SAN JOSÉ DE CUPERTINO

MODELOS DE VIDA Y ESPERANZA EN LA GLORIA

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Por la fe hicieron los Santos maravillas, sufrieron persecuciones, practicaron virtudes excelentes, y padecieron con heróica constancia todo género de adversidades. Y bien, ¿no tenemos nosotros la misma fe? ¿no profesamos La misma religión? Pues, ¿en qué consiste que seamos tan poco parecidos a ellos? ¿en qué consiste que imitemos tan poco sus ejemplos? Siguiendo un camino enteramente opuesto al que los Santos siguieron, ¿nos podemos racionalmente lisonjear de que llegaremos al mismo término? Una de dos, o los Santos hicieron demasiado, o nosotros no hacemos lo bastante para ser lo que ellos fueron. ¿Nos atreveremos a decir que los Santos hicieron demasiado para conseguir el cielo, para merecer la gloria, y para lograr la eterna felicidad que están gozando? Muy de otra manera discurrían ellos de lo que nosotros discurrimos; en la hora de la muerte, en aquel momento decisivo en que se miran las cosas como son, y en que de todas se hace el juicio que se debe, ninguno se arrepintió de haber hecho mucho, todos quisieran haber hecho mas, y no pocos temieron no haber hecho lo bastante.

Hoy nos encomendamos a:

SAN JOSE DE CUPERTINO
HERMANO MENOR CONVENTUAL (1603-1663)

 

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Pocos santos han sido tan ridiculizados como San José de Cupertino por los racionalistas de todos los tiempos. Al igual que San Benito José Labre, le cabe el honor de haber provocado su fecunda y maliciosa ironía. Un humilde franciscano que durante cuarenta años admira a Italia entera con la fama de sus sorprendentes milagros, que casi diariamente se lanza a los aires como cándida paloma bajo el impulso del amor divino, y a mayor abundamiento en el siglo de las grandes fastuosidades del magnífico monarca francés Luis XIV, y en los mejores tiempos del jansenismo, es por sí solo un solemne mentís para los incrédulos que, en nombre de la ciencia, niegan a Dios el derecho de derogar las leyes de la naturaleza que Él mismo ha impuesto.

José María Desa, hijo de un humilde carpintero, nació en Cupertino, villa del reino de Nápoles. Como Nuestro Señor Jesucristo, y, según piadosa creencia, como el seráfico Padre San Francisco, su cuna fue un establo.

Su madre se había refugiado en aquel lugar al ver allanado su domicilio por los acreedores del desgraciado carpintero, los cuales, para resarcirse de sus créditos, se llevaron violentamente los pobres enseres de la casa.

Era su madre una de esas mujeres fuertes de las que nos habla la Sagrada Escritura. Los reveses temporales, lejos de quebrantar su fe viva y arraigada, la robustecían; como madre modelo, procuró infundir en el corazón de José solidad piedad, y en su voluntad, temple viril, empleando no sólo la suavidad y persuasión, tan propia de una mujer y más si es madre, sino también la firmeza y rigor cuando las circunstancias lo exigían. Más tarde dijo el Santo, en cierta ocasión, que la educación que recibiera de su santa madre en los primeros años valía por el mejor noviciado. Desde niño fue favorecido del cielo con singulares dones de gracia; vivía solo para Dios; y estaba su espíritu tan absorto y tan a gusto en pensamientos espirituales, que en ello exclusivamente experimentaba contento. Darse a los actos de devoción, visitar las iglesias y rezar rosarios y letanías ante la imagen de la Virgen que presidía su humilde oratorio familiar, era su mayor encanto.

No sentía gusto alguno por la escuela, en la que apenas pudo aprender a leer y escribir medianamente. Prefería aprender la espiritualidad y el magisterio divino de Jesús. Fue de constitución orgánica endeble y enfermiza.

Siendo niño, quedó su salud muy quebrantada por cierta enfermedad que le cubrió el cuerpo de úlceras, reduciéndolo a un estado tan repugnante que su sola vista ofendía. Nuestra Señora de las Gracias se compadeció de su dilecto hijo y le curó milagrosamente. Después de este singular favor, ya no pensó sino en consagrarse por entero a Dios en el retiro del claustro; tardó, sin embargo, algún tiempo en realizar su deseo, pues juzgando sus padres algo precipitada tal resolución, acaso para afianzarlo más en su loable propósito, quisieron que probara las amarguras de esta vida, y lo colocaron como aprendiz de zapatero, oficio en el cual fracasó rotundamente.

