HISTORIA DE LAS HEREJÍAS EN LA IGLESIA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

Novena entrega

 

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La herejía y el cisma 

I. CONTRA EL CULTO DE LOS ICONOS EN ORIENTE

Cuando, después del Concilio VI ecuménico de Constantinopla (680-681), que anatematizó los errores del monotelismo, parecían ya agotadas en el inquieto mundo greco-oriental todas las herejías de carácter dogmático, surge de pronto una nueva menos complicada en disquisiciones teológicas, más popular y práctica, como tocante a la liturgia, a los usos y tradiciones. Lo grave de esta herejía consistió en que fue patrocinada y acaudillada por la omnipotencia del emperador bizantino, que se creía a un mismo tiempo césar y papa en sus dominios; y lo dramático de la misma se originó del choque con la potencia, —siempre respetable en Oriente—de los monjes, apoyados entonces no solamente por Roma, sino también por la devoción popular.

1. Culto de las imágenes en la antigüedad. Empecemos por decir que la pintura de las imágenes y representación de Jesucristo, de la Virgen y de los Santos data en el cristianismo de muy antiguo, corno se demuestra con sólo entrar en las Catacumbas. Antiguo es también, aunque no tan primitivo, el culto a esas imágenes, que, sin duda, se generalizó después de la paz constantiniana. En el siglo IV cundieron por el Oriente los iconos sagrados, originarios de Egipto, a imitación de los bustos y retratos funerarios que los antiguos ponían en sus sepulcros. Las mismas Catacumbas romanas, con los grafitos y las figuras aureoladas, indican que se tributaba culto y veneración a las imágenes de Cristo y de los Santos. Las espléndidas basílicas de aquella edad estaban adornadas de mosaicos con imágenes, a las que se tributa veneración.

Nunca prohibió la Iglesia oficialmente la pintura ni el culto de las imágenes, porque si hay testimonios contrarios, son de particulares; y aun éstos, generalmente, más bien condenan esa práctica por temor y peligro de idolatría que porque la juzguen en sí reprobable. En la práctica el pueblo cristiano seguía aficionado al culto de las imágenes y la Iglesia no lo miraba mal. Al obispo Sereno de Marsella, primer iconoclasta que conocemos, reprendió severamente San Gregorio Magno por haber destruido algunas imágenes, diciéndole que es lícito su culto, con tal que se evite la idolatría, y recomendando su uso porque ellas son como una biblia para los que no saben leer; pensamiento que ya había expuesto mucho antes San Gregorio de Nisa. Lo que cuidadosamente evitaba la Iglesia era que se introdujese cualquier error dogmático. Por eso distinguió entre el culto supremo que se tributa a Dios (cultus latriæ) y el culto inferior que se tributa a los Santos, siervos de Dios (cultus duliæ). Tanto el que se dirige a Dios como el que se dirige a los Santos suele llamarse absoluto, a diferencia del que se dirige a las imágenes, que se dice relativo.

El culto a las imágenes había echado hondas raíces en el pueblo, particularmente en Oriente, donde se les tributaba una veneración rayana en la superstición, como sucedía en Occidente con las reliquias. Los iconos presidían los juegos del hipódromo y marchaban al frente de las tropas en la guerra; con una imagen de Cristo en la mano arengaba Heraclio a sus soldados en lucha contra los persas. «Doquiera, en iglesias y capillas, en casas particulares, en salas y alcobas, delante de las tiendas, en los mercados, sobre los libros y los vestidos, sobre los utensilios domésticos y las joyas, sobre las sortijas, sobre las copas y los vasos, en los muros, a la entrada de los talleres, en una palabra, donde hubiera posibilidad, se colocaba la imagen del Salvador, de la Madre de Dios o de algún Santo. Eran de todas formas y tamaños; todavía pueden verse en los sellos de muchos particulares y funcionarios; las llevaban colgando como amuletos y las transportaban consigo en los viajes; para el cristiano de Bizancio las imágenes eran prenda segura de bendiciones y de salud, una garantía de la protección y auxilio de lo alto; sin las imágenes no podía vivir».

