HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Decimocuarta entrega

 

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EL CISMA DE ORIENTE (cont.)

6. Segundo patriarcado de Focio. En un Imperio como el bizantino, tan apto para las intrigas cortesanas, tan pululante de revoluciones, con hombres tan versátiles, acomodaticios y políticos, no extrañará que Focio, aunque desterrado de la corte por el emperador Basilio, lograse con adulaciones y buenas palabras captarse la simpatía del mismo y volver a palacio como maestro de los príncipes desde marzo de 873.

Como tenía muchos e ilustres amigos, discípulos y partidarios, y el emperador se inclinaba a la pacificación y concordia de ambos bandos, empezó a recobrar gran influencia, sobre todo en los últimos años del anciano y decrépito Ignacio, con quien parecía haberse reconciliado perfectamente. Murió Ignacio el 23 de octubre de 877, y a los tres días, con la aprobación del emperador, ocupaba Focio el trono patriarcal. Ya le tenemos otra vez en el puesto codiciado, a pesar de tantos anatemas como pesaban sobre él.

Como ya no tenía rival, podíase pensar que su política sería más conciliadora. Tal era también la voluntad imperial. Es de creer que al llegar los legados pontificios y ver que el medio mejor de conseguir la paz era entenderse con el nuevo patriarca, escribirían en este sentido a Roma. Focio, con su acostumbrada habilidad, hizo que el emperador reforzase sus puntos de vista con una embajada a la Sede Apostólica. Y él, por su parte, envió cartas, que autorizó con firmas de muchos obispos, aseverando que a ruegos del clero y pueblo bizantino y del mismo emperador se había visto obligado a tomar sobre sí el peso del patriarcado; que todos convenían en que éste era el único medio de recobrar la paz; que se dignase el Romano Pontífice mandar legados para la celebración de un concilio (la ambición le hacía olvidar ahora todas las recriminaciones lanzadas anteriormente contra la Iglesia latina).

Cuando la embajada bizantina entró en Roma, el Papa Juan VIII, menos hostil o más diplomático que sus dos predecesores, y en apurada situación política, se hallaba mejor dispuesto al arreglo pacífico con Bizancio. Acababa de morir Carlos el Calvo, el protector de la Santa Sede; la descomposición cundía en los estados del sur de Italia, el ataque de los árabes amenazaba a la misma ciudad de Roma. Una alianza con el emperador de Constantinopla, ¿no le aportaría fuerzas para asegurar los dominios pontificios en Italia y rechazar victoriosamente a la Media Luna? Y ¿no podría el Papa hacer concesiones a Focio a cambio del recobro de Bulgaria y, sobre todo, a cambio de la paz de la Iglesia bizantina?

El Papa lo consultó con su clero en un sínodo romano, el cual, aun reteniendo la ilegitimidad de la primera exaltación de Focio al patriarcado, fue de parecer que en aquellas circunstancias había que desligarle de todas las censuras y reconocerle como patriarca bajo ciertas condiciones. Así lo hizo Juan VIII en cartas al emperador, al clero de los cuatro patriarcados orientales y al mismo Focio, declarando que admitía a éste en la comunión con Roma, aprobaba la elección patriarcal, a pesar de que no se habían cumplido las condiciones legales de consultar antes a la Sede romana, y se alegraba de contribuir así a la pacificación de los ánimos, satisfaciendo los deseos del pueblo bizantino, de los obispos y del emperador.

Las condiciones que ponía eran: que Focio confesase su culpa, implorando perdón ante un sínodo; que renunciase a sus pretensiones jurisdiccionales sobre Bulgaria, y que se decretase para en adelante que ningún laico pudiera ascender directamente al patriarcado. Además, el Concilio constantinopolitano de 869 se mantendría en todo su valor y los partidarios de Ignacio serian benignamente tratados.

La buena voluntad del Papa era evidente y todavía se evidenció más cuando en la inauguración del concilio los legados entregaron de parte de Juan VIII al antiguo rebelde la estola, el omoforio, la túnica, las sandalias, todas las insignias de la dignidad patriarcal.

