RESPUESTA DE LA SEMANA

EN HONOR A LA VERDAD

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¿Es pecado mortal toda mentira?

NO

¿Por qué?

RESPUESTA DOCTRINAL

Hay tres géneros de mentiras:

1º) La que es saludable o provechosa para alguien. Y se llama mentira oficiosa.

2º) Otra, que se dice en broma. Se denomina jocosa.

3º) Una tercera clase, en las que se miente por malicia. Se califica como perniciosa.

En efecto, se puede dividir la mentira en razón de su culpabilidad, y se hace atendiendo a lo que, por parte del fin intentado, agrava en ella o disminuye la culpa.

Ahora bien, se agrava la culpa de la mentira, si se profiere con la intención de perjudicar a otro, y recibe el nombre, en este caso, de mentira perniciosa.

En cambio, se disminuye la culpa, si la mentira se ordena a conseguir algún bien, ya se trate de un bien deleitable, lo que daría lugar a la mentira jocosa; ya se pretenda un bien útil, lo que daría lugar a la mentira oficiosa, con la que unas veces se intenta ayudar a otro y otras librarle de un mal.

También se divide la mentira en razón del fin con que se dice.

Según esto, se la divide en las ocho clases de mentira que San Agustín enumera en su libro Contra mendacium:

La primera es la mentira en la enseñanza de la religión.

La segunda, la que no aprovecha a nadie y daña a alguno.

La tercera, la que aprovecha a uno dañando a otro.

La cuarta es aquella en que se miente únicamente por el placer de mentir y engañar.

La quinta es la que se dice por el deseo de agradar.

La sexta es aquella que, sin perjudicar a nadie, aprovecha a alguno para asegurar sus bienes de fortuna.

La séptima es la que no daña a nadie y aprovecha a alguno para librarse de la muerte.

La octava, la que no hace daño a nadie y sirve a alguien como defensa contra la impureza corporal.

Ahora bien, de éstas, los tres primeras se hallan comprendidos en el concepto de mentira perniciosa: mentira que o bien se dice contra Dios, que es adonde apunta el primer miembro de la serie, que es la mentira en la enseñanza de la religión; o contra los hombres: unas veces con la única intención de hacer daño a otro, y tenemos ya la segunda mentira enumerada, la que a nadie aprovecha y daña a alguien; otras, con la intención de que aproveche uno del daño que se hace a otro, y tenemos la tercera, la ventajosa para uno y nociva para otro.

La primera de estas tres es la más grave, porque siempre los pecados contra Dios implican mayor gravedad.

La segunda es, a su vez, más grave que la tercera, cuya gravedad queda atenuada por la intención de favorecer a otro.

Después de estos tras clases de la división, que acrecientan la culpabilidad, llegamos al cuarto, en el que la mentira tiene, ni más ni menos, la dosis de culpa que le es propia: tal es la mentira que se dice únicamente por el placer de mentir, la que procede del hábito contraído.

En cambio, las cuatro clases de mentir que siguen disminuyen la culpa de la mentira.

Pues el quinto modo es la mentira jocosa, la que se dice en bromas.

Las tres últimas clases se reducen a la mentira oficiosa, en la cual lo que se intenta es hacer bien a otro:

Ya se trate de bienes exteriores, y para esto está la sexta entre estas mentiras, la que le ayuda a conservar los bienes de fortuna.

Ya de lo útil para el cuerpo, y he aquí otra mentira, la séptima, mediante la cual se pretende librar a otro de la muerte.

Ya de lo que contribuye al esplendor de la virtud, y tenemos la octava de estas mentiras, con la que se intenta impedir el pecado de impureza corporal.

Por otra parte, está claro que cuanto mayor es el bien intentado al mentir tanto menor es la culpa de la mentira.

Según esto, si bien se considera, el orden segundo en dicha enumeración no es otro que el que, por razón de su mayor o menor culpabilidad, se da en este caso entre mentira y mentira: pues el bien útil es preferible al deleitable; la vida corporal, a las riquezas, y la honradez, a la vida del cuerpo.