2. León III el Isáurico. Principio de la persecución iconoclasta. El Imperio de Bizancio, en los comienzos del siglo VIII, atravesaba una terrible crisis: dentro, anarquía y sediciones; fuera, la marea creciente de la Media Luna, que, dominando el Asia Menor, amenazaba dar el salto a Europa. En el año 717 sube al trono León III, llamado el Isáurico porque se le creyó natural de Isauria, aunque había nacido en Siria, de humilde origen. Entró en el ejército y se distinguió tanto por su valor y talento, que de triunfo en triunfo llegó a hacerse proclamar emperador de Constantinopla. Inmediatamente tuvo que atender a la defensa de su capital, a la que los árabes habían puesto un formidable asedio, bloqueándola con una flota de 1.500 barcos. El fracaso de los árabes fue completo. Destruida su flota por el famoso fuego griego y por la tempestad, se retiraron con enormes pérdidas y sin esperanza de volver. León Isáurico había salvado la civilización europea, poniendo un dique al avance musulmán, como catorce años después lo pondría Carlos Martel en la extremidad occidental del Imperio islámico (Poitiers, 732). Nuevas victorias de León III en el Asia Menor aseguraron su trono.

¡Lástima que sus egregias cualidades de guerrero, de codificador de leyes y de gobernante sagaz las desperdiciara enredándose en cuestiones teológicas y eclesiásticas que turbaron por muchos años el Imperio, acarreándole trastornos y males espirituales y aun políticos de trascendencia incalculable! ¿Cómo se le metió en la cabeza la idea obsesionante de desarraigar el culto de las imágenes? No se ha dado todavía una explicación satisfactoria. No nos satisfacen las razones de Baronio y otros que atribuyen la iconoclastia de León III al influjo de los judíos, enemigos de las imágenes. Ni parece probable que quisiera captarse la benevolencia de los califas, que por el mismo tiempo habían mandado destruir todos los iconos de las iglesias y casas cristianas; probable es que el edicto de Yezid II (723) influyó en algunos obispos iconoclastas del Asia Menor. Otros historiadores modernos piensan que estas medidas de orden religioso no fueron sino un párrafo más del programa reformista que se había trazado aquel emperador; una continuación de sus medidas reorganizadoras en lo militar y en lo civil. Quizá se persuadió, viendo el abuso supersticioso de las imágenes, que el pueblo iba con ello retrocediendo hacia el paganismo y la idolatría, y que el culto de los iconos era un impedimento para la conversión de judíos, mahometanos y sobre todo de paulicianos y maniqueos, sectas bastante extendidas en el Asia Menor y dentro del ejército. Ni faltaron católicos que combatían la pintura de imágenes por motivos dogmáticos, negando, por ejemplo, que la figura de Cristo pudiese ser pintada adecuadamente, pues, si el artista intentaba representar sólo lo humano, ponía división en Cristo, favoreciendo la herejía de Nestorio, y si pretendía representar a un tiempo lo humano y lo divino, confundía las dos naturalezas, cayendo en el error monofisita de Eutiques. Insistían, por supuesto, en la de adorar a Dios «in spiritu et veritate«, y por lo que respecta al culto de los Santos, afirmaban que era deshonrar a los Santos venerar su cuerpo material cuando ya el alma estaba en la gloria. De este parecer eran varios obispos de Asia Menor, entre ellos Constantino de Nacolia. En vano San Germán, patriarca de Constantinopla, se esforzó por atraerlos a la verdadera doctrina.

Suele señalarse el año 726 como el principio de la campaña iconoclasta de parte del emperador. No se demuestra que publicara entonces un edicto mandando destruir las imágenes de Cristo, de la Virgen y de los Santos, como ídolos a los que se tributaban honores propios y exclusivos de la divinidad. A fin de no chocar violentamente con el pueblo, fanáticamente apegado a los iconos, empezó empleando medios de persuasión y propaganda contra los llamados iconodulos o adoradores de las imágenes, hasta que la inutilidad de sus esfuerzos le hizo ver que nada podría conseguir a buenas, por lo arraigada que estaba en el pueblo aquella práctica.

