HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Duodécima entrega

 

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LAS CONTROVERSIAS EUCARÍSTICAS DEL SIGLO IX AL XI

Una interpretación rígida del agustinismo en la cuestión de la predestinación y del libre albedrío hemos visto apuntar en el siglo IX, a la que Hincmaro de Reims, apoyado por varios concilios, hubo de poner freno y moderar sus demasías. Por el mismo tiempo, y casi entre los mismos contendientes, trata de levantar cabeza un agustinismo exagerado en la cuestión de la Eucaristía. El principal adversario de esa tendencia peligrosamente espiritualista y simbólica es Pascasio Radberto.

1. Pascasio Radberto: realismo craso. Hasta esa centuria puede decirse que nadie había atacado el misterio de la Eucaristía. Por eso y en parte también por el carácter misterioso de este dogma, no se había precisado bien la terminología. Aun en el siglo IX lo que se discute no es la presencia real de Cristo en el sacramento, sino el modo y la forma cómo está Cristo bajo las especies eucarísticas. Podrá parecer a veces que los de uno y otro bando dicen lo mismo con distintas fórmulas; no obstante, en el panorama total vemos que se dibujan dos concepciones contrapuestas: la de los que explican el modo de la presencia de Cristo en el sacramento en un sentido fuertemente realista, y la de los que quieren darle una interpretación puramente mística, espiritual y simbólica.

Pascasio Radberto (785-865), monje y abad de Corbie, venerado como santo, escribió hacia 831 un libro de piedad sobre la Eucaristía, el sacrificio de la misa y la inmolación del Calvario, dirigido a los monjes de Corwey (Nueva Corbie) para la instrucción de los jóvenes sajones.

Retocado más adelante, lo publicó hacia el 844 con dedicatoria a Carlos el Calvo. Expone allí las enseñanzas tradicionales sobre la Eucaristía, insistiendo —y éste es su rasgo más típico— sobre la identidad del cuerpo de Cristo histórico y del eucarístico. En la Eucaristía —dice— está Jesucristo en persona, el Cristo histórico con su verdadera carne y sangre, el mismo que nació de María y padeció en la cruz y resucitó del sepulcro. ¿Y de qué modo está en el sacramento? Radberto, previniendo ciertas dificultades que se podrían seguir de una identidad absoluta, responde que Cristo está no de un modo material (aunque algún ejemplo de los que él cuenta podría indicar una presencia material, como en miniatura, reducidos los miembros de Cristo a la dimensión de la hostia), sino de un modo inmaterial y espiritual.

La Eucaristía es símbolo y figura, como dicen los del campo contrario, pero no es un mero símbolo, una vana sombra; es al mismo tiempo figura y realidad, figura en cuanto a la manifestación, realidad en cuanto al contenido (figura et varitas, signum et res signata). En virtud de una conversión misteriosa del pan y del vino en la substancia del cuerpo y sangre de Cristo, no queda de aquéllos más que la figura. La hostia consagrada no está sujeta, como los demás alimentos, a los efectos de la digestión y descomposición.

2. Oposición a Pascasio. Rabán Mauro y Escoto Eriúgena. Frente al realismo eucarístico de Pascasio Radberto, se levantaron algunos que en el fondo tal vez estaban de acuerdo con él, pero que, impresionados vivamente por el aspecto espiritual del sacramento, acusaron al piadoso abad de cafarnaitismo.

El primero fue Rabán Mauro, que en su Penitencial a Heribaldo opone a la concepción realista de Radberto esta otra más espiritualista y a su juicio más agustiniana: La vida eterna prometida a los que comen la carne de Cristo se obtiene mediante la fe, por la cual quedan incorporados a su cuerpo místico.

El tratado que lleva por título Dicta cuiusdam sapientis de corpore et sanguine Christi no parece ser de Rabán, sino de Gotescalco, el cual se indigna contra Radberto porque afirmaba la identidad del Cristo histórico y del eucarístico, y arguye contra él diciendo que Jesucristo en el sacramento no puede en modo alguno padecer, «praesertim cum caro Christi resurgens de sepulcro ita glorificata sit, ut iam vorari nullo modo possit» (especialmente porque la carne de Cristo resurgió glorificada del sepulcro, de modo que ya no puede de ningún modo ser devorada). El Cristo sacramentado, ¿es el mismo que nació de María Virgen? Responde distinguiendo: es el mismo naturaliter, en cuanto a la naturaleza y substancia, pero no specialiter, en cuanto a la apariencia o a la manera de manifestarse, cosa que Radberto no distinguía bien, aunque tampoco la negaba. De todos modos las ideas de Gotescalco no son muy claras.

