HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Decimotercera entrega

 

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EL CISMA DE ORIENTE

1. Focio. Muy escasos fueron los días de paz que gozó la Iglesia de Oriente, aún después que empuñó las riendas del gobierno, en nombre del niño Miguel III, su madre Teodora, que, asistida por el patriarca San Metodio, instituyó la fiesta de la ortodoxia (842).

A San Metodio sucedió en la sede bizantina el patriarca San Ignacio (846), hijo del emperador Miguel I Rangabé. Era un piadoso y rígido asceta, tenaz en sus propósitos y representante del partido rigorista e intransigente de los estuditas. En unión con Teodora, trabajaba por mantener pura la fe y por corregir las costumbres de la corte, cuando estalló de pronto una doble conjuración. El metropolitano de Siracusa, Gregorio Asbesta, refugiado en Constantinopla durante la invasión sarracena y suspenso en sus funciones por el patriarca Ignacio, se alzó contra él capitaneando una fracción de eclesiásticos y monjes.

Por otra parte, un hermano de Teodora, el vicioso y corrompido Bardas, como tutor de su sobrino Miguel III, ensanchaba su influencia por todos los medios y trataba de alejar a Teodora de la regencia, ganándose la voluntad del niño emperador. A este fin halagaba sus pasiones, sus caprichos, sus vicios, y miraba complacido sus desórdenes, bufonerías y parodias sacrílegas.

El mismo Bardas escandalizaba al pueblo, viviendo incestuosamente con Eudocia, su nuera, por lo cual el intrépido patriarca Ignacio lo rechazó públicamente de la Comunión el día de la Epifanía. Bardas juró venganza y en su ayuda vinieron los secuaces de Gregorio Asbesta, entre los que se contaban no pocos del alto clero. Todos estos sugirieron a Miguel III el Beodo (856-867), que acababa de encargarse del gobierno, alejando a su madre, una idea que el ingrato emperador aceptó y puso por obra: mandar al patriarca impusiese el velo monacal a Teodora, con lo que la excluían de la corte y debilitaban el partido de Ignacio. Este se negó a tal violencia. Pero Bardas la hizo prender y, después de cortarle el cabello, la encerró en un claustro. A Ignacio le acusó de conspirar contra el Estado y lo desterró a la isla de Terebinto. Era en noviembre del 857 o, más probablemente, del 858.

Había entonces en Constantinopla un hombre extraordinario, docto, hábil y ambicioso, maestro de muchos jóvenes y gobernadores de la ciudad, buen gramático, dialéctico, orador, exegeta, teólogo y aureolado de gran fama de ciencia y erudición. Llamábase Focio. Era de familia nobilísima, emparentada con la de Bardas, y se había declarado entusiasta partidario y amigo de Asbesta.

¡Qué extraño que la corte se fijara en él para la sede patriarcal! Era laico, y los sagrados cánones prohibían la ascensión directa de los laicos al episcopado; pero había precedentes en la iglesia de Constantinopla y la voluntad del emperador era omnipotente. Gregorio Asbesta, aunque suspenso y excomulgado, se encargó de conferirle todas las órdenes en seis días. Consagración ilícita, por supuesto. Bardas procuró que todos los obispos reconociesen al nuevo patriarca. Muchos así lo hicieron; algunos pocos, con Metrófanes de Esmirna, se mantuvieron fieles, lo mismo que los monjes estuditas.

2. Nicolás I y sus legados. Con el fin de evitar estas banderías y de asegurarse en el trono patriarcal, el fino y diplomático Focio trató de ganarse la aprobación del Papa Nicolás I. En la epístola sinódica o entronística con que el nuevo patriarca comunicaba a sus colegas, especialmente al pontífice de Roma, su elevación al patriarcado, empezaba por hacer una profesión de fe perfectamente católica; añadía que, habiendo renunciado Ignacio espontáneamente a su dignidad para retirarse a un monasterio, había tenido él que aceptar mal de su grado tan sublime cargo; ahora, al solicitar su aprobación pontificia, le pedía oraciones para poder cumplir menos indignamente los deberes de su pastoral ministerio. Al mismo tiempo, el emperador le escribía al Papa, suplicándole enviase legados a Bizancio para celebrar un concilio contra los últimos restos de la herejía iconoclasta, y confirmaba las noticias de Focio. Los portadores de ambas cartas, sin duda para hacerlas más eficaces, llevaban a Roma espléndidos regalos.