A principios del 727, según la cronografía de Teófanes, tuvo lugar la primera medida de violencia. En el barrio de Calcoprateya, sobre la puerta de bronce de un palacio imperial, se alzaba la veneradísima imagen de Cristo llamada Antiphonetes, puesta allí, según se decía, por Constantino el Grande. El espatario Jovino, por orden del emperador, intentó destrozarla a golpes de martillo. El pueblo, amotinado, le derribó de la escala; las mujeres pisotearon su cadáver y con él murieron otros oficiales que le acompañaban en aquél acto de profanación. Respondió León III con inauditas crueldades de cárceles, destierros, azotes y mutilaciones. Aprovechando estas circunstancias, estalló la revolución en la armada de las Cicladas, pero fue vencida, con lo que el emperador fortificó su posición.

3. San Germán de Constantinopla. Los Papas. Sin el consentimiento del Patriarca constantinopolitano y del Romano Pontífice no lograría sus fines. Dirigióse, pues, a San Germán, tratando de engañarle con adulaciones y sofismas. Nada consiguió. En carta al Papa Gregorio II le manifestaba su voluntad decidida de acabar con las Imágenes sagradas, cuyo culto, fomentado por los monjes, es completamente idolátrico y contrario a la Sagrada Escritura. No se conservan estas letras imperiales, pero si dos respuestas de Gregorio II, de cuya autenticidad hoy día no se puede dudar. Por la segunda de ellas conocemos la famosa frase de León el Isáurico, con que justificaba sus intromisiones en lo eclesiástico: Imperator sum et sacerdos, fórmula clásica del cesaropapismo. Responde el Sumo Pontífice que tanto derecho tiene el Emperador para mandar en la Iglesia, como el Papa en el palacio imperial.

La tensión entre los dos poderes llegó a tal grado de tirantez, que funcionarios imperiales urdieron varias conjuraciones contra la vida de Gregorio II. En cambio, los pueblos de la Pentápolis y Venecia, fieles al Pontífice de Roma, se alzaron en rebeldía contra Bizancio, y fue el Papa quien tuvo que intervenir para que los italianos siguiesen sometidos al emperador iconoclasta. Este, lejos de mostrar agradecimiento, redobló sus amenazas y promesas a San Germán, pero el anciano patriarca, antes de ceder, prefirió retirarse a la vida privada (730). Su sucesor, Anastasio, dócil instrumento de León III, no hizo sino favorecer el vandalismo feroz y organizado de los ministros imperiales, que allanaban los templos, monasterios y casas particulares, destruyendo aun las imágenes de más valor artístico y las mismas reliquias de los Santos. ¡Cuántas ardieron en la plaza pública, con escándalo y protesta de los fieles! Muchos sacerdotes y laicos, monjes y monjas dieron su vida entre tormentos, según cuenta Teófanes y el Liber Pontificalis. Otros muchos, como los padres de San Esteban el Joven, se vieron precisados a emigrar.

La persecución se ensañaba como nunca, y ahora de un modo sistemático. El nuevo Papa Gregorio III (731-741) convoca un concilio de 93 obispos italianos, y el 1º de noviembre del 731, sobre la Confesión de San Pablo, en Roma, son excomulgados todos «los que, despreciando el uso fiel de la Iglesia, retiren, destruyan o profanen las imágenes de Nuestro Señor Jesucristo, de su gloriosa Madre María, siempre virgen inmaculada, y de los apóstoles y santos». En represalia, León III aumentó los impuestos de Calabria y Sicilia, confiscó los patrimonios de San Pedro en esas regiones y traspasó del patriarcado romano al de Constantinopla todas las provincias del antiguo Illyricum, contra lo cual protestarán más tarde Adriano I y Nicolás I.

Una voz poderosa se alzó contra los iconómacos en Siria y Palestina. Era la del mayor teólogo de aquel tiempo, San Juan Damasceno, hijo del gran visir o ministro del califa de Damasco. Renunciando a todos los honores, Juan abrazó la vida monástica en San Sabas de Jerusalén (736), desde donde siguió, defendiendo con la pluma el culto de las imágenes, fundándolo en razones dogmáticas y suministrando sólidos argumentos teológicos a los que luchaban por la misma causa.

