Padre Juan Carlos Ceriani: SERMÓN DEL DECIMOQUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

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DECIMOQUINTO DOMINGO DE PENTECOSTÉS

Y aconteció después, que iba a una ciudad, llamada Naím: y sus discípulos iban con Él, y una grande muchedumbre de pueblo. Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y venía con ella mucha gente de la ciudad. Luego que la vio el Señor, movido de misericordia por ella, le dijo: No llores. Y se acercó, y tocó el féretro; y los que lo llevaban, se pararon. Y dijo: Mancebo, a ti te digo, levántate. Y se sentó el que había estado muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre, y tuvieron todos grande miedo, y glorificaban a Dios, diciendo: Un gran profeta se ha levantado entre nosotros: y Dios ha visitado a su pueblo. Y la fama de este milagro corrió por toda la Judea, y por toda la comarca.

El Evangelio nos presenta un cuadro muy triste. Una pobre madre sigue el féretro que lleva el cadáver de su hijo único.

Jesús se conmueve profundamente y le dice: No llores.

Después, con el imperio del que manda a la vida y a la muerte, dice al joven: Yo te lo digo, levántate.

Al punto, el mancebo resucita.

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La resurrección de un muerto es el más divino de los milagros, y sello irrecusable de la intervención omnipotente de Dios.

Sin embargo, en la resurrección del joven hijo de la viuda de Naím, la ostentación de la divina potencia de Jesús queda como eclipsada por la manifestación de la inefable ternura de su piadosísimo Corazón.

Consideremos en este milagro, que hoy nos recuerda la Iglesia, una y otra manifestación, para que con la primera (la ostentación de la divina potencia de Jesús) se consolide nuestra fe, mientras que con la segunda (la manifestación de la inefable ternura de su Corazón) se inflame nuestro amor al divino Salvador; y con una y otra se arraigue y dilate nuestra confianza en la bondad inagotable de su divino Corazón.

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Representémonos con la mayor viveza posible el lugar de la escena.

La aldea de Naím justifica plenamente su nombre de Bella.

Estamos a los comienzos del segundo año de la vida pública del Salvador, el período más brillante de su apostolado.

El encanto de su palabra, la fama de sus prodigios, la bondad de su Corazón, atraían en torno suyo innumerable muchedumbre de gente, que le seguía a todas partes.

Acompañado de sus discípulos y seguido de numerosa turba, venía entonces Jesús de Cafarnaúm, donde acababa de sanar al siervo del Centurión.

El Señor obra prodigio sobre prodigio. Y mientras que antes había ido llamado, ahora viene sin que lo llamen.

Los enemigos de Jesús podrían decir que siervo del centurión estaba grave pero que no había de morir. Pero refutar ese lenguaje temerario, Jesucristo salió al encuentro de aquel joven que ya era difunto, hijo único de una viuda.

Subida la escarpada rampa que por la parte del este lleva a Naím, llegó a las puertas de la aldea.

Allí se encontró Jesús con otra comitiva muy diferente de la que Él guiaba: era el cortejo fúnebre que acompañaba a una madre desolada, a una pobre viuda que llevaba a enterrar a su hijo único, muerto en la flor de su juventud.

Se encuentran, frente a frente, la muerte y la vida…

¡Cómo no recordar la Secuencia de Pascua!: La muerte y la vida lucharon en tremendo duelo: muerto el Rey de la vida, reina vivo.

¿Qué sentirían las dos muchedumbres al encontrarse enfrentadas junto a la puerta de Naím? No lo dice el Evangelista, porque es fácil adivinarlo.

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El Evangelista atrae la atención sobre otro sentimiento: el del Corazón de Jesús; sin el cual la muerte hubiera seguido su marcha vencedora…, y por el cual todo va a cambiar de aspecto.

La vista del joven difunto conmovió, a no dudarlo, el Corazón del Salvador; mas no es ésta precisamente la compasión que nos revela el Evangelista…

Más que el cadáver del hijo, conmueve a Jesús la desolación de la madre…; de la misma manera que, dentro de dos años, más que su propio suplicio le afligirán las angustias de su propia Madre al pie de la Cruz.

Al verla, dice San Lucas, se le conmovieron las entrañas de compasión.

Hasta aquí nada se manifestó exteriormente que detuviese o modificase la marcha de la fúnebre comitiva.

Mas he aquí que Jesús se adelanta, se llega a la desolada madre y le dice tiernamente: No llores

¡Estériles consuelos!, pensarían algunos. ¿No llorar una pobre viuda al llevar a enterrar a su hijo único?