A Nicolás I le parecieron sospechosas las noticias venidas de Bizancio, ya que del Patriarca dimisionario no le habían venido informes directos. Procediendo, pues, con exquisita prudencia, quiso poner en claro la cuestión de la renuncia de Ignacio antes de dar a Focio las letras de comunión; y a este fin envió dos legados con la única comisión de inquirir lo sucedido en la causa de Ignacio. Llevaban dos cartas del Pontífice. Una para el emperador, en que reprobaba los modos poco canónicos con que habían destituido al Patriarca Ignacio y elevado a Focio, siendo lo que se decía «un neófito», contra los cánones de Sárdica y otros concilios; insistía luego en los derechos de la Sede Patriarcal Romana sobre las provincias del Illyricum, etc. En la carta, más breve, a Focio, se contentaba con alabarle sus sentimientos ortodoxos y lamentaba no poder reconocerle mientras no se informase bien de las circunstancias que habían ocasionado su elevación al patriarcado siendo laico.

Los dos legados no tardaron en caer en las redes de Focio. Aislados de los partidarios de Ignacio, no entendiendo bien el griego, y asediados por los amigos de Asbesta y Focio, se pusieron de parte de éstos. Más aún: contra la voluntad del papa, se constituyeron en jueces. En abril de 861 presidieron un sínodo de 318 obispos, al que asistieron Bardas y el emperador, y ante el cual se le obligó a comparecer a Ignacio. A base de falsas acusaciones, le depusieron en pública sesión, y mientras Focio era proclamado legitimo patriarca, resonaban como un sarcasmo en el concilio los gritos unánimes de «¡Larga vida al Papa Nicolás! ¡Larga vida a Focio! ¡Larga vida a los apocrisarios romanos!» Bardas y Focio triunfaban.

En seguida vuelve a escribir Focio una carta al Papa con hábiles excusas, respondiendo a los reparos que le había puesto el Pontífice y repitiendo que le han echado encima la pesada carga del patriarcado muy a disgusto suyo, aunque cree humildemente que podrá restablecer el orden en la turbada Iglesia bizantina; en cuanto a su elevación del estado seglar, observa que ello es una distinción demasiado honrosa para él; que, por lo demás, allí en Bizancio no eran conocidas las leyes eclesiásticas citadas por el Papa, y que en contra de ellas estaban los ejemplos de Ambrosio, Nectario, Tarasio, Nicéforo; le avisa que desconfíe de los ignacianos, y en cambio levanta hasta las nubes a los dos legados pontificios por su prudencia, virtud y sabiduría.

No se dejó engañar el gran Pontífice Nicolás, y a pesar de la infidelidad de sus legados, logró descubrir todo el tejido de fraudes, mentiras, hipocresías y violencias cometidas por Focio y por los cortesanos bizantinos; contestó reafirmando la plenitud de su potestad primacial, deshaciendo luego las falacias del intruso y probándole que los cánones de Sárdica estaban vigentes en la Iglesia bizantina; agregaba que no podía aprobar la conducta de sus propios legados ni condenaría a Ignacio antes de poner en claro la cuestión. Más expresivamente se explicaba en la epístola a los Patriarcas orientales, hablando de Focio como de un intruso, a quien la Sede Romana rechaza como a un hombre criminal (sceleretissimus) y reconociendo, en cambio, como legítimo Patriarca a Ignacio… Poco después le llegaron al Papa los informes de Ignacio y de diez metropolitas y quince obispos, narrando al por menor todo lo acontecido y apelando a la jurisdicción suprema de Roma.