4. Constantino V Coprónimo (740-775). El concilio de Hieria. Con la muerte de León Isáurico en 740 y la ascensión al trono de su hijo Constantino V Coprónimo, se abre un nuevo período en la persecución iconoclasta. No fueron felices y tranquilos los inicios de su reinado, porque su cuñado Artabasdo le disputó la corona, y apoyado por los católicos se apoderó de Constantinopla, donde restableció el culto de las Imágenes. El patriarca Anastasio se puso ahora de parte del nuevo monarca iconófilo, jurando públicamente sobre el crucifijo que Constantino y su padre León eran notoriamente herejes. Mas no tardó en venir del Asia Menor Constantino con un fuerte ejército y reconquistó el trono. Artabasdo y sus hijos fueron cargados de cadenas y paseados entre burlas, después que les arrancaron los ojos. El patriarca Anastasio, azotado con vergas, montado inversamente en un asno y mofado de la gente, logró, sin embargo, conservar su sede patriarcal, reincidiendo en las ideas iconoclastas y en su papel de adulador.

Durante los doce primeros años, el nuevo emperador no dejó de devastar iglesias, de encalar las paredes decoradas con imágenes, de profanar vasos sagrados adornados de iconos, de perseguir a los monjes, obligándoles a emigrar. No se lanzó a un ataque a fondo y brutalmente exterminador hasta que tuvo de su parte las decisiones de un concilio. Con el Papa Zacarías (741-753), que sucedió a Gregorio III, se mantuvo en relaciones casi cordiales.

Era este emperador, apellidado Coprónimo y también Caballino, buen gobernante y sabio administrador, como su padre, de quien heredó también su carácter enérgico y sus dotes militares. En una cosa le superó con mucho: en sectarismo y en saña y crueldad para implantar a sangre y fuego las ideas iconoclastas, ideas que en Constantino eran mucho más radicales y heréticas. Decía, por ejemplo, que sólo el pan y el vino eucarístico son imagen de Cristo; que ni siquiera las reliquias de los Santos deben ser veneradas; hablaba de las dos naturalezas de Cristo con terminología muy semejante a la de los monofisitas; rechazaba la doctrina de la intercesión de la Virgen y de los Santos, a los cuales no se les debe dar el nombre de agios, como tampoco a la Virgen el de Theotocos. Repudiaba, con todos los iconoclastas, el crucifijo, pero admitía, como lo había hecho su padre, la imagen de la cruz, repitiendo en un falso sentido las palabras de San Pablo: «Mihi autem absit gloriari, nisi in cruce Domini nostri Iesu Christi» (Gal. 6, 14).

Reunió y explicó estos errores en un libro que dio a leer a los obispos, y cuando se persuadió que muchos de ellos se pondrían de su parte por convicción o por debilidad, convocó un concilio de aspiraciones ecuménicas. De hecho no revistió tal carácter, pues, aunque estaba integrado por 338 obispos, ni el Papa ni los Patriarcados orientales (Antioquia, Jerusalén, Alejandría, Constantinopla) estuvieron allí representados. El patriarcado constanitinopolitano se hallaba entonces vacante por la muerte de Anastasio. Quien presidió el concilio, reunido en el palacio de Hieria (10 febrero-8 agosto 754), fue el arzobispo de Éfeso. No aprobaron los obispos otras herejías del emperador, pero si la referente a las imágenes. En conclusión, el concilio decretó que toda imagen material o pintura de las iglesias debe ser arrancada como cosa abominable; que en adelante nadie se atreva a fabricar un icono, o adorarlo, o colocarlo en un templo, o esconderlo en algún domicilio, so pena de ser depuesto, tratándose de un obispo, y de ser excomulgado, tratándose de un monje o un laico. El último anatema iba nominalmente contra los tres grandes iconófilos: Germán de Constantinopla, Jorge de Chipre, ermitaño del monte Taurus, y, sobre todo, Mansur, nombre familiar de San Juan Damasceno.

Apoyado en estos decretos conciliares, que declaraban a los iconófilos enemigos de Dios y de la santa fe, Constantino V se propuso exterminar lo que él llamaba idolatría y obra de Satanás. Manda que toda suerte de imágenes sagradas, aun las de los manuscritos iluminados, sean destruidas y arrojadas a las llamas; otras van al mar, con las reliquias de los Santos; los mosaicos y pinturas de las basílicas son cubiertos con una capa de cal, pintándose encima paisajes, frutas, animales, de tal suerte que las iglesias parecían jaulas de pájaros o mercados de fruta, según comenta la Vita Stephani Iunioris.

