ESPECIALES DE RADIO CRISTIANDAD
LA PROVIDENCIA DE DIOS, EL MAL Y EL SUFRIMIENTO
Segunda entrega

EL PROBLEMA DEL SUFRIMIENTO
El llamado problema del sufrimiento o del dolor, en definitiva no es otra cosa que el mal de pena que ha caído sobre la humanidad en castigo del pecado original y de nuestros pecados personales.
Incluso los dolores y sufrimientos que afectan a las personas inocentes (niños, almas santas y, sobre todo, Jesucristo y María Santísima) se explican perfectamente por la eficacia redentora del dolor y la solidaridad natural y sobrenatural entre todos los miembros de la humanidad caída por el pecado de origen y reparada por el sacrificio inefable de Cristo Redentor.
LA SOLUCIÓN TEÓRICA DEL CRISTIANISMO
Para comprender la solución cristiana del problema del sufrimiento o del dolor es indispensable conocer los elementos de la concepción cristiana de la vida, tanto en el orden natural como en el orden sobrenatural de la gracia.
Presupuestos naturales para la solución cristiana del sufrimiento
La existencia de Dios
Dios existe y es el Creador del universo.
Pero la causa primera, infinitamente inteligente, no ha producido las cosas de una manera ciega y fatal. Las ha dispuesto según un plan admirable de belleza y armonía.
Todas las cosas tienen una misión que cumplir. En su camino hacia su fin están en íntima conjunción y solidaridad, de forma que los individuos se subordinan a la especie; las especies inferiores a las superiores; las partes al todo.
Todo se resuelve en una maravillosa armonía universal, que canta la gloria de Dios, fin de la creación.
La vida futura
Pero la presente vida es demasiado poca cosa para tan alta finalidad. El hombre no es sólo materia, sino también espíritu. El alma humana, está destinada a la inmortalidad feliz.
No todos los hombres llegarán allá, porque es condición indispensable el cumplimiento del deber; pero a este cumplimiento —que está perfectamente a nuestro alcance— ha vinculado Dios su promesa infalible de eterna felicidad.

La Providencia divina
En virtud de la divina Providencia, todo tiene por mira la conservación del orden establecido por Ella para nuestro bien.
Dios tiene recursos inagotables para lograrlo.
Es propio del sabio alternar la justicia y la misericordia, la severidad y la bondad, la inflexibilidad y la condescendencia.
La solidaridad de la creación
El mundo constituye un todo ordenado y armónico. Cada cosa ocupa su puesto.
Lo inferior, subordinado a lo superior; el individuo, a la perfección del universo, y éste a Dios.
Hay que aceptar las ventajas y los inconvenientes de esta solidaridad humana.
Consecuencias derivadas de estos presupuestos naturales
Ya con solos estos elementos naturales podemos entrever la solución del problema del dolor. Ellos iluminan suficientemente las causas y la finalidad del sufrimiento humano y la actitud que hemos de adoptar frente a él.
La existencia de un Dios lleno de sabiduría y de misericordia nos hace comprender que el dolor no es un hecho ciego e irracional, como quieren los pesimistas, sino un elemento que entra en los planes y gobierno de Dios para extraer de él grandes bienes para nosotros.
La existencia de la vida futura nos recuerda que este valle de lágrimas y de miserias es un destierro fugaz y transitorio, que desembocará muy pronto para siempre en los resplandores y alegrías inefables de la Patria Bienaventurada.
La Providencia divina nos garantiza que “todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. 8, 28) y que nada ni nadie podrá arrebatarnos de sus manos (cf. Io. 10, 28), si nosotros no queremos apartarnos voluntariamente de sus caminos.
La solidaridad, en fin, con los demás hombres nos recuerda que no estamos solos en nuestros sufrimientos. Nuestros hermanos tienen el deber de ayudarnos. Y por encima de todo, nos ayudará ese Dios lleno de bondad y de misericordia, que alimenta a las aves del cielo y viste majestuosamente a los lirios del campo.
La paternidad divina y la vida futura son verdades suficientemente poderosas para llenarnos de coraje y de valor.
Dios nos ama. Si permite el dolor, será indudablemente por nuestro bien. Si nos niega el consuelo en la tierra es porque nos lo quiere dar inmenso en la eternidad.
