SÓLO EL VARÓN, NO LA MUJER

MISTERIOS DE INIQUIDAD

 

LAS DIACONISAS NUNCA EXISTIERON EN LA IGLESIA

 

Ha surgido en la iglesia conciliar una fuerte campaña de prensa para incorporar a las mujeres en muchas de las tareas que hacen los “sacerdotes” y para justificar otras que ya se han atribuido hace tiempo.

Ahora van por la figura de la “Diaconisa”, apoyados en su existencia en la Iglesia primitiva y excusados por la carencia de sacerdotes, y, sobre todo, haciendo una confusión en el uso de este título y concepto para comparar a aquellas mujeres que en nada se asemejaron (ni procuraron asemejarse) a lo que se pretende hoy.

La finalidad del reclamo por la ordenación de diaconisas, como lo fue en su momento la justificación para los ministros extraordinarios (ahora ordinarios) de la comunión, son los peldaños inferiores de la escala satánica que pretende desacralizar a la Iglesia en todos los ámbitos, y hundir a la sociedad en la guerra fratricida por la igualdad.

En realidad se trata de las réplicas del terremoto del Concilio Vaticano II, que no cesarán hasta la Segunda Venida de Nuestro Señor.

 

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Para entender un poco mejor el contexto, veamos primero lo que significa “diaconado” para la Iglesia Católica, y la caricatura en que se ha convertido esta figura en la iglesia conciliar.

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En el modernismo el diácono es la figura de un amable señor que asiste a la iglesia de la mano de su esposa, y es capaz de bautizar a sus propios nietos. El mismo abuelo que en ocasiones se pone una túnica blanca cruzada por una banda de color y “reemplaza” al sacerdote cuando éste anda en actividades más importantes que su tarea ministerial (No imaginamos qué puede ser más importante).

 

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El Diaconado
Diácono (del griego diakonos, y luego del latín diaconus) significa servidor; es aquel que, bajo cualquier razón, puede llamarse ministro o servidor, ya porque sirve a la mesa (Lc. 4, 39), ya porque socorre en alguna necesidad (Mt 25, 44).
En el Nuevo Testamento se llama diácono al que tiene parte en el ministerio divino o coopera a la salvación de las almas. Se aplica este nombre al mismo Cristo (Rom. 15, 8), a los Apóstoles (Ef. 3, 7) y a los Obispos (I Tim 4, 6).
En el sentido estricto, se llaman diáconos los clérigos que asisten inmediatamente al obispo o al sacerdote y constituyen un grado especial de la jerarquía eclesiástica. Este grado es el diaconado, inmediatamente anterior — en el orden de recepción— al sacerdocio o presbiterado.
El diaconado forma parte del Sacramento del Orden, que imprime carácter indeleble en el que lo recibe. Se desprende con toda claridad de la doctrina definida en el Concilio de Trento, según la cual la jerarquía eclesiástica, «instituida por ordenación divina, consta de obispos, presbíteros y ministros» (D 966). Estos ministros tienen que ser, al menos, los diáconos, ya que son los más inmediatos al sacerdocio. Lo mismo dice claramente Pío XII en su constitución apostólica Sacramentum ordinis (D 2301).
Los oficios del diácono eran muchos en la antigüedad. El Pontifical Romano enumera los siguientes: «Al diácono le corresponde servir al altar, bautizar y predicar».
Teniendo en cuenta lo dicho, y para alertar a los incautos, transcribimos algunos extractos tomados de un trabajo, que puede consultarse en el siguiente enlace:

Diaconisas nunca podrá haber

«Diaconisas», nunca ha habido y nunca podrá haber este oficio en la Iglesia católica.

La palabra “diaconisa”, como la contraparte femenina del oficio varonil del diácono, nunca ha existido.

El nombre de diaconisas se refería a ciertas mujeres devotas consagradas al servicio de la Iglesia y que hacían a las mujeres los servicios que no podían prestarles los diáconos con decencia: por ejemplo, en el bautismo que se confería por inmersión a las mujeres, así como a los hombres.

Estaban también encargadas de la vigilancia de las iglesias o lugares de reunión de la parte en que estaban las mujeres separadas de los hombres, según la costumbre de aquellos tiempos. Tenían cuidado de las pobres y enfermas, etc. En tiempo de las persecuciones, cuando no se podía enviar un diácono a las mujeres para exhortarlas y fortificarlas, se les mandaba una diaconisa.

