Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DECIMOCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Sermones-Ceriani

DECIMOCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Subiendo a la barca, pasó Jesús al otro lado y vino a su ciudad. Y he aquí que le presentaron un paralítico, postrado en una camilla. Al ver la fe de ellos, dijo Jesús al paralítico: Confía, hijo, te son perdonados los pecados. Entonces algunos escribas comenzaron a decir interiormente: Éste blasfema. Mas Jesús, viendo sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Te son perdonados los pecados”, o decir: “Levántate y anda?” ¡Y bien!, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de perdonar los pecados, —dijo, entonces, al paralitico—: “Levántate, carga tu camilla y vete a tu casa”. Y se levantó y se volvió a su casa. Al ver esto, quedaron las muchedumbres poseídas de temor y glorificaron a Dios que tal potestad había dado en favor de los hombres.

Después de sus correrías evangélicas por la Galilea, vuelve Jesús a Cafarnaúm; y el episodio que allí tuvo lugar es relatado por los tres sinópticos.

La introducción es propia de San Lucas: Un día estaba ocupado en enseñar, y unos fariseos y maestros de la Ley estaban ahí sentados, habiendo venido de todas las aldeas de Galilea, y de Judea, así como de Jerusalén, y el poder del Señor le impelía a sanar.

Esta frase, tan propia de San Lucas, con la que expresa esta presencia tan amplia y conjunta de fariseos y doctores, hace pensar en una cruzada de espionaje más que en un simple movimiento de curiosidad ante Jesús.

Estamos, pues, en una época bastante avanzada del ministerio público de Jesucristo. Ha enseñado por muchas partes y ha hecho muchos milagros. San Lucas pone esa frase que, precisamente, es todo un compendio de la obra taumatúrgica de Jesús: El poder del Señor le impelía a sanar. Tan manifiestos eran sus prodigios.

El portento, objeto del Evangelio de hoy, es de los más clamorosos obrados por Jesús; diríamos que asiste a él todo un pueblo, tan denso como el de Cafarnaúm, y las clases dirigentes del judaísmo.

La fama de los numerosos y grandes milagros obrados por Jesús durante su misión por la Galilea había llegado a Cafarnaúm, ya conmovida por los anteriores episodios; el pueblo acude en masa a ver y oír al Maestro y a ser testigo de nuevas maravillas, de modo que no cabían ni aun delante de la puerta; repleta de multitudes la casa y zaguán, rebosan por la calle y sitios adyacentes.

Contrasta el afán de las multitudes con la tranquila actitud de Jesús, en el interior de la casa, sentado, como corresponde a un doctor, anunciando la palabra, predicando su Evangelio.

Junto a Jesús, escudriñando sus palabras y acciones, estaban las clases dirigentes del pueblo judío, que no habían podido substraerse de la conmoción popular; que comprendían que no se trataba de un magisterio meramente humano como el suyo…

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Mientras Jesús predicaba, un espectáculo emocionante se ofrece a los ojos de todos: cuatro hombres, llevando una litera, tendido en ella un infeliz paralítico, forcejean para abrirse paso entre la multitud y llevar al enfermo a la presencia del Maestro.

Y como no pudiesen ponérselo delante a causa de la multitud, su fe y confianza les sugieren un piadoso ardid: en vez de atravesar la puerta que da a la calle, tomarán la escalera lateral exterior de la casa, y subirán el enfermo al tejado; practicarán una abertura en la cubierta, y bajarán la camilla verticalmente hasta la misma presencia de Jesús.

Grande es la fe, así de los camilleros como del enfermo, cuando a tales procedimientos apelan para lograr la curación. Jesús les alaba por ello; y se la va a premiar, dando al enfermo más de lo que quiere.

Dirige primero al infeliz, a quien escribas y fariseos ni siquiera se dignan tocar, palabras suavísimas de amor y consuelo: Confía, hijo… Son dos palabras que abren a la esperanza el pecho del desgraciado.

Confía, hijo; ánimo, que vas a conseguir todavía más de lo que pides; pides la salud del cuerpo, y te vas a encontrar también con la del alma.

En efecto, en este pasaje hay dos temas: una curación y el poder de perdonar los pecados.

El texto tiene un marcado y definido valor apologético, por la necesidad de interpretar el perdón de los pecados como atributo divino en el que así obraba.

San Mateo, que esquematiza la primera parte para ir directamente a su enfoque teológico, destaca el aspecto del perdón de los pecados.

En el Antiguo Testamento, el perdón de los pecados es un poder personal divino y un don mesiánico característico. Es, por lo tanto, un modo indirecto de presentar a Jesús como el Mesías.

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Viendo Jesús la fe de aquellos hombres, dijo al paralítico: Confía, hijo, tus pecados te son perdonados.

Con razón se puede preguntar por qué Cristo le perdona los pecados, cuando no es eso lo que se le pide, sino la salud corporal.

