LA ARMADURA DE DIOS
CARDENAL DON ISIDRO GOMÁ Y TOMÁS
ARZOBISPO DE TOLEDO — PRIMADO DE ESPAÑA
LA FAMILIA
CAPÍTULO IV
III.- DEBERES DEL PADRE
Pero si en todos los órdenes de la vida las grandes responsabilidades van anejas a los altos poderes y a las dignidades excelsas, pesad, padres, los gravísimos deberes que de vuestros derechos derivan.
El primero de vuestros derechos, hemos dicho, es vuestra preeminencia en la familia. Sois su cabeza. Lo sois de vuestra esposa, como Cristo lo es de su Iglesia, según el Apóstol; cuanto más lo seréis de los hijos y de la servidumbre. Como la cabeza se yergue sobre todo el cuerpo, así vosotros os levantáis sobre toda la familia.
El primero de vuestros deberes será entrar en vosotros mismos para conocer el alcance de vuestra responsabilidad capital, y vivir en forma que podríamos llamar de conciencia perpetua de vuestra dignidad.
¡Pobre paternidad en nuestros días! Lejos de mí querer inferir agravio a los padres que leéis. Pero vosotros sabéis cómo va al matrimonio la juventud de nuestros días.
Va a los altares a pronunciar sus juramentos quizás agostado el corazón, deshecha el alma, roto ya el vaso del amor, después de haber vivido en la crápula, como dice el Evangelio vivió el hijo pródigo: Viviendo luxuriose.
Cuando no haya sufrido tanta ruina, tal vez vaya el joven, si no es que ha dejado ya de serlo, llevado por el interés egoísta; quizás sin las convicciones religiosas que dan cohesión y lastre a la vida; quien sabe si sin haber meditado un momento sobre lo que la familia y la sociedad exigirán de él en el nuevo estado.
Si llega el fruto de bendición, tal vez estos hombres sientan conmoverse sus entrarlas, porque la voz de la naturaleza es como la voz de Dios, que es capaz deshacer retemblar los desiertos. Sentirá unos momentos el peso de las nuevas responsabilidades; pero el daño que ha recibido su alma le incapacita para penetrar en el santuario donde se ejercen debidamente los oficios de la paternidad, que parece conservar algo aún del sagrado sacerdocio de nuestro primer padre.
Esta es la causa principal de las claudicaciones de la paternidad en nuestros tiempos. Se ha perdido la noción de esta capitalidad de que os hablaba al principio, porque se ha perdido, hecha girones entre los zarzales de la vida, la estima de la propia personalidad.
A veces, muchas veces, no es tanta la ruina. Es sólo la incomprensión del padre de su posición dentro la sociedad conyugal; es debilidad de carácter; es apatía; es la absorción de todas sus fuerzas por la vida de trabajo; es esa fuerza centrífuga de la vida moderna, negocios, política, diversiones, que obligan al padre a derivar su atención hacia objetivos secundarios.
El padre no se da cuenta que lo es, más que en los momentos de contacto con su familia; tal vez los evitaría si en su mano estuviera, porque le es duro recordar deberes y ejercer penosas funciones.
Es preciso que estos padres reaccionen y que se remonten de hecho a las alturas que en derecho ocupan en la familia. Que se corrija quien otro tiempo anduvo extraviado; que rehaga y religue los fragmentos de su alma rota, con el aglutinante del amor paternal que con el primer hijo habrá Dios hecho brotar en los senos de su vida; que cure, con el bálsamo del amor paterno, las llamas de su corazón, y aun será bueno para formar buenos hijos.
Que los indolentes, y los distraídos, y los débiles, y los aturdidos por la agitación del vivir moderno, piensen que ante todo, antes que los negocios y las conveniencias y las diversiones, son padres de sus hijos, y que toda su vida debe orientarse en el sentido que su formación les exija.
Pensad, padres todos, vosotros también, que comprendéis la responsabilidad de vuestra dignidad, que, como ha dicho un escritor ilustre, sois los guardasellos de Dios en el mundo; que la raza de los padres es la que guarda los secretos de la grandeza de los pueblos; que en lo que atañe a la vida humana, vosotros tenéis la misión de sostenerla y levantarla, como en nuestros retablos de la iconografía cristiana ha representado al Padre eterno sosteniendo el globo del mundo.
Debierais andar sobre la tierra con el santo orgullo de ser padres, porque Dios os ha hecho partícipes de su poder creador; pero como si oyerais con reverencia y temor la palabra que Dios y la naturaleza, ésta por la voz de la sangre, Dios por la voz de sus mandatos, hacen resonar en el fondo de vuestra vida: ¡Eres padre! ¡Eres padre! No te es lícito atentar contra tu dignidad, en ningún orden, porque sería ello un atentado contra tus deberes de cabeza de familia.