No había nacido José ni para ese, ni para otros menesteres temporales; su pensamiento no salía de la iglesia; ingeniábase para hallar nuevos modos de mortificarse; su alimentación consistía en frutas, pan y yerbas sazonadas con ajenjo; olvidábase durante días enteros de comer y, al advertírselo, respondía con beatífica sonrisa «que no se había acordado».

A los 17 años solicitó el ingreso en los Hermanos Menores Conventuales, donde tenía dos tíos religiosos. A pesar de tan valiosa recomendación, no pudo el pobre José franquear las puertas del convento, pues juzgaron que su ignorancia y cortedad de juicio eran insuperables obstáculos para emprender la carrera sacerdotal. Llamó entonces a otra puerta, donde, de momento, vio cumplido su deseo. Los Padres Capuchinos del convento de Martina lo recibieron en calidad de Hermano lego. Al cabo de nueve meses decidieron los superiores despedirlo, pues veían que no servía en absoluto para los menesteres manuales de la comunidad. Hubiérase dicho que sus manos tenían la virtud de romper cuanto tocaban; al atizar el fuego volcaba las cacerolas; llegaba a confundir el pan blanco con el moreno, y, en suma, era tal su ineptitud que resolvieron devolverlo al siglo.
I.o más doloroso para José fue que la fama de inhábil, perezoso y necio se divulgó tanto, que le cerraba todas las puertas. Tuvo, pues, que volver a Cupertino y por cierto en malas circunstancias, pues al llegar a su pueblo estuvo a punto de ir directamente a la cárcel, por causa de los nuevos acreedores del ya fallecido carpintero, los cuales, exasperados al ver su dinero perdido, pretendían hacer detener a la esposa y sus hijos.

ACUDE NUEVAMENTE A LOS CONVENTUALES

Tras reiteradas diligencias y súplicas, consiguió su madre que fuera recibido en el convento de Santa María de Grottella como Oblato terciario. Los superiores, de mayor penetración de espíritu que los de antaño, no tardaron en apreciar en el nuevo sujeto hermosas dotes de alma; profunda humildad, perfecta obediencia y espíritu de mortificación, por lo cual juzgaron que en el nuevo discípulo habían adquirido un tesoro; y, a pesar de su deficientísima instrucción y de las escasas disposiciones que tenía para el estudio, admitiéronle en el noviciado de clérigos. José, en el colmo de sus deseos, dióse con gran empeño al estudio y logró aprender a leer y escribir con bastante corrección la lengua vernácula; en cuanto a la latina, debió limitarse a preparar las traducciones más sencillas y consiguió sólo dominar la del Evangelio de sus preferencias; aquel en que figuran estas hermosas palabras: «Bienaventurado el seno que te llevó…»
Para alcanzar el diaconado, exigíase previo examen. El obispo de Nardo dirigió el interrogatorio. Tocóle a José por suerte, o, mejor dicho, por milagro, aquel único Evangelio que sabía bien. El 4 de marzo de 1628 fue ordenado sacerdote sin nuevo examen, circunstancias que hacen ver con claridad la intervención divina, ya que es sabido cuán profundos y largos estudios impone la nobilísima carrera del sacerdocio.

AMOR A LA POBREZA. POPULARIDAD DEL SANTO

Desde esta fecha intensificó más aún el fervor y la mortificación; durante cinco años no comió pan, y durante quince se abstuvo de vino; su alimentación consistía en hierbas y legumbres ordinarias, condimentadas con líquidos amargos, y en algunas frutas secas. Los viernes se satisfacía con una hierba de gusto tan extremadamente ingrato que, habiéndola gustado otro religioso con la punta de la lengua, tuvo náuseas durante todo el día. A imitación de su seráfico Padre, ayunaba durante siete cuaresmas cada año; desde el jueves hasta el domingo no tomaba alimento corporal y sólo se sostenía con la Sagrada Comunión. Disciplinábase todas las noches hasta perder la respiración y ceñía su cuerpo con un cilicio de hierro.

Es de admirar cómo el demonio, tan experto estratega, pretendiera abrir brecha en la fortaleza de su alma, precisamente donde estaba tan bien defendida.

