TRATADO SOBRE EL MAL

ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD

 

 LA PROVIDENCIA DE DIOS, EL MAL Y EL SUFRIMIENTO

Tercera entrega

 

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LA SOLUCIÓN PRÁCTICA DEL CRISTIANISMO

Modo de aliviar el dolor

Es perfectamente legítimo, desde el punto de vista cristiano, luchar contra el dolor y tratar de aliviarle en lo posible por todos los medios lícitos a nuestro alcance: Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero no se haga como yo quiero, sino como tú lo quieres.

Combatir sus causas

El medio más eficaz para aliviar el dolor es combatir sus causas.

El consuelo de las lágrimas

Llorar no es pecado, ni siquiera una debilidad. Revela, por el contrario, grandeza de alma. El llanto espontáneo ante la desgracia ajena es signo inequívoco del afecto que profesamos al que sufre o de la compasión que nos inspira.

Santo Tomás prueba que las lágrimas alivian el dolor:

Las lágrimas y los sollozos alivian naturalmente la tristeza, y esto por dos razones:

a) Primera, porque todo lo nocivo, reconcentrado interiormente, aflige más, sobreexcitando la atención del alma sobre ello; al paso que, cuando transciende al exterior, la atención del alma se divide al tender igualmente hacia fuera, atenuándose así el dolor interno. Por eso los hombres sumidos en tristeza logran mitigarla manifestándola exteriormente por el llanto o los sollozos y también por la palabra.

b) Segunda, porque siempre la operación connatural al hombre, según la disposición del momento, le es deleitable; y el llanto y los gemidos son operaciones connaturales al triste o dolorido y, por lo mismo, se le hacen deleitables. Por tanto, como toda delectación mitiga de algún modo la tristeza o el dolor, se sigue que por el llanto y los sollozos se alivia la tristeza.

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Lloremos, pues, cuando nos visite el dolor, que esto aliviará el peso interior que nos oprime.

Pero no nos olvidemos de mirar al Cielo a través del cristal de nuestras lágrimas y de bendecir a Dios, que nos visita con el dolor para abrillantar nuestras almas como el oro en el crisol.

El trabajo material o intelectual

Por una ley psicológica perfectamente explicable, se sufre tanto más cuanto mayor conciencia tengamos de nuestro dolor, cuanto más profunda y largamente reflexionemos sobre los dolores que nos afligen. Los dolores presentes se aumentan con el recuerdo de los dolores pasados y se agigantan, sobre todo, ante el espectro de los que nos amenazan inexorablemente en el futuro.

En vista de esta ley psicológica indiscutible, todo aquello que pueda contribuir a absorber nuestra atención apartándola del objeto del dolor, servirá sin duda alguna de alivio y de consuelo.

El mismo sueño y ciertas prácticas higiénicas (baños, duchas frías, etc.) ejercen sobre el organismo humano una acción sedante y tranquilizadora que disipa muchas veces las nubes tormentosas del dolor.

El placer y la alegría

Al cristiano no le está prohibido en modo alguno el placer honesto y la alegría sana. La alegría cristiana no tiene más límites que los del deber, la obediencia, la higiene del cuerpo y del alma, el amor de Dios y del prójimo.

Una sana diversión, un espectáculo sano y agradable, la práctica moderada de los deportes, el trato amistoso con nuestros amigos, y otras cosas por el estilo son perfectamente lícitas y pueden contribuir poderosamente a aliviar nuestros dolores y amarguras.

En esto, como en todo lo humano, la virtud está en un equilibrado término medio: tanto cuanto, ni demasiado, ni poco.

Es un vicio pernicioso la disipación y la alegría excesivas e inmoderadas, pero no es menor la misantropía exagerada, que rehúye el trato normal con nuestros semejantes y considera vitandas las más legítimas y nobles expansiones del espíritu y del corazón.

El consuelo del amor fraterno

Si el sufrir es siempre duro, sufrir a solas es mucho más horrible.

