HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Undécima entrega

 

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GOTESCALCO Y LAS CONTROVERSIAS DE LA PREDESTINACIÓN

Una de las cuestiones más candentes que van surgiendo a lo largo de la historia de la teología y del dogma es la que versa sobre la predestinación. Las controversias pelagianas dieron ocasión a San Agustín para formular ciertas proposiciones que, interpretadas de un modo violento y rigorista, reaparecerán insistentemente con sabor de herejía predestinacionista bajo la pluma de teólogos poco expertos o en demasía apasionados. A Gotescalco le cabe el honor de haber presentado crudamente en el siglo IX este problema de tanta trascendencia para todos los hombres.

1. ¿Quién era Gotescalco? Gotescalco o Gottschalk, era hijo del conde Bernon de Sajonia. En su niñez entró como oblato en el monasterio de Fulda, siendo abad el célebre Rabán Mauro. Allí recibió la tonsura monacal, aprendió las primeras letras y se hizo amigo de Walafrido Estrabón. También conoció a Servato Lupo, que por entonces vino a Fulda ávido de ciencia. Entrado en la adolescencia, comprendió Gotescalco que no tenía vocación para la vida monástica, y alegando que había tomado el hábito sin libertad y sólo por deseos de su padre, pretendió abandonar el monasterio, cosa que le fue permitida por el sínodo de Maguncia (junio 829). Pero el abad Rabán Mauro se opuso a ello, y, llevado de un rigorismo intransigente, apeló del sínodo al emperador Ludovico Pío con un escrito. De oblatione puerorum, en el que intenta demostrar que los niños consagrados por sus padres al estado religioso deben permanecer siempre en él, aún contra sus propias inclinaciones: «Monachum facit aut propria confessio aut paterna devotio» (Al monje lo constituye o la propia profesión, o la paterna devoción).

Lo más que consiguió Gotescalco fue pasar a otro monasterio, y así se fue primero a Corbie, donde trabó amistad con el monje Ratramno, y después a Orbais (diócesis de Soissons). En este monasterio, Gotescalco, que debía de ser de carácter tétrico, pesimista y cavilador, acentuado por la contrariedad, se dio a leer los escritos de San Agustín y San Fulgencio sin previa formación seria y sin maestro. Él mismo lo confiesa en su epístola a Ratramno.

El corepíscopo de Reims, sin dar parte a su obispo, le ordenó de sacerdote. Poco después, en compañía de unos amigos, sale irregularmente del monasterio y se encamina hacia Roana. Desde entonces será considerado como un fugitivo y un monje vagabundo. Téngase esto presente para comprender la dureza con que en adelante fue tratado por las autoridades eclesiásticas. Y añádase la audacia de sus ideas y lo bronco y estrafalario de su proceder. Que su temperamento era poco equilibrado, se ve por la pintura que de él nos hizo Hincmaro de Reims. Maniático y metido en teologías, no tardará en ser un hereje.

2. Su concepto de la predestinación doble. Leyendo a San Agustín, leyendo y cavilando, se formó una teoría extremista acerca de la predestinación que, según los concilios, sus propios escritos y otras fuentes contemporáneas, puede reducirse a lo siguiente:

Los designios eternos de Dios son absolutamente inmutables. Hay dos predestinaciones: una para la bienaventuranza y otra para la condenación eterna, ya que Dios ha predestinado de una manera incondicionada a los elegidos para la vida eterna, y del mismo modo a los réprobos para la muerte eterna. En consecuencia, así como los elegidos, por gracia gratuita de Dios, alcanzarán infaliblemente la gloria, así los réprobos, por justo juicio de Dios, caerán en la muerte eterna irremediablemente, porque los predestinados a la muerte no tienen libertad, después del pecado original, más que para el mal, ni pueden convertirse de su pecado para llegar a la bienaventuranza. Esos réprobos, predestinados al castigo eterno, no han sido redimidos por la muerte de Cristo, porque el fruto de la redención sólo aprovecha a los elegidos. Predestinación y presciencia, según Gotescalco, son en Dios una misma cosa. Lo que dice San Pablo, que Dios quiere que todos los hombres se salven, debe entenderse sólo de los elegidos.