Ridicula tentación parece querer introducirse en un corazón desprendido de bienes terrenales, para sembrar la cizaña de la avaricia; concíbese que pueda ser para un rico fácil ocasión de caída; pero, ¿cómo serlo para quien voluntariamente no posee más que un burdo y mísero sayal? —No sospechaba —decía años más tarde— que la trama de las redes del diablo fueran tan sutiles. Ahora comprendo perfectamente que el mérito de la pobreza no está precisamente en no poseer nada, sino en no tener afecto a las cosas de la tierra.

Si desde su juventud eran frecuentes los éxtasis, efecto de su unión íntima con Dios, una vez sacerdote, multiplicáronse por modo extraordinario, y bastábale, a veces, oír el nombre de Jesús para quedar arrebatado en éxtasis.

Aunque José no predicaba ni oía confesiones y huía de toda ostentación, la fama de su santidad se extendió rápidamente entre las gentes. Bastaba su presencia para conmover pueblos y ciudades. En todas partes veíase asediado por enfermos y necesitados, tanto del alma como del cuerpo; cortaban partecitas de su vestido; hurtábanle el cordón, desgranaban su rosario para guardar las cuentas como reliquias o para remedio de sus dolencias. El Santo parecía no notar esas perdonables sustracciones.

Para edificación y ejemplo de los religiosos, prescribiéronle los superiores una peregrinación por los conventos del reino de Nápoles, debiendo quedarse en cada uno cuatro días. De este viaje puede decirse lo que se dijo de las correrías apostólicas del Señor: «Un hombre de treinta y tres años se lleva tras sí pueblos enteros y maravilla a todos con portentosos milagros».

ANTE EL TRIBUNAL DE LA INQUISICIÓN

Cierto personaje eclesiástico creyó que el entusiasmo desbordante de la plebe por el Santo era efecto de la ignorancia y de la incapacidad para distinguir lo verdadero de lo falso. Con este criterio y para atajar el mal antes de que empeorara, delató al Santo al tribunal de la Inquisición.

Con gran pesar, tuvo que volver fray José a Nápoles. Había sido informado por vía sobrenatural de la «enorme cruz» que allí le esperaba. Es expresión suya. Sin embargo, a pesar de tres rigurosos interrogatorios, el tribunal le proclamó irreprobable en la doctrina y en las costumbres. Toda la ciudad de Napóles se había conmovido ante los hechos milagroso de José de Cupertino. La Inquisición ordenó al Santo que celebrara la misa en la iglesia de San Gregorio el Armenio. Acudió, en efecto, pero apenas se hubo arrodillado, en presencia de los admirados fieles, lanzó un gran grito y elevóse por los aires yendo a ponerse por encima del altar sin que las velas encendidas prendiesen en sus vestidos. Nuevamente lanzó otro grito y voló alrededor del altar cantando: «¡Oh bienaventurada Virgen! ¡Oh bienaventurada Virgen!», y volvió a tomar el puesto que ocupaba primero.

Quiso el virrey de Nápoles verle, pero el humilde religioso, temiendo comparecer ante la corte, salió secretamente para Roma junto con su compañero, fray Ludovico. Al acercarse a la ciudad, sintió su corazón inundarse de alegría y su mente de sublimes pensamientos. Creyóse indigno de pisar el suelo regado con la sangre de tantos confesores de la fe y, acordándose de su seráfico Padre, entró en estado de suma pobreza en aquellos sagrados recintos y exigió a su compañero que arrojase fuera de sí la única moneda que le quedaba del viaje: «Hermano —le dijo—, ya que hacemos profesión de estricta pobreza, hemos de presentamos en la ciudad de la fe en calidad de mendigos».

Más tarde, al verse ante el Sumo Pontífice, conmovióle la augusta majestad del Vicario de Cristo en la tierra y fue arrobado en éxtasis, quedando suspendido en el aire durante la audiencia. Luego recibió orden de trasladarse a la residencia del convento, de estricta observancia, de Asís. Mucho agradó al Santo ir a los santos lugares franciscanos. Sin embargo, allí le esperaba la prueba más dura de toda su vida. Sin saber cómo, vióse envuelto de repente en la mayor desolación. Los superiores procedían con él injusta, dura y desconfiadamente; tratábanle de farsante e hipócrita; las tentaciones le acometían con inaudita violencia; sintió vergüenza de ser objeto de curiosidad por la fama de sus milagros y hasta el cielo se sumó a tan general desamparo; todo era negrura, abandono y frialdad espantosa. Dos años probó Dios a su siervo de este modo. Al fin, viendo los superiores que la salud del Santo se resentía grandemente, decidieron trasladarlo a Roma por algún tiempo en 1644.