Presupuestos sobrenaturales
El pecado original
Si Adán y Eva no hubieran pecado no hubieran conocido jamás el dolor, ni tampoco ninguno de sus descendientes. Pero el pecado produjo la tremenda catástrofe.

La explicación más radical y profunda del problema del dolor hay que buscarla en el dogma del pecado original.
Con él todo se explica perfectamente; sin él nos envuelven las tinieblas del más impenetrable de los misterios.
Pero, si este dogma pone de manifiesto la terrible solidaridad de todos los hombres en el mal, hay otros tres que nos muestran la sublime solidaridad en el bien: la Redención, la Gracia y la Comunión de los Santos.
La Redención
La misericordia infinita de Dios se compadeció del hombre pecador y decretó la Encarnación.
El Hijo de Dios hubiera podido escoger para salvarnos un camino lleno de gloria, de poder, de gozo y de alegría; pero escogió el camino de la humillación, de la debilidad, del sufrimiento y del dolor.
No hay miseria ni dolor que no haya aliviado en los demás; pero tampoco hay miseria ni dolor que no haya experimentado en su Persona. Todo el transcurso de su peregrinación sobre la tierra, de Belén hasta el Calvario, está sembrado de espinas y bañado en sudor de sangre.

La Gracia
Dios quiso ser Padre de los hombres. Para ello no había otro procedimiento posible que comunicarnos su propia naturaleza divina, haciéndonos partícipes de ella. Y la maravilla se obró en nosotros: la gracia de Dios nos hace partícipes de la naturaleza divina.
El primer hombre la perdió junto a un árbol para sí y para todos sus hijos. Pero Cristo nos la reconquistó en el árbol sagrado de la Cruz.
La Comunión de los Santos
Según este dogma admirable, la humanidad redimida por Jesucristo forma una gran familia, cuya Cabeza es Cristo y cuyos miembros somos todos nosotros, solidarizados con Él.
Los que vivimos y luchamos acá en la tierra, lo mismo que los que han traspasado ya las fronteras de este mundo y nos aguardan, en el Purgatorio o en el Cielo, estamos íntimamente unidos y hermanados.
Nada se pierde de cuanto sale de un corazón puro. Los sufrimientos que parecen más inútiles, los ejemplos que parecen más estériles, las plegarias al parecer más infructuosas, puesto que no han alcanzado lo que pedían, entran, sin embargo, en el tesoro y patrimonio social para ser distribuidos según los justos y amorosos designios del Padre común.
Consecuencias de los presupuestos sobrenaturales
Estos cuatro dogmas son un chorro de luz que disipa por completo las tinieblas del problema terrible del dolor, dándonos una explicación completa y acabada, la única posible del mismo.
a) El pecado original, agravado por nuestros pecados personales, explica perfectamente la responsabilidad del hombre y la necesidad del dolor redentor.
b) El dogma de la Redención nos muestra el amor inefable de Dios y la finalidad redentora del dolor, mostrándonos en Cristo el modelo perfecto y acabado al que debemos imitar en todas nuestras tribulaciones. Él Hijo de Dios nos enseña que el sufrimiento es un medio de purificación y de elevación moral; un medio para alcanzar y poseer la verdadera felicidad.
c) El dogma de la Gracia nos confirma en la convicción de la inmensa bondad de Dios y alimenta nuestra esperanza en una ayuda superior, procedente de nuestro Padre, capaz de sostener nuestras débiles fuerzas en la lucha contra el sufrimiento y el dolor.
d) El dogma, en fin, de la Comunión de los Santos, nos hace comprender mejor el porqué de tantas muertes prematuras, tantos sufrimientos inmerecidos, tantos sacrificios, aparentemente vanos y estériles, que escandalizan y cuyo misterio se esconde a nuestra ignorancia y presunción.

Causas del sufrimiento
Pero para mayor consuelo de las almas que sufren, veamos las causas del sufrimiento, que nos dan la clave para comprender mejor su triple altísima finalidad: física, moral y religiosa.