3. Oposición a Gotescalco. Rabán Mauro. Hacia el año 840 encontramos a Gotescalco en el norte de Italia, hospedado por el conde Eberardo de Friul y exponiendo sus ideas sobre la doble predestinación. Oyóle el obispo de Verona, Noting, y al encontrarse con Rabán Mauro en la corte de Luis el Germánico (840), le habló alarmado de la doctrina de su antiguo oblato. El abad de Fulda compuso un tratado, entretejido de citas de la Escritura y de Santos Padres, De praescientia et praedestinatione, de gracia et libero arbitrio, refutando las ideas de Gotescalco, aunque sin nombrarlo, y probando que Dios previó los que se habían de condenar, pero no los predestinó a la muerte eterna; ellos, abusando de su libre albedrío, son los responsables de su perdición.

Al mismo tiempo que dirigía este opúsculo a Noting, escribía al conde Friul, acusando a Gotescalco de esparcir una doctrina desastrosa para la moral y para la fe. El monje giróvago tuvo que salir de Italia. Entonces se le ocurrió pasar a predicar el cristianismo a Dalmacia, Pannonia, quizá hasta los Balcanes. Vuelve a Alemania, y el 848 se presenta en el sínodo de Maguncia, convocado por el antiguo abad de Fulda y ahora arzobispo maguntino Rabán Mauro. Aquella audacia le perdió. Pretendía refutar los errores de Rabán Mauro en su opúsculo a Noting, pero lo que consiguió fue que los obispos allí reunidos le condenasen a él, le mandasen azotar públicamente y le remitiesen a su metropolitano Hincmaro de Reims, con orden de tenerle recluido en un monasterio, con prohibición de hacer propaganda de sus ideas y de poner los pies en territorio de Luis el Germánico. Primeramente fue encerrado en su propio monasterio de Orbais; poco después su obispo Rothado de Soissons le hizo comparecer ante el concilio de Quiercy (Carisiacum, 894).

Este concilio, presidido por Hincmaro, viendo la tenacidad con que Gotescalco se defendía y la arrogancia insensata e insultante de su lenguaje, le condenó como hereje, le degradó de su condición de sacerdote y le impuso el cruel castigo de los azotes, le hizo arrojar al fuego el libellus en que había coleccionado los textos de la Escritura y de los Padres favorables a su teoría, y, en fin, le recluyó en el monasterio de Hautvilliers (diócesis de Reims). Gotescalco, el maniático, embebecido en sus ideas o por un altanero desprecio de sus guardianes, descuidada en tanto grado el aseo de su persona, que causaba des-agradable impresión de suciedad por no querer lavarse las manos ni la cara. No por eso permanecía ocioso, sino que desde su celda hacía por escrito gran propaganda de sus doctrinas. Escribióle Hincmaro una carta para convencerle de que Dios prevé el bien y el mal, pero sólo predestina al bien; no es lo mismo presciencia que predestinación; los buenos son praesciti et praedestinati, los malos simplemente praesciti, y la presciencia no fuerza a nadie para condenarse.

Gotescalco persistió en su obstinación, apelando al juicio de Dios y ofreciéndose a sufrir la prueba del fuego y de la pez y aceite hirviendo; calificó de herejes y rabánicos (de Rabán Mauro) a los que no pensaban como él y redactó dos profesiones de fe, en las que insiste, sin mucha precisión, en la gemina praedestinatio. Frases hay en que la predestinación de los réprobos parece una reprobación positiva, mas tampoco faltan otras que se prestan a una interpretación ortodoxa, como si dijera post praevisa demerita (después de previstos los deméritos) De todos modos, su empeño en identificar la praescientia con la praedestinatio justifica la actitud de Hincmaro, que le tenía por hereje incorregible. Lo mismo que Hincmaro sentía el obispo Párdulo de Laón.

4. Reacción agustinista. A fin de que en esta cuestión tan espinosa y delicada se hiciese luz con la opinión de los sabios, el arzobispo de Reims pidió el parecer de los hombres más autorizados de Francia. Por las contestaciones conoció Hincmaro que había no pocos que disentían de su manera de pensar y de la de Rabán Mauro. Ninguno, ciertamente, abrazaba todas las teorías de Gotescalco, pero algunos expresaban el temor de que al condenar al recluso de Hautvilliers se condenase a San Agustín, cuya autoridad era acatada sin discusión y cuya mentalidad dominaba toda la teología de entonces. Creían también poder admitir una doble predestinación, aunque no en el sentido de Gotescalco.