Situados, por vuestro esfuerzo personal y por la misión que Dios os confió, en el alto pedestal que en la familia os corresponde, velad por vuestros prestigios en el seno del hogar: es deber que corresponde al derecho que tenéis al respeto y veneración de todos.
No os exijo en nombre de Dios —no sólo no lo exijo, sino que reprobaría el criterio de aquel padre que así creyera deber conquistar el respeto de su familia—, que os impongáis en el hogar por vuestra severidad, por los gestos de mando, por la inflexibilidad de vuestro gobierno. Así no lograríais más que infundir miedo a los vuestros; y el miedo es mal consejero, es un sistema reprobable de educación y el peor enemigo que pudieseis crearos en vuestras casas. El miedo mata al amor, porque encoje los corazones; hace egoístas a los espíritus, porque los desune y engendra repulsión entre ellos. Y alrededor vuestro, padres, no debe haber más que corazones que vuelen hacia vosotros con las alas abiertas; no debe haber más que espíritus unidos a vosotros en unidad de espíritu. No seáis gendarmes en vuestra casa, sino padres.
Padres, y por lo mismo, santamente honrados con la pleitesía amorosa que la esposa y los hijos os rindan.
Como los planetas giran alrededor del sol, ligados a él por esta gravitación a la que el Angélico llama el amor natural del mundo, con precisión, con suavidad, sin violencias; y, a cambio de ello, reciben las energías del padre sol, la luz, la electricidad, el calor que, como en nuestra tierra, quizás en todos ellos sostiene miríadas de formas de vida; así debéis ser vosotros en el seno del hogar.
Todo en él debe gravitar hacia vosotros; todo en él debéis hacerlo gravitar hacia vosotros; no para que os engriáis, como pudiese hacerlo un sultán en medio de su familia humillada, sino para devolver en cascadas de amor a vuestra esposa y a vuestros hijos el céntuplo de los amorosos obsequios que os rindan.
No consintáis jamás, padres, que se inviertan los valores en vuestras familias, ni que se alíen contra vosotros las pequeñas pasiones de los vuestros —el capricho, el amor propio, la voluntariedad, el orgullo—, para obligaros a ceder el puesto de honor que por derecho os corresponde.
Si un día, como viera en sueños el pequeño José, quisiera un miembro de vuestra casa convertirse en sol, o en gavilla, a cuyo rededor giraseis vosotros con los demás, vindicad con enérgica prudencia vuestros derechos y obligad a bajar la frente ante vosotros a quien quisiera convertirse en centro de gravitación, con peligro de la familia.
Al hijo y a la mujer no les concedas poder sobre ti, dice el Sabio (Eccli., 3, 13). Timbre de gloria para los hijos es el padre honrado (Eccli., 33, 20). Si en todas partes debéis serlo, no dejéis de serlo en el lugar de vuestro máximo honor, que es el hogar. Lo reclama el honor de vuestros mismos hijos. Dios quiso poner vuestro honor a salvo imprimiendo en el corazón del hijo el sentido de jerarquía, de obediencia, de reverencia; en la historia, lo ha salvaguardado con la terrible maldición de Cam y de toda su descendencia; lo ha tutelado con su ley, que quiso fuera uno de los diez mandamientos del Decálogo: Honra a tu padre y a tu madre. No frustréis por vuestra culpa lo que hizo Dios en defensa de vuestro honor.
Ni olvidéis jamás que la eficacia de vuestro ministerio paternal en la familia está en razón directa del respeto que sepáis merecer de los vuestros.
El derecho y el hecho de la capitalidad en vuestra familia os impone el deber de sostenerlo con vuestro esfuerzo, en lo que es primordial en la vida humana —alimento, vestido y habitación—, y de ser el clavo firme que le dé estabilidad en los momentos de crisis material o moral, patrimonio inevitable, estas últimas, de todas las familias.
Del padre es el vigor y la inteligencia, la tenacidad, el espíritu de empresa, la audacia; cualidades que le hacen apto para la lucha con los elementos ajenos a la familia, para que triunfe de ellos y aporte a los suyos el botín legítimamente logrado con su esfuerzo.