Causas internas a nosotros
Nos inclinamos fácilmente a buscar fuera de nosotros las causas de nuestros dolores. Pero ante todo deberíamos preguntarnos si no hemos sido nosotros mismos los artífices de nuestra desventura, los verdugos de nuestra felicidad; si no hemos abierto, acaso, las puertas al dolor con nuestros errores y nuestras culpas.
Siempre que nos salimos del orden, somos castigados, cayendo en el dolor.
Causas externas a nosotros
Sin embargo, no todos los dolores y sufrimientos son consecuencia de nuestros propios desórdenes. De lo contrario, no se explicaría el dolor de tantos seres inocentes como sufren y seguirán sufriendo en el mundo entero: niños pequeños, almas purísimas, santos eminentes, y, sobre todo, Cristo y su Madre Santísima.
La Iglesia condenó la siguiente proposición de Bayo: Las aflicciones de los justos son todas absolutamente castigo de sus pecados; de aquí que lo que sufrieron Job y los mártires, a causa de sus pecados lo sufrieron (Dz. 1072); y esta otra de Quesnel: Dios no aflige nunca a los inocentes, y las aflicciones sirven siempre o para castigar el pecado o para purificar al pecador (Dz 1420).
Veamos, pues, cuáles son las principales causas externas de nuestros sufrimientos y dolores.
1ª) La solidaridad con nuestros primeros padres
Dios no es autor del dolor ni de la muerte: Él nos creó felices e inmortales. Fue el pecado quien introdujo el dolor y la muerte en el mundo. El dolor y la muerte son la paga y estipendio del pecado.
2ª) La solidaridad con los miembros de la sociedad, doméstica y civil
a) Nuestra propia familia. De ella recibimos bienes inmensos, pero a veces también grandes dolores.
La ley de la herencia explica muchas enfermedades físico-psicológicas. Las culpas y errores de uno de sus miembros repercuten deshonrosamente sobre todos los demás.
¡Cuántos niños inocentísimos nacen condenados a las enfermedades más horribles por culpa de sus mismos progenitores! (alcoholismo, sífilis, etc.). ¡Cuántos padres honorables acaban sus días en una amarguísima vejez por los crímenes y desórdenes de sus hijos!
La mayor parte de las miserias que afligen a una familia depende, ordinariamente, de sus propios componentes.
b) La sociedad en que vivimos. La responsabilidad de los grandes sufrimientos que azotan a la humanidad alcanza, en mayor o menor grado, por acción o por omisión, a casi todos los hombres, esparciendo por doquier semillas de luto y desventura, de las que nadie tiene la culpa sino el propio egoísmo de los hombres.
3ª) Las fuerzas de la naturaleza
Las fuerzas cósmicas de la naturaleza se conjuran también contra nosotros. El alimento que ingerimos, el agua que bebemos, el aire mismo que respiramos, contienen muchas veces gérmenes de muerte. El fuego que nos calienta provoca muchas veces un incendio. El viento suave que nos acaricia puede transformarse en tremendo y destructor huracán. El agua que riega y fecundiza nuestros campos produce espantosas catástrofes cuando se desborda en imponente riada. La electricidad, que tantas comodidades nos proporciona, puede electrocutarnos en un instante de descuido. El mar, que nos sirve de recreo junto a la playa, puede convertirse en nuestra tumba. La misma tierra que nos alberga y nos regala con sus frutos puede sepultarnos vivos cuando la sacude un movimiento sísmico del todo inesperado y repentino. Finalmente, el trabajo diario y el desgaste inevitable de nuestro organismo nos acercan poco a poco al sepulcro.

Dios, autor de la naturaleza y de sus leyes cósmicas, deja ordinariamente que las cosas sigan su curso normal, gobernando y dirigiendo el mundo de una manera mediata, o sea valiéndose del engranaje normal de las causas segundas. Pero a veces interviene inmediatamente por imperativo de su justicia (castigos individuales o colectivos) o de su infinita misericordia, enviándonos dolores físicos que nos purifican y aumentan nuestros méritos para el Cielo.
Finalidad física del dolor
Dios permite el dolor en vista de un bien
Dios, que ha establecido con su infinita sabiduría el orden admirable del universo, no puede vacilar en sacrificar, cuando es necesario, un bien inferior a un bien superior, el bien particular al bien general, el del individuo al de la sociedad, el bien material al espiritual, el físico al moral, el profano al religioso, el terreno al celestial.
