DECIMOSEXTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Y aconteció que entrando Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos a comer pan, ellos le estaban acechando. Y he aquí un hombre hidrópico estaba delante de Él. Y Jesús dirigiendo su palabra a los doctores de la ley y a los fariseos les dijo: ¿Es lícito curar en sábado? Mas ellos callaron. Él entonces le tomó, le sanó y le despidió. Y les respondió y dijo: ¿Quién hay de vosotros, viendo su asno o su buey caído en un pozo, no le saca al instante en día de sábado? Y no le podían replicar a estas cosas. Y observando también cómo los convidados escogían los primeros asientos en la mesa, les propuso una parábola, y dijo: Cuando fueres convidado a bodas, no te sientes en el primer lugar, no sea que haya allí otro convidado más honrado que tú, y que venga aquel que te convidó a ti y a él y te diga: Da el lugar a éste; y que entonces tengas que tomar el último lugar con vergüenza; mas cuando fueres llamado, ve y siéntate en el último puesto. Para que cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces serás honrado delante de los que estuvieren contigo a la mesa. Porque todo aquél que se ensalza será humillado: y el que se humilla será ensalzado.
El Evangelio de hoy nos deja ver cómo la indiscreción de un hidrópico puso al Salvador en una situación algo embarazosa.
Era un día de sábado: el día del reposo semanal, que los judíos, y especialmente los fariseos, observaban con una escrupulosidad, que a veces rayaba en lo ridículo.
En tal día había sido Jesús invitado a comer por uno de los principales fariseos, y el Salvador había aceptado la invitación.
Así que entró, todos se pusieron a observarle; y estaban acechando a todos sus dichos y hechos, con el objeto de hallar en Él algo de que acusarle. Jesús se daba cuenta de todo, pero disimulaba.
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Jesús fue durante su vida objeto de atenta observación de parte de los hombres. Y lo será en el curso de los siglos.
Con perversas intenciones unos; con admiración y gratitud otros…
Tres categorías de personas observaban a Cristo, con espíritu diverso:
1ª. El pueblo sencillo.
2ª. Las almas sedientas de perfección.
3ª. Los escribas y fariseos.
Le observaba el pueblo sencillo, que admiraba su humildad; su caridad, especialmente con los pobres, con los rudos, los ignorantes, los enfermos, los atribulados; su sencillez admirable, su compasión con todos los afligidos; su beneficencia para remediar las necesidades del pueblo; su afán por instruir a los ignorantes; su paciencia para soportar sus enemigos.
Admiraba la pureza y santidad que fluía de su Persona, aquella bondad y amabilidad que arrastraban en pos de sí a los corazones.
Observaba cómo le estaban sujetas las fuerzas de la naturaleza, las enfermedades, los elementos; cómo mandaba a la vida y a la muerte. Escuchaba extasiado sus magníficas enseñanzas tan sencillas y claramente expuestas.
Y por esto, el pueblo sencillo le seguía a todas partes sin perderle de vista, como a un taumaturgo y bienhechor incomparable; y por oírle se olvidaba de su alimento, se olvidaba del pan, porque ese pueblo tenía más hambre de verdad que de pan; y decía: Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre.
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Las almas sedientas de verdad y perfección se afanaban, por descifrar los problemas más arduos de la vida, y suspiraban por la luz que se oculta tras los misterios, y no apartaban los ojos de Jesús… Le observaban con más atención que el pueblo, deseando que no se les escapara ni un acto, ni un gesto, ni una palabra que brotara de sus labios.
Tales eran los apóstoles y discípulos que le acompañaban durante los tres años de su penoso apostolado; y fueron los fieles depositarios de sus celestiales enseñanzas, los coadjutores infatigables de su ministerio y los continuadores de su empresa divina.
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A estas categorías de personas hay que añadir la de los escribas y fariseos, doctores de la ley, que iban espiando su conducta, sus palabras, sus menores gestos con la perversa intención de ver si podían sorprenderle en algo.
Apenas Jesús comenzó a atraer a las muchedumbres, los escribas y fariseos se pusieron en guardia para acecharle. Se turbaron en gran manera cuando vieron que el pueblo le seguía entusiasmado, pero su rabia y despecho llegó a límites increíbles cuando se sintieron flagelados con su vibrante palabra: ¡Hipócritas, raza de víboras!
Desde entonces Jesús no daba un paso, ni decía una palabra, ni obraba un solo prodigio sin que lo tergiversaran y criticaran con mala fe. Cuando se declaraba Hijo de Dios, lo llamaban hereje, endemoniado, blasfemo,. Atribuían sus prodigios a Belcebú; trataban de pervertir al pueblo y, llevados de su rabia, no pararon hasta condenarle a muerte.
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Desde entonces acá la humanidad tiene sus ojos puestos en Jesús.
Hoy también le observa el pueblo sencillo y recto, que goza de los beneficios de la redención y encuentra sus esperanzas en el Evangelio.
