas disensiones, intentó atraérselos suavemente, transformando su organización en una asociación católica, para lo cual en 1212 aprobó y concedió indulgencias a los «pobres católicos», dirigidos por Durando de Huesca, el cual se había arrepentido de sus antiguos errores. Pero la secta valdense perseveró en Milán, «fovea haereticorum», y en el Piamonte, y en el siglo XVI vino a nutrir las filas del calvinismo.
Dentro de aquel clima espiritual de amor a la pobreza evangélica brotó y se desarrolló —con signo ortodoxo— el franciscanismo. Y fue gran mérito de los frailes menores el encauzar dentro del dogma y de la disciplina eclesiástica aquella corriente peligrosa, asimilándose lo mejor de su espíritu, como lo fue de los frailes predicadores el rebatir con su doctrina y poner un dique a la no menos peligrosa avenida de los albigenses.
6. Importancia de la herejía speronista. Antes de pasar al mediodía de Francia para conocer los estragos que allí produjo la secta de los cátaros, detengámonos un momento en esa «cueva de herejes» que era Milán, y en Piacenza y otras ciudades de Lombardía, donde más que en otra parte de Italia proliferaban las herejías.
Había entre ellas una, la de los speronistas, muy mal conocida hasta nuestros días. No se tenía noticia de su fundador, y en cuanto a sus doctrinas, nadie sabía distinguirlas con precisión dentro de aquella ebullición heterodoxa de valdenses, arnaldistas, albigenses, patarinos, etc. Unos la clasificaban entre las sectas de tipo pauperístico, otros entre las de carácter gnóstico. Y ninguno acertaba, hasta que en 1945 el P. Ilarino dá Milano, O. M. C., al publicar un texto inédito del siglo XII, nos ha dado a conocer al fundador de los speronistas, ha trazado claramente las líneas fundamentales de su doctrina y ha probado con evidencia que se trata de una herejía aparte, de rasgos muy típicos y diferenciados.
La importancia histórica del speronismo está en sus sorprendentes semejanzas con las ideas que dos siglos más tarde había de predicar Wicleff y a una distancia de casi cuatro siglos había de enseñar Calvino. Este insospechado anticipo ha despertado la curiosidad de los historiadores.
Del fundador y de sus discípulos es poco lo que sabemos., Hugo Speroni debía de ser natural de Piacenza y estudió jurisprudencia en Bolonia por los años de 1140, en compañía y amistad del que luego será maestro Vacario, a quien debemos la refutación, y, a través de la refutación, el conocimiento de los errores de su antiguo compañero.
Cónsul de Piacenza en 1164, en 1165 y en 1171 aparece un Hugo Speroni, probablemente nuestro jurista, que ya entonces meditaba su nueva concepción del cristianismo.
En el decreto pontificio-imperial de Verona (1184) no se nombra aún a los speronistas, señal de que todavía no se habían dado a conocer o no constituían verdadero peligro. Pero desde aquella fecha, Hugo Speroni conquistaba adeptos y los instruía, infundiéndoles un espiritualismo mucho más radical e interior que el de las sectas pauperísticas, que intentaban la reforma por medio de la renuncia a los bienes materiales, y una mentalidad antijerárquica y antisacerdotal mucho más honda y absoluta que la de los arnaldistas, por ejemplo.
Speroni no era un predicador ambulante como Valdés, como los ministros de la secta albigense o como tantos otros herejes de aquella época. A diferencia de casi todos ellos, podemos decir que era sedentario y docto. Lo primero lo deducimos de las dignidades que desempeñó (cónsul y quizá magistrado); lo segundo, de sus estudios, de su título de maestro en derecho civil y de sus mismos escritos doctrinales, de los que sólo poseemos noticias indirectas.
Sabemos, aunque nos es imposible determinar la fecha, que Speroni se apartó públicamente de la Iglesia católica y empezó a reclutar partidarios y discípulos de palabra y por escrito.
7. Un protestantismo precoz. Su sistema doctrinal lo podemos sintetizar en cuatro puntos fundamentales: a) antisacerdotalismo; b) negación de los sacramentos y del sacrificio eucarístico; c) justificación por la predestinación, y d) inutilidad de las obras exteriores.
Acaso lo que más resalta en él es la aversión a todos los poderes religiosos y sacramentales de los sacerdotes y la concepción espiritual, igualitaria, de la comunidad cristiana, sin organización jerárquica y sin diferencia de clérigos y laicos. En esto se adelanta a Lutero, como en la idea de la justificación por la predestinación parece un precursor de Calvino.