Pero las palabras de Jesús no son cumplimientos vanos…, sino que quieren decir: No llores ya como muerto a tu hijo, porque dentro de muy poco lo verás resucitar.

En efecto, después de consolar a la madre y de abrir su corazón a la esperanza, se dirige al hijo.

Pone Jesús su mano en el féretro, y se detienen los que lo llevaban. Queda Jesús frente al joven como en actitud de quien le va a hablar.

Al ver esto, la emoción de aquellas muchedumbres sería extraordinaria; quizás cruzó por algunas cabezas el pensamiento de una posible resurrección.

Pero, ¿quién es capaz de devolver la vida a un cadáver?

Enseña San Cirilo: No hizo este milagro con sólo la palabra, sino que también tocó el féretro, para que comprendamos la eficacia del Sagrado Cuerpo de Jesús para la salud de los hombres. Es, en efecto, el cuerpo de vida y la carne del Verbo omnipotente, de quien viene la virtud. Pues así como el hierro unido al fuego, produce los efectos del fuego, así la carne, una vez unida al Verbo que da vida a todas las cosas, se hace también vivificadora y expulsiva de la muerte.

En medio del silencio y de la ansiedad universal resonó la voz de Jesús, vibrante, majestuosa, imperativa: Muchacho, yo te lo ordeno, levántate.

El Señor es quien llama a lo que no existe como a lo que existe; puede hablar a los vivos como a los muertos.

Inmediatamente se levanta aquel a quien se dirige esa orden. Al poder de Dios nada resiste; no hay ninguna tardanza.

Las miradas de todos convergieron en el cadáver, que yacía sobre el féretro. Y vieron atónitos cómo aquellos miembros fríos e inertes se animaban y recobraban el perdido movimiento, y cómo el joven se incorporaba.

Dice el Evangelista que el Señor se movió primero a misericordia cuando vio a la madre y que después resucitó al hijo para darnos, por un lado, un modelo de misericordia y, por el otro, un motivo de creer en su poder maravilloso.

La emoción anudó la voz de los circunstantes, y dio lugar a que todos oyesen las primeras palabras del joven vuelto a la vida. Y comenzó a hablar, dice San Lucas.

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¿Qué diría? No es difícil suponerlo.

Al abrir los ojos a la nueva vida, vio delante de sí a su madre, pálido el rostro por la emoción, arrasados aún en lágrimas los ojos; a su madre, que había visto por última vez junto al lecho de su dolor; se vio a sí mismo depositado sobre un féretro mortuorio; cerca de allí las plañideras y los flautistas funerales, mudos de espanto, y una gran muchedumbre que formaba el fúnebre cortejo; no lejos de allí la sepultura…

Él había muerto…, pero ahora vivía…

Todavía resonaban en sus oídos aquellas palabras llenas de poder y majestad, que lo habían arrancado a la muerte: ¡Levántate!

Su mirada buscaba algo que explicase todo este misterio; y halló delante de sí al amable Profeta, sonriente, a Jesús de Nazaret, cuyas maravillas llenaban con su fama toda la Judea y Galilea.

Para el Profeta y para la madre, para los dos autores de su vida, fueron, sin duda, sus primeras palabras: palabras de agradecimiento y de cordialísimo saludo.

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San Lucas añade aquí uno de estos rasgos delicadísimos, que tanto abundan en su Evangelio: Y Jesús se lo entregó a su madre

¿Qué significa esto? El joven debía su nueva vida a Jesús; era, por lo tanto, propiedad suya.

Pero Jesús, que había obrado el milagro a impulsos de su Corazón para consolar a la desolada madre, no podía menos que devolver al cariño materno aquella prenda de su amor.

Mas no queda con esto agotada toda la significación de esta expresión del Evangelista. Deja suponer que, colocado el Salvador entre el joven y la madre, a Él se dirigieron principalmente las primeras palabras del hijo resucitado. El Señor, entonces, haciéndole abandonar el féretro, lo entregó a su madre, para tener Él la alegría de contemplar sus expresiones de afecto y sus estrechísimos abrazos.

Concluye San Lucas diciendo que se apoderó de todos cuantos presenciaron el milagro aquel temor reverencial que siempre sobrecoge al espíritu humano ante las manifestaciones del poder divino…

Temor que pronto se trocó en alabanzas de Dios, por haber visitado a su pueblo Israel, enviando un gran profeta, a Jesús de Nazaret, que a sus ojos había obrado aquel prodigio jamás visto en Israel.