Las almas atribuladas vuelven a Él los ojos…
Le observan los sabios, que buscan en Él la solución de los grandes problemas…
Le buscan las almas sedientas de verdad, de belleza, de bondad, de perfección…
Y le observan los herederos de los escribas y fariseos… Los impíos y sectarios, los agitadores, los malos legistas y los filósofos sofistas… tergiversan sus enseñanzas, atribuyen sus prodigios a las fuerzas naturales; lanzan contra Él y contra la Iglesia las más infames calumnias, le combaten en la vida privada, en la vida pública, en la cátedra, en la prensa, en congresos, en libros, pretenden de nuevo darle muerte…
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Fue, pues, en medio del convite que se presentó un hombre hidrópico.
¿Qué buscaba allí aquel hombre a aquellas horas? Claro está que no iba a curiosear lo que allí se comía, como otros muchos que se aprovechaban de la libertad concedida a los extraños de ir a presenciar el convite.
Aquel pobre hombre sabía que estaba allí de paso el profeta de Nazaret, que con tanto amor recibía y curaba a los enfermos…; y esperaba que le curase su hidropesía.
Buena era su intención; mas no puede negarse que, humanamente hablando, no estuvo muy discreto. No debía él ignorar que estaba allí Jesús rodeado de sus adversarios, y que una de las cosas de que éstos principalmente le acusaban era precisamente que curaba en sábado.
¿Es lícito curar en sábado?… He aquí planteada por el mismo Jesús la constante disputa de los fariseos contra Nuestro Señor acerca del precepto de guardar el Sábado y cumplir los otros mandatos de la Ley.
Siete veces aparece en los Evangelios la acusación que hicieran a Jesús de no respetar el día de reposo… Y Jesucristo les respondió que el Sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el Sábado, y que el Hijo del hombre es Señor del Sábado.
Y aquel día era sábado… Y, con discreción o sin ella, allá se presentó el hidrópico. Tenemos, pues, que a Jesús se le ha creado una situación difícil y embarazosa.
En efecto, ¿qué iba a hacer?
¿Despachar al importuno hidrópico? Eso no se lo consentía su Corazón.
¿Curarle en sábado en presencia de sus adversarios? Esto podría parecer descortesía o provocación a quienes le habían convidado.
¿Qué hacer, pues? Pocas cosas pintan más al vivo la bondad de Corazón y, al mismo tiempo, la intrepidez del Salvador, como la actitud que tomó en esta ocasión.
Bien pudiera el Salvador hacerse el desentendido al ver al enfermo, o a lo menos aguardar a que éste le suplicase por su salud; y, dado caso que quisiera sanar al enfermo, captase con halagos la benevolencia de aquellos celadores de la Ley.
Nada de esto; la actitud del Salvador es francamente de iniciativa y aun de acometida y embestida…
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Es digna de considerarse esta noble gallardía del Salvador.
Cuando llegó el hidrópico al lugar del convite, los fariseos, que ya le estaban acechando, redoblaron su atención. Bien sabían ellos que no era posible que Jesús despachase a aquel enfermo, o disimulase.
Todos aquellos farsantes se decían en su interior: “En el día santo del sábado este hombre va a curar a un enfermo, cosa prohibida en la Ley; y lo peor será que no respetará nuestra autoridad ni nuestra conciencia”. Y se indignaban con el pensamiento de lo que iba a pasar.
Jesús vio al enfermo, le miró con ojos de piedad, y determinó sanarle allí mismo. Mas, antes de dirigirle la palabra o de hacer nada con él, quiso primero acometer a sus adversarios con una cuestión que ellos no se esperaban, y que de hecho los desconcertó enteramente: ¿Es lícito curar en sábado?
A esta pregunta todos aquellos leguleyos callaron cobardemente. En toda su enseñanza y en toda su vida no tenían ellos cosa más santa que la observancia escrupulosa del sábado, que según ellos traspasaba impíamente quien curase a un enfermo, a no ser en peligro de muerte.
Sin embargo, temieron la lógica implacable del joven profeta, que en aquella misma materia tantas veces les había refutado victoriosamente. Y, contra lo que sentían, se callaron todos.
Pocas cosas muestran más a las claras el poder irresistible de la palabra de Jesús que este silencio ignominioso de todos sus orgullosos adversarios ante una simple pregunta sobre una cosa que constituía como la base de toda su ciencia.
Viendo entonces el Salvador silenciosos y confusos a sus adversarios, se volvió amorosamente al hidrópico, le tomó de la mano, le curó y le despidió.
El milagro, y más aún la manera de obrarlo, acabaron de desconcertar a los fariseos. Curar a un enfermo aplicándole laboriosamente medicinas podría parecer una violación del Sábado; pero sanarle sin una medicina, sin una palabra siquiera, con sólo tomarle cariñosamente de la mano, como para saludarle o despedirle, esto no tenía visos, ni remotamente, de ser una trasgresión del Sábado.
Y aquellos hombres vieron con despecho cómo se alejaba sano y rebosando alegría aquel hidrópico curado, sin dejarles siquiera el miserable consuelo de poder fundar una acusación contra el profeta que despreciaba sus humanas tradiciones y sus escrúpulos farisaicos.
También Jesús seguía con amorosa mirada al enfermo, ya sano, con la dulce satisfacción, la única que Él daba a su Corazón, de haber devuelto la salud y la alegría a un hermano suyo.
