ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
LOS PECADOS CAPITALES
Tercera entrega
CAVE CAVE DEUS VIDET. El Bosco, 1485
DESCRIPCIÓN DE CADA UNO
LA AVARICIA
Los bienes exteriores son medios útiles para el fin. Por tanto, se requiere que el bien del hombre en estos bienes exteriores guarde una cierta medida, es decir, que el hombre busque las riquezas exteriores manteniendo cierta proporción, en cuanto son necesarios para la vida según su condición.
Y, por consiguiente, el pecado se da en el exceso de esta medida, cuando se quieren adquirir y retener las riquezas sobrepasando la debida moderación.
Esto es lo propio de la avaricia, que se define como el deseo desmedido de poseer, el apetito desordenado de los bienes exteriores.
Es uno de los vicios o pecados capitales, ya que de él, como de su fuente o cabeza, brotan otros muchos.
En efecto, cuanto más participa un objeto de las condiciones de la felicidad, tanto más apetecible es. Y una de las condiciones de la felicidad es que sea suficiente en sí; de lo contrario no aquietaría el apetito como fin último. Y como las riquezas de suyo prometen esta suficiencia en grado máximo, porque nos servimos del dinero como de una garantía para conseguirlo todo, por tanto, la avaricia, que consiste en el apetito del dinero, es pecado capital.
Aunque no sea la avaricia el pecado más grave que se puede cometer, sí es de los más vergonzosos y degradantes, puesto que subordina y esclaviza al hombre a lo que está por debajo de él: los bienes exteriores.
En todas las literaturas del mundo, la figura del avaro se presenta siempre como una de las más viles y despreciables. El avaro no tiene corazón ni siquiera para sí mismo, ya que prefiere perecer de hambre y de miseria antes que disminuir en nada un tesoro que la muerte le arrebatará de un solo golpe, por entero y para siempre.

Judas traicionó al Señor por avaricia
La avaricia puede implicar inmoderación en los bienes exteriores de dos modos.
Uno, inmediato, referido a la adquisición y retención de los mismos, y se da cuando uno los adquiere y retiene más de lo debido. En este aspecto, la avaricia es pecado directamente contra el prójimo, porque uno no puede nadar en la abundancia de riquezas exteriores sin que otro pase necesidad, pues los bienes temporales no pueden ser poseídos a la vez por muchos. Entonces se opone a la justicia.
En un segundo modo, la avaricia puede importar inmoderación en el afecto interior que se tiene a las riquezas; por ejemplo, si se las ama o desea gozar de ellas desmedidamente. En este aspecto, la avaricia se opone a la liberalidad. Entonces la avaricia es pecado contra uno mismo, por lo que implica de desorden, no del cuerpo, como en los pecados carnales, sino de los afectos. Como consecuencia lógica, es pecado contra Dios, como todos los pecados mortales, en cuanto se desprecia el bien eterno por un bien temporal.
Notemos que se llaman pecados carnales los que se consuman en los placeres carnales, y pecados espirituales los que se terminan en los placeres espirituales, sin delectación carnal. A estos últimos pertenece la avaricia: pues el avaro se deleita al considerarse dueño de muchas riquezas. Y, por lo mismo, la avaricia es pecado espiritual.
Santo Tomás precisa muy bien la distinta gravedad de la avaricia según la virtud a la que se oponga. He aquí sus palabras:
“La avaricia es de dos modos. Uno por el que se opone a la justicia, y es entonces pecado mortal por su misma naturaleza. Porque tal avaricia no es sino usurpar o retener injustamente el bien ajeno, lo cual se identifica con el robo o rapiña, que son pecados mortales. Sin embargo, puede ocurrir que este género de avaricia sea simplemente pecado venial por la imperfección del acto (o también por parvedad de materia).
De otro modo, según que la avaricia se opone a la liberalidad, lo que supone únicamente amor desordenado al dinero propio. Si este afecto al dinero llega a preferirse a la caridad, de suerte que por él no se tenga reparo en obrar contra el amor de Dios o del prójimo, tal avaricia es pecado mortal.