Este gran milagro se obró en un pueblo insensible e ingrato; porque poco tiempo después no creía que fuese profeta, ni que sirviera para utilidad del pueblo. Sin embargo, este milagro no se ocultó a ningún habitante de la Judea. Por lo que sigue: Y la fama de este milagro corrió por toda la Judea.

También nosotros glorifiquemos a Dios, porque nos ha visitado enviándonos un gran Profeta, a su mismo Hijo, Jesucristo, para que nos libertase de la muerte, así temporal como eterna.

Démosle gracias singularmente porque a este Profeta suyo y Salvador nuestro le ha dado un Corazón tan bondadoso y compasivo, que no puede ver nuestras miserias sin librarnos de ellas.

Demos gracias a Jesús, que se sujetó a la muerte para darnos a nosotros la vida.

Como dice el Prefacio de Pascua: Muriendo destruyó nuestra muerte; resucitando restauró nuestra vida.

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Los Padres de la Iglesia ven en ese joven la imagen del pecador; el cual, resucitado, es símbolo del pecador convertido.

San Beda, el venerable, enseña que el difunto que se levantó a la vista de muchos fuera de las puertas de la ciudad, representa al hombre adormecido en el féretro de mortales culpas, y la muerte del alma. El cual se llama hijo único de su madre, porque la Iglesia, compuesta de muchas personas, es sin embargo única madre. Que la Iglesia es viuda, lo reconoce toda alma que ha sido rescatada con la muerte del Señor.

En efecto, el hijo de la viuda de Naím, llevado a la sepultura, es imagen del pecador privado de la vida de la gracia por el pecado mortal.

Lo que es el cuerpo sin alma, eso es el alma sin la gracia, un cadáver en el orden espiritual sobrenatural.

El cadáver tiene todos sus miembros, pero sin ejercicio, sin vida, sin actividad.

El alma muerta por el pecado, no ve el abismo al cual puede caer en un instante, no oye las voces de Dios, de la Iglesia, de su propia conciencia, no habla con Dios en la oración, no piensa en su estado miserable, es insensible a todos los llamamientos de la gracia.

La viuda que sigue llorando el cuerpo inanimado de su hijo, es figura de la Iglesia que llora amargamente la muerte espiritual de muchos de sus hijos.

Ese joven era hijo único. El pecador puede ser llamado hijo único de su Madre la Iglesia, por cuanto ésta llora sobre cada uno de ellos lo mismo que una madre llora desconsolada la muerte de su hijo único.

Los portadores del difunto figuran las pasiones que dan la muerte al pecador y, en cierto modo, le llevan al sepulcro. Todas las pasiones son homicidas.

Los que le llevan al sepulcro son los deseos inmundos o las adulaciones de sus amigos, los cuales se detienen en cuanto Jesús toca el féretro.

Su conciencia, tocada por el temor del juicio divino, vuelve sobre sí, refrenando sus pasiones, rechazando las alabanzas, y respondiendo al Salvador cuando le llama.

Antes de resucitar al joven Jesús se acerca al ataúd, le toca con sus manos, se detiene el féretro y le dice: Joven, yo te lo mando, levántate. Una cosa parecida hace con el pecador: se acerca a él de mil maneras…, por los remordimientos de su conciencia, por los buenos ejemplos, por las pruebas y desengaños que le envía, etc.

Y después de acercarse, Jesús le toca su corazón y su conciencia; le excita a penitencia. Y cuando el pecador se detiene a considerar la inmensidad de su desgracia y se mueve a contrición y se arrepiente, Jesús le hace oír una voz misteriosa parecida a la que resucitó al joven del Evangelio: ¡Levántate!

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El joven resucitado figura al pecador convertido.

Estaba muerto y goza ahora de la plenitud de la vida. El pecador también estaba muerto y resucitó.

Apenas resucitado el joven se levanta, habla y muestra su gratitud al Salvador. Al levantarse el pecador del estado de muerte, sus primeras palabras deben ser de gratitud por el inmenso beneficio de su conversión; más aún, su vida entera debe ser un lenguaje elocuente con que manifieste la realidad de su resurrección espiritual.

Al joven resucitado, Jesús lo entregó a su madre. El pecador, arrancado de las garras de la muerte, es devuelto al seno amoroso de su Madre la Iglesia.

La resurrección del joven arrancó gritos de alegría y entusiasmo a la muchedumbre que la presenció. No menor es la alegría y el gozo de la Iglesia por la resurrección espiritual de sus hijos.

Ya lo dijo Nuestro Señor: Hay más más alegría en el Cielo por un solo pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de conversión