Sí, el término “diaconisa” en la historia de la Iglesia lo encontramos como un término impreciso que no solo variará de era a era, sino también de una ubicación geográfica a otra. El padre Aimé George Martimont autor de un escolástico y definitivo trabajo en este tema, titulado Deaconesses, An Historical Study, observa: “Los cristianos de la antigüedad no tenían ni una idea fija, ni única de lo que las diaconisas suponían ser”.

Función extremadamente limitada

Nunca ha habido un oficio de diaconisas en la Iglesia latina. Hemos visto algunas referencias a diaconisas en varios ritos griegos y orientales. Pero tal oficio no está uniformemente fundado en las iglesias orientales y las menciones son esporádicas entre los siglos segundo y décimo. Algunas iglesias en territorios orientales, como la iglesia en Egipto, Etiopía y los maronitas nunca aceptaron ningún oficio de diaconisas.

Las mujeres que fueron llamadas “diaconisas” no estaban ordenadas en ningún sentido de la palabra, pero recibían una cierta bendición para algunos servicios eclesiásticos. Esas “diaconisas” eran primeramente mujeres consagradas cuyo trabajo era altamente restringido, usualmente limitado a la asistencia a otras mujeres. Esto incluía asistir a mujeres en bautismos y otros servicios en los que la presencia de varones hubiera ofendido a la modestia.

Por otra parte, debe ser fuertemente enfatizado que a las “diaconisas” nunca se les permitía enseñar o predicar en público.

Ni tiene caso acudir a la Epístola de San Pablo a los Romanos en la cual Phoebe “la diaconisa” es mencionada. La mentalidad de la Iglesia en la materia está resumida en la enseñanzas de Santo Tomás de Aquino. Leemos, “el doctor Angélico comentando el Nuevo Testamento… ve a Phoebe en la Epístola a los Romanos solo como una de esas “mujeres” que servían a Cristo y a los Apóstoles, o que llevaban a cabo trabajos de caridad en la manera de la viuda de I Timoteo, 5-10.

Así para la Iglesia latina ofrecemos tres antiguos y autorizados textos que demuestran cuán extraña es cualquier idea en la naciente Iglesia sobre mujeres diaconisas, ordenación de mujeres y mujeres sirviendo en el santuario.

Tan temprano como el siglo IV, hay una ardiente directiva de los obispos del Concilio de Nimes celebrado en el año 396 d.C. que dice:

“Igualmente, ha sido reportado por algunos que, contrario a la disciplina apostólica -y en efecto algo que nunca habíamos oído hasta hoy- se ha observado, aunque no se sabe exactamente dónde, que algunas mujeres se han elevado al ministerio de los diáconos. La disciplina eclesiástica no permite esto, por lo que es impropio; dicha ordenación debe anularse, desde que es irregular; y es requerida vigilancia en el futuro para que nadie actúe en esta manera temeraria otra vez”.

El concilio de Orange en 441 d. C., habló de modo similar:

“De ninguna manera deben ser ordenadas diaconisas. Si hubiera alguna, deben inclinar la cabeza bajo la bendición que es dada a todo el pueblo”.

Además existe el enérgico decreto Necessaria rerum del Papa Gelasio, dirigido a los obispos de Italia meridional. Fechado el 11 de marzo de 494. Aunque no trata directamente de las diaconisas, manifiesta que extraña es la idea de mujeres en el santuario realizando cualquier forma de función sacerdotal:

“Es con impaciencia que nos hemos enterado de que las cosas divinas han sufrido tal degradación que mujeres ministro sirviendo en el altar han sido aprobadas. El ejercicio de roles reservados a los varones ha sido entregado al sexo al que no pertenecen”.

¿Qué dirían los obispos de Nimes, el concilio de Orange y el Papa Gelasio acerca de la plétora de lectoras, chicas del altar, lideresas de oración, bailarinas litúrgicas y ministras eucarísticas que ahora revolotean en gran número en los santuarios post-conciliares?

No hay continuidad

Conforme seguimos el trabajo del Padre Martimont -cuyo estudio calmado y meticuloso incluye vastas referencias históricas de textos, eucologías (rito oriental), pontificales, legislación eclesiástica, homilías, cartas y otros documentos pertinentes- nos damos cuenta que “falta la continuidad de la verdadera disciplina eclesiástica en el caso de las diaconisas”. No hay continuidad de los antiguos días de la Iglesia con los actuales. Solo un “pisa y corre” de anticuarianismo modernista -prohibido por la Iglesia- puede “justificar” cualquier pensamiento acerca de establecer el oficio de las diaconisas.