Servato Lupo, abad entonces del monasterio de Ferriéres, en su respuesta defendía una predestinación de los buenos y otra de los malos, entendiendo esta última en el sentido de que Dios retira o niega la gracia, por efecto de lo cual cae el hombre en la tentación y en el pecado; pero en tal forma, que no se le quita la libertad ni se le obliga al pecado. Ratramno, monje de Corbie, amigo de Gotescalco, después de rechazar ciertas explicaciones de Hincmaro, admite también dos clases de predestinación: una para los elegidos (para las buenas obras y para el premio de las mismas) y otra para los réprobos, no predestinándolos al pecado, sino al castigo merecido por el pecado, lo cual no destruye la libertad humana. Predestinar al pecado es querer el pecado, cosa que no cabe en Dios; predestinar al castigo, si, porque es cosa buena, ya que es un acto de divina justicia. Hay que decir de estos autores que por lo menos se expresaban con más precisión, y también ortodoxia, que Gotescalco, aunque muchas veces usasen de su terminología sin nombrarle a él jamás.

También el obispo de Troves, Galindo Prudencio, aragonés de nación, fue de los consultados. En su larga carta a Hincmaro y Párdulo se excusa de haber tardado en contestar, protesta de seguir fielmente a San Agustín y desarrolla luego serenamente su pensamiento. En cuanto a la predestinación, coincide con Lupo y Ratramno: «Praedestinavit, id est, praeordinavit, non ad culpam, sed ad poenam, non ut malum quoddam vellet sive admitteret, sed ut propter malum quod volens faceret, eum poena sempiterna iuste damnaret» (Predestinó, es decir, preordenó, no a la culpa, sino a la pena, no como queriendo o admitiendo cierto mal, sino por el mal que quiere hacer, condenando al mal justamente a la pena sempiterna). El error del obispo de Troyes estaba en negar a Dios la voluntad salvífica universal y en defender que Cristo murió non pro omnibus, sed pro multis, es decir, por solos los predestinados.

El rey Carlos el Calvo se interesó mucho por esta controversia, como por otras semejantes de teología. En el otoño del 849 habló sobre la predestinación con Servato Lupo. Este le expuso sus ideas, que desarrolló al año siguiente en su Liber de tribus quaestionibus, expresándose en un tono más suave que Ratramno en lo tocante a la reprobación de los malos y acercándose, en cambio, a Galindo Prudencio en lo que atañe a la redención de Cristo. En resumen:

1) Por el pecado original todo el género humano incurrió en la pena de condenación eterna; pero Dios, por su infinita misericordia, escogió ab aeterno entre todos los hombres (massa perditionis, según San Agustín) aquellos a quienes quería librar del merecido castigo, dejando a los demás entregados al justo juicio que merecían sus pecados; sólo en este sentido negativo puede decirse que están predestinados al castigo, mas no al pecado.

2) La libre voluntad para el bien quedó perturbada y encadenada por el pecado original y necesita de la gracia para ser restituida a su libertad.

3) Jesucristo derramó su sangre redentora pro his qui credere voluerint, es decir, solamente por los fieles.

5. Se amplía y complica la controversia. Este escrito y otro de Ratramno de Corbie pasaron en seguida de las manos del rey a las de Hincmaro, que era el personaje de más autoridad e influencia en la corte y en todo el reino. Comprendió Hincmaro que su victoria sobre Gotescalco no era completa, porque, si bien éste había sido declarado hereje por los concilios de Maguncia y Quiercy, él no había podido con toda su autoridad eclesiástica y política imponer su ideología en Francia, antes, por el contrario, veía surgir delante de si un partido agustinista poderoso y compacto. Pensó que nadie mejor podía prestarle auxilio que Rabán Mauro, el primer adversario de Gotescalco. Respondió Rabán Mauro que sus muchos años y enfermedades no le permitían emprender nuevos trabajos y que ya había expuesto claramente su opinión en el escrito dirigido a Noting.

Entonces el arzobispo de Reims pidió la colaboración intelectual de otros sabios, especialmente del famoso irlandés Juan Escoto Eriúgena, director de la escuela palatina, hombre de mucho saber, pero audaz en sus ideas, lector asiduo de Platón, traductor del Pseudo-Dionisio Areopagita y, en fin, el más audaz talento filosófico de su época. Juan Escoto puso manos a la obra y escribió el año 851 un grueso volumen sobre la pre-destinación; pero de carácter más dialéctico que teológico y, por lo tanto, desenfocado; negaba que Dios predestinase al mal de culpa o de pena, porque el mal es pura deficiencia, es nada, y Dios no puede conocer y predestinar lo que no tiene ser. Teológicamente dejaba el problema intacto y en medio de sus argucias apuntaba no pocos errores de tendencia pelagiana y panteísta. Fue preciso que Galindo Prudencio de Troyes y Floro, diácono de Lyon, saltasen a la palestra refutando sus fantásticas afirmaciones.