Entonces fue cuando Nicolás I se decidió a obrar enérgicamente. Convocó un concilio romano en abril de 863. Allí uno de los legados se declaró culpable, el otro estaba ausente; se anularon todas las medidas tomadas por ellos en Constantinopla; se desposeyó a Focio de todas las dignidades eclesiásticas, como a neófito ordenado por un obispo depuesto, y como a verdugo de Ignacio, amenazándole con la excomunión si no restituía su sede a Ignacio, al cual se le restituirían todos sus derechos. Todos los clérigos promovidos por Focio quedaban depuestos.

Cuando estas decisiones llegaron a Constantinopla, ya puede imaginarse la reacción violenta que producirían en los partidarios de Bardas. Esa reacción se mostró en la carta del emperador al Papa, llena, según dijo éste, de blasfemias. Allí se decía, entre otras cosas, que los emperadores habían usado siempre para con el Papa la palabra «mandamos»; que la lengua latina era una lengua bárbara y escítica, no entendida ya en Bizancio; que la nueva Roma no era inferior a la sede de los papas; que Ignacio había sido depuesto y condenado en concilio con todo derecho, etc.

3. El paréntesis de Bulgaria. Con todo, acaso no se hubiera llegado al rompimiento definitivo a no ser por la contienda surgida entre las dos Iglesias acerca de Bulgaria.

El pueblo pagano de los búlgaros, acampado debajo del Danubio y al flanco occidental de Bizancio, había sido más de una vez para este Imperio una seria amenaza. Misioneros germánicos, dependientes de Roma, y otros de rito bizantino venían desde antiguo abriendo camino al Evangelio. Por fin, hacía el año 864, el caudillo Boris, que gobernaba a los búlgaros desde el 852, se decidió a entrar en la Iglesia católica, haciéndose bautizar, no sabemos dónde, por sacerdotes bizantinos enviados por Focio, siendo padrino (¿por procurador?) el emperador Miguel, que le dio su nombre.

Deseoso Boris de que se organizasen rápidamente sus estados con una jerarquía eclesiástica completa, pidió los nombramientos al patriarca, pero Focio le dio largas, no queriendo que se independizasen tan pronto de la Iglesia madre. Al mismo tiempo les mandó una instrucción demasiado prolija y difícil para aquellos pueblos bárbaros, recién convertidos. Boris, impaciente, se volvió hacia el Occidente, hacia Roma, dirigiendo en agosto del 866 al Papa Nicolás I una serie de preguntas y dudas sobre cuestiones sacramentarias, litúrgicas y disciplinares. Inmediatamente entendió el Papa la buena ocasión que se le presentaba de arrebatar a Constantinopla la nueva Iglesia búlgara, haciéndola gravitar hacia el mundo occidental, romano. Contestó de la manera más clara, precisa y satisfactoria a sus consultas (Responsiones ad consulta Bulgarorum) y le envió como legados dos obispos, uno de ellos Formoso de Porto (futuro Papa), que se captó todas las simpatías de Boris. Fácil es de imaginar la irritación que esta conquista espiritual de Roma produciría en Constantinopla.

Para despachar de una vez el asunto búlgaro, digamos que Boris, encariñado con Formoso, deseó que se le nombrase arzobispo y patriarca de Bulgaria, a lo cual no accedió el Papa Nicolás. Tampoco su sucesor, Adriano II, se avino a ello, por lo cual Boris, disgustado y oscilando entre Roma y Bizancio, acudió al Concilio VIII de Constantinopla, que decidió, naturalmente, a su favor.