Focio, en la segunda sesión conciliar, dio palabra de no inmiscuirse en los asuntos eclesiásticos de Bulgaria. Por entonces dejó de existir Gregorio Asbesta, con lo que desapareció uno de los grandes estorbos de la paz. Es verdad que hubo reclamaciones contra ciertas exigencias de Roma, empeñándose los bizantinos en poner su derecho canónico al par que el romano; y también es cierto que Focio, en vez de pronunciarse en favor del Filioque, prefirió eludir la cuestión, dejando un postigo abierto para posibles rebeldías futuras. No atacó directamente a los latinos, como lo hiciera antes, pero sí engañó a los incautos e ignorantes legados pontificios, haciendo que la fórmula de profesión de fe, recitada solemnemente por el Concilio, fuese la del Símbolo Niceno-Constantinopolitano, en la que no aparece el Filioque, y fulminando anatemas contra cualquiera que osase añadir o quitar nada a dicha fórmula. Aquel concilio de 879 fue la más apoteósica glorificación de Focio.

Antes de conocer exactamente todo lo que en aquella asamblea habla acontecido, Juan VIII aprobó las decisiones del concilio, pero de una forma muy restringida, aceptando solamente y dando por buena la restitución de Focio en la sede patriarcal, no lo demás que hubieran hecho o tolerado sus legados contra la mente del papa. Se ha dicho que más adelante Juan VIII lanzó la excomunión contra Focio, y se ha hablado de «el segundo cisma de Focio», mas esto parece destituido de fundamento. Focio conservó siempre de Juan VIII gratos recuerdos.

Más difícil es juzgar si la reconciliación fue sincera de parte de Focio. Sus escritos posteriores contra el Filioque demuestran que en este punto del dogma disintió siempre de la Iglesia romana. Sin embargo, ni de Marino I, que sucedió a Juan VIII y que no estuvo en buenas relaciones con Bizancio; ni de Adriano III, de efímero pontificado; ni de Esteban VI (885-891), para quien Focio era un patriarca indeseable; ni, en fin, del Papa Formoso, que tan rigurosamente se portó con «el prevaricador» y sus criaturas en la carta a Stiliano, consta que excomulgasen al discutido patriarca.

7. Caída definitiva de Focio. Clausurado triunfalmente el concilio de 879, Focio apareció ante la Iglesia de Oriente como el patriarca legítimo, el patriarca más sabio, que seguía escribiendo doctos libros y celebrando al emperador en poemas y discursos. Mas de repente, en agosto de 886, al emperador Basilio le llegó la muerte, y quien le sucedió fue su hijo legal León VI (886-912). Este, que en realidad era hijo adulterino de Miguel III el Beodo y de Eudocia, esposa de Basilio, aborrecía cordialmente a su padre legal y a los que con él habían medrado, entre ellos su propio maestro Focio. Así que uno de los primeros hechos del nuevo emperador fue arrestar al patriarca, so pretexto de complicación en un complot, y hacer leer públicamente en la basílica de Santa Sofía una lista de sus atentados y delitos, así como las sentencias de excomunión lanzadas contra él por el papa y el concilio.

En seguida fue desterrado de Constantinopla y encerrado en un monasterio. No sabemos cuánto sobrevivió a esta humillación, quizá diez años completos, hasta que un día pasó de esta vida en el mayor silencio y abandono, sin que los cronistas anotasen el año de su fallecimiento. Durante el siglo X su nombre se dejó caer en el olvido. Solamente en el XI, con ocasión del cisma definitivo, se empezaron a leer sus escritos y a exaltar su memoria. Desde entonces los cismáticos lo veneraron como a un santo, introduciendo su nombre en los menologios y sinaxarios.

8. La tetragamia de León VI. A Focio le sucede un hermano del emperador, un muchacho enfermizo de dieciséis años, por nombre Esteban (886-893). Focianos e ignacianos siguen combatiéndose encarnizadamente. La paz, nunca conseguida del todo, viene a turbarse todavía más con el asunto de la tetragamia imperial.

León VI, hombre doctísimo con fama de legista, de filósofo y de teólogo, que hasta llegó a pronunciar una serie de homilías en la basílica de Santa Sofía, como un pontífice, contrajo matrimonio, sin amor, con Teófano, de la que tuvo una hija que murió niña. A la muerte de Teófano no tardó en casarse con Zoé, con quien tenía amores ya en vida de la otra. Zoé falleció a los dos años, dejándole sumido en el mayor desconsuelo. Deseoso de obtener un heredero, voló a terceras nupcias, desposándose con la bella Bayané de Frigia, que se llamó Eudoda, a pesar de que él mismo había dado antes una ley declarando nulas e inválidas las terceras nupcias y condenando aun las segundas, porque «hasta las bestias, cuando pierden la hembra, se resignan a la viudez». En la Iglesia bizantina siempre fueron prohibidas las terceras y cuartas nupcias, a diferencia de la romana, que no veía en ello inconveniente alguno de carácter dogmático. Sucedió que al cabo de un año también Eudoda fue arrebatada por la muerte. Por temor al pueblo no se atrevió el emperador a casarse por cuarta vez, pero se unió en concubinato con Zoé, la de los ojos de carbón (carbonopsina), la cual por fin le dio un hijo varón, que fue Constantino Porfirogénito.