La madre y los hijos, llegado el caso, podrán y deberán ayudar al padre, convirtiendo el trabajo de todos en pan, abrigo y albergue, para elevar, si es posible, el nivel económico de la casa. Pero el penoso deber gravita, antes que todo, sobre el padre. Él es quien puso los cimientos de la nueva familia; él quien ha sembrado la vida en el coto cerrado del hogar: a él, pues —mientras la madre debe permanecer inactiva en orden al trabajo externo, por las forzosas exigencias de la gestación y crianza de los hijos y los pequeños cuidados de la casa—, corresponde llevar a ella los elementos necesarios a la vida. De él es, más tarde, la dirección del trabajo, la vigilancia en los dispendios, la forma de utilización del fruto del esfuerzo de todos.
Como por su vigor físico es el padre el soporte de la vida material, así por su gravedad, vigilancia, entereza de ánimo, sagacidad, y, sobre todo, por las virtudes cristianas de amor, abnegación, benignidad y espíritu magnánimo, deberá ser el sostén moral de su familia.
Todo en ella vacilará, si el padre fluctúa; todo sucumbirá si él sucumbe. A la virtud cardinal de la fortaleza se la simboliza con la columna, que sostiene el edificio; el yunque, que aguanta el incesante golpear del martillo; el corazón atado con recias cuerdas, para que no tiemble ni desfallezca. Esto debe ser el padre: columna, yunque y corazón robusto de la casa.
¿Qué diré del deber de educar a vuestros hijos? La familia, ha dicho alguien, es el hombre completo. La familia, en germen, sois vosotros, padres de familia; vuestro complemento es la esposa; la expansión de vuestro ser, son los hijos; luego, prescindiendo en este momento de vuestros deberes con la esposa, ayudándoos para ello de vuestra esposa, tenéis la obligación de formar a vuestros hijos; como las raíces, como el tronco, si quiere ser digno de un árbol ufano, tiene que mandar de su propia substancia a las ramas para vivificarlas y para que produzcan fruto.
¡Menguados padres los que, al tratarse de la formación de sus hijos, en cualquier orden que sea, creen su misión cumplida diciendo frases como estas: «Esto es cosa de su madre»; «De ello cuidan los maestros»; «Ya se corregirá, ya aprenderá cuando llegue al pleno uso de su inteligencia y a la plena posesión de su libertad»!
Menguados padres, digo, porque son padres disminuidos.
Supieron dar el comienzo de la vida a un ser que el poder de Dios quiso encerrar en sus entrañas, y luego no quisieron darle la perfección de la vida, que es tan estimable como la vida misma. Dios no se contentó con amasar un poco de barro y hacer una magnífica estatua; ni se paró en insuflar en su rostro para darle la vida; sino que, con el aliento, se vació en cierta manera a sí mismo, para hacer de un hombre vivo una imagen viva de sí mismo: Creó Dios al hombre a su imagen y semejanza.
Educad a vuestros hijos, padres. Si no lo hiciereis, Dios os lo demandará con terrible cuenta; la sociedad os dirá que la habéis defraudado en lo que tiene de más grande, que es la grandeza de sus ciudadanos; vuestros mismos hijos serán más tarde vuestros jueces, cuando se crean mutilados en su alma por vuestro abandono.
Educad a vuestros hijos. Para ello, trabajad, afanaos, como el artífice, en sus horas de inspiración, busca en su fantasía y vacía en el barro y arranca, con la escarpa y el buril, el ideal que soñó.
Trabajad, allegando recursos con qué hacer la grande obra; recursos para que viva vuestro hijo y para que podáis llevar a la perfección esta misma vida.
Trabajad, en la labor dificilísima de conocer el alma y el corazón de los seres que llevasteis al mundo, a fin de dar más eficacia a vuestro trabajo de educadores.
Como el profeta se extendió sobre el cuerpo exánime del hijo de la viuda, y puso ojos sobre ojos, y boca sobre boca y pecho sobre pecho para llamar la vida que había huido (IV Reg., 4, 34-35), así aplicad vosotros los ojos y la palabra y el corazón sobre vuestros hijos, para vivificar y ennoblecer todas sus potencias. Trabajad, indagando, buscando maestros y colaboradores que os ayuden en la grande obra, para la que todo esfuerzo es poco. Y, sobre todo, trabajad para que logre todo su valor este algo que puso Dios en el fondo del pecho del hombre y que no es más que el sentido de Dios mismo, que no quiere abdicar el dominio de ninguna criatura, y menos del hombre, criado a su imagen y semejanza.