Si, en cambio, este afecto desordenado no llega a preferir el dinero al amor de Dios, o sea, si se sigue amando superfluamente al dinero, pero no tanto que por él se ofenda a Dios o al prójimo, dicha avaricia es tan sólo pecado venial”,
Pecados derivados son: la dureza de corazón hacia los pobres, la solicitud desordenada por los bienes terrenos, la violencia, el engaño, el fraude, el perjurio y la traición. Así lo explica Santo Tomás:
“Se llaman hijas de la avaricia aquellos vicios que se derivan de ella, y en especial en cuanto intentan el mismo fin.
Pero como la avaricia es el amor excesivo de poseer riquezas, peca por dos capítulos:
Primero, reteniendo las riquezas. Y así, de la avaricia surge la dureza de corazón, que no se ablanda con la misericordia ni ayuda con sus riquezas a los pobres.
Segundo, la avaricia peca por exceso en la adquisición de las riquezas. Y en este aspecto puede considerarse la avaricia de dos modos:
Uno, según el afecto interior. Y así la avaricia causa la inquietud, en cuanto engendra la excesiva solicitud y preocupaciones vanas, pues el avaro no se ve harto del dinero, como leemos en Ecl., 5, 9.
Otro modo de considerar la avaricia es atendiendo al efecto exterior. Y así el avaro, en la adquisición de las riquezas, se sirve unas veces de la violencia y otras del engaño.
Si este engaño lo hace con palabras, tenemos la mentira si se usan palabras sin más, y si lo apoya con un juramento, tenemos el perjurio.
Y si el engaño lo realiza con obras, tenemos el fraude si se trata de cosas, y la traición si de las personas, como aparece claro en el caso de Judas, que traicionó a Cristo por avaricia (Mt., 26, 15)”.
Remedios. Considerar la vanidad de los bienes terrenos, la vileza de este vicio y, sobre todo, los ejemplos de Cristo, pobre y desprendido.
LA ACIDIA
En general, es lo mismo que pereza. Pero en sentido más estricto y propio se designa con ese nombre el tedio o fastidio de las cosas espirituales por el trabajo y molestias que ocasionan. Es somnolencia del ánimo y debilidad de la voluntad, que conduce a la inacción y ociosidad.
Consiste en el tedio o pereza espiritual (que se opone al gozo del bien divino procedente de la caridad), y proviene del gusto depravado de los hombres, que no encuentran placer en Dios y consideran las cosas que a Él se refieren como cosa triste, sombría y melancólica.
Santo Tomás lo explica de la siguiente manera:
“La acidia es cierta tristeza que apesadumbra, es decir, una tristeza que de tal manera deprime el ánimo del hombre, que nada de lo que hace le agrada, igual que se vuelven frías las cosas por la acción corrosiva del ácido. Por eso la acidia implica cierto hastío para obrar. La acidia es también la indolencia del alma en empezar lo bueno.
Este tipo de tristeza siempre es malo: a veces, en sí mismo; otras, en sus efectos.
Efectivamente, la tristeza en sí misma es mala: versa sobre lo que es malo en apariencia y bueno en realidad; a la inversa de lo que ocurre con el placer malo, que proviene de un bien aparente y de un mal real.
En conclusión, dado que el bien espiritual es un bien real, la tristeza del bien espiritual es en sí misma mala.
Pero incluso la tristeza que proviene de un mal real es mala en sus efectos cuando llega hasta el extremo de ser tan embarazosa que retrae totalmente al hombre de la obra buena.
Por tanto, dado que la acidia, en el sentido en que la tratamos aquí, implica tristeza del bien espiritual, es doblemente mala: en sí misma y en sus efectos; y por eso es pecado.”

Los Apóstoles sucumbieron al fastidio espiritual
Del mismo modo que los hombres llevan a cabo muchas cosas por el deleite, unas veces para conseguirlo y otras para realizar algo inducidos por su impulso, hacen igualmente muchas cosas a causa de la tristeza, sea para evitarla, sea para acometer alguna empresa presionados por ella. Es, por tanto, legítimo que, siendo la acidia cierta tristeza, se le considere pecado capital.
Cuando no se trata de una simple tentación o estado involuntario de abatimiento y desgana, sino de una positiva y voluntaria resistencia a las cosas divinas, constituye un grave pecado contra la caridad para con Dios.
Si en virtud de ella se omiten graves obligaciones, se comete pecado mortal; de lo contrario, es pecado venial, aunque muy peligroso y de fatales consecuencias.