Todo lo que nos ocurre en el tiempo es un incidente trivial; poco importa sufrir ochenta años acá en la tierra si logramos gozar después en el Cielo por toda la eternidad.
La conservación de las fuentes del dolor es un bien mayor que su supresión
Si Dios nos quitara la libertad, no podríamos pecar y nos ahorraríamos un cúmulo enorme de sufrimientos; pero tampoco podríamos merecer el Cielo. La vida social nos trae grandes dolores; pero también nos proporciona ventajas y beneficios. La naturaleza física nos produce enfermedades y acabará produciéndonos la muerte; pero sin ella sería del todo imposible la vida.
¿Será razonable reprochar a Dios el habernos dado todos estos bienes, sólo porque alguna vez podemos abusar de ellos o lleguen a ser peligrosos?
Suprimid la libertad, la vida social y las leyes de la naturaleza física, y desaparecería al instante el orden y la armonía maravillosa del universo, volviendo todo a la más completa desolación y al más espantoso de los desórdenes.
No es admisible una continua intervención milagrosa de Dios
Dios podría suprimir la mayor parte de nuestros dolores particulares interviniendo milagrosamente y de continuo sobre la voluntad perversa de los hombres y sobre las leyes físicas de la naturaleza.
Pero esto no constituiría un bien, sino un aumento del mal para el conjunto del universo. Debería para ello cambiar de naturaleza al hombre y modificar todas las leyes de la naturaleza dictadas por su infinita sabiduría.
Dios no puede rectificar nada, pues nada ha hecho que se pudiera hacer mejor.
Las excepciones milagrosas confirman la sabiduría de sus leyes fijas. La excepción, empero, no puede convertirse en regla.
El dolor físico nos trae muchísimos bienes
Es el egoísmo quien nos impide ver la armonía del conjunto, detrás y por encima de nuestro yo.
El que se lastima al caer, es difícil que sepa reconocer las grandes ventajas de la ley de la gravedad terrestre; el que ha perdido a un ser querido en una tempestad marítima, no comprenderá fácilmente que sin tempestades el mar sería un inmenso pantano palúdico y mortífero para toda la humanidad.
En la vida sensible, el dolor es un timbre de alarma que nos avisa del peligro. El hambre, la sed, el cansancio…, todo es providencial. En las enfermedades es el dolor el que orienta casi siempre a los médicos para su diagnóstico y curación.
El dolor es una fuente de alegrías. La dificultad, la contradicción y la desventura nos hacen apreciar mejor las alegrías de la victoria y del triunfo.
En el orden sobrenatural, es inmensa la eficacia del dolor físico. El ejemplo de Cristo se repite en su Iglesia. En nosotros mismos, el dolor es el camino de la grandeza, de la santidad y de la gloria.
Finalidad moral del dolor
Si la perfección moral un bien precioso, y su adquisición o conservación depende enteramente de nosotros, no hay esfuerzo ni dolor que no deba aceptarse con gozo para conquistarla, conservarla o aumentarla.
Todo aquello que pueda ayudarnos a conseguir nuestra perfección moral y a combatir el pecado, debemos considerarlo como un gran beneficio, como uno de los factores más eficaces de nuestra felicidad.
Tal es el papel del dolor. Es un gran medio de expiación de nuestras culpas pasadas y de prevención contra las futuras, un gran, medio de elevación moral.
El dolor expía nuestras culpas. A veces, aquella desgracia, que atribuimos a la casualidad o a la mala suerte, no es sino el castigo de alguna culpa pasada, una forma inesperada de expiación.
El dolor purifica y sana. El alma destrozada por el dolor se libera del fango de la culpa y recobra su antigua belleza y su antiguo vigor. El dolor cura y sana las heridas más rebeldes y los vicios más inveterados. Doblega y vence la violencia de las pasiones y hace más fácil el ejercicio de la virtud. ¡Cuántos hombres han encontrado el camino de su redención el día en que cayeron enfermos!
