VIGÉSIMO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
En aquel tiempo había en Cafarnaúm un señor de la corte, cuyo hijo estaba enfermo. Habiendo oído que Jesús venía de la Judea a la Galilea, fue a Él y le rogaba que descendiese y sanase a su hijo, porque se estaba muriendo. Y Jesús le dijo: Si no viereis milagros y prodigios, no creéis. El de la corte le dijo: Señor, ven antes que muera mi hijo. Jesús le dijo: Ve, que tu hijo vive. Creyó el hombre a la palabra que le dijo Jesús, y se fue. Y cuando se volvía, salieron a él sus criados y le dieron nuevas, diciendo que su hijo vivía. Y les preguntó la hora en que había comenzado a mejorar, y le dijeron: Ayer a la hora séptima le dejó la fiebre. Y entendió entonces el padre que era la misma hora en que Jesús le dijo Tu hijo vive, y creyó él y toda su casa.
El Evangelio de la presente Domínica es tan interesante por la historia que recuerda como por la lección que contiene.
Historia y lección son dignas de nuestra consideración.
En cuanto al episodio debemos saber que Jesús acababa de llegar a Galilea, después de haberse detenido algunos meses predicando en Judea.
En efecto, cuando el Señor supo que los fariseos estaban informados de que hacía más discípulos y bautizaba más que Juan, abandonó la Judea y se volvió a Galilea.
Atravesó Samaría, convirtió a la Samaritana y se quedó allí dos días; pasados los cuales, continuó su viaje hacia Galilea. Cuando llegó, fue recibido por los galileos, que habían visto todas las grandes cosas hechas por Él en Jerusalén durante la fiesta.
Nuestro Señor fue a Caná, donde había convertido el agua en vino; y pronto se divulgó por toda aquella región la noticia de que Jesús había llegado.
Estaba entonces en Cafarnaúm, distante de Caná unos 25 kilómetros, un oficial o ministro del tetrarca Herodes Antipas, que tenía su hijo mortalmente enfermo de una fiebre maligna.
Piensan algunos, no sin fundamento, que este funcionario regio es aquel Cuza, administrador de Herodes, cuya mujer Juana era una de las piadosas matronas que seguían y socorrían con sus limosnas al divino Maestro.
Al enterarse el régulo de la llegada de Jesús, partió al instante de Cafarnaúm a Caná, para rogar al Señor que se dignase bajar a su casa y sanase a su hijo, que se estaba ya muriendo.
La aflicción del padre conmovió el Corazón del Salvador; pero su poca fe necesitaba antes un correctivo. Por esto dijo el Señor al oficial: Si no viereis milagros y prodigios, no creéis.
Sobresaltado por esta reprensión y más temeroso que nunca por la vida de su hijo, dijo ansiosamente el ministro a Jesús: Señor, desciende, antes que muera mi hijo.
Vencido por fin Jesús por el dolor y las súplicas del padre, le dijo: Anda, tu hijo vive. Era la hora séptima, es decir, la una de la tarde.
Dio el hombre fe a la palabra de Jesús, y partió hacia Cafarnaúm. A la misma hora, su hijo se vio completamente libre de la fiebre.
Cuando los domésticos del oficial pudieron cerciorarse de que la mejoría del hijo no era un alivio pasajero, y de que su restablecimiento era tan completo como instantáneo, salieron al encuentro de su amo para comunicarle la feliz nueva.
Dice el Evangelista que amo y criados se encontraron al día siguiente, cuando el oficial estaba de vuelta para su casa. Al enterarse de la salud de su hijo, preguntó a sus criados a qué hora había desaparecido la fiebre.
Al oír que era precisamente la misma hora en que Jesús le había asegurado que su hijo vivía, se persuadió por fin plenamente de que al Señor debía la salud y la vida de su hijo. Y creyó en Jesús él y toda su casa.
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Pasemos a la lección.
Una de las enseñanzas más hermosas de este Evangelio es cuán provechosas son las tribulaciones y adversidades para volver los ojos a Dios.