De ella proceden —como de vicio o pecado capital que es— otros muchos desórdenes.
Santo Tomás lo expone con maestría:
“San Gregorio asigna a la acidia seis hijas: desesperación, pusilanimidad, indolencia hacia los mandamientos, rencor, malicia, divagación de la mente por lo ilícito.
San Isidoro, por su parte, distingue el vicio de la acidia del de la tristeza, diciendo que es tristeza apartarse de lo laborioso y molesto a que se está obligado; acidia, en cambio, entregarse a la quietud indebida. A esto añade que de la tristeza proviene la amargura, el rencor, la pusilanimidad, la desesperación; de la acidia, empero, dice que provienen estos siete: la ociosidad, la somnolencia, la curiosidad, la verbosidad, el desasosiego del cuerpo, la indiscreción de la mente, la inestabilidad.
San Gregorio asigna las hijas a la acidia de manera conveniente. En efecto, dado que nadie puede permanecer largo tiempo en tristeza sin placer, es menester que la tristeza dé lugar a dos resultados: lleva al hombre a apartarse de lo que le entristece y también le hace pasar a otras cosas en las que encuentra placer, lo mismo que, quienes no pueden gozar de las delicias espirituales, se enfangan en las del cuerpo.
En el movimiento de huida de la tristeza se observa el proceso siguiente: primero rehúye el hombre lo que le contrista; después impugna lo que causa tristeza.
Pues bien, los bienes espirituales de que se entristece la acidia son el fin y los medios que conducen a él.
La huida del fin se realiza con la desesperación.
La huida, en cambio, de los bienes que conducen a él, si son arduos que pertenecen a la vía de los consejos, la lleva a cabo la pusilanimidad, y, si se trata de bienes que afectan a la justicia común, entra en juego la indolencia de los preceptos.
La impugnación de los bienes espirituales que contristan se hace, a veces, contra los hombres que los proponen, y eso da lugar al rencor; otras veces la impugnación recae sobre los bienes mismos e induce al hombre a detestarlos, y entonces se produce la malicia propiamente dicha.
Finalmente, cuando la tristeza debida a las cosas espirituales impulsa a pasar hacia los placeres exteriores, la hija de la acidia es entonces la divagación de la mente por lo ilícito.
Las hijas que presenta San Isidoro como nacidas de la tristeza y de la acidia se reducen a las señaladas por San Gregorio.
Efectivamente, la amargura, que, según San Isidoro, nace de la tristeza, es cierto efecto del rencor; la ociosidad, en cambio, y la somnolencia se reducen a la indolencia en lo tocante a los mandamientos, en que uno está ocioso, incumpliéndolos totalmente, o soñoliento, cumpliéndolos con negligencia.
Los otros cinco que, según él, nacen de la acidia, pertenecen a la divagación de la mente por lo ilícito.
Y así, cuando está asentado en el castillo del alma, si pertenece al conocimiento, se llama curiosidad; si afecta al hablar, verbosidad; si atañe al cuerpo, no dejándole parar en lugar alguno, se denomina inquietud corporal, indicando con los movimientos desordenados de los miembros la divagación mental; si lo deja campar por diferentes lugares, se llama inestabilidad, aunque con esta palabra se puede entender también la variabilidad de proyectos.”
Remedios. La consideración de los trabajos de Cristo, de los peligros de la acidia, de la grandeza del premio eterno; la lectura espiritual, los consejos de un director, el trabajo y ocupación continuos, etc.
LA ENVIDIA
La envidia es una especie de tristeza del bien ajeno que se considera como un mal para nosotros, en cuanto que rebaja nuestra gloria y excelencia. Se opone directamente a uno de los efectos de la caridad, que es el gozo espiritual por el bien del prójimo.
El objeto de la tristeza es el mal personal. Pero sucede que el bien ajeno se considera como mal propio, y en este sentido puede haber tristeza del bien ajeno.
Esto ocurre de dos maneras. La primera, cuando alguien se entristece del bien ajeno que le pone en peligro de sufrir algún daño; es el caso de quien se entristece por el encumbramiento de su enemigo, porque teme que le perjudique. Este tipo de tristeza no es envidia, sino más bien efecto del temor.
Segunda: el bien de otro se considera como mal personal porque aminora la propia gloria o excelencia. De esta manera siente la envidia tristeza del bien ajeno, y por eso principalmente envidian los hombres aquellos bienes que reportan gloria y con los que los hombres desean ser honrados y tener fama.