Santo Tomás expone de qué manera el dolor y la tristeza se mitigan por la compasión de los amigos:

El que un amigo se conduela de nuestras tristezas es naturalmente consolador, y esto por dos razones:

a) La primera, porque, siendo propio de la tristeza el apesadumbrar, viene a ser como una carga, de la cual procura ser aliviado el que la sufre; y, por lo mismo, cuando uno ve que otros se contristan de su tristeza, se forma cierta idea de que aquella carga la llevan con él, como si se esforzaran en aligerársela, y, en consecuencia, soporta como más llevadera la carga de la tristeza, de modo semejante a lo que ocurre con las cargas materiales.

b) La segunda razón y más convincente es porque, en el hecho mismo de que los amigos se contristen con él, conoce que es amado por ellos, lo cual le sirve de satisfacción, como es evidente. Y como toda satisfacción mitiga la tristeza, se sigue que el amigo que se conduele de nuestra tristeza alivia nuestro dolor.

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Consolar es consolarse

Otro procedimiento muy eficaz para aliviar nuestros dolores es tratar de aliviar los del prójimo.

Consolar es consolarse, y esto por dos razones: la primera, porque es el premio de la caridad, que se recibe inmediatamente en el corazón; la segunda, porque hace olvidar nuestros dolores al compararlos con los del prójimo.

El egoísta que se cierra en su dolor, que no piensa más que en sí mismo y no se preocupa de otra cosa que de su propio sufrimiento, lo ve crecer y agigantarse por momentos. Mientras que la apertura hacia los demás para compadecernos de sus dolores refluye sobre nosotros en forma de alivio, porque representa una especie de desahogo y de saludable distracción.

Consolar al triste es una de las obras de misericordia más hermosas y uno de los deberes cristianos más sublimes.

El consuelo que viene de lo alto

Por encima de todos estos consuelos humanos, es indudable que el más eficaz y confortante es el que ha de venirnos de lo alto.

Para que el consuelo sea pleno y el alivio vigorice totalmente las fuerzas del alma es preciso que quien lo proporcione comprenda la grandeza e intensidad de nuestros dolores sin necesidad de explicárselos detalladamente; es necesario que sea inmensamente bueno y generoso, dulce y paciente; que nos ame sin restricción y sin reservas, sin segundas intenciones, sin fallos desconcertantes; es necesario que tenga en su mano los medios oportunos para venir eficazmente en nuestro auxilio; que nos sepa iluminar en nuestras oscuridades e incertidumbres, animarnos en nuestras desolaciones, alentarnos en nuestros desfallecimientos, remediar nuestras amarguras, ungir con bálsamo nuestras llagas; que pueda protegernos contra todas las amenazas, defendernos de todos nuestros enemigos, liberarnos de todos los peligros…

Es indudable que sólo Dios cumple todas estas condiciones.

La resignación cristiana

El dolor es inevitable en este valle de lágrimas y de miserias.

La desesperación no remedia nada. Es inútil tratar de rebelarse contra el dolor inevitable.

Lo único que lograríamos con la desesperación sería debilitar más nuestras fuerzas quebrantadas, irritar mayormente nuestra sensibilidad, volver más profundas y peligrosas nuestras heridas.

Tampoco sirve la resignación estoica, o sea la aceptación pasiva del dolor, en una indiferencia irracional, en un encogerse de hombros sin ninguna resistencia y sin ninguna reacción.

Esa actitud estoica es irracional, porque nuestra inteligencia tiene derecho a conocer el porqué de los sacrificios que se nos imponen.

El fatalismo tampoco es solución. No nos consolaremos pensando que el sufrimiento es una ley impuesta a todos los humanos por un poder supremo, ciego e inexorable, cuyos decretos son inapelables y que aplasta todo cuanto trate de oponérsele.

Además de una herejía, esa actitud intelectual es una insensatez, que no remediaría nada.

Bien distinta es la actitud del verdadero cristiano. No permanece pasivo ante el dolor propio o ajeno y procura prevenirlo con todos los medios lícitos de que dispone. Y cuando se siente alcanzado por él, no permanece impasible a sus estragos, no intenta cubrir con orgullo su debilidad: llora, gime, pide socorro a Dios. Pero, si llora, no se desespera; si gime, no se rebela; si pide ayuda, no pretende obtenerla siempre.