5. Resistencia y martirio. Mientras la mayor parte de los obispos se doblegaban cobardemente ante el tirano, los monjes le ofrecían una resistencia tenaz, recibiendo en cambio el destierro o la muerte. En mayo del 764 obtiene el martirio Pedro el Calibita; un mes después, Juan de Monagria, cosido en un saco, es echado al mar; más tarde, Esteban el Joven halla en la cárcel a otros 342 monjes, casi todos mutilados; le siguen en el martirio Andrés Cretense y otros. Espectáculo ignominioso el que presenció la ciudad el 21 de agosto de 765. A fin de humillar y escarnecer a los monjes ante el pueblo, hizo que buen número de ellos compareciesen en el hipódromo, llevando cada uno de la mano a una mujer: así los obligó a desfilar entre las risotadas y salivazos del populacho. Los monasterios eran destruidos o convertidos en cuarteles, ofreciéndose en cambio toda clase de honores y riquezas a los que apostatasen o se uniesen en matrimonio. A los recalcitrantes se les sacaba los ojos, se les cortaba las orejas o la nariz o las manos, o les untaban la barba con pez para prenderle fuego. Unos son desterrados, otros huyen a Chipre, hacia el mar Negro y, principalmente, a la Italia meridional; llegó el emperador en su locura a exigir a todos los habitantes de la capital un juramento, por el que se obligaban a combatir a las imágenes como a ídolos y a no tratar con monje alguno. El mismo nombre de «monje» le era tan odioso como el de «santo».

La persecución no cesó hasta la muerte del Coprónimo, acaecida en 775.

6. El VII concilio ecuménico, II de Nicea (787). León IV el Cázaro (775-780), hijo y sucesor de Constantino V, no derogó los edictos de su padre, quizá porque en el ejército y en el alto clero pululaban los fautores de la herejía, mas procedió con cierta benignidad, y a su muerte tomó las riendas del gobierno su mujer, Irene, por la minoría de edad de su hijo, Constantino VI. Con Irene, natural de Atenas y amante de los iconos, se inaugura el tercer período, que es verdaderamente irénico, de paz y de triunfo.

No faltaron dificultades, porque el ejército seguía fiel a la memoria de Constantino Coprónimo; también el episcopado persistía en sus ideas iconoclastas. Pero la emperatriz estaba resuelta a romper el aislamiento religioso y político en que Bizancio había caído respecto del Occidente. En 781, dos embajadores suyos negociaban en Italia el casamiento de Rotruda, hija de Carlomagno, con el príncipe heredero, Constantino VI. Y en 785 otra embajada proponía al papa Adriano I la celebración de un concilio ecuménico. Esto último se hacía por indicación del nuevo patriarca constantinopolitano Tarasio, que participaba de los sentimientos de Irene, a la que siempre había servido con fidelidad y a quien debía su nombramiento. Con él subieron a las sedes episcopales no pocos obispos iconófilos, con lo que se facilitaba la celebración del concilio.

El Papa, aunque lamentando que Tarasio de simple laico hubiese ascendido al patriarcado, contra lo ordenado por los cánones, alababa sus buenos propósitos y enviaba gustosamente dos apocrisarios que representasen a la Santa Sede.

El VII concilio ecuménico tuvo la apertura en agosto de 786 en la iglesia de los Santos Apóstoles, pero fue disuelto a mano armada por la irrupción de soldados Iconoclastas. Irene se encargó de depurar las tropas y luego, para mayor seguridad, convocó el concilio en la ciudad de Nicea. El 24 de septiembre de 787 se reunieron allí más de 300 obispos con los legados romanos. Luego que en la sesión segunda oyeron respetuosamente los Padres las letras del papa, exclamaron a una voz: «Así cree, así piensa, así dogmatiza todo el santo sínodo». Lanzaron sus anatemas contra los defensores de la herejía iconoclasta, amontonaron textos bíblicos y de los Santos Padres en pro de la verdadera doctrina, hasta se echó mano de piadosas leyendas populares, y se precisó en la sesión VII la doctrina ortodoxa respecto del culto de las imágenes, a las cuales se les tributa respeto y veneración (timetikén proskynesin) y no verdadera latría (alethinén latreian). Firmado el decreto por la emperatriz, por su hijo y por todos los Padres, se clausuró el concilio entre festivas aclamaciones a la nueva Helena y al nuevo Constantino.