Nadie pone empeño en conseguir lo que está muy por encima de él. De ahí que, cuando alguien logra sobresalir en ello, no le envidia. Pero si la diferencia es poca, le parece que puede conseguirlo. Por eso, si fracasa en su intento, por el exceso de gloria del otro se entristece, y ésa es la razón por la que, quienes ambicionan honores, son más envidiosos.
Los son igualmente los pusilánimes, porque todo lo planean a lo grande, y con el menor bien conseguido por otros se consideran ellos enormemente defraudados.
Entrando más en detalles, Santo Tomás proporciona esta explicación:
“La envidia es tristeza del bien ajeno. Ahora bien, esta tristeza puede originarse de cuatro modos:
Primero, cuando uno se duele del bien de otro porque teme daño para sí mismo o incluso para otros. Este tipo de tristeza no es envidia, y hasta puede darse sin pecado. Por eso escribe San Gregorio: Suele acaecer a veces que, sin perder la caridad, no solamente nos alegre la ruina del enemigo, sino que también, sin culpa de envidia, nos contriste su gloria, ya que tanto creemos que con su caída se elevan justamente otros como tememos que por su promoción sean injustamente oprimidos muchos.
En segundo lugar, se puede tener tristeza del bien ajeno no porque él posea el bien, sino porque el bien que tiene nos falte a nosotros. Esto propiamente es celo. Y si este celo versa sobre bienes honestos, es laudable. Pero si recae sobre bienes temporales, puede darse con y sin pecado.
Hay un tercer modo de entristecerse uno por el bien de otro, es decir, cuando éste no es digno del bien que le cae en suerte. Este tipo de tristeza no puede recaer, en realidad, sobre bienes honestos, que mejoran a quien los recibe; antes bien, recae sobre riquezas y sobre cosas que pueden caer en suerte a dignos e indignos. Este tipo de tristeza se llama némesis, y atañe a las buenas costumbres. Pero esto considerando los bienes temporales en sí mismos, en cuanto pueden parecer grandes a quienes no prestan atención a los bienes eternos. Pero, según la enseñanza de la fe, los bienes temporales que reciben quienes son indignos de ellos les son concedidos, por justa ordenación de Dios, o para su corrección o para su condenación. Por eso, tales bienes no son, por así decirlo, de ningún valor en comparación con los bienes futuros reservados para los buenos. Por eso esta clase de tristeza está prohibida en la Escritura, según las palabras del Salmo 36, 1: No te impacientes con los malvados, no envidies a los que hacen el mal, y en otro lugar, en el Salmo 72, 2-3: Estaban ya desligándose mis pies, porque miré con envidia a los impíos viendo la prosperidad de los malvados.
Finalmente, puede darse tristeza del bien ajeno cuando el prójimo tiene más bienes que nosotros. Esta es propiamente la envidia, y ésta es siempre mala, porque se duele de lo que debería alegrarse, es decir, del bien del prójimo”.
Por lo tanto:
a) Se distingue del odio, en cuanto que éste desea al prójimo un mal o se entristece del bien del prójimo en cuanto bien del mismo prójimo, mientras que la envidia considera el bien del prójimo como un mal para sí. Es facilísimo, sin embargo, pasar de la envidia al odio.
b) No se confunda, pues, la envidia con una legítima tristeza de ver triunfar al malo en cuanto malo (por ejemplo, a los perseguidores de la Iglesia, a los públicos pecadores, etc.); esta última recibe el nombre de indignación o némesis, y es buena si se ordena a un recto fin y con la debida sujeción al orden de la divina Providencia.
c) Tampoco es envidia, sino noble y legítima emulación, desear tener las virtudes y buenas cualidades del prójimo, con gozo y satisfacción de que las tenga él.

Caín, por envidia, mató a su hermano Abel
La envidia es uno de los pecados más viles y repugnantes que se pueden cometer. Es indicio de un alma ruin y enteramente ajena al espíritu evangélico, que rezuma caridad y amor al prójimo. Es de suyo pecado grave contra la caridad, a no ser por parvedad de materia (v.gr., por habernos vencido en una competición deportiva) o por lo imperfecto del acto, o sea, sin la suficiente advertencia o consentimiento. Entristecerse del bien espiritual del prójimo, o sea, de su propia santificación, es un pecado gravísimo contra el Espíritu Santo.