El que nos visita y azota con el dolor no es, pues, un tirano que desfoga sus crueles caprichos, sino un juez que castiga las ofensas a la majestad de la ley; un padre que castiga para corregir; un médico que nos receta una medicina amarga para devolvernos la salud.
A los que se creen inocentes… ¿Qué delito he cometido para que Dios me trate así?, se atreven a decir algunos insensatos. No advierten que todos somos culpables, porque todos hemos pecado. Olvidan que, si alguno dice que no ha pecado, se engaña a sí mismo y la verdad no está en él.
Sólo Cristo pudo decir en verdad: ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Todos los demás hemos de bajar la cabeza y golpearnos el pecho.
Sin embargo, es un hecho que sufren también los inocentes. Pero su sufrimiento tiene una finalidad redentora sublime; constituye para ellos su título supremo de gloria y la garantía más preciosa de una inefable recompensa.

El dolor redime. La obra redentora de Cristo no terminó del todo. Podemos y debemos continuarla nosotros a través de los siglos. Es preciso completar, a fuerza de dolor, lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia. No es en modo alguno crueldad por parte de Dios asociarnos íntimamente a sus dolores redentores, sino una prueba impresionante de amor y de predilección al querer valerse de nosotros para una empresa tan alta y sublime. Sepamos agradecerlo y besemos la mano que nos bendice con tan inefable recompensa.
El dolor preserva. La tentación suena con demasiada frecuencia ante nuestros oídos aturdidos. Dios, nuestro Padre amoroso, está vigilando alerta, y nos envía el ángel del dolor para apartar las insidias y descubrir el engaño.
El dolor educa. En la escuela del dolor la inteligencia se hace más aguda, vigilante y reflexiva. En ella se madura la virtud de la prudencia, se adquiere la experiencia de la vida y se comprende su seriedad.
Valor social del dolor. Al igual que para los individuos, las desventuras y dolores son para las naciones medios de expiación y de purificación. Se trata de una ley general, que se cumple todavía con más exactitud aplicada a la colectividades que a los mismos individuos particulares; porque a estos últimos les espera después de esta vida la sanción correspondiente a los actos buenos o malos, mientras que los pueblos y naciones, colectivamente considerados, no existirán en el más allá. Es, pues, acá en la tierra, donde deben recibir la sanción adecuada.
Para comprender ciertas convulsiones que destrozan los pueblos y naciones, y ciertas tragedias y catástrofes que ensangrientan la tierra, no basta fijarse únicamente en los factores económicos o políticos, es preciso tener en cuenta los de orden moral y religioso.
Hay que remontarse más arriba hasta encontrar su causa en la despreocupación y el desprecio de la ley moral, única verdadera defensa de la prosperidad y bienestar de los pueblos.
Para los pueblos y naciones, lo mismo que para los individuos, los sufrimientos y dolores, además de un medio de expiación de sus culpas colectivas, constituyen también un medio excelente de defensa y de elevación. Cuando la atmósfera que respira un pueblo está envenenada, se hace necesaria una tempestad purificadora.
Ciertamente que estos remedios enérgicos suponen para el organismo social el martirio y el dolor; pero en la intención del Señor de las naciones están destinados a evitar dolores mucho más grandes e irreparables.
Finalidad religiosa del dolor
El castigo de las ofensas hechas a Dios
Un Dios que permaneciese indiferente a la violación más descarada de todas sus leyes, que permitiese pisotear todos sus derechos sin oposición alguna, no sería digno del nombre de Dios.
Una tal actitud no podría calificarse de bondad y de misericordia, sino de debilidad, negligencia e incumplimiento de las leyes indeclinables de la justicia, de la verdad y del bien. Tiene que castigar, y castiga de hecho, inexorablemente a los delincuentes.
El sufrimiento es el gran ministro y ejecutor de su justicia.
Los caminos de la justicia divina
Para castigar la rebelión y la ingratitud de los hombres, no tiene Dios necesidad de recurrir siempre a sanciones extraordinarias y a intervenciones excepcionales. En las leyes ordinarias con las cuales gobierna a las criaturas, existen los elementos suficientes para hacer sentir a los hombres el peso de su autoridad y para alcanzar el fin sapientísimo de su infinita justicia.