Al cabo de algunos meses regresó a Asís. ¡Qué cambio tan maravilloso se había operado en todos, durante esa breve ausencia! Superiores, religiosos, autoridades civiles y el pueblo en masa se hallaban en la iglesia o en los alrededores a su llegada. Al entrar el Santo y contemplar la imagen de la Virgen, parecida a la de Grottella, a la que profesaba tierna devoción desde su juventud, en un arranque impetuoso de amor se lanzó a los aires para besar a la imagen que se hallaba a dieciocho pies de altura, y saludóla con estas palabras: «¡Oh Madre mía, sois Vos quien me ha traído aquí!»  La muchedumbre prorrumpió en gritos de admiración, diciendo: «Ha llegado el Santo».

El municipio, por unanimidad, le otorgó el título de hijo adoptivo de Asís, honor que apreció José en gran manera, por ofrecerle el singular favor de ser conciudadano de su glorioso Padre San Francisco.

En los nueve años que vivió en esta santa casa, los dones sobrenaturales con que el cielo le enriqueció se manifestaron espléndidamente.

CIENCIA MARAVILLOSA DE UN IGNORANTE

EL humilde religioso era ignorante en las ciencias humanas, pero muy sabio en las de Dios. Con la mayor claridad explanaba las verdades más abstrusas de la religión, cuyo conocimiento sublime debía el Santo a la inmediata comunicación que tenía con Dios en la oración. Príncipes, cardenales y prelados solicitaban su opinión y le exponían sus dudas.

Juan Casimiro, príncipe de Polonia, pidióle consejo sobre el propósito que albergaba de abrazar el estado eclesiástico. «No lo haga —le dijo el Santo— , porque se verá obligado a abandonarlo. No tardará mucho Dios en darle a conocer su voluntad». Así sucedió efectivamente, pues aunque fue elevado diho príncipe, por Inocencio X, a la dignidad cardenalicia, al poco tiempo debió otorgarle el mismo Pontífice la dispensa para poder ocupar el trono de Polonia, que se hallaba vacante por la muerte de su hermano.

El duque de Brunswich, príncipe luterano, de veinticinco años de edad, giraba visita, en el año 1649, a las Cortes de Europa. Había oído hablar del taumaturgo de Asís y le acució el deseo de presenciar algún milagro. El Padre Guardián, para satisfacer su curiosidad, le invitó a asistir a la misa del Santo desde el umbral de la puerta. Nada de particular aconteció hasta el momento de partir la Sagrada Forma; trató de hacerlo y encontró gran resistencia; no pudo lograr su propósito y, sumamente afligido, con los ojos bañados en lágrimas, se levantó del suelo y en esta posición retrocedió del altar algunos pasos. Dirigió al Señor ferviente súplica y volvió de nuevo al altar, pudiendo entonces realizar el fraccionamiento con la facilidad acostumbrada. Quiso saber el príncipe la causa de este extraño suceso. «Me habéis traído —dijo el Santo al Padre Guardián— gente que tiene el corazón muy duro y que se obstina en no creer lo que la Santa Madre Iglesia enseña. Ésta es la causa de que el Cordero sin mancha se haya endurecido en mis manos,de forma que no podía dividirlo».

Estas palabras conmovieron el corazón del príncipe luterano y en visitas particulares solicitó del siervo de Dios consejos espirituales para su alma Aun tuvo ocasión de presenciar un nuevo milagro. Asistiendo a la misa del Santo otro día, apareció durante la elevación en la Sagrada Hostia una cruz negra. Lanzó un grito el celebrante, se transportó y quedó suspenso en el aire durante medio cuarto de hora. Este espectáculo aterró al protestante, que no pudo contener los sollozos. El Santo seguía suplicando: «Señor —decía mirando a la cruz— , esta obra es vuestra, no quiero sino vuestra gloria;
tocad y ablandad, Señor, a ese corazón; haced que sea acepto a vuestra Divina Majestad». Su oración fue oída, pues el príncipe luterano se hizo católico.