Tampoco lo son las de su amigo Ratramno de Corbie, que tomó igualmente la pluma contra su maestro Radberto, escribiendo hacia 859 un tratadito De corpore et sanguine Domini tan nebuloso, que no es fácil dar con su verdadero pensamiento. Afirma que en la hostia y el cáliz hay una virtud misteriosa y divina, que sólo se manifiesta a los ojos de la fe, y que es el cuerpo de Cristo. Por otra parte, insiste en que en la Eucaristía no puede estar presente el cuerpo natural de Cristo, el cuerpo dotado de gravedad y de extensión, y que, por tanto, no recibimos a Cristo corporaliter, sino spiritualiter. Esto necesita aclaración, lo mismo que la comparación que pone entre la Eucaristía y el agua del bautismo. Por eso, unos le miran como ortodoxo, otros como heterodoxo.

Opinión peregrina fue la de Amalarlo, diácono de Metz y luego corepíscopo de Lyon, el cual poco antes de esta controversia, en su gran obra litúrgica, llevado de su habitual manía de ver en todo símbolos y alegorías, sostuvo que las tres partes en que solía dividirse entonces la hostia consagrada significaba el cuerpo triforme de Cristo, pues no era lo mismo el cuerpo natural e histórico o glorioso de Cristo (representado en la partícula de la hostia que se echaba en el cáliz), que el cuerpo de Cristo tal como está en los fieles (representado en la parte depositada en la patena para la comunión del sacerdote y del pueblo), ni que el cuerpo de Cristo tal como está en los cristianos ya difuntos (representado en la parte que se reservaba en el altar para viático de los moribundos). Ne sequaris ineptias de tripartito Christi corpore, escribía Pascasio Radberto a Frudegardo. Y realmente, inepcias deben llamarse más bien que herejías, por más que Floro, el maestrescuela de Lyon, las denunciase como tales al concilio de Quiercy y éste las condenase en 838.

Otros de los que de algún modo intervinieron en la controversia eucarística fue Juan Escoto Eriúgena, a quien se atribuyó algún tiempo el libro de Ratramno. Si no escribió sobre esto ningún libro especial, por lo menos consta que, consultado por Carlos el Calvo, expuso su opinión en diversos pasajes de sus escritos, y siempre con criterio y método poco teológicos. Si hemos de creer a Hincmaro, afirmó «quod sacramentum altaris non verum corpus et verus sanguis sit Domini, sed tantum memoria veri corporis et sanguinis eius«, considerando a la Eucaristía como un simple recuerdo y figura de la cena del Señor, o al menos expresándose acerca de la presencia real en términos ambiguos y peligrosos. Adrewaldo, monje de Fleury, compuso para refutarlo el tratado De corpore et sanguine Christi.

En la línea ideológica de Pascasio Radberto se pusieron Hincmaro de Reims, Haymón de Halberstadt, Raterio de Verona y, en fin, Gerberto, futuro Silvestre II, que con notable exactitud y brevedad puntualizó el estado de la cuestión.

3. Berengario de Tours. Parecía apagada del todo la controversia. Algo se había progresado en la explicación de la verdadera doctrina; pero aún quedaban puntos oscuros y sin dilucidar. Por eso, todavía en el siglo X hay disputas y errores entre algunos clérigos del arzobispado de Canterbury, aunque sin trascendencia.

En el siglo XI surge en Francia un espíritu inquieto y disputador que acepta algunas ideas de Ratramno y Escoto Eriúgena, contrarias al sentir de Radberto, y las tuerce y extrema con sentidos cada vez más audaces.

Berengario, o Berenguer, nació en Tours, poco después del año 1000. Fue discípulo de Fulberto de Chartres, aunque muy poco se le pegó de la sabia moderación de aquel célebre varón, fundador de la escuela carnotense. Muerto el maestro en 1029, volvió Berengario a su ciudad natal. Dos años después era canónigo y director de la escuela de San Martin de Tours, escuela que, gracias a él, pudo rivalizar con la famosísima de Bec, en Normandía, regentada por el doctísimo Lanfranco. Ya veremos cómo entre ambos estalla una ruidosa polémica.

Lanfranco (1010-1089), nacido en Pavía, jurista de Bolonia, dialéctico invencible, peregrino de la ciencia, recorre las escuelas de Francia, hasta que se retira a la abadía normanda de Bec, en la que hace surgir el magnum et famositum litteraturae gymnasium, de que habla Guillermo de Malniesbury, y en cuya dirección le sucederá San Anselmo.