Esa expresión “anticuarianismo” tiene su correlato y explicación en el término arqueologismo utilizado por Pío XII en la Encíclica Mediator Dei:

“Es, en verdad, cosa prudente y loable el volver de nuevo con el espíritu y el corazón a las fuentes de la Sagrada Liturgia, porque su estudio, remontándose a los orígenes, contribuye mucho a comprender el significado de las fiestas y a penetrar con mayor profundidad y esmero en el sentido tanto de las fórmulas corrientes como de las ceremonias sagradas; pero ciertamente no es prudente ni loable el reducirlo todo y de todas las maneras a lo antiguo.

(…)
Así como ningún católico sensato puede rechazar los textos de la doctrina cristiana compuestos y decretados con grande utilidad por la Iglesia, bajo la inspiración y dirección del Espíritu Santo, en épocas recientes, para volver a las fórmulas de los primeros Concilios; ni puede repudiar las leyes vigentes para retornar a las prescripciones de las antiguas fuentes del Derecho Canónico, así cuando se trata de la Sagrada Liturgia, no resultaría animado de un celo recto y prudente quien deseara volver a los antiguos ritos y usos, repudiando las nuevas normas introducidas por disposición de la divina Providencia para hacer frente a los cambios de las circunstancias reales.

Tal manera de pensar y obrar reanimaría, efectivamente, el excesivo y malsano arqueologismo que despertó el Concilio ilegítimo de Pistoya, y resucitaría los múltiples errores que un día provocó ese conciliábulo y los que de él se siguieron, con gran daño de las almas, errores que la Iglesia, guardiana vigilante del «Depósito de la Fe» que le ha sido confiado por su Divino Fundador, condenó a justo título”.

Aun en los ritos orientales, la práctica no fue observada “siempre, en todas partes y por todos”.

La presencia de “diaconisas” era tan infrecuente y dispersa, como lo vemos en los escritos de San Jeremías, un hombre que viajó ampliamente por el Oriente y lo conocía bien y quien en “ninguna parte habla acerca de las diaconisas, ni siquiera en su carta de 394 al sacerdote Nepociano, a quien indica la actitud apropiada a adoptar respecto de las vírgenes y viudas”.

Como hemos anotado más arriba, la institución de las diaconisas estaba más frecuentemente relacionada con el bautizo de mujeres adultas. Y aun durante ese tiempo, las mujeres que asistían a mujeres adultas siendo bautizadas, no necesariamente debían ser “diaconisas”, pudiendo ser una piadosa matrona.

Pero, insistimos, la práctica solo ocurrió en varias iglesias del rito oriental, nunca en el rito latino.

Un sumario conciso sobre las limitadas funciones de las diaconisas, está contenido en Canonical Resolutions de Jacobo Baradaeus obispo de Edesa (rito oriental) escrito entre 683 y 708 d. C. Las instrucciones están en formato de diálogo:

“Addai: ¿Las diaconisas, como los diáconos, tienen el poder de poner una porción de la sagrada hostia en el cáliz consagrado?

“Jacobo: De ninguna manera pueden hacerlo. Las diaconisas no se volvieron diaconisas en orden para servir al altar, sino más bien por ayudar a las mujeres enfermas.

“Addai: Quisiera saber en pocas palabras cuáles son los poderes de las diaconisas en la Iglesia.

“Jacobo: Ellas no tienen poder en el altar, porque cuando fue instituido, no era en nombre del altar, sino sólo para cumplir ciertas funciones en la Iglesia. Estas son sus únicas facultades: barrer el santuario y encender las lámparas, y sólo les está permitido desempeñar estas funciones si no hay un sacerdote o diácono a mano. Si ella está en un convento de mujeres, puede mover las sagradas hostias del tabernáculo (sagrario) sólo no habiendo un sacerdote o diácono a mano y darlas sólo a las otras hermanas o niños pequeños que pudieran estar presentes.»

(Comentario: téngase en mente que esto es en el contexto del rito oriental, en el que la Eucaristía consagrada no es tocada por manos humanas sino que es entregada al comulgante mediante una pequeña cuchara).

«Pero no le es permitido a ella llevar la hostia fuera del altar ni, por supuesto, de ninguna manera debe tocar la mesa de la vida (el altar). Ella unge a las mujeres cuando son bautizadas; ella visita otras mujeres cuando están enfermas y cuida de ellas. Esas son las únicas facultades tenidas por las diaconisas en relación al trabajo de los sacerdotes».