Ocupaba entonces la sede patriarcal Nicolás el Místico, o también el Secretario (901-907), así llamado porque lo había sido un tiempo del emperador. Persona digna, austera y de excelentes cualidades, no dudó, sin embargo, en bautizar solemnemente a aquel niño ilegítimo. Quiso entonces León VI convalidar su matrimonio; pero aquí es donde el severo patriarca se irguió intransigente, alegando los cánones de la Iglesia bizantina contra las cuartas nupcias. No faltó un sacerdote que bendijese el matrimonio imperial, después de cuya ceremonia León VI puso la corona sobre la cabeza de Zoé Carbonopsina, apellidándola augusta o emperatriz. El patriarca lo puso en entredicho, no permitiéndole entrar en el templo, a lo que el emperador contestó destituyéndole y deportándole a un monasterio, donde se le obligó a dimitir.

De todas partes surgieron voces escandalizadas contra el emperador tetrágamo. Este pensó que si el patriarca bizantino no podía autorizar las cuartas nupcias, lo podría la Iglesia universal, es decir, la Pentarquia o unión de los cinco patriarcas, de los cuales el primero era de Roma. Acudió, pues, al papa Sergio III, y éste benignamente le concedió la dispensa apetecida, ateniéndose a lo que dice San Pablo, que el cónyuge queda en libertad a la muerte del otro cónyuge; atendiendo también a la ausencia de prohibición eclesiástica general y a las positivas razones de conveniencia que se daban en el caso presente.

9. Débil inteligencia entre Roma y Bizancio. Esta dispensa no hizo sino aumentar más y más el descrédito de los latinos en Bizancio. Y ahora los más decididos adversarios de Roma eran los rigoristas e intransigentes, los secuaces del destituido patriarca Nicolás. En lugar de éste fue elegido para el patriarcado un viejo y santo monje llamado Eutimio (907-912), confesor que había sido del emperador. Eutimio, varón recto y sin ambición, declaró antes de ser consagrado que nada haría en favor de su antiguo penitente si el Pontífice de Roma y los demás patriarcas no lo aprobaban. Consideraba Eutimio que las terceras y cuartas nupcias están ciertamente prohibidas y, por tanto, son ilegitimas, pero se podía dispensar al emperador, como caso excepcional.

Cuando el 11 de mayo de 912 murió León VI los odios se enconaron y las disputas se multiplicaron entre los partidarios de Eutimio y los de Nicolás el Místico, el cual salió de su monasterio y recobró la sede patriarcal (912-925). Las luchas siguieron tumultuosas hasta que los dos partidos se reconciliaron, gracias al concilio de 920, que legitimó al hijo de León VI, al mismo tiempo que condenaba las terceras nupcias bajo penas canónicas y las cuartas absolutamente, como un verdadero concubinato, para el cual no hay dispensa posible.

También la paz entre la Iglesia, griega y la latina parecía haberse restablecido más o menos bajo los patriarcas subsiguientes, bien sean como el indigno Teofilacto (931-956), bien como el severo asceta Basilio Escamandreno (970-974). De Sisinio II (996-998) se ha venido repitiendo que albergó sentimientos hostiles a Roma, porque se encontró firmada por él la carta encíclica de Focio; mas no faltan quienes juzgan imposible esa propaganda antirromana. También parece poco fundada la acusación que se lanza a veces contra su sucesor Sergio II (998-1019) de haber borrado de los dípticos el nombre del Papa. Eustatio II (1019-1025) anheló un tratamiento en todo semejante al del pontífice romano. Para eso se puso de acuerdo con el emperador Basilio II para pedir al papa Juan XIX el título de “patriarca ecuménico», «Constantinopolitanam Ecclesiam in suo orbe, sicut Romanam in universo universalem dici et haberi», según cuenta Glaber. Vaciló el Papa un momento, mas ante las protestas que se alzaron en la Iglesia latina, hubo de negarle aquel título, que podría servir de fundamento para exigir luego todas las prerrogativas del Sumo Pontífice.

10. Cesaropapismo del emperador de Bizancio y soberbia del patriarca. Repitamos aquí que el cesaropapismo fue siempre enfermedad endémica y nota característica de los emperadores de Constantinopla. Eran los árbitros de la dignidad patriarcal, y el patriarca, no pocas veces de la familia imperial, era casi un papa en el Imperio.