Cuando el Señor se disponía a curar al paralítico, le perdona primero los pecados; dando a conocer que por sus culpas estaba enfermo, y que sin el perdón de sus pecados no podía recobrar el uso de sus miembros.

Para curar, pues, a aquel hombre de la parálisis, el Señor empezó por desatar los lazos de sus pecados. De este modo le manifestó que, a causa de ellos, estaba sufriendo la inutilización de sus miembros, cuyo uso no podía recobrar sino desligando aquellos lazos, absolviendo de las culpas y penas.

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Los fariseos, mientras tanto, no se atrevían a dar a conocer sus intenciones, porque temían a las turbas; y así solamente meditaban en su corazón. De donde se dice: Entonces algunos escribas comenzaron a decir interiormente: Éste blasfema.

Dicen que Cristo blasfema porque se arroga lo que es propio de Dios: perdonar los pecados. Los otros Evangelistas, de hecho, aducen la causa de la blasfemia: ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?

Nunca profeta alguno se arrogó este poder. Los escribas que oyen a Jesús lo saben. Conocían lo que dice Isaías: Yo soy el que borro sus iniquidades. Pero no conocían o no entendían lo que el mismo Profeta dice: Puso el Señor en Él las iniquidades de todos nosotros. Ni se acordaban de lo que San Juan Bautista había anunciado: He esquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo.

Lo acusan de blasfemia, precipitando así su sentencia de muerte, porque mandaba la ley que fuese castigado de muerte cualquiera que blasfemase.

Por eso Jesús, que comprendía sus pensamientos, se muestra como Dios y les dirige las siguientes palabras: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?

Como si les dijera: puedo perdonar a los hombres sus maldades con el mismo poder con que penetro vuestros pensamientos.

Oh fariseos, vosotros decís: ¿quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios?

Os respondo: ¿Quién puede conocer los secretos del corazón, sino sólo Dios? El mismo Dios dice por medio de sus profetas: Yo soy el Señor, que escudriña los corazones.

Por lo tanto, Jesús, lejos de retractarse de la acusación de los fariseos, que pensaban que sus palabras las había dicho realmente como Dios, la confirma.

En efecto, si no fuera igual al Padre, Él hubiera dicho: «Estoy muy lejos de tener poder para perdonar los pecados».

Pero no fue así, sino que afirmó todo lo contrario, tanto con sus palabras, como con sus milagros.

Con esto se prueba que Cristo es verdaderamente Dios, porque, al igual que Dios, puede perdonar los pecados.

Se engañan los judíos pues, si bien creen Dios puede perdonar los pecados, no creen, sin embargo, que Jesús sea Dios.

Mas, deseando salvar a estos hombres maliciosos, el Señor manifiesta que es Dios por el conocimiento que tiene de las cosas ocultas, así como por el poder de sus obras; como si les dijese: con la misma majestad y poder con que leo vuestros pensamientos, puedo perdonar a los hombres sus delitos.

Pero, aunque fueron revelados sus pensamientos, no obstante, permanecieron insensibles, no admitiendo que pudiese perdonar los pecados el que conoce sus corazones.

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Los escribas, al tratar de difamar a Jesús, a pesar suyo contribuyeron con su envidia a hacer brillar el prodigio de Jesús, que se valió de la misma hipocresía de los escribas para hacer resaltar más el milagro del paralítico. Propio es de la infinita sabiduría de Cristo valerse de sus mismos enemigos para hacer patente su poder. Va a darles la prueba de que puede perdonar los pecados, y que, por lo mismo, no es blasfemo.

Pero antes de realizarla les hace una pregunta ceñida, gravísima por su contenido teológico: ¿Qué es más fácil, decir: “Te son perdonados los pecados”, o decir: “Levántate y anda?”

Aquí, el verbo decir está puesto, no para significar palabras, sino, para significar acciones.

Si sólo significara palabras, tan fácil sería decir te son perdonados los pecados como decir levántate y anda.

Pero, si significa acciones: ¿Qué es más fácil hacer, perdonar sus pecados al paralítico…, o sanarlo de su parálisis?

Es evidente que mucho más difícil es perdonar pecados que curar a un paralítico. Como afirma San Agustín, es más difícil justificar al hombre que crear el cielo y la tierra.

Pero, como en el milagro de hoy se trata de palabras seguidas de su efecto visible, que debe ser comprobado, en este sentido es más difícil decir levántate y anda que decir se te perdonan los pecados

¿Por qué?

Porque los presentes no pueden verificar, ver si efectivamente se han perdonado los pecados; y, en cambio, no podrían dejar de observar que el paralítico se levanta y anda, o si queda tullido en su camilla.

En efecto, cuando se trata de perdonar, la autoridad del que lo dijese no puede sufrir ningún menoscabo, pues no se puede comprobar si se produjo o no.