Poco duró este periodo de paz, porque Constantino VI, cansado de la tutela de su madre, se alzó contra ella y empezó a gobernar él solo. Irene intrigaba en la sombra y su hijo se desprestigiaba en el trono. Casado con María de Paflagonia, se divorció de ella para unirse con Teodota, y no faltó quien les diese la bendición nupcial, mientras el mundo monástico, escandalizado, dejaba oír su grito de protesta contra los adúlteros. San Platón fue por esta causa encarcelado, y su sobrino San Teodoro Estudita, desterrado. Ante la amenaza de renovar la persecución iconoclasta, el patriarca Taraslo optó por guardar silencio, pero estalla un complot tramado por Irene; ésta coge preso al joven emperador, y en el mismo aposento en que veinticinco años antes le había dado a luz, hace que le arranquen los ojos. Irene fue saludada como la restauradora de la ortodoxia. ¿Partió de ella, entonces, la idea fantástica de casarse con Carlomagno, viudo, uniendo así el Oriente con el Occidente?

7. Segunda etapa de la persecución iconoclasta. Una revolución (802) destronó a Irene, que murió al año siguiente desterrada en la isla de Lesbos. Aunque bajo los intrusos Nicéforo (802-811) y Miguel I Rangabe (811-813) hubo paz religiosa, reapareció la persecución con el usurpador León V el Armenio (813-820), que, como militar y originario del Asia, se empeñó en seguir el ejemplo de los Isáuricos. Destituyó al patriarca Nicéforo, encarceló obispos y monjes, castigó a cuantos daban culto a las imágenes, pero el partido iconófilo era ahora fuerte y lo capitaneaba la gran figura de Teodoro Estudita, abad del monasterio de Studion (en Constantinopla). No contento con escribir libros contra los iconómacos, organizó protestas, como la del domingo de Ramos (815), en que sus mil monjes recorrieron en procesión las calles con iconos en las manos.

A León V, asesinado junto al altar en los oficios de Navidad (820), le sucedió Miguel II el Tartamudo (820-829), natural de Frigia, que juzgaba licito el uso de las imágenes sagradas, mas creía que su culto degeneraba en prácticas pueriles y supersticiosas. Su hijo Teófilo (829-842) fue un sañudo perseguidor, a pesar de que su mujer y sus hijas eran abiertamente Iconófilas. Cuando, muerto el emperador, tomó las riendas del gobierno su esposa Teodora, por ser menor de edad su hijo Miguel III, la iconoclastia podía darse por definitivamente derrotada. Lo primero que hizo Teodora fue, en marzo del 843, poner en la sede patriarcal un varón santo y de toda su confianza. El escogido fue Metodio. «Con los labios mutilados por el hierro de los iconoclastas, de suerte que en las funciones públicas tenía que sostener sus mandíbulas destrozadas con un vendaje blanco, que vino a ser para sus sucesores insignia y ornato de su pontificado, conservaba suficiente voz y elocuencia para dictar sus himnos y sus discursos, siempre temibles a los enemigos de las imágenes».

8. Triunfo de la ortodoxia. Había que solemnizar el triunfo de la ortodoxia sobre el error, y con este objeto se organizó una gran fiesta litúrgica con imponente procesión, en la que tomó parte la emperatriz y toda la corte. Gran concurso de monjes y homologetas, llevando muchos de ellos en sus cuerpos las señales de su confesión de la fe, desfilaron el primer domingo de Cuaresma (11 marzo 843) hasta la basílica de Santa Sofía, donde se celebraron los santos misterios y se expusieron las imágenes a la veneración de los fieles.