DE CONVENTO EN CONVENTO

Las curaciones, profecías, éxtasis y elevaciones se sucedían con tanta frecuencia, que el Sumo Pontífice Inocencio X decidió tomar cartas en el asunto, temiendo no fueran supercherías que, a la postre, se resolvieran en desprestigio de la verdad y de la Religión. La Iglesia, en todos los tiempos, ha extremado la cautela y rigor en semejantes casos. En el presente ordenó al inquisidor de Perusa, que el Padre José fuera al convento de Capuchinos de Pietra Rubia. Al separarlo de su familia religiosa y recluirlo en lugar retirado, pretendíase crearle un ambiente desfavorable. No por eso dejaron de producirse las acostumbradas maravillas. En esta nueva residencia realizó portentosos milagros ante el inquisidor, ante los soldados de guardia y ante el pueblo entero. La aglomeración de forasteros con motivo de los prodigios fue tanta, que hubo de construir albergues especiales, y en el loco frenesí de admiración llegaron a pretender levantar el techo de la iglesia para poder contemplar al Santo durante la celebración de la misa.

Al cabo de unos meses se le trasladó a otra residencia que se creyó estaría más al abrigo de la popularidad. Era ésta el convento de Fossombrone. Aunque el traslado se hizo de improviso y en el mayor secreto, pronto halló el retiro la multitud. Debiendo celebrarse un Capítulo General en aquella casa, se dispuso que José fuera al convento de Montevecchio. En este nuevo asilo tuvo uno de los éxtasis más notables entre los numerosos de su vida. Era el domingo segundo de Pascua; al pasar por el huerto vio el Santo un corderito, que le recordó el buen Pastor de que habla el Evangelio de ese día, y con ese pensamiento sintióse arrobado; cogió amorosamente el corderillo y exclamó: «Ved la ovejita», y presuroso y contento la lleva al Padre Guardián, diciéndole: «Ved al buen Pastor que lleva en sus hombros la oveja descarriada». A estas palabras se le encendió el rostro de púrpura y emprendió el vuelo por encima de los árboles, permaneciendo con el cordero al hombro y de rodillas por espacio de más de dos horas.

En esta misma localidad y en ocasión de celebrar el Santo Sacrificio en el día de Pentecostés, al leer el Himno del día Veni Sáncte Spíritus, sintió un torrente de amor que le inundaba el corazón, y no pudiendo contenerse lanzó un grito y emprendió el vuelo alrededor de la iglesia.

ÚLTIMOS VIAJES. SU MUERTE

La hora de la partida se acercaba. El papa Inocencio X, mantuvo con firmeza la resolución tomada a propósito del Padre José; pero su sucesor le permitió que residiera en un convento de la Orden, por lo que los superiores le enviaron a Ósimo, donde debía terminar sus días. El minino de Montevecchio a Ósimo pasa muy cerca de la Santa Casa de Loreto.

Al divisar la cúpula de la iglesia, su compañero de viaje se la señaló con el dedo. Bastó esta sencilla indicación para que se sintiera arrebatado y en un prolongado éxtasis viera cómo bajaban y subían del cielo a la casa de Loreto multitud de ángeles. El 10 de julio entró en la casa de Ósimo.

Residió en ella seis años en la reclusión más absoluta. Por sus continuos éxtasis, puede decirse que llevó vida extática más bien que natural. Las fuerzas de José se agotaban poco a poco y agregóse a esto, desde el primero de octubre del año 1663, una persistente fiebre. Conoció, por revelación, el día de su tránsito, y preparóse a él con extraordinario fervor. Celebró misa por última vez el día de la Ascensión. La fiebre aumentó desde esta fecha y fue minando las pocas energías de su organismo. El 17 de septiembre recibió el Viático. Llevaba varios días sin poderse mover, pero al oír la campana que anunciaba la visita del Señor, dejó la cama y sin tocar el suelo se fue a la puerta de la celda para recibirlo. En seguida entró en agonía y al día siguiente entregó su alma a Dios.

Su cuerpo se guarda en la iglesia de Ósimo, donde hasta hoy se le venera. San José de Cupertino fue beatificado por el papa Clemente XIII, el día 16 de julio de 1767, y Clemente XIV extendió su fiesta a la Iglesia Universal el 8 de agosto de 1769.

EL SANTO DE CADA DíA
POR EDELVIVES

 

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