Importa hacer notar que Floro, admitiendo, como Galindo Prudencio, la doble predestinación, reprueba enérgicamente la herejía atribuida a Gotescalco. Del mismo Floro, que no compartía ciertamente las ideas de Hincmaro, se creyó ser un tratado De praedestinatione que termina rogando y exhortando a los fieles «a cerrar los oídos contra la mala lengua de aquel hombre vanísimo y miserabilísimo que, dispuesto siempre a la disputa y contumaz frente a la verdad, prefirió el infeliz, inflado de espíritu diabólico, separarse de la Iglesia de Cristo y de los sacerdotes antes que abandonar sus profanas y vacías palabras». Se refiere a Gotescalco. Floro, sin embargo, es un genuino representante del agustinismo. Hablando, por ejemplo, de la predestinación o reprobación de los malos, se expresa con más precisión que sus coetáneos en forma como ésta: «Ipse eos praedestinavit ad aeternam damnationem iusto iudicio, non quia aliud esse non potuerunt, sed quia aliud esse noluerunt. Ipsi igitur sibimetipsis exstiterunt causa perditionis» (Los predestinó a eterna condenación con justo juicio, no porque no pudieron hacer otra cosa, sino porque no lo quisieron. Ellos, en efecto, exhibieron contra sí mismos la causa de perdición).

La intervención de Escoto Eriúgena no había servido más que para embrollar el asunto y comprometer a Hincmaro; pero éste creyó reforzadas sus posiciones con las declaraciones de la iglesia de Lyon; tanto que para acabar de ganarse a los lugdunenses se dirigió a ellos con una epístola, y lo mismo hizo el obispo Párdulo de Laón, sufragáneo de aquél. No tuvo el éxito que pretendía, porque muerto Amolon (marzo 852), le había sucedido en aquella sede el arzobispo Remigio, el cual contestó a Hincmaro, discrepando de él en no pocos puntos. La situación no se aclaraba.

6. Concilios de Quiercy (853), de Velence (855) y de Thuzey (860). A poco del concilio de Soissons, en el que no se tocó la cuestión predestinaciana, sin duda porque Hincmaro y los suyos, demasiado complicados en negocios jurisdiccionales y canónicos, no tuvieron calma para discutir serenamente de cuestiones dogmáticas, el rey Carlos el Calvo reunió en su palacio de Quiercy a un grupo de obispos y abades con objeto de que resolvieran de una vez el problema predestinacionista. De tal forma se impuso Hincmaro en este concilio de Quiercy (abril 853), que las decisiones se elaboraron enteramente a su gusto en cuatro capítulos (cfr. Denzinger 316-319):

D-316 Cap. 1: Dios omnipotente creó recto al hombre, sin pecado, con libre albedrío y lo puso en el paraíso, y quiso que permaneciera en la santidad de la justicia. El hombre, usando mal de su libre albedrío, pecó y cayó, y se convirtió en «masa de perdición» de todo el género humano. Pero Dios, bueno y justo, eligió, según su presciencia, de la misma masa de perdición a los que por su gracia predestinó a la vida [Rom. 8, 29 ss; Eph. 1, 11] y predestinó para ellos la vida eterna; a los demás, empero, que por juicio de justicia dejó en la masa de perdición, supo por su presciencia que habían de perecer, pero no los predestinó a que perecieran; pero, por ser justo, les predestinó una pena eterna. Y por eso decimos que sólo hay una predestinación de Dios, que pertenece o al don de la gracia o a la retribución de la justicia.

D-317 Cap. 2: La libertad del albedrío, la perdimos en el primer hombre, y la recuperamos por Cristo Señor nuestro; y tenemos libre albedrío para el bien, prevenido y ayudado de la gracia; y tenemos libre albedrío para el mal, abandonado de la gracia. Pero tenemos libre albedrío, porque fue liberado por la gracia, y por la gracia fue sanado de la corrupción.