El emperador, aufokrator, kosmikós, que se creía dueño del Universo por su título de Imperator Romanorum, se presentaba ante los ojos de sus súbditos como un ser divinizado. Su palacio es templo o el templo es su palacio; sus vestiduras son las de un sumo sacerdote: larga clámide blanca, encima una casulla recamada de oro y pedrería, corona riquísima dominada por una cruz, gestos hieráticos y sacerdotales, ceremonial cuasilitúrgico, solemne y complicado. Cuando nombra a un oficial para un cargo parece conferirle un sacramento. En las recepciones más solemnes se deja un puesto vacío junto al trono imperial: es el reservado a Cristo, ocupado a veces por un evangelio abierto. En la fiesta de Pascua se presenta en hábito de Cristo resucitado, con bandas doradas sobre el pecho, manto de púrpura, sandalias de oro en los pies y cetro crucífero en la mano. El incienso que se le tributa y la fraseología reverente y de elogios exorbitantes que usan los que a él se dirigen, le envuelven en un halo sagrado.

Inseparablemente unido a él está, en un grado inferior, el patriarca, criatura suya, instrumento muchas veces servil de la voluntad imperial y mezclado en los asuntos e intrigas de la corte, aunque a veces, cuando despierta en él la conciencia de su dignidad pontifical, se enfrenta con la omnipotencia del emperador.

Desde que los otros patriarcados orientales, Antioquía, Alejandría, Jerusalén, cayeron políticamente bajo la dominación árabe, la autoridad y soberanía del de Constantinopla creció inmensamente, llegando a ser en el mundo oriental la cabeza de todas las Iglesias, visiblemente protegida y privilegiada por Dios, ya que de toda la cristiandad, incluida Roma, fue Constantinopla la única sede patriarcal no violada por los bárbaros del Norte o del Sur.

Y desde que Roma se volvió hacia los germanos y francos, sus vínculos con Bizancio, que ya venían aflojándose, comenzaron a soltarse. Siguiendo política distinta, cuando no contraria, Bizancio miró a Roma como a una rival o enemiga, se avivaron los resentimientos contra ella, se sacaron a plaza las mutuas divergencias, dándoles más importancia de lo que en si tenían, y como en Bizancio residía la esplendorosa pompa de los emperadores, de la cual participaba, como hemos dicho, el patriarca, se explica que éste aspirase a ser igual por lo menos que el de Roma, ciudad en decadencia y semibárbara a los ojos de los refinados bizantinos. En caso de roces violentos y discusiones apasionadas, es natural que un patriarca altanero o vanidoso no quisiese en modo alguno someterse al fallo definitivo del pontífice romano. Exigiría la autonomía y con ella la ruptura del vínculo jerárquico y el cisma.

11. Miguel Cerulario, responsable del cisma definitivo. Eso es lo que ocurrió a mediados del siglo XI. Al tímido patriarca Alejo, monje estudita (1025-1043), sucedió el altivo y ambicioso Miguel Cerulario (1043-1058). No consta que enviase a Roma, como era costumbre, la epístola sinódica, dando cuenta de su elevación al patriarcado. La separación espiritual de ambas Iglesias había llegado a tal punto, que desde hacía varios años ya no se nombraba en los dípticos al Pontífice Romano.

Siempre influyó notablemente la política en el giro de las relaciones eclesiásticas; ahora, en cambio, vamos a ver con extrañeza cómo se consuma la ruptura definitiva de Bizancio y Roma en el reinado de Constantino IX Monómaco, emperador que seguía una política de acercamiento al Papa y de armonía con germanos y francos en contra del enemigo común, los normandos.

Era Miguel Cerulario hombre de escasa formación intelectual, pero lleno de soberbia y ambición, tenaz y poseído de furibunda pasión antilatina. Viendo que las iglesias y monasterios latinos de Constantinopla se incrustaban con cierta autonomía dentro de su territorio, resolvió acabar con ellos. Dio principio a su ofensiva en 1052, cerrando los templos y expulsando a los monjes que rehusasen acomodarse al rito griego. Llegó a tanto el ciego fanatismo de sus partidarios, que el secretario Nicéforo tuvo la sacrílega audacia de pisotear las hostias consagradas por sacerdotes latinos, diciendo que no era válida su consagración.