La enfermedad de su hijo condujo al funcionario regio hasta Cristo, y en Él encontró, no sólo la salud de su hijo, sino también el don de la fe para sí y para toda su familia.
Y es que el dolor purifica…, ilumina…, perfecciona… enriquece…
Los dolores, las cruces y las tribulaciones los permite Dios para purificarnos; para que nos asemejemos al modelo de los predestinados, Cristo Jesús, que nos redimió con el dolor y por el dolor.
Por medio de las penas y de las tribulaciones Dios purifica al hombre de los pecados cometidos.
Ellas hacen que el hombre vuelva en sí y vuelva después a Dios.
Así aconteció al hijo pródigo y al régulo y su familia del Evangelio de este Domingo.
¡Cuántos han vuelto a Dios por este medio!
Lo que es el fuego para el oro, el cincel para la piedra, eso es la tribulación para el hombre. El dolor forja a los héroes y forma a los santos.
El dolor purifica de los pecados pasados y presentes y precave de recaer en ellos.
Dios cierra con seto de espinas el camino de los pecadores cuando envía enfermedades y tribulaciones con que les detiene en sus caminos de perdición.
Las tribulaciones también iluminan al alma cegada por las pasiones y deleites. Ellas le hacen ver a Dios y a sus Santos, al mismo tiempo que la vanidad de las cosas de este mundo, la impotencia de las riquezas para librarnos, de las honras y dignidades para aliviarnos.
Se ha dicho que el dolor es un maestro que enseña. Él forma mártires y genios; hiere el pecho, pero alumbra la inteligencia.
Las pruebas disponen al alma para el ejercicio de las virtudes…. la paciencia, la resignación, la humildad, la bondad, el desprendimiento….
Y no sólo disponen al ejercicio de estas virtudes, sino que también las van perfeccionando en el alma. Todos los Santos se han perfeccionado en la escuela de la tribulación y del dolor.
El sufrimiento es el camino más corto para llegar al Cielo. Aquel malhechor, que moría al lado de Cristo, le habló de una cruz a otra Cruz, de la cruz de un dolor inmenso a la Cruz de un dolor divino… Y Jesús, no pudiendo olvidar al penitente en el dolor, que moría a su lado, le mereció y otorgó el Paraíso.
Finalmente, la tribulación es una mina preciosa de la cual podemos sacar riquezas sobrenaturales; ella enriquece con los verdaderos tesoros.
En la medida en que seamos afligidos por las tribulaciones, seremos después consolados y recompensados por Dios.
Apareciéndose a Santa Teresa, San Pedro de Alcántara exclamaba: Benditas aflicciones y penitencias, que tanta gloria me han procurado en el Cielo.
Por otra parte las aflicciones y cruces son señal de predestinación y de la filiación divina; por esto nos enseña San Pablo que Dios, a aquél a quien ama y recibe por hijo suyo, le prueba con adversidades y tribulaciones.
Por eso, antes que temerlas, debemos alegrarnos espiritualmente en las tribulaciones; como San Pablo que exclamaba: Estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en medio de toda nuestra tribulación.
Ellas nos proporcionan la más bella semejanza con Cristo crucificado.
El oficial de Cafarnaúm nos enseña que las cruces son inevitables y ventajosas, pues ellas nos despegan de las cosas de la tierra, nos hacen expiar nuestros pecados y nos acercan a Dios.
No debemos desconfiar en las tribulaciones. En las adversidades y enfermedades que Dios nos envíe, debemos buscar los auxilios divinos, sin menospreciar los auxilios humanos.
Las cruces y dolores debemos aceptarlos como una expiación de nuestros pecados y para unir nuestros sufrimientos a los de Cristo.
Si sufrimos con Cristo, seremos glorificados con Cristo.
Dios nos aflige con enfermedades y tribulaciones para probarnos. Como el oro se prueba en el fuego, Dios prueba con enfermedades el corazón del hombre.