Cuenta Guitmondo, obispo de Aversa, que en una discusión dialéctica entre Lanfranco y Berengario, éste fue derrotado por aquél. Natural es que de aquí se originase algún resentimiento, máxime al ver que Lanfranco le arrebataba algunos discípulos. Y Berengario era un gran ergotista; más dialéctico y gramático que teólogo. Estaba, además, muy pagado de su ciencia, buscaba nuevas significaciones a las palabras y se mostraba poco respetuoso con las doctrinas tradicionales y antiguas de los Santos Padres.

Nombrado en 1040 arcediano de Angers, y deseoso de crearse un nombre ilustre, empezó a divulgar ideas heterodoxas sobre la Eucaristía, apoyándose en razones filosóficas y aduciendo en su favor los escritos de Ratramno, que él creía de Escoto Eriúgena, al mismo tiempo que atacaba la doctrina de Pascasio Radberto.

Según su coetáneo Guitmondo, la opinión de Berengario, ya desde 1046, era: «Eucharistiam Domini non esse vere et substantialiter corpus et sanguinem Domini, sed sola voce sic appellari, pro eo quod tamquam umbra et figura significativa sit corporis et sanguinis Domini». ¿No es esto negar la presencia real? Que negó la transubstanciación, es cosa evidente, mas también parece cierto que algún tiempo sostuvo la teoría de la impanación: «Ibi corpus et sanguinem Domini revera, sed latenter, contineri, etc…, ut ita dixerim, impanari«.

Que en su pensamiento hubo evolución, no es dudoso, y siempre hacia formas más radicales. Tal vez por eso hayan querido algunos, como Mabillon, Marténe, Mansi, interpretarle benignamente, como si no hubiera negado la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero modernamente Dom Renaudin se adhiere a la opinión antigua y común, y Vemet, en su art. Bérénger, del DTC, opina que no en la primera época, pero sí en la segunda, sólo admitió una presencia dinámica y figurativa.

Según Berengario, el pan y el vino se convierten, por la consagración, en el sacramento de la religión, sin dejar de ser pan y vino; pierden, sí, su carácter ordinario y vulgar, mas no sus cualidades naturales. Así como el agua del bautismo, sin dejar de ser agua, recibe la virtud de regenerar a los fieles, así el pan y el vino quedan dotados de una virtud sobrenatural. En la boca se recibe el pan; en el corazón, espiritualmente, la virtud del cuerpo de Cristo.

4. Primera condenación de Roma: 1050. Nuevas luchas. Con semejantes doctrinas se atrevió a escribir una carta a Lanfranco, de quien sabía que en su abadía de Bec defendía las opiniones de Pascasio Radberto. Veinte años más tarde Lanfranco le contestará con su libro De corpore et sanguine Domini adversos Berengarium Turonensem. Por el momento hizo otra cosa. La carta le llegó hallándose él en el concilio de Roma de 1050. Leyóla ante el papa León IX, y dio a conocer sus errores a los obispos congregados. En consecuencia, el concilio romano condenó a Berengario y le citó a comparecer ante el sínodo que se reuniría en Vercelli en septiembre de aquel mismo año. Berengario protestó irritado, alegando que nadie podía ser juzgado fuera de su provincia, y aunque emprendió el viaje a Vercelli, fue con intención de no llegar hasta allí; por eso se presentó antes en la corte del rey Enrique I, el cual le detuvo preso algún tiempo. El Papa, entre tanto, abrió el sínodo, en el cual se condenó la supuesta obra de Escoto Eriúgena (Ratramno) y también a Berengario, como hereje, hasta que se retractase. En vez de hacerlo, conquistó para su causa al obispo de Angers, Eusebio Bruno, y siguió propagando más y más sus ideas. Hubo una nueva condenación en el sínodo de París de 1051.