D-318 Cap. 3: Dios omnipotente quiere que todos los hombres sin excepción se salven [I Tim. 2, 4], aunque no todos se salvan. Ahora bien, que algunos se salven, es don del que salva; pero que algunos se pierdan, es merecimiento de los que se pierden.

D-319 Cap. 4: Como no hay, hubo o habrá hombre alguno cuya naturaleza no fuera asumida en Él; así no hay, hubo o habrá hombre alguno por quien no haya padecido Cristo Jesús Señor nuestro, aunque no todos sean redimidos por el misterio de su pasión. Ahora bien, que no todos sean redimidos por el misterio de su pasión, no mira a la magnitud y copiosidad del precio, sino a la parte de los infieles y de los que no creen con aquella fe que obra por la caridad [Gal. 5, 6]; porque la bebida de la humana salud, que está compuesta de nuestra flaqueza y de la virtud divina, tiene, ciertamente, en sí misma, virtud para aprovechar a todos, pero si no se bebe, no cura.

La prepotencia de Hincmaro tenía adversarios en algunos obispos franceses, y esta oposición pasaba fácilmente de lo personal y político a lo dogmático. Así no es de extrañar que en Remigio de Lyon y otros se despertase pronto el afán de contradecirle.

Graves acusaciones pesaban sobre el obispo de Valence, tanto, que el emperador Lotario I convocó en esta su ciudad a los metropolitanos de Lyon, Vienne y Arlés con sus sufragáneos en enero de 855. Entre los obispos reunidos se hallaba Ebón de Grenoble, enemistado con Hincmaro. Debió de intrigar contra él y contra sus doctrinas, según se quejaba después el metropolitano de Reims, y el resultado fue que el concilio de Valence, liquidado el primer asunto para que se había reunido, dictó siete cánones dirigidos contra el concilio de Quiercy y contra Juan Escoto Eriúgena (cfr. Denzinger 320-325):

D-320 Can. 1. Puesto que al que fue doctor de las naciones en la fe y en la verdad fiel y obedientemente oímos cuando nos avisa: Oh, Timoteo, guarda el depósito, evitando las profanas novedades de palabras y las oposiciones de la falsa ciencia, la que prometen algunos, extraviándose en la fe [I Tim. 6, 20 s]; y otra vez: Evita la profana y vana palabrería; pues mucho aprovechan para la impiedad, y su lengua se infiltra como una serpiente [II Tim. 2, 16 s]; y nuevamente: evita las cuestiones necias y sin disciplina, sabiendo que engendran pleitos; mas el siervo del Señor no tiene que ser pleiteador [II Tim. 2, 23 s]; y otra vez: Nada por espíritu de contienda ni por vanagloria [Phil. 2, 3]: deseando fomentar, en cuanto el Señor nos lo diere, la paz y la caridad, atendiendo al piadoso consejo del mismo Apóstol: Solícitos en conservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz [Eph. 4, 3]; evitamos con todo empeño las novedades de las palabras y las presuntuosas charlatanerías por las que más bien puede fomentarse entre los hermanos las contiendas y los escándalos que no crecer edificación alguna de temor de Dios. En cambio, sin vacilación alguna prestamos reverentemente oído y sometemos obedientemente nuestro entendimiento a los doctores que piadosa y rectamente trataron las palabras de la piedad y que juntamente fueron expositores luminosísimos de la Sagrada Escritura, esto es, a Cipriano, Hilario, Ambrosio, Jerónimo, Agustín y a los demás que descansan en la piedad católica, y abrazamos según nuestras fuerzas lo que para nuestra salvación escribieron. Porque sobre la presciencia de Dios y sobre la predestinación y las otras cuestiones que se ve han escandalizado no poco los espíritus de los hermanos, creemos que sólo ha de tenerse con toda firmeza lo que nos gozamos de haber sacado de las maternas entrañas de la Iglesia.

D-321 Can. 2. Fielmente mantenemos que «Dios sabe de antemano y eternamente supo tanto los bienes que los buenos habían de hacer como los males que los malos habían de cometer», pues tenemos la palabra de la Escritura que dice: Dios eterno, que eres conocedor de lo escondido y todo lo sabes antes de que suceda [Dan. 13, 42]; y nos place mantener que «supo absolutamente de antemano que los buenos habían de ser buenos por su gracia y que por la misma gracia habían de recibir los premios eternos; y previó que los malos habían de ser malos por su propia malicia y había de condenarlos con eterno castigo por su justicia», como según el Salmista: Porque de Dios es el poder y del Señor la misericordia.