La envidia suele producirse entre personas del mismo o semejante estado y condición social; no entre los de condición muy desigual, ya que los inferiores no aspiran a conseguir la posición de los magnates, que consideran inaccesible y no excita, por lo mismo, su envidia ni ambición.
La envidia, por su género propio, es pecado mortal, ya que el género del pecado se valora por su objeto. Ahora bien, la envidia, por razón de su objeto, es contraria a la caridad, que da la vida espiritual del alma. La caridad, en efecto, como la envidia, tiene por objeto el bien del prójimo, pero se mueve en sentido contrario, ya que la caridad goza con el bien del prójimo; la envidia, empero, se entristece.
Resulta, pues, evidente que la envidia, por su propio género, es pecado mortal. Sin embargo, en todo pecado mortal se dan ciertos movimientos imperfectos radicados en la sensualidad que son pecado venial. De ahí que en la envidia se dan a veces, algunos primeros movimientos, incluso en los varones perfectos, que son pecados veniales.
Hay, sin embargo, un tipo de envidia considerado entre los pecados gravísimos, y es la envidia de la gracia del hermano, en el sentido de que alguno se duele incluso del aumento de la gracia de Dios, y no sólo del bien del prójimo. Por eso se considera como pecado contra el Espíritu Santo, ya que con ese tipo de envidia el hombre tiene de algún modo envidia al Espíritu Santo, que es glorificado en sus obras.
Pecados derivados. La envidia nace de la soberbia, que es el apetito desordenado de la propia excelencia. De la envidia nace la murmuración, la detracción o difamación, la alegría en la adversidad del prójimo, la aflicción por su prosperidad y el odio. Santo Tomás lo explica de este modo:
“El número de las hijas de la envidia pueden enumerarse de la manera siguiente: en el proceso de la envidia hay un principio, un medio y un fin.
Al principio, en efecto, hay un esfuerzo por disminuir la gloria ajena, bien sea ocultamente, y esto da lugar a la murmuración, bien sea a las claras, y esto produce la difamación.
Luego, quien tiene el proyecto de disminuir la gloria ajena, o puede lograrlo, y entonces se da la alegría en la adversidad, o no puede, y en ese caso se produce la aflicción en la prosperidad.
El final se remata con el odio, pues así como el bien deleitable causa el amor, la tristeza causa el odio.
Ahora bien, la aflicción en la prosperidad del prójimo, en cierto modo, se identifica con la envidia, como es el caso de que la prosperidad que da lugar a la tristeza, constituye precisamente la gloria que tiene el prójimo.
Pero en otro sentido es hija de la envidia, y es el caso de que esa prosperidad la tiene el prójimo a despecho de los esfuerzos del envidioso para impedirlo.
Mas la satisfacción de ver al prójimo en dificultad no se identifica directamente con la envidia, sino que se sigue de ella, ya que de la tristeza provocada por el bien del prójimo, es decir, la envidia, se sigue la satisfacción de ver el mal que le ha ocurrido”.
Remedios. Los principales son: la consideración de la vileza y de los males que acarrea este feo vicio, la práctica de la caridad fraterna y de la humildad, el recuerdo de los ejemplos admirables de Cristo.
LA IRA
Por parte de la esencia misma de la pasión, la cual se considera con respecto al objeto de dicha pasión la ira, cuyo objeto es el deseo de venganza, puede ser buena o mala.
Pero el mal puede hallarse en una pasión por razón de la cantidad, es decir, por exceso o por defecto de la misma. De este modo puede hallarse el mal en la ira: airándose por exceso o por defecto contra la recta razón.
Pero el airarse conforme a la recta razón es laudable.
La ira, considerada como vicio, es el apetito desordenado de venganza.
A la mansedumbre se opone, por defecto, la ira desordenada o iracundia.
Santo Tomás enseña que:
“El desear que se cumpla la venganza conforme a la razón es un apetito de ira laudable, y se llama ira por celo.
Pero si se desea el cumplimiento de la venganza por cualquier vía que se oponga a la razón, como sería el desear que sea castigado el que no lo merece, o más de lo que merece, o sin seguir el orden que se debe, o sin atenerse al recto orden, que es el cumplimiento de la justicia y la corrección de la culpa, será un apetito de ira pecaminoso. En ese caso se llama ira por vicio.