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Cuando todos los recursos humanos se han venido abajo, cuando la ciencia y el amor se han declarado impotentes, el cristiano tiene todavía un refugio. Para él, existe un Dios bueno, sabio y omnipotente, del cual dependen todos los acontecimientos de la vida, todos los fenómenos del universo. Un Dios que conoce nuestras miserias, oye nuestras voces de auxilio y puede, si lo cree útil, socorrernos y consolarnos. Inefable en sus consejos, incomprensible en sus designios, vigila todos los caminos humanos. Y cuando la oración no es oída en seguida, el cristiano no se desanima: vuelve a pedir ayuda con más fe, con más fervor, con más grande pureza de intención.

Y si, finalmente, se malogra todo ello y no obtiene respuesta alguna a su plegaria, sabe bajar la cabeza y aceptar con serena resignación los designios inescrutables de Dios, que es el más amoroso de los padres.

El amor al dolor

A los discípulos auténticos de Jesucristo no se les pide tan sólo sufrir con paciencia y resignación las inevitables tribulaciones de la vida. Se les pide algo mucho más elevado y sublime todavía. Se les pide que, a imitación de Cristo, amen el dolor y se abracen espontáneamente a la Cruz.

En contra de lo que el mundo cree, la mortificación cristiana voluntaria, realizada por amor a Cristo y con el deseo ardiente de asociarse a su Pasión redentora, es una fuente inagotable de alegrías y consuelos inefables.

Los principales grados y las etapas más importantes del amor al sufrimiento y a la Cruz son los siguientes:

No omitir ninguno de nuestros deberes a causa del dolor que nos producen.

Aceptar con resignación las cruces que Dios permite o nos envía.

Practicar la mortificación voluntaria.

Preferir el dolor al placer.

Ofrecerse a Dios como víctima de expiación.

La victoria final sobre el dolor

La solución cristiana supone la vida futura.

Exponiendo la solución teórica dada por el cristianismo al problema del dolor, hemos visto que la existencia de la vida futura constituye uno de sus fundamentos básicos.

Es cierto que, poniendo en práctica muchos de los consejos que acabamos de recordar, podremos aliviar en gran escala nuestros sufrimientos y dolores; pero jamás desaparecerán del todo mientras vivamos en este valle de lágrimas y de miserias. Es preciso aguardar la vida bienaventurada del Cielo, en la cual la virtud se asociará para siempre a la felicidad y encontrará la adecuada recompensa a todas sus luchas y sacrificios.

Al igual que sucede con la solución teórica, la solución práctica cristiana no aparecerá perfecta sino al traspasar las fronteras del más allá.

Como únicamente en el Cielo brillará para nosotros la luz definitiva sobre las causas y la finalidad del dolor, solamente allí encontraremos la explicación enteramente satisfactoria de todas nuestras aflicciones de la tierra y el triunfo pleno y definitivo sobre el sufrimiento.

Acá en la tierra, el consuelo ha de ser forzosamente muy imperfecto, y el triunfo sobre el dolor muy incompleto y parcial.

Si no existiese una vida ultraterrena y superior en la que sean finalmente satisfechos los deseos angustiosos de tantas almas buenas, enjugadas tantas lágrimas inocentes, reparadas todas las injusticias y restablecidos todos los derechos legítimos, se podría incluso dudar de la Sabiduría y de la Bondad de Dios y sería imposible la serenidad de la resignación.

Sin la luz que desciende del Cielo sobre la tierra, nada ni nadie podría endulzar el aspecto terrible del dolor ni disipar las negras sombras que lo envuelven.