Sucedió que en 1054 se presentó en Tours Hildebrando, como legado de León IX, para presidir un sínodo, ante el cual hubo de comparecer el hereje. Impresionado Berengario por la dulce y persuasiva palabra del futuro Gregorio VII, abjuró sus errores, suscribiendo con juramento esta proposición: «Panis et vinum post consecrationem sunt Corpus et sanguis Christi». Y hasta se decidió a acompañar a Hildebrando en su viaje a Roma con el fin de dar testimonio de su ortodoxia en presencia de León IX. Pero habiendo muerto el Papa, se suspendió el viaje, hasta que tras dos breves pontificados subió a la Cátedra de San Pedro Nicolás II. Entonces hizo su aparición ante el concilio romano de 1059; mas no con gesto humilde de arrepentido. Con artificios dialécticos intentó disimular sus opiniones heréticas, sin conseguir justificarse ni engañar a nadie, por lo cual fue obligado a suscribir una fórmula clara y categórica compuesta por el cardenal Humberto, que no daba lugar a subterfugios, y decía así: «Panem et vinum (post consecrationem)… corpus et sanguinem Domini nostri Iesuchristi esse, et sensualiter, non solum sacramento, sed in veritate. manibus sacerdotum tractari, frangi, et fidelitim dentibus atteri». Esta última expresión, aunque usada por algunos Padres, necesita explicación y sólo puede defenderse diciendo que lo que se afirma de los accidentes puede atribuirse de algún modo, impropiamente, a lo que se oculta bajo ellos.

Apenas salió de Italia, Berengario volvió a las andadas, hizo una contrarretractación, asegurando que sólo por la fuerza había firmado aquella profesión de fe, y atacó violentamente a León IX, a quien no llamaba pontifex, sino pompifex y pulpifex, y a la Iglesia romana, no católica, sino satánica. Al igual de tantos herejes en todos los tiempos, tenía la lengua fácil para la injuria y el insulto.

Varios concilios franceses le excomulgaron. El mismo Eusebio Bruno de Angers se apartó decididamente de él. Lanfranco, Guitmondo y Durando escribieron contra aquel excomulgado, que contestó acumulando herejías en su libro De sacra caena adversus Lanfrancum, y «refugiándose en la dialéctica, con olvido de las autoridades sagradas», como decía Lanfranco.

A pesar de los avisos llenos de benevolencia que le dirigió el papa Alejandro II (1061-1073), seguía terco en sus extravíos. Las epístolas que corrieron a nombre de este Papa en defensa del buen nombre de Berengario son espurias y fingidas por el mismo hereje.

5. Última fase de la controversia. Cuando subió a la Cátedra de San Pedro el gran Hildebrando, Berengario, que había sido citado ante un sínodo francés, apeló al nuevo Papa, de quien conservaba agradable recuerdo. Pedía que le juzgasen dos: de parte de Roma, el propio Papa, y de parte de Francia, uno de los obispos no amigo suyo. Accedió Gregorio VII y lo recibió amablemente en Roma. Admirable condescendencia y benignidad de aquel Pontífice reformador, tan devoto de la Eucaristía y apóstol de la comunión frecuente. Precisamente con ese trato de suavidad se ganó el alma de Berengario, estorbando así que cundiera y echara raíces aquella herejía.

En el sínodo romano de 1078, y luego más explícitamente en el de 1079, tuvo que suscribir Berengario una fórmula de fe, afirmando que el pan y el vino se transforman substantialiter, mediante la consagración, en la verdadera carne y en la verdadera sangre de Cristo. Satisfecho el Papa, ordenó que en adelante nadie le molestase ni tachase de hereje. Pero otra vez fuera de Italia, aquel hombre ligero y voluble recayó en la teoría de la impanación, diciendo que el substantialiter por él suscrito no quería significar secundum substantiam, sino salva substantia panis et vini, y gloriándose de que el Papa en su interior estaba de su parte, aunque externamente se viera forzado a ceder ante la presión de ciertos obispos. Se acercaba ya a los ochenta años de edad, cuando el viejo Berengario fue de nuevo citado ante el concilio de Burdeos (1080). Aquí parece que se arrepintió de veras, y desde entonces perseveró firme en la ortodoxia. Retirado a la isla de San Cosme, junto a Tours, llevó vida de silencio y soledad hasta 1088, en que murió piadosamente. Los secuaces de Berengario se dividieron en multitud de opiniones. Urbano II condenará en 1095 varios errores sobre la Eucaristía. Los escritores del siglo XII hablan todavía de herejes berengarianos. Con ellos empalmarán los petrobrusianos y los cátaros, de tendencias más avanzadas y extremistas.

La exposición del dogma progresa, sin duda, con estas controversias eucarísticas. Los que escriben contra Berengario van precisando la terminología y formulando teorías que preparan el camino a Santo Tomás. Uno de los discípulos de Berengario en la escuela de Tours, Hildeberto de Lavardin, es el que por primera vez usa la palabra transubstanciación.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista

Undécima entrega: Gotescalco y las controversias de la predestinación