Con la legación de Formoso para Bulgaria iba otra que debía llegar hasta la corte bizantina y entregar al emperador y a Focio sendas cartas, que no vinieron a manos de los destinatarios porque los tres legados pontificios, el obispo Donato de Ostia, el presbítero León y el diácono Marino (futuro Papa), fueron detenidos en la frontera y obligados a regresar. Lo cierto es que por entonces la exasperación de Focio llegó a su colmo, por más que las circunstancias políticas no parecían favorecerle, ya que en abril de 866 su protector Bardas caía asesinado. De todos modos, el intruso patriarca desencadenó una violenta ofensiva contra Nicolás I y contra el papado en general.

4. La cuestión del «Filioque». Hasta entonces el conflicto presentaba a los ojos de todos un acentuado matiz personalista, según las preferencias de cada cual por uno u otro patriarca. Focio, astuto e inteligente, cayó en la cuenta del nuevo sesgo que había de dar al asunto, quitándole las apariencias de negocio personal suyo, para convertirlo en cuestión de todo el Oriente y darle, a ser posible, trascendencia dogmática. A este objeto, dirigió una circular a los patriarcas orientales (Encyclica epistola ad archiepiscopales thronos per orientem) invitándoles a un concilio en la capital, a fin de juzgar al pontífice de Roma. Aquella circular constituía una violenta diatriba contra la cristiandad de Occidente, acusando a los sacerdotes latinos de haber malogrado las esperanzas puestas en la conversión de los búlgaros, entrando en aquel pueblo como jabalíes en la viña del Señor. Concretamente les reprochaba: 1) que ayunaban el sábado; 2) que, en cambio, no ayunaban en la primera semana de cuaresma, permitiendo en esa semana el uso de lacticinios; 3) que imponían el celibato a sus sacerdotes y despreciaban a los sacerdotes griegos que vivían en matrimonio; 4) que no permitían a los presbíteros administrar la confirmación, como si este poder fuera exclusivo de los obispos; 5) y, sobre todo, que hablan falsificado el Símbolo Apostólico, introduciendo el error de que el Espíritu Santo procede no sólo del Padre, sino también del Hijo (Filioque), poniendo así dos principios en la Trinidad.

En una carta a los búlgaros añadía nuevas acusaciones: que los latinos se afeitaban la barba; que preparaban el crisma con agua ordinaria; que promovían a los diáconos al episcopado sin ordenarles antes de sacerdotes; en fin, que el primado romano había caducado al pasar la residencia imperial de la antigua Roma a la nueva. En consecuencia, que los misioneros romanos habían engañado al pueblo búlgaro y que todo el Oriente debía levantarse contra el Occidente.

Lo grave de esta propaganda estaba no sólo en que se encendían las rivalidades nacionales y de raza, carácter, lengua, usos litúrgicos, política y costumbres, sino en que a esa antigua e inevitable diferenciación de pueblos se le daba un fundamento dogmático, preparando así el futuro y lamentable cisma religioso.

Con la cuestión del Filioque logró Focio deslumbrar a los griegos, que nunca habían querido apartarse de la fórmula del concilio II ecuménico (Constantinopla, 381), que dice que el Espíritu Santo procede del Padre. San Agustín y San León Magno explicaron perfectamente las relaciones entre las tres divinas personas, enseñando que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y en el fondo estaban de acuerdo con ellos los Padres orientales, los cuales, sin embargo, usaban esta otra fórmula: el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo (per Filium).

La fe ardiente y clara de los españoles ya en la «Fides Damasi» del año 380 pronunció la fórmula De Patre et Filio, y en otras profesiones de fe privadas y conciliares del siglo V expresó categóricamente el Filioque, hasta que en fecha posterior, imposible de precisar, inserta ese término en el Símbolo Constantinopolitano. De España pasó a Francia. Los Libros Carolinos reprocharon al concilio II de Nicea el haber usado la expresión «per Filium» en vez del «Filioque», pero Adriano I defendió la ortodoxia de la fórmula griega y León III hizo poner a la entrada de la Confesión de San Pedro dos escudetes de plata y grabar en dos el texto latino y griego del Símbolo Constantinopolitano sin el Filioque.