Otros son afligidos con enfermedades para que se mantengan siempre humildes y vigilantes, no teniendo por qué ensoberbecerse. Es un motivo de consuelo para las almas buenas, ya que, al verse afligidas por la desgracia, no se creen abandonadas de Dios.
Envía Dios enfermedades para espiritual provecho de algunos pecadores para que, entrando en sí mismos, salgan de su mal estado. Por eso cuando Jesucristo curaba a algún enfermo le decía: Ya no peques, no sea cosa que te ocurra algo peor.
A veces envía Dios enfermedades para que, mediante ellas, se manifiesten las obras del Señor, su poder y misericordia. Así sucedió con el hijo del régulo del Evangelio de hoy.
Por todas estas razones, en las enfermedades:
* Debemos reconocer la mano del Señor que nos amonesta, nos hiere y nos castiga.
* No hemos de angustiarnos en presencia del mal, sino agradecerlo al Señor, quien de este modo nos da a conocer que se acuerda de nosotros y que no nos ha abandonado.
* Debemos sufrir el mal con paciencia para que nos descuente algo de lo que debemos sufrir por nuestros pecados.
* Conviene que nos dirijamos al Señor con la oración y recurramos a los Santos Sacramentos que curan nuestras heridas espirituales y que nos dan fortaleza para sufrir las tribulaciones.
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Por otra parte, la diligencia de aquel régulo de Cafarnaúm que se acerca a Jesucristo a pedir la curación de su hijo y la recompensa que recibe, son para nosotros un hermoso ejemplo.
En primer lugar, el régulo se apresura a enterarse dónde está Jesús, qué camino lleva el que aliviaba los males de los hombres.
Luego emprende un penoso viaje, soporta todos los sacrificios, persevera en su idea y pensamiento.
Al llegar a Jesús le pide con confianza, humildad y fervor.
Persevera en su petición sin desalentarse por los reproches de Jesucristo que le dice: Si vosotros no veis prodigios y milagros no creéis. Atento sólo a la enfermedad de su hijo, responde: Señor, ven antes que muera mi hijo…
Este oficial que así ruega, implora, persevera…, nos enseña la manera cómo nosotros debemos recurrir a Jesús en nuestras tribulaciones, enfermedades, dificultades, etc.
Una vez en presencia de Jesucristo le ruega con fe y fervor.
Esa fe se manifiesta:
En sus comienzos: si bien él no creía que Jesús pudiese curar de lejos a su hijo, sin embargo le pide que vaya a curarlo antes que muera, creyendo que presente sí puede hacerlo.
En su progreso: él creyó en la curación de su hijo por la palabra de Jesús, y partió de regreso.
En su perfección: no solamente cree en la palabra de Jesucristo, sino que se convierte en apóstol y comunica esa fe a toda su familia.
San Beda el Venerable enseña: “En esto se da a conocer que hay grados en la fe como en las demás virtudes, en las cuales hay principio, desarrollo y perfección. El principio de la fe de éste estuvo cuando pidió la salud de su hijo; su incremento, cuando creyó en la palabra del Salvador, que le dijo: Tu hijo vive; y obtuvo la perfección cuando se lo anunciaron sus criados”.
Por todo esto, otra lección que se nos da en este Evangelio es una exhortación al crecimiento siempre progresivo en la fe; como expresó el Apóstol San Pablo a los Romanos, crezcamos de fe en fe, ex fide in fidem.
Son dignos de toda ponderación los tres grados por los cuales pasa la fe del ministro real.
Primeramente, se presenta a Jesús y le suplica que baje a Cafarnaúm y sane a su hijo moribundo.
Alguna fe tendría el ministro, pues creía que Jesús podía sanar a un enfermo desahuciado; mas esta fe era imperfecta, a lo menos por cuanto suponía que Jesús no podía ejercer su poder de obrar milagros a distancia, ausente del lugar donde era requerido.