Desde entonces quedó instituida para siempre la «Fiesta de la Ortodoxia», cantándose, como se cantan hoy día, las odas del mártir Teófanes Graptos y de un monje estudita: «Guardando las leyes de la Iglesia patria, pintamos las imágenes y las veneramos con la boca, el corazón y el alma, no sólo las de Cristo, sino las de sus Santos, exclamando: ¡Bendecid al Señor todas sus obras! Al prototipo es a quien se dirige sin duda el honor y la veneración de la imagen; veneramos a ésta siguiendo la doctrina de los Santos Padres, y clamamos con fe a Cristo: ¡Bendecid al Señor todas las obras! La augusta emperatriz Teodora, con la mente ilustrada, por la luz del Espíritu Santo, y teniendo un hijo adornado con la divina sabiduría, procuró la hermosura y esplendor de la Iglesia de Cristo, bendiciendo a una con los fieles a nuestro Señor Jesucristo, Dios y hombre. Tu santa casa, ilustrada con los rayos de la lumbre intelectual, cobija con la nube del Espíritu Santo y santifica a todos los fieles, que exclaman unánimes: ¡Bendecid al Señor todas las obras!».

El culto de Las imágenes volvió a florecer con más esplendor que antes. El monaquismo oriental, sintiéndose vencedor, tiene una época de gran prosperidad y con él se reanima la cultura, que iba languideciendo. Produce frutos copiosos y maduros tanto la hagiografía como la poesía litúrgica de los melodas. San Juan Damasceno elabora toda una teología. Brilla en el monasterio de Studium San Teodoro, ascético y apologista, con otros estuditas, algunos de los cuales, de tendencia intransigente y reformatoria, adoptan una actitud agresiva contra los cultivadores de los clásicos paganos. El triunfo de la ortodoxia sobre la iconoclastia significó el triunfo de la civilización grecolatina sobre las influencias asiáticas; el triunfo del arte sagrado, siempre patrocinado por Roma, sobre el falso espiritualismo de judíos, herejes y mahometanos. Pero aquel furor persecutorio y herético de los Isáuricos produjo daños irremediables en la cristiandad, porque fue la causa de que el pueblo italiano rechazase la dominación bizantina y el Papa, necesitado de apoyo, se dirigiese a los reyes francos, desentendiéndose del emperador. Así, entre Oriente y Occidente se abrió un ancho abismo, cuyos frágiles puentes romperá la audacia cismática de Focio.

9. Repercusión en Occidente. Es de sumo interés para entender la tensión y rivalidad existente entre el Imperio de Bizancio y el de Carlomagno, examinar la reacción que se produjo entre los francos frente a las decisiones dogmáticas de los bizantinos. El fracasado matrimonio de Rotruda con Constantino VI y más aún el acercamiento político de Irene hacia Italia y sus negociaciones con el Papa disgustaron a Carlomagno, celoso de su absoluta hegemonía en Occidente, y avivaron su resentimiento contra los griegos. Estos, por otra parte, despreciaban demasiado a los occidentales, sin darse cuenta de que en lo eclesiástico y en lo político la cristiandad latina pesaba ya tanto como la griega.

Cuando Carlomagno tuvo noticia del concilio II de Nicea por la traducción de las actas que le envió Adriano I, creyó llegado el momento de asestar un duro golpe al prestigio religioso de la Iglesia bizantina, lo cual traería también consecuencias políticas. Aquellas actas conciliares estaban detestablemente traducidas; en algún caso decían lo contrario del original y algunos pasajes eran sencillamente ininteligibles, como testificó más adelante Anastasio el Bibliotecario. Carlomagno quiso que sus teólogos refutasen aquel documento, en el que creía ver graves errores dogmáticos, y con este objeto se lo remitió a Alcuino.

La refutación no tardó en venir. Su título era Capitulare de imaginibus, pero ordinariamente se le conoce por el de Libri Carolini. Parece como si la Iglesia franca se complaciese en encontrar en error a la griega y en mostrar la inseguridad teológica de los bizantinos. Y como citando ante su tribunal al concilio iconómaco de Hieria (754) y al iconófilo de Nicea (787), decide y juzga que ninguno de ellos ha acertado con la verdadera doctrina, el primero, por su vandalismo iconoclasta; el segundo, por su adoración idolátrica de las imágenes. La posición de los francos quiere ser la del Papa San Gregorio; «Ni adorar las imágenes ni romperlas».