También podemos considerar el orden de la razón para con la ira en cuanto al modo de airarse: que no se inflame demasiado interior ni exteriormente.
Si esto no se tiene en cuenta, no habrá ira sin pecado, aun cuando se desee una venganza justa”.
La ira puede ser pecado venial o mortal, según exceda leve o gravemente los límites que impone la recta razón en la corrección de los demás.
Puede ser pecado mortal cuando se desea el castigo de quien no lo merece, o más de lo que merece, pues entonces se quebrantan la caridad y la justicia.
Pero suelen ser tan sólo veniales los movimientos espontáneos de ira procedentes del temperamento colérico o de un mal humor circunstancial.
Así lo explica Santo Tomás:
“El movimiento de la ira puede ser desordenado bajo un doble aspecto:
En primer lugar, por parte del objeto apetecido: cuando se apetece una venganza injusta.
En este sentido, la ira es pecado mortal en sí misma porque se opone a la caridad y a la justicia.
Puede suceder, sin embargo, que tal deseo sea pecado venial por imperfección del acto.
Esta imperfección se considera bien por parte del sujeto que desea, cuando el movimiento de ira es anterior al juicio de la razón, bien por parte del objeto apetecible, cuando el hombre desea con un poco de venganza, lo cual debe considerarse como si no fuera nada, de tal modo que, aun cuando se cumpliera el acto, no sería pecado mortal, como en el caso de dar a un niño un tironcito de los pelos o un acto semejante.
Por otra parte, el movimiento de ira puede ser desordenado por el modo de airarse: cuando el alma se excita demasiado en su interior o si hace externamente excesivos signos de cólera.
Por tanto, la ira no es, en sí misma, pecado mortal, pero puede serlo cuando, a causa del ardor de ella, el hombre se aparta del amor a Dios o al prójimo”.
Aristóteles señaló las especies de ira, y dice que de los iracundos, unos son agudos, otros amargos y otros difíciles o implacables.
Según él mismo, llamamos amargos a aquellos cuya ira desaparece difícilmente y permanece durante mucho tiempo.
Para el Filósofo, son difíciles o implacables aquellos cuya ira no se extingue con tormento o castigo.
Nuestro el Señor, por su parte, en Mt., 5, 22, habla de tres grados de ira cuando dice: El que se irrita con su hermano; el que le dijere raca; el que le dijere loco.
Según San Gregorio Niseno, hay tres especies de irascibilidad: la ira que parece amarga como la hiel, la manía o locura y el furor.
Estas parece que son iguales a las anteriores, ya que dice que la ira, amarga como la hiel, es la que posee el principio y el movimiento, que Aristóteles atribuye a los agudos; la manía dice que es la ira que dura y llega hasta la vejez, lo cual el Filósofo atribuye a los amargos; del furor dice que es la ira que busca el tiempo de verse satisfecha, lo cual Aristóteles atribuye a los difíciles.
La división precedente puede referirse a la pasión de la ira o también al mismo pecado de la ira.
Su relación con la pasión de la ira es de la que hablan preferentemente San Gregorio Niseno y San Juan Damasceno.
Conviene, pues, considerar la distinción de estas especies en cuanto que pertenecen al pecado de ira, tal como hace Aristóteles.
En efecto, puede mirarse el desorden de la ira bajo dos aspectos:
En primer lugar, en cuanto al mismo origen de la ira. Esto es lo propio de los agudos, que se muestran airados con excesiva frecuencia y por cualquier motivo.
En segundo lugar, por parte de la duración de la ira, es decir, en cuanto que dura demasiado. Esto puede suceder de dos modos:
Primero, porque la causa de la ira, la injuria causada, permanece demasiado tiempo en la memoria del hombre, lo cual hace que éste contraiga una tristeza duradera; por eso son, para sí mismos, pesados y amargos.
En segundo lugar puede suceder por parte de la misma venganza, la cual buscan algunos con deseo obstinado. Esto es propio de los difíciles o graves, que no deponen la ira mientras no castiguen.
Tanto los amargos como los difíciles poseen una ira duradera, aunque por motivos diferentes.