D-322 Can 3. Mas también sobre la predestinación de Dios plugo y fielmente place, según la autoridad apostólica que dice: ¿Es que no tiene poder el alfarero del barro para hacer de la misma masa un vaso para honor y otro para ignominia? [Rom. 9, 21], pasaje en que añade inmediatamente: Y si queriendo Dios manifestar su ira y dar a conocer su poder soportó con mucha paciencia los vasos de ira adaptados o preparados para la ruina, para manifestar las riquezas de su gracia sobre los vasos de misericordia que preparó para la gloria [Rom. 9, 22 s]: confiadamente confesamos la predestinación de los elegidos para la vida, y la predestinación de los impíos para la muerte; sin embargo, en la elección de los que han de salvarse, la misericordia de Dios precede al buen merecimiento; en la condenación, empero, de los que han de perecer, el merecimiento malo precede al justo juicio de Dios. «Mas por la predestinación, Dios sólo estableció lo que Él mismo había de hacer o por gratuita misericordia o por justo juicio» según la Escritura que dice: El que hizo cuanto había de ser [Is. 45, 11; LXX]; en los malos, empero, supo de antemano su malicia, porque de ellos viene, pero no la predestinó, porque no viene de Él. La pena que sigue al mal merecimiento, como Dios que todo lo prevé, ésa sí la supo y predestinó, porque justo es Aquel en quien, como dice San Agustín, tan fija está la sentencia sobre todas las cosas, como cierta su presciencia. Aquí viene bien ciertamente el dicho del sabio: Preparados están para los petulantes los juicios y los martillos que golpean a los cuerpos de los necios [Prov. 19, 29]. Sobre esta inmovilidad de la presciencia de la predestinación de Dios, por la que en Él lo futuro ya es un hecho, también se entiende bien lo que se dice en el Eclesiastés: Conocí que todas las obras que hizo Dios perseveran para siempre. No podemos añadir ni quitar a lo que hizo Dios para ser temido [Eccl. 3, 14]. Pero que hayan sido algunos predestinados al mal por el poder divino, es decir, como si no pudieran ser otra cosa, no sólo no lo creemos, sino que si hay algunos que quieran creer tamaño mal, contra ellos, como el Sínodo de Orange, decimos anatema con toda detestación.

D-323 Can. 4. Igualmente sobre la redención por la sangre de Cristo, en razón del excesivo error que acerca de esta materia ha surgido, hasta el punto de que algunos, como sus escritos lo indican, definen haber sido derramada aun por aquellos impíos que desde el principio del mundo hasta la pasión del Señor han muerto en su impiedad y han sido castigados con condenación eterna, contra el dicho del profeta: Seré muerte tuya, oh muerte; tu mordedura seré, oh infierno [Os. 13, 14]; nos place que debe sencilla y fielmente mantenerse y enseñarse, según la verdad evangélica y apostólica, que por aquéllos fue dado este precio, de quienes nuestro Señor mismo dice: Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es menester que sea levantado el Hijo del Hombre, a fin de que todo el que crea en Él, no perezca, sino que tenga la vida eterna. Porque de tal manera amó Dios al mundo, que le dio a su Hijo unigénito, a fin de que todo el que crea en Él, no perezca, sino que tenga vida eterna [Ioh, 3, 14 ss]; y el Apóstol: Cristo dice se ha ofrecido una sola vez para cargar con los pecados de muchos [Hebr. 9, 28]. Ahora bien, los capítulos [cuatro, que un Concilio de hermanos nuestros aceptó con menos consideración, por su inutilidad, o, más bien, perjudicialidad, o por su error contrario a la verdad, y otros también] concluidos muy ineptamente por XIX silogismos y que, por más que se jacten, no brillan por ciencia secular alguna, en los que se ve más bien una invención del diablo que no argumento alguno de la fe, los rechazamos completamente del piadoso oído de los fieles y con autoridad del Espíritu Santo mandamos que se eviten de todo punto tales y semejantes doctrinas; también determinamos que los introductores de novedades, han de ser amonestados, a fin de que no sean heridos con más rigor.