La costumbre de cantar el Filioque en el Símbolo —costumbre generalizada en todo el Occidente, menos en Roma, desde Carlomagno— no suscitó protestas en Oriente hasta el escándalo farisaico de Focio, que creyó descubrir en ello un arma poderosa contra la Iglesia latina, y la esgrimió en el concilio reunido en la basílica de Santa Sofía, estando presente el emperador, el año 867; concilio, o mejor, conciliábulo, que lanzó sentencia de excomunión contra el pontífice de Roma.

Antes de tener noticia exacta de lo ocurrido en Constantinopla, el Papa Nicolás I, comprendiendo la gravedad y trascendencia que iba adquiriendo el problema bizantino, en el que se ventilaba nada menos que la unidad de la Iglesia, pensó en dar cuenta a los principales Metropolitanos de Occidente, a fin de que no sólo la Sede Romana, sino la cristiandad occidental en masa se levantase contra los nuevos errores que surgían en Oriente. Escribió, entre otros, al arzobispo Hincmaro de Reims para que se convocasen sínodos particulares. Conocemos la respuesta que dieron a los griegos los obispos de Germania reunidos en Worms y conservamos dos libros que se escribieron entonces: el uno es del obispo Eneas de París (Liber adversas graecos) y el otro de Ratramno, monje de Corbie (Contra Graecorum opposita romanam ecclesiam irifamantium)

5. Caída de Focio. Cuando el orgulloso patriarca de Constantinopla abrigaba mayores esperanzas de inocular en el pueblo griego la aversión contra el «bárbaro Occidente», una revuelta política, de las que tan frecuentes eran en el Cuerno de Oro, dio al traste con todas sus ilusiones. En septiembre de 867 el vicioso emperador Miguel III el Beodo caía asesinado en una conjuración preparada por el asesino de Bardas, Basilio el Macedón, que se apoderó del trono. Este nuevo emperador, reaccionando contra todos los partidarios de Miguel, relegó a Focio a un monasterio y llamó al perseguido Ignacio, que fue repuesto solemnemente en la sede patriarcal.

Tanto Basilio el Macedón como Ignacio enviaron al Papa cartas llenas de respeto y veneración, suplicándole que juzgase a los sacerdotes ordenados por Focio y seducidos por aquel intruso. No las pudo leer Nicolás I, fallecido el 13 de noviembre de aquel año 867, sino su sucesor Adriano II. Este contestó agradecido y satisfecho, pero la atrocidad nunca vista que cometiera Focio al juzgar a la Sede Romana en el conciliábulo de 867 había que destruirla radicalmente. Así que lo primero que hizo el Papa fue reunir un concilio en San Pedro (junio 896), que condenó el conciliábulo fociano, arrojó sus actas a las llamas, fulminó anatemas contra el intruso y neófito patriarca, admitiéndole solamente a la comunión laica, si es que humildemente se sometía, y privando de las dignidades eclesiásticas a todos cuantos eran hechura suya.

De todo esto se dio cuenta al emperador y a Ignacio, enviándoles al mismo tiempo tres legados, entre ellos al diácono Marino, que presidiesen un gran Concilio ecuménico en Constantinopla.

En efecto, el 5 de octubre de 869 se celebró la sesión Inaugural del VIII Concilio universal en la basílica de Santa Sofía, estando presente el Emperador Basilio, los legados del Papa, el Patriarca Ignacio, los apocrisarios de Jerusalén y Antioquia y un grupo de obispos siempre fieles a Ignacio.

A poco fue creciendo el número con la admisión de otros obispos seducidos algún tiempo por Focio, mas no de los creados por él, hasta llegar a 103 obispos, de los cuales 37 eran metropolitanos.