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Con los fariseos no quiso ensañarse el Maestro; antes bien, intentó iluminar sus entenebrecidas inteligencias con los rayos de la verdad.
Para esto, se valió de una inconsecuencia de aquellos legistas sin entrañas. A pesar de todas sus estrecheces y rigores para con los demás, cuando a ellos en día de Sábado se les caía el asno o el buey en un pozo, no perdían momento, y sin respeto a la santidad del día sacaban de allí a la pobre bestia.
Por eso les dijo: ¿A quién de vosotros se le caerá el asno o el buey en un pozo, que no lo saque de allí con presteza, aun en día de sábado?
Sin duda que aquí como en parecidas ocasiones, desarrollaría el Maestro este raciocinio y haría las oportunas aplicaciones.
Pero, breve o largo, con aplicaciones o sin ellas, el argumento ahora, como antes la cuestión, dejó sin palabra a los escribas y fariseos.
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El hidrópico, que siempre vive devorado por la sed, es imagen del hombre que se entrega al placer y vive devorado por el ansia de satisfacer sus malas pasiones.
Delante de él estaba un hombre hidrópico… Esta es la sociedad moderna, el hombre moderno devorado por el ansia de mandar, de poseer, de gozar.
Cuando el hombre tiene paz en su corazón, cuando somete sus pasiones a la razón y su razón a la ley divina, una ley de equilibrio espiritual caracteriza su vida; una armonía brota en torno suyo y camina hacia la consecución de sus destinos.
Pero, trastornado ese orden, dejado el corazón merced a sus caprichos y desórdenes; dejado que se manche con el lodo de las pasiones y que beba en las fuentes emponzoñadas, entonces desaparece esa armonía, ese equilibrio y el hombre se precipita frenético hacia la satisfacción de sus malas tendencias.
Y este desorden del individuo, cuyo corazón es como un mar tempestuoso, se manifiesta en la sociedad, en las costumbres, y surgen aquellos males y desórdenes de que habla la divina Escritura: ¡Ay de los hombres de corazón flojo, que no confían en Dios, que por lo mismo no serán protegidos por Él! ¡Ay de los que pierden la paciencia, y abandonan los caminos rectos, y se van por sendas torcidas!
He ahí algunos males que trae consigo la sed de placeres: abandono de Dios, desprecio de los caminos justos, el placer por regla, la perversión de la moral, de la justicia, de la virtud.
Esta es la causa de los males. El hombre bestializado, olvidado de sus destinos, de la nobleza del alma, de su propia dignidad, devorado por la sed hidrópica del placer que se ha apoderado de casi todos los hombres.
La cuestión social, en el fondo, no es sino la sed hidrópica del placer, del dinero, de las ambiciones desencadenadas; en los males del hogar, del matrimonio, de la familia encontramos siempre el placer disfrazado con algún ropaje.
Es una sed que devora como fuego.
El placer desencadena todas las pasiones. Todas las pone a su servicio.
La soberbia que se alza contra el mismo Dios y contra su autoridad.
El hombre voluptuoso es soberbio.
El placer desencadena la tiranía con el prójimo; despierta y engendra la avaricia, el egoísmo que bebe la sangre al hermano y oprime al obrero; el placer perturba la paz entre hermanos y ciudadanos, padres e hijos, esposos y esposas y agita la discordia entre ellos.
No respeta ni leyes, ni costumbres, ni templos, ni altares; todo lo arruina, compra honras, conciencias y vende de nuevo al Justo por unas cuantas monedas.
El lucro, la vanidad, la incontinencia, la rebelión, el lujo, el mercantilismo, todo esto es hijo del placer.
El placer arruina al mismo hombre en su porvenir, en su honra, en su salud, en su vida.
Embrutece. Mata la vida del espíritu, la vida de la voluntad, la vida del corazón.
El hombre entregado al placer no tiene corazón, no tiene voluntad, es un esclavo vil de sí mismo, de sus pasiones ignominiosas.
¡Cuántas ruinas! El placer corroe su vida, arruina su porvenir.
Tal es el hidrópico que nos presenta el Evangelio. Es el mundo actual, víctima del placer de los sentidos.
Alejado de Jesús, perdurará en su mal…
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Nosotros, por nuestra parte, admiremos la lógica irresistible del divino Maestro, que con tanta facilidad deja sin palabra a sus más fieros adversarios, en aquello mismo en que ellos se tenían por más inexpugnables.
Admiremos también el poder no menos irresistible de aquel señorío, con que sin trabajo, sin una palabra, expele las más terribles e inveteradas enfermedades.
Pero admiremos principalmente la bondad inagotable de su Corazón; bondad que se conmueve a la vista de nuestras miserias; bondad que se derrama en obras bienhechoras; bondad que, si por un momento le arma contra los fariseos de duras entrañas, pronto, empero, depone las armas y pretender atraer hacia sí a los que lejos de Él iban a perecer miserablemente.
Corazón que tan blandamente trataba a los empedernidos fariseos, no desechará a los que humildemente le buscan y confían en Él.