D-324 Can. 5 Igualmente creemos ha de mantenerse. firmísimamente que toda la muchedumbre de los fieles, regenerada por el agua y el Espíritu Santo [Ioh. 3, 5] y por esto incorporada verdaderamente a la Iglesia y, conforme a la doctrina evangélica, bautizada en la muerte de Cristo [Rom. 6, 3], fue lavada de sus pecados en la sangre del mismo; porque tampoco en ellos hubiera podido haber verdadera regeneración, si no hubiera también verdadera redención, como quiera que en los sacramentos de la Iglesia, no hay nada vano, nada que sea cosa de juego, sino que todo es absolutamente verdadero y estriba en su misma verdad y sinceridad. Mas de la misma muchedumbre de los fieles y redimidos, unos se salvan con eterna salvación, pues por la gracia de Dios permanecen fielmente en su redención, llevando en el corazón la palabra de su Señor mismo: El que perseverara hasta el fin, ése se salvará [Mt. 10, 22; 24, 13]; otros, por no querer permanecer en la salud de la fe que al principio recibieron, y preferir anular por su mala doctrina o vida la gracia de la redención que no guardarla, no llegan en modo alguno a la plenitud de la salud y a la percepción de la bienaventuranza eterna. A la verdad, en uno y otro punto tenemos la doctrina del piadoso Doctor: Cuantos hemos sido bautizados en Cristo Jesús, en su muerte hemos sido bautizados [Rom. 6, 3]; y: Todos los que en Cristo habéis sido bautizados, a Cristo os vestisteis [Gal. 3, 27]; y otra vez: Acerquémonos con corazón verdadero en plenitud de fe, lavados por aspersión nuestros corazones de toda conciencia mala y bañado nuestro cuerpo con agua limpia, mantengamos indeclinable la confesión de nuestra esperanza [Hebr. 10, 22 s]; y otra vez: Si, voluntariamente… pecamos después de recibida noticia de la verdad, ya no nos queda víctima por nuestros pecados [Hebr. 10, 26]; y otra vez: El que hace nula la ley de Moisés, sin compasión ninguna muere ante la deposición de dos o tres testigos. ¿Cuánto más penséis merece peores suplicios el que conculcare al Hijo de Dios y profanara l sangre del Testamento, en que fue santificado, e hiciere injuria al Espíritu de la gracia? [Hebr. 10, 28 s].

D-325 Can. 6. Igualmente sobre la gracia, por la que se salvan los creyentes y sin la cual la criatura racional jamás vivió bienaventuradamente; y sobre el libre albedrío, debilitado por el pecado en el primer hombre, pero reintegrado y sanado por la gracia del Señor Jesús, en sus fieles, confesamos con toda constancia y fe plena lo mismo que, para que lo mantuviéramos, nos dejaron los Santísimos Padres por autoridad de las Sagradas Escrituras, lo que profesaron los Concilios del África [101 s] y de Orange [174 ss], lo mismo, que con fe católica mantuvieron los beatísimos Pontífices de la Sede Apostólica; y tampoco presumimos inclinarnos a otro lado en las cuestiones sobre la naturaleza y la gracia. En cambio, de todo en todo rechazamos las ineptas cuestioncillas y los cuentos. poco menos que de viejas [I Tim. 4, 7] y los guisados de los escoces que causan náuseas a la pureza de la fe, todo lo cual ha venido a ser el colmo de nuestros trabajos en unos tiempos peligrosísimos y gravísimos, creciendo tan miserable como lamentablemente hasta la escisión de la caridad; y las rechazamos plenamente a fin de que no, se corrompan por ahí las almas cristianas y caigan de la sencillez y pureza de la fe que es en Cristo Jesús [II Cor. 11, 3]; y por amor de Cristo Señor avisamos que la caridad de los hermanos castigue su oído evitando tales doctrinas. Recuerde la fraternidad que se ve agobiada por los males gravísimos del mundo, que está durísimamente sofocada por la excesiva cosecha de inicuos y por la paja de los hombres ligeros. Ejerza su fervor en vencer estas cosas, trabaje en corregirlas y no cargue con otras superfluas la congregación de los que piadosamente lloran y gimen; antes bien, con cierta y verdadera fe, abrace lo que acerca de estas y semejantes cuestiones ha sido suficientemente tratado por los Santos Padres…

Con todo, no sería difícil, como lo intenta Hergenroether, mostrar que en el fondo no existe contradicción entre ambos concilios, sino que más bien se completan. Sólo en un punto censura expresamente el concilio de Valence al de Quiercy, en el capítulo 4 de la universalidad de la redención, y aun aquí probablemente no se da más que una discrepancia formal, por ponerse uno y otro en distintos puntos de vista.