El hombre que se olvida de Dios, que se rebela y se aleja de Él, encuentra en su propia culpa la más grave y terrible sanción.
Dios es la luz verdadera, la verdadera riqueza, la verdadera libertad. El que se aleja de Él, perdiendo la gracia y sus auxilios, cae en la obscuridad, en la miseria, en la esclavitud de sus pasiones.
Y esto que sucede al individuo se verifica de manera más visible todavía en los pueblos y naciones. La apostasía de Dios, que es su mayor delito, trae consigo fatalmente los más horribles desastres, las más espantosas ruinas. No hemos de buscar en otra parte la explicación adecuada y el último porqué de las grandes guerras y cataclismos internacionales que han azotado de continuo a la humanidad pecadora apartada de Dios.
El dolor nos retorna a Dios
Olvidados de la realidad suprema, nos abandonamos a las ilusiones y a la pequeñez inconmensurable del mundo sensible. Es entonces cuando Dios nos visita y azota con el dolor para despertarnos de nuestro mortal adormecimiento.
El dolor nos recuerda que esta vida no es la vida
Es un hecho que, cuando el mundo nos sonríe, nos olvidamos del Cielo. Cuando el destierro es muy dulce, se le toma por la patria. Si el hombre no tuviera nunca nada que sufrir, se haría terreno y se olvidaría de sus destinos eternos. El dolor nos trae la nostalgia de la Patria y aviva en nuestras almas el deseo del infinito.
Objeciones
Una grave dificultad: la prosperidad de los malvados
Si el dolor es consecuencia de la violación de la ley divina, ¿cómo se explica el hecho tan frecuente de la espléndida prosperidad de los malvados?
La solución es muy fácil y sencilla. No hay hombre tan malo que no tenga algo de bueno, ya que la maldad absoluta no existe ni puede existir.
Y como Dios es infinitamente justo y no quiere dejar sin recompensa las buenas acciones, cualquiera que sea la persona que las realice, premia en esta vida las pocas cosas buenas que hacen los malvados y perversos —a base de esa prosperidad y triunfo puramente humano y temporal—, reservándoles para la eternidad el castigo de los crímenes horrendos que cometen.
Por eso se ha dicho que no hay peor señal de eterna reprobación que el triunfo del malvado en medio de sus desórdenes y crímenes.
Otra gran dificultad: las tribulaciones de los buenos
En realidad, esta nueva dificultad está ya resuelta con lo que acabamos de decir. Si es verdad que no hay hombre tan malo que no tenga algo de bueno, también lo es que no hay hombre tan bueno que no tenga algo de malo.
Es muy justo, pues, que Dios castigue en esta vida esas pequeñas flaquezas de sus fieles servidores y amigos, reservándoles para la eternidad el premio de sus muchas buenas obras.
Además, en virtud del dogma de la Comunión de los Santos, el dolor y sufrimiento de los buenos tiene una finalidad altísima y sublime: continuar a través de los siglos la misión redentora de Cristo, completando lo que falta a su Pasión por el bien de su cuerpo que es la Iglesia.
La muerte precoz de los buenos
¿Por qué permite Dios que la muerte venga a segar en flor una vida inocente, llena de risueñas esperanzas?
Dios es nuestro Padre amorosísimo; nada permite ni permitirá jamás que no sea para nuestro mayor bien. Cuando arranca una de estas vidas jóvenes, será por razones muy serias, por motivos absolutamente superiores a los pobres cálculos humanos.

Dios ve el futuro con mayor claridad que nosotros el presente. ¿Quién puede asegurarnos que ese joven, lleno de virtudes angelicales, hubiese perseverado así toda su vida? ¿Y si más tarde se hubiera desviado por los caminos del mal y hubiese desembocado en el abismo de la eterna desesperación?
La vida terrena es un mero pretexto para alcanzar la vida eterna, no tiene valor alguno sino en función de la eternidad.
Adoremos en silencio los planes de Dios y no abriguemos jamás en nuestro pecho la menor duda de que nos ama con ternura y nos gobierna con infinita sabiduría.
Por otra parte, sería el colmo de la insensatez y de la locura lamentar que un ser querido, terminada la vida terrena, haya entrado para siempre en el Cielo.
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