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Como se sabe, lo que es intrínseca y naturalmente malo no hay modo posible de que sea ni bueno ni lícito, porque para que una cosa sea buena se requiere que todo en ella lo sea; pues, como dice San Dionisio en el capítulo 4º De Div. Nom., el bien requiere el concurso de todas sus causas, para el mal, en cambio, basta un defecto cualquiera.

Ahora bien, la mentira es mala por naturaleza, por ser un acto que recae sobre materia indebida, pues siendo las palabras signos naturales de las ideas, es antinatural e indebido significar con palabras lo que no se piensa.

Por tanto, toda mentira es pecado.

San Agustín dice que Hay dos clases de mentiras que no constituyen culpa grave, lo que no quiere decir que no haya culpa. Tienen lugar cuando bromeamos o mentimos en beneficio del prójimo.

Ahora bien, todo pecado mortal es culpa grave.

Luego la mentira jocosa y la oficiosa no son pecados mortales.

Pecado mortal, en su sentido propio, es lo que se opone a la caridad, virtud por la que el alma vive unida a Dios.

Ahora bien, la mentira puede oponerse a la caridad de tres maneras: por sí misma; por el fin intentado; ocasionalmente.

1ª) Es contraria de suyo a la caridad por sí misma, por su misma falsa significación.

De hecho, si se trata de cosas divinas, se opone a la caridad para con Dios, cuya verdad con tal mentira se oculta o se adultera. Tal mentira, pues, no sólo se opone a la virtud de la verdad, sino también a la de la fe y la religión. Por tanto, esta mentira es gravísima y mortal.

Si la falsedad versa sobre materias cuyo conocimiento supone un bien para el hombre, por ejemplo, las de carácter científico o moral, tal mentira, por dañar al prójimo induciéndolo a error, se opone a la caridad para con él. Por consiguiente, es pecado mortal.

En cambio, si el error causado por la mentira es acerca de esas cosas en las que el saber si son así o de otra forma no tiene importancia alguna, con ella en este caso no se daña al prójimo, por ejemplo, cuando el engaño versa sobre hechos particulares que ni le van ni le vienen. Por tanto, tal mentira de suyo no es pecado mortal.

2ª) La mentira, asimismo, se opone a la caridad por razón del fin intentado.

Tal es el caso de la que se dice para injuriar con ella a Dios, la cual constituye siempre pecado mortal, como contraria a la religión; o para dañar al prójimo en su persona, en sus bienes o en su fama, que también ésta es pecado mortal, porque lo es el hacer daño al prójimo, y basta con la intención de cometer un pecado mortal para pecar mortalmente.

Pero si el fin intentado no es contrario a la caridad, tampoco la mentira por este motivo será pecado mortal, como se echa de ver en el caso de la mentira jocosa, cuyo fin es divertirse un poco; y en la oficiosa, en la que uno busca incluso ser útil al prójimo.

3ª) Ocasionalmente, por fin, puede ser la mentira contraria a la caridad por razón de escándalo o de cualquier daño que de ella se siga.

También en un caso así, o sea, cuando a uno le trae sin cuidado el mentir en público a pesar del escándalo que de ello se va a seguir, será pecado mortal.

Ver Suma Teológica, IIa-IIæ, cuestión 110, artículos 2, 3 y 4

De un total de 143 respuestas: 

contestaron    SI     39 VOTOS – 27,27 %

 contestaron    NO    98 VOTOS –  68,53 %

 Contestaron OTROS 6 VOTOS – 4,2 % 

 

Según esta estadística la mayoría contestó correctamente

Insistimos en la importancia de conocer la doctrina de nuestra Iglesia para conservar intacta nuestra fe como nos ha sido mandado por Nuestro Señor y, de esta manera, no correr el riesgo de ser engañados por los errores, que pueden llevarnos a una eternidad sin Dios.