Su espiritualismo exagerado le hace decir que el sacerdote indigno carece de poderes y oficios sacerdotales y es rechazado por Dios, por usurpar lo que no es suyo; el sacerdote inmundo todo lo contamina. ¿Cómo puede el que no es santo santificar a los demás? Ni en el bautismo ni en ningún otro rito, Dios no puede hacerse cómplice del sacerdote indigno y pecador, y pecadores e indignos son todos los sacerdotes de la Iglesia católica. Pecan todos los fieles que a ellos acuden. El verdadero sacerdocio viene sólo de Dios; ningún hombre puede arrogarse la dignidad de sacerdote ni conferirla a otro. El sacerdocio de la ley de Cristo, contrariamente al aarónico, es puramente espiritual y consiste en la santidad, en la bondad moral. La distinción entre laicos y clérigos es contraria a la unidad de la Iglesia y es una deturpación de su belleza y santidad. Sólo el justo y el santo es verdaderamente sacerdote.
Ese mismo espiritualismo le impulsa a rechazar todos los sacramentos y cualquier rito externo. El bautismo de niños y de adultos, además de ineficaz e inválido, es completamente inútil, porque el pecado de Adán no se transmite a sus descendientes; niega, pues, la doctrina de la Iglesia sobre el pecado original. No hay más que un bautismo espiritual, consistente en la pureza interior del alma; ése es el que hace cristianos. Repudia igualmente el sacrificio eucarístico, como contrario al sacrificio de Jesucristo. Lo que el Señor mandó celebrar fue una cena verdadera, no la Eucaristía católica. El pan y el cáliz tienen la significación, nada más, del cuerpo y de la sangre de Cristo. Además, tanto la misa del celebrante como la comunión de los fieles, son superfluas para los justos y dañosas para los pecadores.
¿Quiénes son justos y santos? Solamente los predestinados, que consiguientemente conservan siempre la fe y el amor a Cristo. Reconoce que, al menos externamente, pueden pecar, los hombres. Y entonces ¿cómo se santifican? Responde; «Solus, mundus mundatur», solamente se purifica el que desea purificarse, y esto lo consigue por sí solo, no por intervención del sacerdote. Esa es la justicia verdadera o purificación «secundum interiorem hominem», de tal forma que puede darse la coexistencia de una justicia o pureza interior y de una impureza o pecaminosidad exterior; por eso un adúltero, un homicida, un fornicario, pueden ser delante de Dios puros, según el hombre interior. Pero ¿cuál es la causa de la justificación interior? La predestinación divina. Los predestinados, desde la eternidad son justos ante Dios y se mantienen siempre en estado de justicia por el «propósito interior», que es de fe plena y de amor a Cristo.
Esto basta, sin necesidad de obras. Las obras exteriores son completamente inútiles e incapaces de justificar a nadie. Inútil es la confesión sacramental, ya que la absolución de los pecados no se obtiene más que por la penitencia espiritual, por la plenitud de la fe del corazón.
Tales son las ideas religiosas, verdaderamente radicales, de Hugo Speroni, de quien excusado es decir que se manifestaba enemigo de los templos, de los ritos y ceremonias, de las fiestas litúrgicas, de los ayunos, etc. Aceptaba, sí, la Biblia, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento, y en la palabra divina por él interpretada apoyaba sus argumentaciones.
Esto es todo lo que sabemos de aquella herejía, que, surgida en los últimos decenios del siglo XII, desapareció antes de un siglo sin dejar huella de sí.
La proscripción que Federico II lanzó el 22 de noviembre de 1220 contra los «cátaros, patarinos, leonistas, speronistas, arnaldistas» y otros herejes fue confirmada e incluida en la bula de Inocencio IV de 31 de octubre de 1243 y repetida por otros Papas en documentos posteriores.
LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN
HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA
Primer entrega: LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?
Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones
Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)
Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo
Quinta entrega: El semipelagianismo
Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques. San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)
Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia. Los monoteletas
Octava entrega: Segunda fase del monotelismo: 638-668
Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente
Décima entrega: El error adopcionista
Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación
Duodécima entrega: Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI
Decimotercera entrega: El cisma de oriente
Decimocuarta entrega: El cisma de oriente (continuación)