La carta que en 1053 dirigió el arzobispo búlgaro León de Acrida a Juan, obispo de Trani, en la Apulia, estaba inspirada y acaso redactada por Cerulario. Venía a ser una declaración de guerra de la Iglesia de Oriente a la de Occidente. En ella se reprochaba a los latinos el uso de pan ázimo en la liturgia de la misa, el ayuno del sábado, el comer carne de animales sofocados y otras menudencias insignificantes. León IX encargó al cardenal Humberto que respondiese a cada una de ellas, y éste lo hizo, defendiendo al mismo tiempo la supremacía de la Iglesia de Roma y echando en cara a los bizantinos la intolerancia para con una Iglesia que tan indulgente se mostraba para con ellos. Hubo un instante de esperanzas de arreglo pacífico por los buenos ofrecimientos del emperador, instante que aprovechó León IX para enviar a Bizancio tres ilustres legados: el cardenal Humberto de Silva Candida, el cancelario Federico (futuro Esteban X) y el arzobispo Pedro de Amalfi (1054).

El recibimiento que les hizo Constantino IX fue honorífico y benévolo; el del patriarca Cerulario, frío y displicente. Se irritó porque los legados pontificios no le tributaron ciertos obsequios y homenajes de respeto que le solían tributar los obispos que de él dependían. Lo que más le indignó fue que los tres representantes del Papa venían en plan de dar doctrina, no de recibirla. Rompió, pues, con ellos todas las negociaciones, alegando que las discusiones dogmáticas sólo debían hacerse en un concilio delante de los obispos orientales. Permitió, además, que el monje Nicetas escribiese contra los latinos, atacando, entre otras cosas, el celibato de los sacerdotes. Respondió por escrito el cardenal Humberto y consiguió del emperador que se hiciese enmudecer al monje. Contra el patriarca nada pudo la autoridad imperial.

En vista de la obstinación de Cerulario, los legados tomaron una grave resolución: el 16 de julio de 1064, en presencia de gran multitud de pueblo y clero reunidos en la basílica de Santa Sofía, depositaron sobre el altar una sentencia de excomunión contra el patriarca, y salieron del templo sacudiendo el polvo de su calzado. En la sentencia se enumeraban los errores y herejías en que el patriarca seguía obstinado. Emprendieron el viaje los legados. Llamados por el emperador, regresaron a Constantinopla con la esperanza de llegar a un arreglo con Cerulario. Lo que éste hizo fue amotinar al pueblo, de suerte que aquellos tuvieron que escapar precipitadamente.

Reunido un sínodo, pronunció Cerulario anatemas contra los latinos, particularmente contra aquellos legados, hombres del Occidente, región de las tinieblas, venidos a la ciudad guardada por Dios, fuente de la ortodoxia, con objeto de pervertir la verdadera fe. Copiaba el exordio de la encíclica de Focio y procuraba poner enfrente de Roma a todos los patriarcas orientales. Les achacaba la falsificación del Símbolo de la fe, por la añadidura de Filioque, inventaba acusaciones falsas, como la de que los latinos no veneraban las imágenes ni contaban entre los santos a San Basilio, San Juan Crisóstomo y Gregorio Nacianceno; echábanles en cara el afeitarse la barba, el comer carne los miércoles, lacticinios y huevos los viernes, el que los obispos usaban anillo y marchaban a la guerra, con otras recriminaciones semejantes, todo para concluir que no había conciliación posible entre ambas Iglesias y que sólo la nueva Roma era la guardadora fiel de la ortodoxia.

Intervino ante él con gran sentido de moderación el patriarca Pedro III de Antioquia, sin obtener lo más mínimo.

El prestigio de Cerulario fue creciendo más y más ante el pueblo de la ciudad imperial, tanto, que llegó a jugar un importante papel político en la crisis que se produjo a la muerte de Constantino Monómaco (1055), y en el reinado de Miguel VI Stratloticós, su influencia fue algún tiempo decisiva; pero luego pasó a la oposición, tramó en 1057 y acaudilló un complot, consiguiendo formar un gobierno provisional, que duró hasta que entró en Constantinopla el nuevo emperador Isaac Comneno. Este, aunque le debía la exaltación al trono, no toleraba a nadie sobre sí, y, hastiado de la arrogancia de Cerulario, lo mandó deportado a una isla del mar de Mármara.

Negóse tercamente a abdicar, pero no tardó en morir, en diciembre de 1058. El pueblo se apresuró a canonizarle y pronto se Instituyó una fiesta anual en su honor.

Seguramente que en Roma no se percataron de toda la gravedad y trascendencia histórica que tenía aquel rompimiento entre las dos más importantes sedes de la cristiandad.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI

Decimotercera entrega: El cisma de oriente