Haced de vuestros hijos hombres de religión, padres; hombres profundamente cristianos; dadles una conciencia regulada según las leyes santísimas de la moral cristiana. La educación es un mote vacío sin la religión; porque la religión, quiera o no quiera el hombre, en forma más o menos visible, es la que lo mueve todo en el mundo, como es la que lo mueve todo en el espíritu del hombre. El hombre sin religión se moverá siempre en el caos; carecerá del lastre necesario para la estabilidad de la vida, y se lo llevará al azar el viento de todo error y de toda pasión. Haced hombres de religión de vuestros hijos, que sólo así serán vuestra corona, vuestro auxilio, vuestra gloría. Conociendo vuestros hijos y adorando al Padre de los cielos, de quien viene toda paternidad, conocerán y sentirán toda la grandeza y todas sus obligaciones que les ligan al padre que tienen en la tierra.
Cumplid con los deberes del gobierno de vuestra casa, de vuestro pequeño reino. En el humilde esquife de vuestra familia, vosotros lleváis el timón; que vuestros ojos vigilantes estén siempre fijos en los destinos definitivos de los que Dios os confió, sin dejar de atender a los fines secundarios de la vida; que vuestra mano sea firme y dúctil para no perder la ruta y para salvar todo escollo; que el viento de vuestro amor llene las velas del esquife para que, sin bandazos ni cabeceos, corte impávido las aguas del mar de la vida, puesta la proa hacia los grandes destinos de la familia.
Gobernad con gobierno de padre, que es el tipo ideal de todo buen gobierno; con serenidad, porque sois cabeza de la casa; con firmeza, porque sois la primera fuerza; con amor, porque él es la vida de la familia, y los lazos del amor no pueden tocarse sin amor.
Gobernad en el Señor, in Domino, como quiere el Apóstol; y el gobierno del Señor es gobierno de suavidad y de fuerza, porque es gobierno de caridad; y nada más fuerte en el mundo que la caridad, que es fuerte hasta morir; ni nada más dulce y suave, porque la caridad es benigna y paciente, y no se irrita, y todo lo sufre y todo lo aguanta, como dice el Apóstol (I Cor., 13, 1-7).
Sostened con mano tan firme como caritativa todos los resortes del alto gobierno de vuestras familias. Exigid de los hijos, os diré con Taparelli, todo lo que sea necesario al bien de la casa y de la familia; exigid el orden en sus acciones domésticas, en su trabajo, en sus gastos; exigid la unión, la amistad mutua entre los miembros de la familia; la práctica exterior de los deberes que imponen la moral y la religión; el alejamiento de todo aquello que puede ofender la familia, en su cuerpo, en su honor, en su conciencia. Imponed las sanciones que la justicia doméstica exija y vuestro amor os dicte. Fallad con serena rectitud, en última apelación, en las pequeñas o grandes querellas que surjan en el seno del hogar y que pudiesen turbar la paz y la felicidad, que cuentan con vosotros como su última razón y fuerza.
Yo os encarezco especialmente el deber gravísimo de la religión, padres de familia; deber de creer y de practicar la fe que profesáis. Fue antiguamente el padre sacerdote en medio de la familia; intermediario entre Dios y ella. Las funciones sacerdotales, es decir, las funciones oficiales de la religión, al padre correspondían, y eran como una prolongación de las funciones de la paternidad.
El Santo Job se levantaba de madrugada y ofrecía todos los días holocaustos al Señor para cada uno de sus hijos, y se decía, añade el sagrado texto: No fuere caso que pecaren mis hijos y para que bendigan al Señor de todo su corazón (Job, 1, 5).
Hoy no sois sacerdotes, porque sólo hay en nuestra religión un sacerdote, que es Jesucristo, a quien representan los sacerdotes de la Iglesia.
Pero vosotros, padres, tenéis el deber ineludible de practicar la religión junto con vuestra familia, y como presidentes de vuestra familia, y de fomentar en ella la instrucción religiosa y los deberes de la piedad para con Dios.
Sin el sentido y la práctica de la religión, no cumpliréis vuestros deberes de padres. No los cumpliréis, porque el padre, en todas las condiciones de la vida de las familias, es su árbol maestro, y de él están recogidos y de él esperan su fuerza todos los factores de la familia, en la vida del hogar y en su relación social. Se quebrantarán vuestras fuerzas, padres de familia, en las horas graves de la vida, si no pedís a Dios os las acrezca; y Dios, en la economía normal de su gracia, quiere que se las pidáis, so pena de abandonaros a vuestra debilidad.
