HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Décima entrega

 

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EL ERROR ADOPCIONISTA

Hemos aludido en la entrega anterior al concilio de Francfort. Lo que allí se discutió principalmente fue el adopcionismo, herejía que partiendo de Urgel y Toledo pasó los Pirineos, dando ocasión a que los teólogos de allende y aquende desempolvasen sus armas y las puliesen para las lides dogmáticas.

1. Elipando de Toledo. Encuéntranse los primeros rastros de adopcionismo en la carta de Elipando a Migedo, escrita poco antes del 782. Era Elipando, de estirpe goda, arzobispo metropolitano de Toledo bajo la dominación musulmana, varón de ingenio no vulgar, elocuente y ardoroso, pero soberbio y de intemperante lenguaje. Migedo era un andaluz que divulgaba errores de sabor sabeliano, aunque en forma muy crasa, ya que, si hemos de creer a su adversario, sostenía que la primera persona de la Trinidad era David, la segunda Jesucristo, la tercera San Pablo, siendo más probable que su error consistiera en afirmar que la actividad divina se ejerce en la Historia o tiene tres grandes manifestaciones, que son David, Jesucristo y San Pablo. De este error, que no conocemos bien, se había contagiado el docto y probo Egila o Egilán, ordenado y consagrado en las Galias y enviado por el papa Adriano I como obispo de Granada.

El metropolitano de Toledo reunió a sus obispos, redactó con ellos una profesión de fe, y casi al mismo tiempo dirigió a Migedo una carta refutando sus dislates, abominando del «olor fetidísimo de sus palabras», y tratándole de loco, fatuo, boca cancerosa y saco de todas las inmundicias. En ambos documentos apunta con claridad el adopcionismo. Después de hacer una perfecta exposición de la doctrina católica sobre la Trinidad, al querer distinguir en Cristo, hijo de Dios e hijo del hombre, las operaciones y acciones de sus dos naturalezas, viene a afirmar «quod Iesus Christus adoptivus est humanitate et nequa quam adoptivus divinitate», o sea que Jesucristo, en cuanto Dios y Verbo Eterno, es hijo propio y natural de Dios, pero en cuanto hombre, es tan sólo hijo adoptivo y por gracia, no por naturaleza. Admite, pues, en Cristo dos filiaciones, y aquí está el error, pues la filiación va con la persona, y habiendo dos filiaciones, lógicamente se sigue que habrá también dos personas, lo cual es puro nestorianismo.

Es verdad que Elipando y sus secuaces se defendieron de esta acusación, afirmando rotundamente que en Cristo no había más que una sola persona y que lo de hijo adoptivo era por razón de su naturaleza humana; pero no advertían que en su modo de hablar iba implícito el error de Nestorio, ya que el adoptar a uno por hijo supone dos personas distintas: la que adopta y la que es adoptada; hijo natural e hijo adoptivo respecto del mismo padre son cosas que se excluyen en un mismo sujeto. No puede, pues, aceptarse la terminología elipandiana, en la cual quizá sea lícito rastrear ciertas reminiscencias del modo de hablar de ciertos Padres y concilios que se valieron a veces de la expresión «homo assumptus» o bien «homo adoptatus», refiriéndose a la «natura humana» asumida o adoptada por el Verbo. Los adopcionistas, falseando el sentido legítimo del «homo assumptus», le dieron el nombre de hijo y hablaron de una adopción de Cristo hombre por el Padre.

Uno de los que abrazaron la doctrina elipandiana fue Ascario o Ascárico, a quien erróneamente suponen metropolitano de Braga. El obispo de Sevilla, en cambio, la anatematizó enérgicamente.

2. Oposición a las herejías Beato y Eterio. De los cristianos libres de Asturias, no de la oprimida Iglesia mozárabe, salieron los más decididos paladines del dogma católico: llamábanse Beato y Eterio. Beato, o Biego, natural de Liébana. «Doctus vir, tam vita quam nomine sanctus» (Docto varón, santo tanto de vida como de nombre), al decir de Alcuino, se alzó contra los errores de Elipando, teniendo como compañero y discípulo al joven obispo de Osma Eterio, refugiado en aquellas montañas.

Conocemos también el nombre de un abad asturiano, Fidel, a quien dirigió Elipando una carta en octubre de 785, quejándose de aquellos dos contradictores suyos. Fidel encontró a Beato y Eterio cuando asistían a la profesión monástica de la reina Adosinda y les entregó las letras de Elipando. Inmediatamente, Beato, ayudado por Eterio, redactó una apología de la verdadera doctrina, «no en forma panegírica —dice, aludiendo quizá al estilo del toledano— ni con ninguna clase de mentiras, ni con fuliginosas parrafadas de elocuencia».