Hincmaro se defendió por escrito, lamentándose de que varios textos se hubiesen alterado en el concilio de Valence, cambiándoles el sentido. En un nuevo y amplio tratado De praedestinatione puntualizó más sus ideas diciendo que no tenía inconveniente en admitir dos clases de predestinación, con tal que se entendiesen asi: Los elegidos son predestinados a la vida, y la vida predestinada es para ellos. La pena predestinada es para los réprobos, pero no los réprobos para la pena.

Días eran aquellos de graves preocupaciones políticas. Cuando éstas se calmaron, nada menos que tres reyes, Carlos el Calvo, Lotario II de Lorena y Carlos de Provenza, acordaron reunir a sus obispos de 12 provincias eclesiásticas en junio de 859. Congregóse, pues, el Gran Sínodo Nacional de Savonniére, cerca de Toul (Concilium Tullanum ad Savonarias), en el que se enfrentaron Remigio de Lyon e Hincmaro de Reims, sin llegar a un acuerdo definitivo.

Por fin, al año siguiente, en el concilio nacional de Thuzey (Tullense secundum, octubre 860) se llegó a la paz deseada. Concurrieron los mismos tres reyes con prelados de 14 provincias eclesiásticas, y aunque es verdad que no llegaron a un perfecto acuerdo, hicieron resaltar aquellos puntos en los que todos o casi todos convenían, procurando armonizar los sínodos de Quiercy y de Valence, aunque afirmando que Dios quiere que todos los hombres se salven y no quiere que ninguno se pierda, no mencionando para nada la praedestinatio ad mortem y recalcando que Dios no quitó al hombre el libre albedrío ni después de la caída.

Hincmaro podia darse por satisfecho. La herejía gotescalquiana no levantaría cabeza.

7. Muerte de Gotescalco. ¿Qué era mientras tanto, del iniciador de tantas controversias? El recluso de Hautvilliers parecía indiferente a estas discusiones. De hecho nadie le consultaba y él seguía en sus extravagancias de maniático, como atestigua Hincmaro en su último tratado. Cuando el arzobispo de Reims, por escrúpulos dogmáticos, modificó el himno litúrgico de communi martyrum (vesp.) sustituyendo en el verso ‘Te trina deitas unaque poscimus’ la palabra trina por otra como «sancta» o «summa», Ratramno se lo criticó y Gotescalco le tildó de sabelianista. Hincmaro se defendió largamente. La cuestión no tenía importancia. Hoy día leemos en el citado himno: «Te summa o Deitas…», mientras que en los maitines del Corpus Christi decimos: «Te trina Deitas…»

Debió de llegar a oídos del papa Nicolás I la triste situación del infeliz Gotescalco y la dureza que con él se había usado, y, deseando informarse perfectamente de todo lo sucedido, encargó a sus legados le hiciesen comparecer en el concilio de Metz (863), reunido con ocasión del divorcio de Lotario II. Este rey se amañó para que no se presentaran los obispos francos, entre ellos Hincmaro, y como éste se enteró tarde de la voluntad del papa, no pudo enviar a Gotescalco.

¿Tratóse de remitir su causa a Roma? No consta. Lo cierto es que el año 866 un monje de Hautvilliers, amigo y confidente de Gotescalco, huyó del monasterio con libros, vestidos y caballos y se presentó en la curia pontificia abogando en pro de su desgraciado amigo. El resultado, al parecer, fue nulo.

Se temía que Gotescalco, enfermo ya, muriese sin sacramentos. Hincmaro con buen celo trató de inducirle al arrepentimiento, no logrando sino exasperarlo más. Amenazóle con negarle la sepultura eclesiástica, si persistía en su obstinación de excomulgado. Todo fue inútil. Gotescalco, que en ocasiones se portaba como un desequilibrado mental, falleció por los años 868-869 sin querer retractarse.

Con estas apasionadas y turbulentas disputas, el mundo fosilizado de los conceptos, que desde Casiodoro hasta Alcuino se conservaban yertos y alfabéticamente ordenados como en una enciclopedia, empieza a removerse y a dar muestras de vida. Cuando, la gran masa tradicional de la ciencia eclesiástica entre en ebullición, y en las escuelas de Europa empiecen maestros eminentes a elaborar personalmente sus ideas, asistiremos al nacimiento de la escolástica.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena Entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente

Décima entrega: El error adopcionista