La carga de los hijos, la del trabajo ímprobo para mantenerlos y educarlos, la gravísima de vuestras responsabilidades, reclaman un temple de alma que no es del común de los hombres; si a ello se añaden las recias tormentas, la enfermedad que toma asiento en vuestra casa, la muerte que os la diezma, los quebrantos de vuestra fortuna, las desavenencias intestinas, sucumbiréis fatalmente y veréis, con vuestra ruina, el derrumbamiento de vuestra casa, si no os cogéis de la mano del Señor; que muy bien ha dicho el Salmista que si el Señor no edifica la casa, en vano es que trabaje quien quiera edificarla.
Si no sois hombres de religión, no seréis hombres de autoridad en vuestra familia. Dios es la razón primera y última de la autoridad, incluso de la autoridad del padre. No bastan los años, ni el saber, ni la fuerza para dar autoridad. Sobre todo ello, respaldándolo todo, debe estar Dios. Cierto que de padre lleva, en su nombre y en su oficio, como una marca de la divinidad, que le hizo partícipe de la paternidad. Es por ello que la última autoridad que sucumbe es siempre la autoridad del padre. Pero los hijos, sobre todo ciertos hijos, sobre todo en cierta edad, no verán en el padre irreligioso más que un hombre sin poderes superiores que le amparen. Y vendrá la rebeldía.
Las jerarquías se encadenan y sostienen mutuamente, padres. Si no reconocéis en vuestro hogar la jerarquía de Dios sobre vosotros, vuestros hijos tampoco respetarán la vuestra. La religión se dice de religar; si un estáis atados a Dios con los lazos de la piedad, que son los oficios de religión que todo hombre le debe, temed que se desliguen de vosotros vuestros hijos, y desconozcan sus deberes de piedad filial para con vosotros.
¿Con qué derecho tiene el padre un trono en la familia, ha dicho alguien, si el padre ha derrocado del suyo a Dios?
Sed hombres de religión, padres; porque, por lo mismo que sois lo más fuerte y representativo de la sociedad, debéis ser el más firme apoyo de la religión. Esta no es negocio de mujeres y niños solamente; lo es de todo ser humano, porque todo hombre es esencialmente religioso; pero lo es, ante todo, de vosotros, que por vuestra inteligencia, poder y oficios estáis más cerca de Dios y sois como los intermedios entre Él y los vuestros.
Quizás nos hallemos en un período de transición en la vida religiosa de nuestros pueblos. Es el sexo fuerte, en la propia significación de la palabra, el que ha claudicado en la cuestión vital de la religión; las mujeres y la juventud primera todavía practican. Pero el ejemplo es fatal; y más aún lo es la influencia, más o menos sectaria, del padre de familias en la conducta religiosa de su mujer e hijos. Aquélla deja paulatinamente sus prácticas para evitar pendencias; éstos se amparan en la irreligión del padre para abandonar sus deberes religiosos, así que se desatan en su alma las primeras tormentas de la pasión.
El abstencionismo religioso de los padres, de los hombres, de los fuertes, llevará la claudicación universal en materia de religión. La paternidad será la primera en sufrir el contragolpe: ninguna virtud doméstica, ni fidelidad, ni piedad, ni caridad, ni sacrificio, ni unión son posibles si Dios no está en el corazón de la familia para vivificarlo todo según su espíritu.
Esta es vuestra dignidad, padres, estos son vuestros principales derechos y deberes. Para que sepáis ver el alcance de vuestra situación en medio de la familia y cumplir los deberes que acabo de indicaros, orad, padres.
Orad, que la oración del padre debe tener ante Dios una eficacia especial cuando se trate de pedir para la familia, porque es oración de padre a Padre, del padre de la tierra al Padre universal que está en los Cielos.
Orad, que es una vergüenza que los hombres dejen la oración relegada a la categoría de ocupación femenina o de entretenimiento de niños, cuando ella es la más alta y la más fuerte ocupación de la vida del hombre y la que acrece su orientación y fuerza.
Orad, y decidle al Padre celestial: Padre Nuestro, que estás en los cielos; Padre de todos los padres, que quisiste darnos una participación de tu paternidad; óyenos, que te pedimos para los hijos que Tú mismo nos diste. Santificado sea el tu nombre, en nuestras familias, por la observancia de tu santa ley. Venga a nos el tu reino, que es el reino de tu Evangelio y de tu Iglesia, embebiendo nuestras familias del espíritu de tu Hijo Jesucristo. Hágase tu voluntad en nuestras casas; porque su cumplimiento es gaje seguro de paz y de bienandanza. El pan nuestro de cada día dánosle hoy; que no les falte a nuestros hijitos el pan del cuerpo y el del espíritu; danos fuerza para conquistárselo, y tino para repartírselo… Líbranos de mal; con tu paternidad, cubre nuestros hogares y ponlos a la sombra de tus alas poderosas.