Por esta razón le reprendió Jesús por su poca fe, pues él y los demás judíos, no contentos con los milagros que habían visto u oído, pedían siempre nuevos portentos, no tanto para confirmarse en la fe, cuanto por la pasión de ver maravillas, de las cuales luego no se aprovechaban para creer.
En segundo lugar, cuando Jesús le dijo: Anda, tu hijo vive, creyó el hombre a la palabra de Jesús. Mayor era esta fe que la anterior.
Por fin, al comprobar por el dicho de sus siervos que la fiebre dejó a su hijo en el momento preciso en que le había hablado Jesús, creyó él y toda su familia. Nuevo crecimiento en la fe.
Esta fe, en este triple grado de progresivo desarrollo, no solamente va creciendo en intensidad y perfección, como es manifiesto, sino también variando en su objeto y en su fundamento.
Al principio el ministro creía en la potencia de Jesús, como taumaturgo, y ciertamente en una potencia muy limitada en su objeto. No parece que su fe se extendiese mucho; la reprensión de Jesús más bien hace suponer lo contrario.
¿Cuál fuese el fundamento o motivo de esta fe?, no lo dice el Evangelista explícitamente; mas por lo que dice, poco antes, de la acogida favorable que hicieron a Jesús los Galileos a causa de los milagros que habían visto en Jerusalén, es fácil suponer que por el dicho de estos Galileos creyó el ministro que, si Jesús bajaba a Cafarnaúm, podría hacer allí lo mismo que en Jerusalén.
Mucho más perfecta fue su fe en el segundo grado. En cuanto al objeto, se extendió a creer que Jesús, aun en ausencia, podía devolver la salud y la vida a un enfermo desahuciado.
El motivo de esta nueva fe lo expresa claramente el Evangelista, al decir que el ministro creyó en la palabra de Jesús. La autoridad con que habló Jesús, acreditada por los milagros que el ministro había ya oído, y acompañada sin duda por la acción interna de la gracia y acaso también por aquellos reflejos de divinidad de que habla San Jerónimo, infundió la fe en el corazón del ministro regio.
Y puesto que el motivo es aquí universal e ilimitado, podemos suponer que también lo era el objeto que abrazaba la fe, a lo menos en cuanto se refería a la potencia milagrosa de Jesús.
La fe, en el último grado es ya perfecta. Su objeto no es ya simplemente la potencia, incluso ilimitada, del taumaturgo: es su misma persona, es su carácter de Enviado de Dios y de Mesías.
El motivo de esta fe no es ya el dicho de otros, ni sólo el dicho de Jesús, sino este dicho confirmado por la comprobación inequívoca de un portento divino, de un portento que por las circunstancias le movió más el corazón.
De aquí que esta fe no fue un mero asentimiento intelectual, sino una entrega total de su inteligencia, de su corazón, de su persona y de toda su familia al divino Maestro, quien había puesto a su servicio la potencia sobrenatural de obrar maravillas, en cosa que tanto le interesaba como la salud y la vida de un hijo querido.
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Jesús le recompensa:
* El oficial, en premio de su fe, obtiene la curación de su hijo muy amado.
* Obtiene también la gracia de la fe, don más precioso que la misma vida.
* Obtiene finalmente la bendición divina extendida a toda su familia.
¡Hermosa recompensa de su fe!
Tal es la lección de fe que hoy nos propone la Iglesia.
Aprendámosla dócilmente, creyendo también nosotros con plenitud de fe en la omnipotencia de Jesucristo.
En medio de sus primeras imperfecciones, de lo que nunca dudó el buen ministro fue de la bondad del Corazón de Jesús. Esta fe en su dulcísima bondad fue la que le animó a pedirle que bajase a Cafarnaúm.
Creamos también nosotros en el amor de Jesucristo y en la benignidad de su divino Corazón; y esta fe reparará las quiebras de nuestro espíritu y nos dará alas para volar con vuelo siempre ascendente a las mayores alturas de la perfección cristiana.