En cambio, tratándose de curar milagrosamente, sí que se pone a riesgo dicha autoridad, pues, si no se realiza, se pierde credibilidad y prestigio.

Sin embargo, en concreto, curar a un paralítico, más aún, resucitar a un muerto, es mucho más fácil que perdonar los pecados, porque, como dice San Agustín, Quien te hizo a ti sin ti, te resucitará a ti sin ti; pero no te justificará sin ti.

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Con esto, el Señor certifica la cura del espíritu por la del cuerpo, el perdón de los pecados por la curación de la parálisis; demostrando lo invisible por lo visible, lo más difícil por lo más fácil, aunque no lo creyesen así los fariseos. Porque ellos suponían más difícil sanar el cuerpo, como cosa que debe manifestarse a ojos vistas, y más fácil la cura del espíritu, como escondida que es la medicina.

Por éso es que discurrían de este modo: “He aquí que renuncia a curar el cuerpo visible, la parálisis, y dice sanar el espíritu invisible, perdonar los pecados. Es claro que, si pudiese restablecer la salud del cuerpo, no se hubiese refugiado en lo que no puede comprobarse, en lo no manifiesto, como es el perdón de los pecados”.

Ahora bien, así como el espíritu es más importante que el cuerpo, así también es más importante perdonar los pecados que sanar el cuerpo. Sin embargo, aunque el poder de sanar el cuerpo y el de perdonar los pecados sea realmente uno y el mismo, entre el decir y el hacer hay gran diferencia.

Pero el Salvador, queriendo probar que puede hacer ambas cosas, pregunta: ¿Qué es más fácil?

Como si les argumentase: Es claro que es más fácil fortalecer el cuerpo del paralítico; pues cuanto más noble es el alma que el cuerpo, tanto más excelente es la absolución de los pecados. Pero como esto no lo creéis, porque está oculto, añadiré lo que es de menos importancia, aunque sea más ostensible, a fin de que por ello se demuestre lo que está oculto.

Es como si dijera: “Curando el cuerpo, que os parece más difícil, yo os mostraré la curación del espíritu, que es la que verdadera y realmente ofrece dificultad”.

Y porque es más fácil decir que hacer, y como existía aún la oposición, porque todavía no se había hecho notoria la obra…, pasa entonces a la acción y por esto dice: ¡Y bien!, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de perdonar los pecados.… Como si dijera: puesto que desconfiáis de las palabras, consumaré la obra que ha de confirmar lo invisible.

Y hace entonces un milagro visible para probar otro invisible, aunque sea obra del mismo poder; pues se necesita tanto poder para curar, instantáneamente y sin ningún medio, las enfermedades del cuerpo como para sanar los vicios del espíritu, los pecados.

El milagro, que se verifica en el cuerpo, no es más que un símbolo del que se opera en el espíritu. Por eso agrega: para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de perdonar los pecados.

¿Por qué dice esto? Porque, si bien tanto el que ha de caminar como los que le vean marchar pueden dar testimonio de las palabras: Levántate y anda, tan sólo Aquél que puede perdonar los pecados, puede saber si efectivamente el paralítico quedó absuelto de sus culpas.

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Entonces, si esto es así, podría alguno objetar que Nuestro Señor Jesucristo no concluyó lógicamente su raciocinio, pasando al milagro…

Es decir, si perdonar los pecados es de verdad más difícil, con la curación del paralítico probará que puede hacer lo que es más fácil…; pero, y lo más difícil, que es perdonar los pecados…, ¿lo puede hacer realmente?

Ya he dicho que, en el milagro se trata de palabras seguidas de su efecto visible. Y lo que Jesucristo pretendió demostrar fue que era digno de crédito. Y lo consigue con el milagro, que es más difícil de probar visiblemente, con su resultado o efecto.

Es como si el Señor dijera: Si no engaño cuando digo levántate y anda (donde se pone en riesgo la autoridad del que lo dice y puede perder credibilidad y prestigio, pues es más difícil demostrarlo, ya que se trata de algo visible), ¿por qué no habéis de creerme cuando aseguro que le son perdonados los pecados (donde la autoridad del que lo dice no puede sufrir menoscabo, pues no se puede comprobar si se produjo o no)?

De este modo, por una cosa que se puede demostrar externamente se granjea el crédito para otra cosa que no puede probarse por el efecto sensible.

La respuesta a la cuestión planteada por Nuestro Señor era, pues, obvia: para curar instantáneamente a un paralítico, con un solo acto de imperio, se requiere el poder de Dios, igual que para perdonar los pecados. Por lo tanto, si poseo la potestad de curar, también poseo la facultad y la capacidad de perdonar.