Su teología es sana, fuerte y ardorosa, apoyada constantemente en testimonios de la Sagrada Escritura, como se podía esperar del autor de un famoso Comentario al Apocalipsis. «En vez de compilaciones secas y faltas de vida, tenemos una obra en que circula el calor, en que la fuerte impresión del momento ha animado páginas destinadas no a solitaria lectura, sino a agitar o calmar muchedumbres seducidas por el error… En el fondo, Beato y Eterio son muy fieles a la tradición isidoriana; pero conócese luego que su Apologético no ha nacido entre las pompas de Sevilla o de Toledo, sino en tierra áspera, agreste y bravía, entre erizados riscos y mares tempestuosos, para ser escuchada por hombres no tranquilos ni dados a las letras, sino avezados a continua devastación y pelea. Pasma el que se supiese tanto y se pudiese escribir de aquella manera, ruda, pero valiente y levantada, en el pobre reino asturiano de Mauregato y de Bermudo el Diácono. Áspero y fuerte era el estilo de aquellos dos apologistas españoles, mas no hay derecho a denigrarlos, hablando de la brutalidad de sus panfletos, como lo hace E. Amann, quien reclama todo el mérito de la controversia teológica para Alcuino, como si el primer grito de alarma y la primera refutación del error adopcionista no hubiese salido de las montañas asturianas y de la misma sede hispalense, cuyo prelado Teudula, según refiere Álvaro de Córdoba, cerró su exposición del dogma con estas palabras: Si quis carnem Christi adoptivam dixerit Patri, anathema sit. Amen (Si alguien dijese ser adoptada por el Padre la carne de Cristo, sea anatema. Amén)”.

La polémica llegó a oídos de Adriano I, y el Papa habló, en carta a los obispos de España (Carta Institutio universalis, a los obispos de España, del año 785), condenando a Elipando y Ascárico como renovadores de la herejía de Nestorio. Debió de ser entonces, no antes, cuando, buscando apoyo y refuerzo, se dirigió Elipando con esta consulta al obispo Félix de Urgel, que tenía fama de sabio y cuyas ideas adopcionistas le eran ya probablemente conocidas al toledano. «Quid de humanitate Salvatoris Dei et Domini nostri Iesu Christi sentire deberet; utrum secundum id quod homo est proprius an adoptivus Dei fllius credendus esset» (¿Qué debe pensarse acerca de la humanidad del Salvador Dios y Señor nuestro Jesucristo?; y si se ha de creer que en cuanto hombre es propio y adoptivo hijo de Dios). Félix contestó, según refieren los Annales Eginhardi (a. 792), en sentido adopcionista y confirmó su parecer en unos libros hoy perdidos.

3. Félix de Urgel. Aunque español, Félix era súbdito de Carlomagno, por haber caído poco antes la ciudad de Urgel en poder de los francos. Habiendo llegado el rumor de la herejía, que cundía ya aquende y allende los Pirineos, a la corte carolingia, Carlomagno reunió una asamblea de prelados, entre ellos Paulino de Aquilea, en Ratisbona (792), y ordenó que Félix compareciese ante ellos para dar razón de su doctrina. Así lo hizo el obispo de Urgel, y, vencido en la disputa por los argumentos contrarios, abjuró públicamente sobre los Evangelios. Queriendo el rey franco hacer al Papa el obsequio de este vencido, tuvo que presentarse Félix en Roma, y primero en la basílica de Letrán, luego en la de San Pedro, reiteró su abjuración, protestando que jamás daría al Salvador el título de hijo adoptivo. Esto no obstante, en la primera ocasión que pudo se escapó a España, y no precisamente a su diócesis de Urgel, sino a tierra de moros, buscando, sin duda, la proximidad de Elipando, fugiens apud paganos (huyendo cerca de los paganos), que dirá León III. Es inexacto decir que el episcopado español escribió entonces una carta a los obispos de Francia y otra a Carlomagno en defensa del adopcionismo. Quien las compuso fue, sin duda, Elipando, como se echa de ver por la intemperancia de su lenguaje, aunque bien pudo ser que, sobre todo en la primera, le ayudase Félix con su ciencia teológica. De tener Elipando de su parte otros obispos españoles, no hubiera dejado de nombrarlos. Utilizando una frase algo incorrecta de Eutropio (suyo es el tratado De similitudine carnis peccati, según demostró el P. J. Madoz, no de San Jerónimo, como dice Elipando, ni de San Paciano, como pensó modernamente Dom Morin), e interpretando a su favor con gran agudeza varios textos de San Isidoro y de la liturgia visigótica que hablan de la adopción de la carne por el Verbo y de la pasión del hombre adoptivo, se empeña en sacar adelante su tesis, sin atender al sentido real que se deduce del contexto y silenciando los pasajes de la misma liturgia que condenan expresamente el adopcionismo.