En la sesión del 28 de febrero de 870, Focio fue obligado a comparecer para ser juzgado. Lo hizo envolviéndose en un altivo y desdeñoso silencio. En la sesión VIII fue solemnemente anatematizado y poco después eran quemados en la hoguera todos los papeles relativos al conciliábulo de 867, contrarios a Roma o al Patriarca Ignacio.

También Gregorio Asbesta hubo de comparecer y oír los anatemas del Concilio. La unión con Roma parecía indisolublemente afirmada cuando en el canon segundo se decía: «Teniendo por órgano del Espíritu Santo al beatísimo papa Nicolás, lo mismo que a su sucesor, el santísimo papa Adriano, definimos y sancionamos todos los decretos que ellos dieron sinodalmente en diversas ocasiones, tanto para la defensa y conservación del santísimo Patriarca Ignacio en la Iglesia constantinopolitana, como para la expulsión y condenación de Focio, neófito e intruso».

No se crea, sin embargo, que todo había sido paz y armonía en él Concilio. Parece que hubo roces entre el Emperador y los Legados pontificios, y a un atento observador no se le hubiera ocultado cierto resentimiento contra Roma entre los mismos Padres conciliares.

En una reunión posconciliar hubo de discutirse la cuestión búlgara, planteada durante el Concilio por los enviados de Boris, que preguntaban si Bulgaria debía depender de Bizancio o de Roma. El Emperador, allí presente, comprendió que se jugaba una carta de gran interés político.

El Patriarca Ignacio pidió el parecer de los apocrisarios de los otros patriarcas orientales. Alegaron éstos que, por haber formado parte aquel país del antiguo Imperio griego y porque al establecerse allí los búlgaros habían encontrado sacerdotes bizantinos, debía Bulgaria pertenecer a Bizancio.

Protestaron los legados pontificios, diciendo que lo eclesiástico no debe depender de lo político; que el país búlgaro formó parte del Illyricum, el cual perteneció a Roma hasta que León III se lo arrebató por la fuerza; que los búlgaros se habían dirigido espontáneamente al Romano Pontífice, el cual les había mandado misioneros y obispos; finalmente, que en esto, como en todo, lo eclesiástico, la suprema y decisiva autoridad era la Sede Apostólica, sin que ningún otro tribunal tuviese derecho a intervenir.

Tales protestas fueron inútiles. El fallo se acomodó al parecer de los orientales y a la voluntad del Emperador: los búlgaros dependerían de la Jurisdicción de Bizancio.

El Patriarca Ignacio, que tan sumiso y reverente para con el Papa se había mostrado en otras ocasiones, no tuvo ahora reparo en consagrar un arzobispo para Bulgaria y posteriormente diez obispos. Quejóse Adriano II de estas usurpaciones en carta al Emperador. En otra a Ignacio niega valor jurídico a la decisión tomada en Constantinopla y amenaza al Patriarca con la excomunión si no renuncia a sus pretendidos derechos.

Muerto Adriano II a fines de 872, le sucede Juan VIII (872-882), que en la cuestión búlgara sigue la misma línea con mayor inflexibilidad aún. Teme, y no sin razón, que, unciéndose Bulgaria al carro de Constantinopla, se precipite con ella en el cisma y la herejía. Así se lo escribe a Boris, manifestando que está dispuesto a deponer a Ignacio si no salen de Bulgaria los obispos y presbíteros bizantinos.

En abril de 878 envía una legación a Constantinopla reprochando a Ignacio severamente su ingratitud para con Roma, a quien debe su reposición, y conminándole con la excomunión y aun con la deposición si en el plazo de un mes no mandaba a sus obispos abandonar Bulgaria. Armados con estos rayos y dispuestos a fulminarlos iban los legados a Constantinopla, cuando, de repente, en seguida de entrar en la ciudad, se enteran del más inesperado y sorprendente suceso: Ignacio, el amenazado por los anatemas pontificios, había muerto como un santo, y en la sede patriarcal se sentaba pacíficamente Focio.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación

Duodécima entrega:  Las controversias eucarísticas del siglo IX al XI