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En este episodio se manifiesta la gran locura de aquellas gentes sin fe, porque, mientras confiesan que sólo Dios puede perdonar los pecados, no quieren creen que sea Dios quien los perdona delante de ellos, probándolo por la curación instantánea de un paralítico.

Es decir, se prueba que Cristo es verdaderamente Dios, porque puede perdonar los pecados; y se prueba que puede perdonarlos, porque cura de manera instantánea al tullido.

El Salvador, primeramente curó perdonando los pecados, que era aquello por lo que había venido. Y, para que no dudasen de ello los incrédulos, hace un milagro manifiesto para confirmar la palabra con la obra, y para demostrar el milagro oculto, o sea la cura del espíritu, por la medicina externa del cuerpo.

Y dice expresamente: para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de perdonar los pecados, para demostrar que a su potestad divina se ha unido, de un modo indivisible, la naturaleza humana. Porque, aunque se ha hecho hombre, sigue siendo el Verbo de Dios. Y por más que esté en la tierra, no deja por eso de conceder la remisión de los pecados y de hacer milagros.

La humanidad, pues, no disminuye en nada las propiedades de la Divinidad; ni la Divinidad rechaza que el Verbo de Dios se haga Hijo del hombre, según la carne.

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El momento sería de gran emoción… Jesús había llevado las cosas a un terreno en que se imponía la realización del milagro; es éste siempre cosa pasmosa, por la intervención sobrenatural que supone…

Ante escribas y fariseos, temerosos y vacilantes, tomó Jesús aire de imperio y, dirigiéndose al infeliz de la camilla, dijo: Levántate, carga tu camilla y vete a tu casa.

Carga tu camilla…, para hacer más evidente el milagro, mostrando que no es cosa que se opere en la fantasía, sino un hecho positivo y patente. Y para demostrar a la vez que, no sólo curaba, sino que devolvía la fuerza al enfermo.

El efecto de la palabra de Jesús es total; le dice que se levante, y él se levantó; y rápido, instantáneamente, al punto… Y el milagro es sobreabundante, porque no sólo le da el movimiento de que estaba privado, sino las fuerzas para cargar con el lecho con que le llevaban a él…

Y, tomando la camilla en que yacía, a la vista de todos, para que nadie pudiera llamarse a engaño, atravesando las compactas multitudes que llenaban la casa y sus aledaños, se fue a su casa, dando gloria a Dios, que tan pródigo había sido con él, y que tanto en su alma como en su cuerpo había manifestado tan clamorosamente su poder.

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Los escribas y fariseos pensaban que sólo Dios puede perdonar pecados, y que Cristo no era Dios.

Nuestro Señor les prueba que es Dios y que también, como hombre, perdona pecados. No como un hombre cualquiera, sino como Hombre Dios, como Dios Encarnado.

Esta fuerza tienen aquellas palabras: Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra de perdonar los pecados.

Y en verdad, cuando habló al enfermo, Jesús no había dicho: Te perdono tus pecados (dando a conocer así su autoridad propia), sino que dijo: Tus pecados te son perdonados.

Pero, al resistirse los fariseos a creer en Él, Jesús les presentó su gran autoridad y su potestad, diciéndoles que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar los pecados; y probándoles que no necesita del poder de otro para perdonarlos, sino que los absuelve con el suyo propio; y que, por consiguiente, es igual al Padre.

Demuestra el perdón de los pecados por medio de la curación del cuerpo. Demuestra la curación del cuerpo cuando le manda que lleve sobre sí su propio lecho, para que así no se piense que es ilusión lo que es una realidad.

Para quienes no son de buena voluntad, como les sucedió a los escribas y fariseos, no sirve todo ello más que para exacerbar el odio y rencor contra el Cristo de Dios y su obra.

Los incrédulos miran al que se levanta y se admiran de que se marche.

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Mientras tanto, los hombres que presenciaron este hecho no le dieron la verdadera interpretación.

No dando importancia a la remisión de los pecados, que era lo más importante, se admiraron tan sólo de lo que saltaba a la vista, o sea de la curación del cuerpo.

Por eso dice el Evangelista: Las turbas al ver este prodigio, se llenaron de temor y dieron gracias a Dios, que dio tal poder a los hombres.

Poco a poco los judíos empiezan a alabar a Dios, pero no creen que Jesús sea Dios; se lo estorbaba la carne; y pensaban que ya era mucho considerarle como el más sublime de los mortales y que gozaba del poder atribuido por Dios.

Ellos no quisieron creer que Jesús era superior a todos los hombres y que era el verdadero Hijo de Dios.

Quisieron más bien temer los milagros de la mano de Dios, que creer en Él.

Si hubieran creído, no hubiesen temido; sino que hubiesen amado; porque el amor perfecto expele al temor.

Por lo que concierne a nosotros, hagamos un gran acto de fe en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, un gran acto de amor a su divina Persona, y un gran acto de esperanza en su divino poder.