4. Intervención de Carlomagno. Sínodo de Francfort. Alcuino. Alarmóse Carlomagno viendo que la ortodoxia estaba amenazada por estos errores nacidos en Occidente, como por las decisiones de los bizantinos en la cuestión de las imágenes, y teniendo conciencia de su papel de protector de la Iglesia, pidió al papa enviase sus legados a un concilio que se reuniría en Francfort en el verano de 794. Efectivamente, los legados pontificios se presentaron con una carta dogmática de Adriano I, y conforme a ella definieron que el Hijo de Dios, al hacerse hijo del hombre, siguió siendo hijo natural de Dios, un solo hijo verdadero, que no por tener dos naturalezas debe decirse también adoptivo. Carlomagno dio cuenta a Elipando y los suyos de la decisión del concilio, invitándoles a volver al camino de la fe católica, pues sólo así podrían recibir su auxilio militar que les librase del yugo sarraceno. Esto lo dice el rey franco modestamente, pues en aquellos días su duque Guillermo de Toulouse retrocedía en la Gotia ante la acometida de Abd-el-Melek, ministro de Hixem I, facilitando a Félix de Urgel la entrada en su obispado.

Lejos de someterse los adopcionistas, vemos que Félix intensifica la propaganda en la Gotia y la Septimania. Alcuino les escribe una carta amable y persuasiva, que no da resultado. Compone luego un hermoso tratado teológico: Libellus adversus felicis haeresim. Contesta Félix con un sermo prolixus, que no se conserva. Insiste Alcuino: Contra Felicem Urgellitanum libri VII. Y Paulino de Aquilea, que ha presidido en Friul un sínodo antiadopcionista (796), interviene en la polémica, sin alcanzar la altura de Alcuino. Este escribe también a Elipando. Y el viejo metropolitano de Toledo, que contaba entonces no menos de ochenta y dos años (799), les responde con tal arrogancia, apasionamiento, brillantez de ingenio, copia de argumentos bíblicos, patrísticos y litúrgicos, que revelan lo que hubiera podido ser aquel hombre si no le hubiera extraviado el error, cegado la soberbia y deslustrado su propia mordacidad y grosería de estilo. La carta va dirigida «Al reverendísimo diácono Alcuino, no ministro de Cristo, sino del fetidísimo Beato, así llamado por antífrasis; al nuevo Arrio… salud eterna en el Señor, si se convirtiera de su yerro; si no, eterna condenación».

5. León III Fin de la controversia. Entre tanto, el Papa León III había reunido un concilio en Roma (octubre de 798), que fulminó contra Félix de Urgel un solemne anatema. De Elipando no se hizo mención. Urgel había vuelto a caer en manos de los francos. Tres enviados de Carlomagno —entre ellos San Benito de Aniano— se entrevistaron con el obispo Félix, persuadiéndole a que se viniese con ellos a la corte franca, donde se entablaría una disputa teológica. Accedió Félix fiado en un salvoconducto del monarca, y en el otoño de aquel año 799 se celebró una conferencia en Aquisgrán que duró siete días, exponiendo el urgelitano, con la asistencia de uno de sus presbíteros, la doctrina adopcionista y refutándosela con multitud de textos patrísticos Alcuino, hasta que Félix, cediendo a la verdad, abjuró ex toto corde y dirigió a sus seguidores una profesión de fe, absque nulla simulatione. Con todo, no le permitió Carlomagno regresar a su diócesis y en Lyon le alcanzó la muerte el año 818. Murió, según parece, santamente, y como santo le ha venerado la iglesia de Urgel. No habría motivo para dudar de su ortodoxia en los últimos años si Agobardo de Lyon no hubiera hallado entre los papeles de Félix una cédula donde, en forma de preguntas y respuestas, parecía reincidir en su antiguo error. ¿Pero era aquél su último pensamiento?

El viejo Elipando no sabemos cómo ni cuándo murió. Indudablemente, dado su carácter inflexible y altanero y pagado de sí, persistió en su opinión hasta el fin. La prueba de que el adopcionismo no tuvo muchos adeptos en la Iglesia mozárabe está en que, muerto Elipando, no se vuelve a encontrar el más pequeño vestigio. Y en la España del Norte quedó barrido por los escritos de Beato y Eterio.

El adopcionismo, ligeramente modificado, renacerá en la escolástica del siglo XII con Abelardo, Gilberto de la Porrée y Pedro Lombardo; y todavía Duns Escoto, Durando, Almain y otros grandes teólogos hasta el siglo XVII disputarán sobre la legitimidad de algunas de sus fórmulas.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668

Novena Entrega: La herejía y el cisma contra el culto de los íconos en oriente