Los amargos, por la permanencia de la tristeza que la ira tiene encerrada en sí misma. Y como los signos de la ira no trascienden al exterior, los demás no pueden persuadirles, ni tampoco abandonan la ira por sí mismos, a no ser que desaparezca, con el tiempo, la tristeza, en cuyo caso ya no hay ira.
Pero los difíciles poseen una ira duradera por el ardiente deseo de venganza. Por eso no desaparece con el tiempo, sino que sólo se aquieta con el castigo.

Saúl, iracundo, intentó matar a David
Como vicio capital que es, de ella nacen muchos otros desórdenes, principalmente la indignación, la hinchazón de la mente (pensando en los medios de vengarse), el clamor o griterío, la blasfemia, la injuria y la riña o querella. En efecto:
La ira puede considerarse bajo tres aspectos:
En primer lugar, en cuanto que está en el corazón. Así considerada, nacen de ella dos vicios:
Uno nace por parte de aquel contra quien el hombre siente ira, y al que considera indigno de haberle hecho tal injuria; así nace la indignación.
Otro vicio nace por parte de sí misma, en cuanto que piensa en varios modos de venganza y llena su alma de tales pensamientos. Bajo esta consideración le asignamos la hinchazón de espíritu.
En segundo lugar consideramos la ira en cuanto que está en la boca. Así mirada, se origina de ella un doble desorden:
Uno, en cuanto que el hombre da a conocer su ira en el modo de hablar, tal como aquel que dice a su hermano «raca». A este concepto responde el clamor, que significa una locución desordenada y confusa.
Y otro desorden es aquel por el cual el hombre prorrumpe en palabras injuriosas. Si éstas son contra Dios, tendremos la blasfemia; si son contra el prójimo, la injuria.
En tercer lugar, se considera la ira en cuanto que pasa a la práctica. Bajo este aspecto nacen de ella las querellas, entendiendo por tales todos los daños que, de hecho, se cometen contra el prójimo bajo el influjo de la ira.
Remedios. Recordar la mansedumbre y dulzura de Cristo, prevenir las causas de la ira, luchar si descanso en el dominio propio, etc.
Para terminar, presentamos una cuestión muy interesante, y poco tenida en cuenta. San Tomás se plantea ¿si existe algún vicio opuesto a la ira que proceda de la falta de ira?
Ahora bien, San Juan Crisóstomo dice que “El que no se irrita teniendo motivo comete pecado, porque la paciencia irracional siembra vicios, alimenta la negligencia e invita al mal, no sólo a los malos, sino también a los buenos”.
Y Santo Tomás lo explica de este modo:
Podemos entender la ira de dos modos:
Primero, como un simple movimiento de la voluntad por el que se inflige una pena, no por pasión, sino por un juicio de la razón.
Tomada así, la falta de ira es ciertamente pecado, y éste es el sentido que da a la ira San Juan Crisóstomo cuando dice en el mismo pasaje: “La ira que tiene causa no es ira, sino juicio, ya que se entiende por ira una conmoción pasional”; pero la ira del que se irrita con causa no procede de una pasión. Por eso decimos que juzga, no que se irrita.
Otro modo de considerar la ira es tomarla como un movimiento del apetito sensitivo, que se da con pasión y excitación del cuerpo.
Este movimiento, en el hombre, sigue necesariamente a un movimiento de la voluntad, porque el apetito inferior acompaña necesariamente al movimiento del superior, si no lo impide algún obstáculo.
Por eso no puede faltar totalmente el movimiento de la ira en el apetito sensitivo, a no ser por sustracción o debilitamiento del movimiento voluntario.
Y, como consecuencia, también es viciosa la falta de pasión, como la falta de movimiento voluntario para castigar según el juicio de la razón.
La pasión de la ira, como todos los otros movimientos del apetito sensitivo, es útil en cuanto que ayuda al hombre a cumplir con prontitud lo que la razón le dicta. De lo contrario, el apetito sensitivo sería totalmente inútil en el hombre, y la naturaleza no hace nada en vano.
En aquel que obra con rectitud, el juicio de la razón no sólo es causa del simple movimiento de la voluntad, sino de la pasión del apetito sensitivo.
Por eso, dado que la supresión del efecto es signo de la remoción de la causa, del mismo modo la supresión de la ira es signo de la remoción del juicio de la razón.