Y no caían en la cuenta que los Padres del concilio de Nicea habían matizado perfectamente y con más exactitud que ellos las ideas teológicas relativas al culto, y que si el orgullo bizantino era grande, olvidándose más de lo justo de la Iglesia latina, también en la respuesta de los libros carolinos latía un sentimiento de soberbia herida.

Dos maneras, escriben, puede haber de adoración: la primera es el culto debido exclusivamente a Dios; la segunda es una forma de respeto y saludo a las personas vivas; de ningún modo se puede tributar a las imágenes inanimadas. Las imágenes son útiles para la decoración de las iglesias y para recuerdo de los hechos religiosos y de los santos, pero es irracional encender luces y quemar incienso ante ellas; decir que esto es culto relativo, es cosa que no se entiende. Se ha de venerar la cruz, la Sagrada Escritura y las reliquias de los santos, pero es reprensible igualar eso con las imágenes. Es lamentable que el concilio de Nicea, llamándose sin razón ecuménico, amenace con anatemas al que no venere las imágenes; ciertamente, no hay que destruirlas donde existan; para los oficios divinos son cosa indiferente; la religión nada pierde ni gana con ellas.

Quizá vieron los francos que para oponer esta doctrina a la de Nicea era conveniente autorizarla con todo el peso de un concilio, y así, al reunirse el concilio de Francfort (794) contra el adopcionismo, sometieron a sus decisiones las actas de Nicea y su refutación. Los obispos de Francfort se expresaron en el mismo sentido de los libros carolinos, a pesar de que se hallaban presentes los legados del Papa, declarando que al concilio de Nicea no se le debía dar el nombre de ecuménico.

¿Qué más podía desear Carlomagno para humillar a los griegos y desacreditarlos? Que el Papa le diese la razón. Encargó, pues, al abad Angilberto llevase a Roma los libros carolinos. Adriano I recibió amablemente la embajada y prometió examinar el libro. En la respuesta que después envió a Carlomagno, con la mayor deferencia para el monarca franco, pero con energía en la defensa de la verdad, trató de mostrar que las acusaciones lanzadas contra los griegos fallaban por su base o se apoyaban en disquisiciones poco seguras. Terminaba diciendo que los Padres de Nicea estaban perfectamente de acuerdo con la tradición, y explicaba por qué motivos había él aprobado aquel concilio, No sabemos qué impresión causaría esta contestación en la corte franca. Por entonces deja de hablarse de la cuestión de las imágenes, pero todavía en el sínodo reunido en París (825) bajo Ludovico Pío deciden los obispos atenerse a los Libri Carolini, se atreven a criticar la respuesta de Adriano (aliquando absorta, aliquando inconvenientia, aliquando etiam reprehensionis digna) y quieren que el emperador le sugiera al Papa la doctrina y aun los argumentos que éste debería enviar a los bizantinos. Eugenio II no debió dar ningún paso.

La oposición a las imágenes perduró en algunos personajes ilustres, resueltos adversarios de todo lo que pudiera presentar apariencia de superstición, pero quien vino a caer en positivos errores y violenta iconoclastia fue Claudio de Turín (827). Con escándalo del pueblo mandó que en las iglesias de su diócesis desapareciesen las imágenes de los santos y de la misma cruz, prohibiendo que se las venerase. Hasta llegó a negar la intercesión de los Santos. Contra él se alzaron las plumas de Jonás de Orleáns, del abad Teodomiro y del monje Dungal. A fines del siglo IX la verdadera doctrina dominaba pacíficamente en toda la cristiandad.

LLORCA, GARCIA VILLOSLADA, MONTALBAN

HISTORIA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Primer entrega:  LAS GRANDES HEREJÍAS ¿Qué es una herejía y cuál es la importancia histórica de ella?

Segunda entrega: La herejía en sus diferentes manifestaciones

Tercer entrega: Herejías durante el siglo IV. El Concilio de Constantinopla (381)

Cuarta entrega: Grandes cuestiones dogmáticas. San Agustín. Pelagianismo y semipelagianismo

Quinta entrega: El semipelagianismo

Sexta entrega: Monofisitismo y Eutiques.  San León Magno. Concilio cuarto ecuménico. Calcedonia (451)

 Séptima entrega: Lucha contra la heterodoxia.  Los monoteletas

 Octava entrega:  Segunda fase del monotelismo: 638-668