Aun si hablamos de los antiguos ritos orientales, cuando se habla de la “ordenación” de las diaconisas, la palabra “ordenación” está siendo usada en un sentido suelto que no tiene nada que hacer con el sacramento de las órdenes sagradas. El patriarca Severo de Antioquía, escribiendo en el siglo VI, explica, “en el caso de las diaconisas, la ordenación es llevada a cabo menos con vistas a las necesidades de ministerio que exclusivamente en vistas a dar honor”. Continúa: “En las ciudades, las diaconisas habitualmente ejercitan un ministerio en relación al divino baño de regeneración en el caso de las mujeres que van a ser bautizadas.

Anacronismo y ambigüedad

El oficio de diaconisas -esporádico como era- virtualmente desapareció sobre el siglo XI. Fue tan olvidado que los canonistas griegos y orientales de la Edad Media no tenían idea de quién o qué eran las diaconisas, pues para entonces, hacía largo tiempo que habían dejado de existir. El oficio se había convertido en una curiosidad obsoleta.

Nada puede ser más anacrónico que el intento de “revivir” el oficio de diaconisa en una manera no relacionada con su limitada práctica de las Iglesias nacientes y usarla como un título oficial para formalizar la rabiosa novedad de mujeres en el santuario y de “ministras laicas” de la eucaristía.

Estamos dolorosamente alertas de las desgraciadas tácticas de las discusiones modernas que buscan introducir más revolución: enlodando las aguas históricas, imprecisión de términos, uso inteligente de anacronismos, ambigüedad calculada, silencio elocuente concerniendo cualquier hecho histórico que frustre cualquier conclusión contraria al último objetivo del panel.

No hay necesidad de re-estudiar el asunto de las diaconisas, especialmente cuando el definitivo trabajo del Padre Martimort ya demostró que el antiguo, esporádico oficio de las diaconisas no tiene nada que ver con mujeres desempeñando funciones sacerdotales.

El Padre Martimort concluye: “el hecho es que la antigua institución de las diaconisas, aun en su propio tiempo, estuvo plagada con no pocas ambigüedades, como hemos visto. En mi opinión, si la restauración de la institución de las diaconisas fuera buscada después de tantos siglos, dicha restauración sólo podría estar cargada con ambigüedades”.

Cualquier movimiento hacia el establecimiento de “diaconisas” está ya condenado por las consistentes enseñanzas de los Papas, manifestado por lo dicho por el papa Benedicto XV, quien nos advirtió: “Queremos tener las leyes de los antiguos con gran reverencia, no dejen que nada nuevo sea introducido, sino solo aquello que ya haya sido dictado. Esto tiene que mantenerse inviolable en materia de fe.”

Introducir un nuevo oficio de diaconisas en la Iglesia post-conciliar en nada se parecerá a la historia y no contendrá algo que haya sido ya dictado. La práctica solo existió esporádicamente en varias localidades de la Iglesia oriental, fue severamente restringida en su actividad y desapareció durante el siglo XI.

«Las mujeres callen en la iglesia, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas» (I Cor. 14, 34).

«La mujer aprenda en silencio, con plena sumisión» (I Tim. 2, 11)

Queremos hacer un llamado a las mujeres a no dejarse engañar, queriendo imitar burdamente lo que hacen los hombres, y a permanecer fieles a nuestra labor de hijas, esposas y madres cristianas. Dios nos hizo para cosas santas y grandes; la dulzura de la maternidad, el apoyo al esposo, el desafío de llevar a los hijos al cielo, la santidad en el deber de estado son las perlas de la corona que se nos promete en la Gloria.

El lugar que ocupaba la mujer entre los judíos era superior al que le daba habitualmente  el mundo oriental antiguo estaba determinado  por la fe de Israel en el Dios creador.  Sin embargo, la verdadera situación de la mujer sólo fue revelada con la venida de Cristo; en efecto, si según el orden de la creación, la mujer se realiza siendo esposa y madre, en el orden de la creación puede también realizarse por la virginidad.

Sigamos en la lucha por la salvación de las almas, siempre bajo el alero de la verdadera fe en nuestro Señor Jesucristo contenida en el magisterio tradicional de la Iglesia; la única que ha dignificado a la mujer y la ha elevado sobre los Ángeles en la persona de la Santísima Virgen María, Madre nuestra, que nunca en su vida mortal buscó protagonismo, sino muy por el contrario con su Fiat nos dio ejemplo de humildad y resignación, guardando todo en su corazón. (Luc. 2, 19)

 

Apóstoles del Sagrado Corazón