Ya San Pablo decía que, “si sólo mirando a esta vida tenemos la esperanza puesta Cristo, somos los más miserables de todos los hombres” (I Cor. 15, 19)

La fe cristiana nos asegura que en el Cielo nuestras lágrimas serán enjugadas para siempre y ya no volveremos a conocer la muerte, ni el luto, ni el dolor (Apoc. 21, 4); que ahora sembramos entre lágrimas y después recogeremos con alegría el fruto de nuestros trabajos y dolores (Ps 25, 5); que el cuerpo será sembrado animal y resucitara espiritual (I Cor. 15, 36); que de nuestra alma, sumergida en un océano de deleites, redundará sobre nuestro cuerpo una gloría inefable. Apagada su sed en el torrente de las delicias divinas, nuestro corazón gozará de una plenitud inmensa de felicidad que no conocerá jamás su ocaso.

Nuestra inteligencia, ayudada por la luz de la gloria, verá claramente a Dios tal como es en sí mismo, cara a cara; lo conocerá como Él nos conoce a nosotros (I Cor. 13, 12).

Verá todos los misterios de su vida íntima, la armonía de sus perfecciones, los profundos secretos de su ciencia, la sabiduría de sus designios, el amor infinito que inspira su gobierno. En Dios, causa y prototipo de todo cuanto existe, veremos en su pleno fulgor las bellezas y maravillas del universo y la perfección insuperable de sus leyes. Se rasgarán por completo los velos, se disiparán las dudas.

A esta posesión intelectual de Dios seguirá, la de la voluntad; a la visión el amor. Un amor grande, irresistible, triunfante, plenamente correspondido. Un amor que no dejará desear ya nada más; que saciará plenamente nuestra hambre de felicidad y llenará por completo el abismo infinito de nuestro corazón.

De la visión y del amor de Dios brotará un gozo indescriptible que cancelará por completo y para siempre todos los dolores pasados. Un gozo inmenso, como el Dios que lo produce; una alegría y felicidad inefables, como nadie puede imaginar ni sospechar acá en la tierra.

Y todo ello para siempre, con seguridad firmísima, sin posibilidad alguna de perderlo jamás. La etapa de lucha y de prueba termina con la muerte acá en la tierra. Allá arriba, los Bienaventurados están definitivamente confirmados en el bien y en la gracia de Dios. No pueden pecar y, por tanto, no podrán perder jamás la felicidad inefable que les embriaga el corazón.

Ante esta soberana perspectiva, que estamos ya casi tocando con las manos, dada la brevedad de nuestra vida acá en la tierra, ¿qué pueden significar nuestros dolores y sufrimientos? ¿Qué tienen que ver las amarguras y tribulaciones de la tierra, si las comparamos con el inmenso peso de gloria que nos aguarda en la eternidad?

No nos contristemos como los que no tienen esperanza. No nos parezca demasiado duro conquistar el Cielo eterno con algunos padecimientos temporales. No consideremos excesivo que, antes de configurarnos con Cristo glorioso, tengamos que configurarnos con sus padecimientos y su muerte. El dolor pasará, las tribulaciones se acabarán, el sufrimiento se extinguirá para siempre. Y todo ello quedará sustituido por una sublime e incomparable gloria que no terminará jamás.

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En terrible contraste con esta visión de paz y de amor que brilla en la ciudad de los bienaventurados, la fe cristiana nos habla de otra mansión donde reina el eterno dolor y la eterna desventura.

Es la mansión horrenda de los que se han negado definitivamente a amar y, en justo castigo de su obstinación y protervia, están condenados a consumirse eternamente en el más terrible de los odios y en el más espantoso de los dolores.

En nuestras manos está nuestro futuro destino. A nosotros corresponde escoger el camino de la salvación o de la perdición, del gozo infinito o del dolor eterno. A nosotros incumbe cerrar para siempre la historia de la tribulación y de las lágrimas o continuarla para siempre en la terrible inmensidad de lo eternamente irremediable.

Vale la pena sufrir ahora un poco con resignación cristiana y hasta con conformidad y heroica alegría; vale la pena sufrir en pos de Cristo crucificado los trabajos y dolores que tenga a bien enviarnos durante nuestra breve peregrinación sobre la tierra, con el fin de poderle acompañar para siempre en los resplandores y alegrías inefables de la eternidad bienaventurada.

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